Els xiquets del Matador

Kempes también llegó a Noruega

Cómo un niño noruego de vacaciones en Valencia acaba despertando su militancia por el VCF gracias a una camiseta de Kempes. Relato de Hans-Kristian Lange.

Siendo noruego, les puede extrañar que sea valencianista y ame al equipo tanto como ustedes. Pero para mí el Valencia se ha convertido en algo muy especial que me ha proporcionado momentos únicos.

He entrevistado a David Villa, he celebrado con 25 mil valencianistas la copa de 2008 en Madrid y representé a la Penya Chescandinavia en Trondheim en su inauguración oficial. Pero lo que siento para el Valencia no es debido a todo esto. Hay otra razón.

Molde es una población pequeña en la costa noroeste de Noruega. En ella viven unas 20 mil personas y tiene una naturaleza preciosa, un club de fútbol mediocre y no mucho más.

Por aquí, como se imaginarán, hace frío, y hay mucha nieve, tanta que solemos decir que nacemos con los esquís puestos. Aunque no es mi caso. A mi padre le gustaba viajar, lo hizo mucho por su trabajo. Tenía una pequeña tienda en la que vendía un amplio abanico de productos, tan buenos como raros, que compraba en sus viajes por Líbano, Egipto, Francia o Alemania.

Pero su país favorito era España, país que conocí por primera vez con tres años, puesto que siempre me llevaba cuando viajaba al sur. Pasábamos los días en L’Alfàs del Pi, un lugar que por aquel entonces todavía pertenecía a sus lugareños, muy lejos de los miles de turistas y conquistadores noruegos que ahora lo habitan. Recuerdo una población con pocas casas, muchos pinos y un Bar. Ese era todo mi mundo durante esos cuatro meses al año.

El Bar, se llamaba “Miramar”, era el único del pueblo, tenia unas 6 u 8 mesas y una tele pequeñita que de vez en cuando escupía por la pantalla algo de fútbol para concentrar un montón de gente a su alrededor. Eso, a mis cuatro añitos, era algo nuevo. Fue un amor incondicional. Mi padre no sabía qué hacer para convencerme a la hora de irnos. Era el año 86, y lo que vi entre aquella muchedumbre era el mundial. Maradona fue el protagonista, obviamente, pero yo tendría otro héroe. El pelusa me daba, y me sigue dando, igual.

El “Miramar” lo regentaba un tal Toni, un tipo que me llamaba “bandido”, un hombre guasón que gustaba de hacer reír a la gente, especialmente a mí. Una vez salió con una máscara de mono y un consolador fluorescente, en otra ocasión, arrojó una bandeja justo detrás de una mujer británica gordísima, que salió corriendo del susto. Para un niño, aquello eran cosas divertidas. Toni se convirtió en mi ídolo, pero él también tuvo uno. Se llamaba El Matador.

“¿Papá, qué hacía Mario?” “¿Papá por qué Mario no puede jugar en Molde?” Mi padre creyó que la única manera de convencerme de que habían otros lugares en el mundo más allá del café, era comprándome una pelota y una camiseta de fútbol. Para eso fuimos a Benidorm.

La gente siempre suele decir que un equipo es mucho más que un grupo de jugadores vistiendo una camiseta. No es que no esté de acuerdo, pero a veces, hay futbolistas que definen una época, convirtiéndose en algo más, perdurando en las mentes de los aficionados para siempre y formando parte de la historia del club. Los nombres de Puchades, Mundo o Baraja siempre serán sinónimos de Valencia Club de Fútbol. Pero por encima de todos siempre estará Kempes.

Toni me hablaba maravillas sobre aquel futbolista que había reinado años atrás en su equipo favorito, el Valencia. Era el héroe de mi ídolo. “¿Papá, qué hacía Mario?” “¿Papá por qué Mario no puede jugar en Molde?” Mi padre creyó que la única manera de convencerme de que habían otros lugares en el mundo más allá del café, era comprándome una pelota y una camiseta de fútbol. Para eso fuimos a Benidorm.

Mi padre era un tipo muy orgulloso. Nunca aceptaba que se había equivocado. Conduciendo, por la noche, se perdió. Me acosté rumbo a Benidorm, y me levanté en Valencia. No recuerdo muy bien cómo estaba la ciudad, lo que sí recuerdo es ver Mestalla. Nunca en mi vida había visto algo tan grande. Nos pasamos el día entero buscando una camiseta del VCF, no eran tiempos como los actuales en los que puedes ir al Templo del Fútbol y conseguirla, tampoco ayudó que mi padre no hablara ni una palabra de castellano. Pero al fin la conseguimos. Sólo había una.

Era muy muy grande, excesivamente grande, era la de la Senyera. Pero lo más importante es que era la de Kempes. Mi padre decía que no, iríamos a buscar otra de mi talla a Benidorm. Me planté. Y me la compró, por supuesto. La llevaba noche y día. Toni también se alegró, y mucho, cuando volví con ella. Fue día de fiesta en el “Miramar”.

En los años siguientes no resultó fácil saber de la liga española, y tampoco de Mario Kempes. Sin embargo yo mantenía la misma pasión y cada vez que mi padre volvía de viaje me traía algo; carteles, fotografías, libros… Pasando los años he leído mucho sobre Mario. También he traducido mucho al noruego, para que otros pudieran enamorarse de esta leyenda. Noruega era y es un país con una cierta anglomanía, y antes de los 2000 casi nadie prestaba atención a la liga española.

Entre todas las camisetas del Liverpool y el Manchester United, mi camiseta de Valencia siempre brillaba. La llevé hasta que cumplí los 14 (así de grande era). Las colores ya son más tonalidades de grises que rojo y amarillo, y las letras ya hace mucho que no se ven. Pero los colores los continúo imaginando y las letras KEMPES estampadas en la espalda siempre van a estar en mi mente. Otros héroes vienen y se van, pero Kempes……Kempes siempre perdura.

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