Els xiquets del Matador

Penalti a ciegas

El temor de un niño ante el lanzamiento de penalti y la idolatria a un jugador sin igual. Una historia de Vicente Manuel Cuenca.

De pequeño pasé muchas tardes de domingo en casa de mis abuelos de Benimaclet esperando a que mi padre y mi tío regresaran del fútbol. Así era sobre todo cuando el Valencia jugaba contra alguno de los grandes.

“Hoy no puedes venir –me decían- porque a lo mejor no te dejan entrar y te tienes que quedar solo en la calle”. Con esa verdad inventada para provocar el miedo en un niño crecí hasta que el 1 de mayo de 1983, el día de mi decimosegundo aniversario, y en el momento de soplar las velas, mi padre tomó una decisión de la que creo no tardó en arrepentirse. “Vete solo con el tío al fútbol, que no quiero ver descender al equipo; y a partir de ahora el pase es tuyo”.

Esa tarde de primavera, un gol de Tendillo y una parada de Bermell en la línea de meta hicieron llorar en el Luís Casanova a más de uno de esos viejos del puro del Sector 16, cuando la suerte se alió por una vez con el Valencia y lo dejaba unas temporadas más en Primera. En aquel equipo, una sombra de los tiempos de esplendor y de dispendio de Ramos Costa, permanecía Kempes con un papel casi de figurante.

El año siguiente fue el último para él y aún hoy recuerdo con viveza la rabia que sentí por una despedida amarga e ingrata, casi clandestina. De la primera vez que le vi jugar he de reconocer que no tengo imágenes tan claras; solo permanece en mi cerebro el aroma del césped recién cortado de Mestalla, un olor que no sé muy bien porqué hace mucho que no es el mismo.

Fue un mes de octubre, yo solo tenía cinco años, y entre idas y venidas de la grada al vomitorio, al que mi padre me llevaba para protegerme de la lluvia, Kempes y Diarte se encargaron de meterle cuatro goles al Racing de Santander.

Desde ese día, favorecido por el cemento corrido de la grada numerada central, y por la paciencia de mi padre, una almohadilla de más con la publicidad de Vifasa ocupaba la fila 12 muchos domingos. No todos, porque esa regla no escrita vigente hasta la emancipación conseguida en aquel Valencia-Real Madrid del 83 hizo que me perdiese la inmensa mayoría de los grandes partidos de la época. Puedo decir con orgullo, sin embargo, que mi saco está lleno de goles del Matador, ninguno de la trascendencia de los marcados al Barcelona o al Nantes, pero capaces uno a uno de meterme en vena ese irracional amor a una camiseta del que nunca pude desprenderme.

Hace poco, mi hijo mayor me preguntó quién era Kempes. Yo le dije que fue el mejor jugador del mundo y que había sido nuestro, del Valencia.

La culpa es de Kempes; bendita culpa la suya. Por fortuna, la televisión me permitió disfrutar desde casa de algunos de aquellos momentos gloriosos. Casi todos los valencianistas de mi edad recurrimos al tópico del Argentina-Holanda.

Para mí también fue un sueño que un jugador de los míos se erigiese en el protagonista de la final de un Mundial. Kempes consiguió él solito que nos sintiéramos parte de un club que podía mirar a los ojos al Madrid o al Barcelona; o incluso por encima del hombro.

Tampoco olvidaré nunca sus dos goles de la final de Copa, teñidos de rojo, amarillo y un tímido azul, pero yo me quedo con el 4-3 en los cuartos de final de la Recopa contra el Barça. Pasé tantos nervios que le di la espalda a la pantalla de la televisión cuando Kempes se disponía a marcar el penalti que sentenciaba el partido. Desde entonces, y hasta que Mendieta me demostró que desde los 11 metros se podía crear una obra de arte digna de admirar, no vi una sola pena máxima lanzada por un jugador del Valencia. Soy de los que piensan que en nuestra infancia está lo mejor de lo vivido, porque con el tiempo perdemos la capacidad para la sorpresa, ese maravilloso impulso por disfrutar de lo nuevo, por descubrirlo todo.

Mario Alberto Kempes es la joya más preciada de ese tesoro infantil que fue para mí el Valencia. Hoy estamos ya demasiado resabiados, agotados por las interesadas maniobras de poder y dinero de unos y de otros, para que podamos creer en el fútbol como en un deporte. En momentos así me refugio en su imposible melena al viento, en su velocidad de vértigo, su disparo meteórico y sus larguísimos brazos rozando el cielo. Con esto me quedo, por encima de ligas ganadas y finales de Champions.

Hace poco, mi hijo mayor me preguntó quién era Kempes. Yo le dije que fue el mejor jugador del mundo y que había sido nuestro, del Valencia. Su siguiente pregunta era de esperar, “¿Era mejor que Messi y Ronaldo?”. Ante la mirada atónita e ilusionada de mi hijo un “sí” salió de mi boca. Me bastó con volver a mirar al Matador con mis ojos de niño para que ni por un solo instante aquella respuesta dejase de sonar sincera.

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