Lectura de balons Memòries de Polònia i Ucraïna

Crack juvenil, suicida, bohemio

Martin Bengtsson era un joven prometedor que pudo alcanzar la gloria futbolística. Pero lejos de eso, la presión, la soledad de la distancia, y sus fantasmas le llevaron al suicidio. Ahora, sus memorias, triunfan en media Europa, convirtiéndose incluso en una afamada obra teatral.

Cualquier habitual el metro berlinés puede cruzarse con él sin darse cuenta; hay días que aparece ataviado con su chupa de cuero y acompañado de su inseparable guitarra, en otros, simplemente, aparece disfrazo con estrambóticos atuendos.

Poca gente sabe que tras ese aspecto desaliñado, de esa excentricidad innata, se esconde la historia de un muchacho bondadoso, de corazón enorme, que llamó la atención de los mejores clubes de Europa, y que ahora, a sus 28 años, vive en sesenta metros cuadrados rodeado de libros de Bukowski y de Noam Chomsky, con discos de los The Smits y Nirvana desperdigados en una habitación repleta de pinturas acrílicas, dibujos a lápiz y poesías que cuelgan de las paredes como antídoto a un pasado que le llevó hacia la muerte.

libroLa biografía de Martin Bengtsson es una historia de obsesiones llevadas al extremo, de un adolescente incomprendido que vivió en la soledad, tan pendiente de enfocar su carrera deportiva que olvidó crearse una vida fuera del césped.

La barba y el pelo desaliñado que luce entre los oscuros pasadizos del subterráneo berlinés avisa de que en tiempos, la  música le ayudó a superar una depresión que desconocía tener. Fue así, componiendo canciones, como pudo sobrellevar una lesión de meñisco que le apartó del único lugar en el mundo en el que se sentía útil, el campo de fútbol.

Pero un simple hecho, una decisión absurda de una empleada mezquina le empujó al abismo. Tras regresar de una convocatoria con la Sub-18 sueca encontró su habitación destruida, todo aquello que le hacia mantenerse vivo fuera del fútbol, sus dibujos, sus partituras, su obra, había desaparecido gracias a un exceso de celo de una exageradamente pulcra limpiadora.

Las tormentas internas de aquellas noches en soledad que conseguía calmar con su inquietud creativa volvieron para atraparlo en un encierro espiritual que se tornó en perjudicial para su propia subsistencia, quiso marcharse, volver a casa, pero hacerlo suponía convertirse en un perdedor, en un fracasado, asunto que le atormentó todavía más.

Antes del caos

Como tantos otros niños de aquella Europa feliz del verano de 1994, Martin recreaba en las calles aquellas matinales de fútbol sudoroso frente al televisor. Peleándose con sus amigos por erigirse en Romario o Bebeto, por ser el Henrik Larrsson o el Tomas Brolin de metro y medio, zapatillas arañadas y camisetas de tirantes dos tallas más grandes de lo necesario.

Viendo aquella Suecia semifinalista en USA’94, enfundando en su inseparable magglia de un Milán idolatrado, decidió ser futbolista y construir con ello su obsesión. Jugó descalzo en la calle tras ver un documental sobre los inicios de Ronaldo en las favelas cariocas, aprendiendo gracias a un reportaje sobre la escuela del Ajax que no le serviría de nada el talento si no aprendía a jugar en equipo. Cada sorbo que prendía del entorno balompédico que le atraía constituía un paso más hacia la oscuridad.

Aquel pequeño de 8 años convivía con la soledad de su hogar —de padre músico y de madre bailarina— y su deseo de llegar a la élite. A los 12, pensó que pesaba más de lo que requería la vida de deportista y se entrenó durante cinco horas diarias. Su empecinamiento creció tanto que su despreocupada progenitora decidió tirar de influencias para llevarlo a la escuela del Örebo SK, porque la pelota, entendió, era mejor droga que el tabaco o el alcohol, y daba mejor vida que la de artista.

Vestirse de corto le hacía sentirse útil en un mundo que no creía suyo, en el que vivía a la velocidad de la luz, incapaz de saborear las pequeñas conquistas de la vida. A los 16 años debutó en primera división, con 17 ya era capitán de la selección sueca Sub-18 y uno de los mejores talentos de Europa, para acabar fichando por el Inter, el rival del equipo de su vida, la scuadra en la que jugaba Ronaldo, aquel hombre que consiguió fascinarle hasta pergeñar un absurda imitación de su infancia en Brasil.

Quizá aprendió del brasileño ese descaro con el que le lanzó a Materazzi un caño para ridiculizarlo en su primer entrenamiento con los neroazurros, osando intentar emular el gol de Maradona ante Inglaterra en su segunda práctica con el equipo profesional. Actos que desataron una especie de bulling de esos ídolos que veía con ilusión, tornados en pesadilla por haber osado vacilarles, resultando aquel descaro un viva voz mutado en la gasolina para arrancar un temprano estrellato mediático.

Aquel sueco irreverente ocupó la portada de la Gazzetta dello Sport sin haber empatado con nadie hasta convertirse sobre papel salmón en el garante del futuro Inter con apenas tres entrenamientos y dos amistosos.

El hundimiento

Indisciplinados del primavera, aficionados a los cigarritos de la risa, consiguieron que se pusiera fin a la política de régimen abierto en la residencia interista; obligando a Martin a encontrar en su amiga la guitarra —adquirida en alguno de sus habituales ataques de compra compulsiva — el instrumento con la que aprender a matar horas y granjearse enemigos.

interFue su primer paso hacia el pozo negro, excavado con anterioridad en uno de sus encierros junto a la Play Station o sus interminables horas de estancia en la milla de oro milanesa —renunció a la escuela para vivir la vida y quemar la visa—. La desubicación fuera del terreno de juego hacía estragos en un entorno al que era incapaz de adaptarse.

Quería ser Kurt Kobain y Roberto Baggio a la vez, componer calmaba el dolor de aquella rodilla rota, le hacía olvidar la pesadumbre de verse alejado de un terreno de juego, cosía el desgarro que le suponía no poder pisar un trozo de hierva. Escribir, dibujar… le dio sentido a una vida de excesos, supuso el fin a ellos, por eso la pérdida de todo aquello fruto de una insensible señora de la limpieza, tuvo sabor a cataclismo, sumiéndole en la perdición cuando estaba saliendo de ella.

Aquellas empleadas dictatoriales que le arrebataban su creatividad, aquellos compañeros que siempre lo miraron con desprecio por destacar sobremanera con una pelota entre las piernas y martillear con su guitarra las horas de asueto, dejaron de difuminarse tras su dibujos y escritos para ocupar sus pensamientos en exclusividad, el vacío, durante aquel encierro impuesto por el club, se tornó en locura.

Un día cualquiera, tras 48 horas consecutivas escuchando en su MP3 «Days», de David Bowie, se encerró en el baño de su habitación mientras el resto de futbolistas de la residencia ocupaban su lugar en el comedor, esperando el desayuno.

Allí, entre paredes de azulejos blancos y una soledad rebotada en el eco del espacio,se cortó las venas para dejar un mundo que jamás entendió, y que en Milán, le había privado de sus vías de escape cuándo más creyó entenderlo.

El renacer_dsc3364

«¡Lo tenéis todo, dinero, coches, cualquier mujer a la que queráis! ¡Sois jugadores del Inter, y aun así no sois felices!» Esas palabras penetraron en su cerebro nada más abrir los ojos en el hospital, rodeado de aparatos y un psicólogo incapaz de entender cómo un niño de 18 años con el mundo a sus pies no sabía darle sentido a la vida de lujo que tenía.

En Estocolmo volvió a encontrarse con aquellos que le ofrecieron un rescate que rechazó días antes de cortar sus muñecas con una hoja de afeitar.

Y aún pudo haber llegado a grabar su nombre en las páginas de la historia de no ser por un titular de prensa: «El hijo prodigo ha vuelto». Letras que ilustraban en negro sobre blanco el posible renacer de un jugador descomunal, pero que acabaron por enterrar sus ganas de incorporarse a las filas del Örebo SK y escribir una segunda oportunidad, despertando aquella portada viejos fantasmas, ansiedades y temores, prefiriendo no tentarlos.

Aquel día, ante aquel trozo de periódico, supo que el fútbol no era un mundo para él y decidió colgar las botas con 20 años y unas posibilidades infinitas.

Trabajó de comentarista y escribió artículos en prensa antes de refugiarse en Berlín, lugar en el que se reinventó como músico, como artista y mecenas. Su pasión por la pintura le llevó a vender algún que otro cuadro por una importante suma, abriendo su propia galería de arte en 2008. Pero lo que realmente le apasiona son las partituras, y Waldemaar, su grupo, con el que triunfa, y le da un nuevo nombre sobre el que se esconde un rostro ya olvidado y al que jamás nadie recordará con unas botas puestas.

En 2010 regresó a Milan por primera vez tras su intento de suicidio para tocar en un pequeño local a media tarde. «Keep all the demons away» resonaba en el epicentro de su giro vital, con letras que narran su tormento personal entre aquellas paredes de la Pinetina.

Mientras abandonaba la ciudad por unas calles desiertas Milito, en Madrid, anotaba el 2-0 para el Inter en la final de la Champions. Martin Bengtsson, un hombre que podría estar en Kiev haciéndole sombra a Ibrahimovic, ya ni siquiera ojea los periódicos en busca de un resultado; para él el fútbol es un borroso recuerdo de un pasado que ha enterrado para siempre.

(*) Martin Bengtsson no ha dejado de acudir a terapia desde hace diez años. Una editorial sueca sacó a la venta su biografía en 2010 «I skuggan av San Siro» saliendo en el mercado alemán en 2012 bajo el titulo «Freistoß ins Leben» (golpe franco a la vida) las dos ediciones se han convertido en un best seller en ambos países. En Suecia han llevado el libro a una obra de teatro de éxito rotundo. Muchos continúan viendo a Bengtsson como un excéntrico, aunque en su vida actual prima el sosiego y la tranquilidad, se muestra tanto en público como en privado amable y feliz, a pesar de tener cierto éxito con su música y sus obras, continua acudiendo de vez en cuando al metro de Berlín para tocar de forma altruista, ayudando incluso a aquellos artistas que encuentra entre los concurridos túneles del transporte público capitalino.

1 comment on “Crack juvenil, suicida, bohemio

  1. No he sabut contar millor esta història, però aplegues a estes alçades de curs esgotat mental i físicament no tinc la frescura ni l'inspiració per a fer res millor. Ho sent.

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