Els xiquets del Matador

Por culpa de Kempes

La historia de un Mundial, una televisión y la melena al viento de un jugador símbolo de un país en dictadura. Un texto de Paco Gisbert.

Mi padre, la persona más poco apegada a las propiedades que he conocido en mi vida, tenía una extraña debilidad por la tecnología audiovisual. Era de aquellas personas que querían tener la mejor televisión del mercado aunque le importara muy poco no tener casa, coche o apartamento de verano propios.

En 1978, la mejor televisión del mercado era la televisión en color, que sólo tenía sentido en algunos programas de la parrilla de los dos únicos canales existentes. Casi todo lo que daba la tele era en blanco y negro, pero algunas retransmisiones se podían ver en color, un privilegio insólito en nuestro país en aquellos tiempos. En 1978, Televisión Española anunció que el Mundial de Argentina lo iba a emitir en color y mi padre no lo dudó: seguiría sin tener coche, casa ni apartamento de verano, pero tendría un televisor a color para ver los partidos del Mundial.

Aquel Mundial que vi por primera vez en mi vida en color fue el torneo de la vergüenza, la patochada perfecta para que un régimen de asesinos se diera un baño de popularidad y de comprensión internacional a costa del fútbol. Mientras Argentina iba eliminando rivales en el Monumental de Buenos Aires o en el Gigante de Arroyito de Rosario, en los cuarteles generales de la ESMA, el principal centro donde se gestó el terrorismo de estado durante la dictadura, los militares iban eliminando disidentes, personas cuyo único delito era pensar diferente que sufrían horribles torturas hasta llegar a la muerte.

En 1978, yo tenía 15 años y comenzaba a forjarme una conciencia política, una tarea complicada después de haber vivido mi infancia y pre adolescencia en la dictadura franquista. Estaba indignado de que Joao Havelange, brasileño ultraderechista que presidía la FIFA, mirara hacia los papelitos que caían de las gradas de los estadios argentinos en vez de mirar hacia las cárceles. Deseaba que Argentina no ganara su Mundial, porque, entre otras cosas, un triunfo deportivo siempre acaba por favorecer a quien ostenta el poder. Y el poder, en aquella Argentina, estaba en manos de criminales. Mis deseos estuvieron muy cerca de hacerse realidad, pues Argentina estuvo en el borde del abismo durante la primera fase, cuando se salvó de la eliminación en su partido contra Francia gracias a la valiosa colaboración de un árbitro tan suizo como neutral.

En la segunda fase de grupos, Argentina rozó ser apeada de la final, pero un extraño resultado, más propio de despachos que de estadios, contra Perú le dio el pase al partido por el Mundial. Sin embargo, a esas alturas de torneo, yo ya iba por Argentina. La culpa de mi repentino cambio de actitud, de mi chaqueterismo ideológico de tintes futboleros la tuvo Mario Kempes.

El Matador, desaparecido en la primera fase del torneo, se erigió en el héroe nacional de los argentinos, el hombre que les hizo olvidar que a sus hermanos, sus padres o sus hijos los estaban matando los militares. El Kempes que surgió en los partidos contra Polonia o Perú era el Kempes de Mestalla, un jugador capaz de generar una ocasión de gol cada vez que recibía el balón y avanzaba hacia la portería contraria. Un jugador que, de esas ocasiones que generaba, culminaba en gol la mayoría de ellas.

Argentina llegó a la final de su Mundial y el partido se convirtió en un acontecimiento en mi casa, propiciado por el flamante televisor a color. Mis dos mejores amigos me rogaron que los invitara a ver la final en mi casa, porque no querían volver a ver un partido de ese nivel en blanco y negro. Mis dos mejores amigos iban por Holanda, un equipo aseado, políticamente correcto y lleno de romanticismo y encanto. Yo no. Yo quería que ganara Argentina por culpa de Kempes.

Por culpa de Kempes, me hice de la Argentina de Passarella, Tarantino, Ardiles o Bertoni, nunca de la de Fidela, Galtieri o Havelange. Y por culpa de Kempes, aquel día en que el Matador se convirtió en el futbolista más determinante que haya habido jamás en una final mundialista me sentí orgulloso ante el mundo de ser valencianista.

0 comments on “Por culpa de Kempes

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s