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El último penalti de Gorostiza

Abandonado, roto, Gorostiza, el que fuera el mejor extremo zurdo del siglo XX, acabó sus días en un asilo para leprosos, arruinado, dejado, esperando ser devorado por la enfermedad y a que su pasado en el césped le rescatara del olvido.

«No es posible, Gorostiza, tú no puedes estar aquí». Con tales palabras Manuel Summers pone fin a su búsqueda del mito en Juguetes Rotos (1966), un lamento que ilustra el impacto de descubrir a una vieja gloria recluido en un asilo, sólo, despojado de la distinción y el reconocimiento que atesoró; borrado de los recuerdos del público que antaño le idolatró, rodeado de gibosos, mutilados y perros pulgosos en un escenario tan tétrico como mohoso.

Bala Roja, en aquel instante, ya no estaba en todas partes, como había estado no hace mucho, cuando era motivo de alegría entre los pocos infantes que podían permitirse poseer un cromo, o adquirir alguna chocolatina de esas que en los años 40 ilustraban envoltorios con su rostro y el de tantas personalidades. Apenas quedaba de él un recuerdo fugaz.

«Chaval, ¿sabes quién es Guillermo Gorostiza?», interroga Summers a un adolescente bilbaíno de los 60; la respuesta, como la de los mayores, siempre es contundente: Silencio, encogimiento de hombros, un sonoro «no». Era un olvido más.

El anciano que nos muestra el documental, largo, flacucho, de nariz aguileña y boina que se alimenta de gachas en un plato de metal picado, fue, y sigue siendo, el mejor extremo izquierdo que ha dado el fútbol vasco. Un referente en la historia de Athletic y Valencia, dos instituciones que van sobradas de tal cosa. Uno de los primeros iconos pop en una era donde ni el pop, ni los iconos, eran llamados a escena.

En la España tétrica de los 40, un régimen carente de referentes culturales e intelectuales, utilizará como imagen a Gorostiza

Poco a poco, al paso lento de la creciente oscuridad emanada desde su interior, el mote futbolístico que le otorgaron las crónicas del gran Renzi (Rafael Gómez Redondo) mutó en adjetivo descalificativo: bala perdida. Es su otro yo quien ayuda a completar de forma magistral al personaje. Grande, a la hora que mísero, tan contradictorio como bohemio, facetas imposibles de separar si queremos entender su figura.

Porque Bala Roja resultó ser azul. Carlista, catolicón, de peculiares convicciones, llevándole eso a integrar primero la selección de Euskadi que emprendió una gira para hacer causa a favor de la República durante la guerra, y a continuación, desertar de ella. Cogiendo el fusil y enrolándose en los Requetés. Una organización paramilitar que combatió junto a Franco.

Ingredientes todos ellos más que suficientes para que la España gris y tétrica de los 40, ante un régimen carente de referentes culturales e intelectuales, utilizara como imagen propagandística a un as del balompié como este. Y allí fue a parar, de estrella en el reparto de ¡¡¡Campeones!!! (1943), uno de los primeros intentos de la dictadura de implantar entre la juventud los ideales falangistas a través del cine. Y también, siendo el único internacional en repetir convocatoria tras el 36.

La cinta despierta preguntas en quien ose perder tres horas de su vida en visionar un film de argumento caótico, chusco, sin mucho sentido. La primera, conociendo la vida del futbolista, es si no se estará riendo el director de Gorostiza. Sea casualidad, treta, o un guiño, el desdén cinematográfico que se proyectó presentó de forma fidedigna ambas caras de una misma bala. Jose María Soane fue el encargado de encarnar al verdadero Goros, un personaje alcoholizado, de genio vivo, impuntual y al que todos quieren y aborrecen a partes iguales. Julio, el personaje de celuloide, es el que nos deja ver en pantalla situaciones de equipo que se vivieron en los vestuarios de Mestalla, mientras el verdadero Gorostiza se pasea por la película elegante, engominado, ejerciendo de lo que siempre quiso ser, y no siempre consiguió, un galán, un trabajador ejemplar y un tipo brillante.

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El chico de Santurtzi es el padre de esa estirpe de genios locos que décadas después ilustrarían el fútbol, el primero de una colección que de haber nacido en Manchester y en los 60 hoy sería referente, como es y fue George Best. Ambos, víctimas de sus propios excesos, capaces de levantarse una vez y otra conscientes de la toxicidad de su modus vivendi, pero sin la fortaleza suficiente para ponerle fin.

Es la definición por excelencia del jugador diferente, del tipo peculiar que no pasa desapercibido ni dentro ni fuera del terreno de juego. Odiado y amado; amado y odiado. El eterno destino de los magos del balón.

Guillermo —¡bendito loco!— era capaz de desaparecer durante días sin dar señales de vida. Ausencias macabras que encogían los corazones de allegados y conocidos, esperando en cualquier instante que apareciera muerto en alguna esquina, o que siquiera volviera jamás. Pero de cualquier modo se las apañaba para regresar, a hora y en día. En sus mejores momentos, minutos antes del partido, impoluto, con zapatos brillantes y aspecto fresco, entraba al vestuario portando caros ropajes, repartiendo abrazos y besos, e incluso en ocasiones, entregando regalos a modo de perdón.

Trataba de una pose para ocultar las grietas que decoraban su interior. Que iban acrecentándose con el paso de los años, exagerándolo todo, alargando sus períodos de ausencia hasta la temeridad, aumentando el salvajismo de sus escapadas de placer.

El terror al pasado, el miedo al mañana, trajo a un jugador que iba dejando un rastro de facturas y desperfectos por pagar que siempre recalaban en Mestalla exigiendo su cobro, llegando a sus reapariciones hecho un despojo, maloliente, de ropajes raídos, y aspecto mortecino.

Tal fue como se presentó a un partido en Oviedo tras una semana sin saber de él, obligando a Luis Colina a salir en su rescate advertido por el conserje de que en la puerta del estadio un pordiosero juraba ser Gorostiza. Bastaba, para como llegaba, saltar al terreno de juego y ganar él sólo el encuentro firmando una actuación estelar a modo de disculpa general.

Así se despidió de Mestalla ante un Sevilla campeón de liga, saliendo de la caseta en un estado de evidente embriaguez en la semifinal copera que les enfrentaba. Las burlas de los espectadores se convirtieron en ira, dando paso al estupor que producía observar a un personaje de su talla en tan lamentables condiciones. Aquel partido le regalaría un adiós digno de recordar. Empezó mal, con una pena máxima errada que se empeñó en lanzar creyendo ser su única oportunidad de decir adiós a un estadio que antaño le idolatraba, alzando dichos populares con sus hazañas sobre el verde. Se trata de un chut desde los once metros que emula su vida: Salió bien, continúo mejor, pero en el último tramo se desvió tanto que acabó transformado en un fallo mayúsculo.

Gorostiza, como genio que fue, un derroche de talento que por muy borracho que jugara aún poseía cualidades para ganar partidos, decidió resarcirse de dicho penalti errado con tres goles y una lección de fútbol que levantaría un 7-0 para encarrilar el acceso a la final.

Espacio donde tendría lugar su última vez con la casaca del rat penat en partido oficial. Un lugar, un escenario, que le hizo grande en tiempos del Athletic y el mejor Valencia, encontrándose otro penalti que se dispuso a lanzar, esta vez ante el Real Madrid, esta vez anotándolo, certificando ahora la derrota de su equipo y la suya propia.

Era apenas un esbozo de aquel extremo ingobernable lo que correteaba sobre Montjuïc, viejo poseedor de dos látigos por piernas, y otros tantos recursos que ni parapetando tres equipos ante él hubiera bastado para frenarle. Con 111 goles se marchó de la capital valenciana un extremo izquierdo que cerraba aquellas ligas de 26 jornadas con casi 30 tantos, y que cuando echó panza, bebía hasta caer redondo, y se extraviaba, le daba aún para rozar la veintena por temporada.

Un hombre ausente, prisionero de los fantasmas de la guerra, donde perdió a casi toda su familia y experimentó situaciones que no le dejarían dormir hasta su muerte definitiva, roto por completo, era lo único que quedaba.

Sin importar demasiado si había que jugar en segunda o en tercera, sobrepasando los cuarenta años tanto le daba ejercer de jugador-entrenador o de figurante en algún partido de exhibición, cualquier cosa era buena con tal de deambular por el balompié y tener con qué humedecer su garganta. Ni las 100 mil pesetas de la época que el Athletic recaudó en su homenaje (1951) fueron suficientes para salvarlo, porque Goros ya no tenía solución.

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Y fue así, recluido en un antro, como lo encontró Summers en 1966, alejado de todo y de todos, enfadado con el mundo y consigo mismo: «¿Qué hago?, el ridículo es lo que hago». Contesta mirando a cámara un personaje ya tocado por la muerte. «Creo que tengo motivos para exigir, no para rogar que me den, para exigir», espeta a modo de reclamo, le reconcome su furia, «una ayuda económica y alguna cosita para poder yo vivir, sin ser dinero», completa.

— ¿Y no se se lo han dado? —Pregunta Summers.

— Ni contestarme.

— ¿Y a qué atribuye eso?

—Lo atribuyo a que en esta vida — su cara se llena de amargura y desprecio — hay que estar en la pura salsa. Hay que estar en Madrid pasando la mano al lucero del alba. ¿Entiende lo que quiero decir? Pues sí, pasar la mano por el lomo. Y yo no sirvo para pasar la mano por el lomo, porque la mano la he pasado cuando he tenido que dar la cara en la guerra; y he sido voluntario.

Uno de los más grandes del primer siglo de fútbol posa rodeado de tullidos, jorobados, y enfermos. Su única ocupación es la de esperar que le llamen a la otra vida, sentenciado por unos pulmones destrozados que van apagándose poco a poco. Rememora sus fechorías durante el rodaje de ¡¡¡Campeones!!!, «demasiado bien me lo pasé. Cuando marché yo de los estudios Chamartín en el bar pusieron la bandera a media asta, se acuerdan de mí con locura».

— ¿Y cómo vive usted ahora? —Dice Summers.

— Qué le voy a decir de vivir. Tengo una madre, tengo un hermano, y no tengo nada. Teniendo lo que tengo, y no tengo nada. Le ruego que no me pregunte sobre eso porque no le voy a contestar.

La andanada responde a su pasado, a una infancia en casa de un notable médico, de hogar sin penalidades, abundante comida, felicidad y dinero a espuertas, que le permitió ingresar en los mejores colegios de aquellos famélicos principios de siglo XX y darle patadas a un balón despreocupadamente en entorno de niños pobres y costillas por fuera, teniendo que hacer frente a la colisión paterna que pretendía arrancarle el fútbol de las entrañas y meterle las letras a golpes, ganando aquella batalla un Gorostiza que ahora se veía desposeído de su herencia y abandonado cual fardo.

Así, borrado de la mística bilbaína, casi de la valencianista, Summers despide al ídolo de su niñez dándole oportunidad de lanzar un penalti, otro, como aquel que erró en tan extraña tarde de fútbol en Mestalla, regalándonos con ello la última pena máxima de su vida.

Dicen, aquellos que le conocieron, que no existen casualidades en la biografía de Gorostiza; tal vez explique que aquellas cámaras recogieran los últimos instantes de vida del mito, dándole la oportunidad de reclamar por última vez su lugar, ya que en agosto de ese mismo año, justo cinco meses después de entrevistarle para Juguetes Rotos, moriría en el hospital de leprosos de Santurtzi; sólo, pobre, y olvidado.

Tuvo tiempo aún de protagonizar un último gesto de grandeza, un acto de escalofriante sencillez. Su cadáver, en posición fetal, apareció aferrado como un clavo ardiendo a un objeto menudo e impoluto, pero de gran valor sentimental para él. Era su última posesión, la única que no perdió durante su locura ni le arrebataron sus deudas. Tal pieza era una pitillera de plata de ley, en la cual, rezaba una sencilla inscripción: «Del Valencia CF a Guillermo Gorostiza, el mejor extremo izquierda del mundo y de todos los tiempos».

Murió unido a aquello que realmente era, a lo único que le quedaba, el recuerdo de haber sido quien fue y la inmortalidad que profiere la historia.

10 comments on “El último penalti de Gorostiza

  1. Una nota final: la inscripció del portacigarrets hi han varies versions, unes diuen que posava “De Luis Casanova a Guillermo Gorostiza” y altres “Del València CF a…” m'he decantat per esta ultima per una simple raó, es més comú que els clubs de l'època regalaren esta classe d'objectes als jugadors en els homenatges “nacionals” que es feien.

    A Puchades el Barça pel seu homenatge li va regalar un anell d'or, i el VCF un rolex amb una inscripció.

  2. Que duro es el documental, se te ponen la piel de gallina.

  3. Pillgrim

    Que triste final para tan gran hombre. Habia oido lo de la pitillera y que murió entre miseria, pero no como habia llegado a tal punto.

    Magnifica historia.

  4. Quines histories. Gràcies per donar-les a conèixer.

  5. le gràcies als 4 que em llegiu!!

  6. Ufff es increible com podien arribar a acabar els grans d'aquella época, per cert el favorit del meu iaio Gorostiza. Salutacions!

  7. esta volta tas tornat a superar. moltisimes gracies pel teu treball, este articul me reafirma en el que et vaig dir fa pocs mesos, desmemoriats es un dels millors blogs dedicats al valencia que hi ha per no dir el millor

  8. tampoc serà per a tan, el mèrit és vostre per aguantar-me.

  9. tremenda e impactante historia. Gran curro Desme. No seas tan humilde que tu blog es muy grande, aunque no lo reconozcas por modestia.

    Por cierto, me ha venido a la mente como podría acabar más de uno Crack del panorama futbolístico actual si no toma buena nota de estos casos.

  10. Añadir un comentario al hilo del texto, según me han contado: en el partido del Sevilla donde lanza el penalty totalmente ebrio, tras fallarlo y recibir insultos y burlas de los aficionados sevillistas, les dice: “ah, sí, ahora veréis”. Les marcaría tres goles, riendo el último.

    Por cierto, pese a su ideología, en el asilo le oímos: “para que te den algo en este país hay que ir a Madrid y pasar la mano por el lomo.”

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