Els xiquets del Matador

Der perfekte moment

El cineasta Andreas Weber fue uno de esos niños que a finales de los ochenta quedó fascinado con la llegada de un jugador como Kempes a un campeonato como el austriaco. Su figura pronto fue convertida en icono de una época, la de los 'legionarios' llegados al Österreich a golpe de talonario. En 2006 produjo un documental sobre el Matador y su impacto en el fútbol del pequeño país centroeuropeo. Esta es su experiencia.

¿Messi en la Bundesliga austriaca en 2020? Hoy en día probablemente no sería realista, pero es lo que ocurrió a finales de los 80 en mi país con la llegada de Mario Kempes. El mejor jugador del mundo aterrizó en un pequeño rincón de Europa para jugar sus últimos partidos como profesional.

Fue una revolución, todos acabaron pegándose por querer tenerlo en sus filas, al menos un par de meses, esa fiebre del oro le hizo jugar en varios clubes en muy poco tiempo. Austria enloqueció con Mario.

Pero si tengo que definirme de algun modo diría que soy escritor, no un director de cine. Mis retratos cinematográficos son diagonales, pausados, versátiles. Soy como es la Baja Austria y su modo de vida. Estamos siempre en acción. He subido y bajado diez pisos a lo largo de mi vida: fui estudiante; trabajé en una fábrica; fui redactor; instalador de gas y de vallas publicitarias; profesor de primaria y crítico cultural en “Falter” antes de cumplir los 32 años. Momento en el que caí en la escritura y el cine.

Fue mi momento más impresionante. Llegué a obsesionarme. Es la etapa que más esfuerzo requirió de mí; cuando se me metía una idea en la cabeza trabajaba en ella hasta la extenuación. Resultó, extrañamente, no suponer ninguna desventaja. Fue así como me topé con la oportunidad de producir un documental sobre Mario Kempes, su figura, y su impacto en el fútbol local. La culpa de eso la tuvo una vieja camiseta, y un par de cromos autografiados encontrados en una caja polvorienta.

Ese hallazgo fue todo un impacto emocional, consiguió que mi matrimonio se redujera a Kempes y a un par de hamburguesas frías. Los austriacos somos un poco especiales, Fritz Habeck fue un autor que a sus 80 años, tambaleándose entre la fama y el olvido, se obsesionó con coleccionar libros de Hermann Gail hasta alcanzar la locura. Es una historia famosa aquí, por eso un día, encontré una nota en la nevera dejada por mi esposa que refiriéndose a mí empezaba con un contundente “Querido Fritz”.

El camino del artista requiere dedicación y suele demandar un alma solitaria. Es así siempre que se emprende un nuevo trabajo. Y así debe seguir siendo. Cuando encontré aquel material de mi infancia estaba inmiscuido en la búsqueda de material para una nueva producción. Fue algo fascinante, un golpe de suerte tener aquellos cromos entre mis manos. Y eso, fascinar, es lo que hizo Mario Kempes a los nativos de la región en aquellos días de adolescente. Donde antes acudían 50 personas se presentaron 5000 a ver los partidos de pretemporada.

Recuerdo la emoción que supuso para nosotros tener al campeón del mundo, máximo goleador y mejor jugador del torneo, a cinco minutos de casa. Diez años más tarde de aquel gol a Holanda llegaba a Krems, a un estadio indigno, con 350 espectadores de media en temporada alta. Increíble. ¿Cómo pudo escoger una persona así un lugar como ese para ir a jugar al fútbol? No cuestionemos las decisiones de Mario Kempes. Tras el hallazgo contacté con viejos amigos, charlamos sobre aquel verano, nos dimos cuenta de las posibilidades que tenía la historia y de la cantidad de material que empezó a surgir alrededor de una mesa y un par de cafés. Todo el mundo tenía algo que contar o conocía de alguien cercano que había protagonizado alguna anécdota delirante.

Fue así como me topé con la oportunidad de producir un documental sobre Mario Kempes, su figura, y su impacto en el fútbol local. La culpa de eso la tuvo una vieja camiseta, y un par de cromos autografiados encontrados en una caja polvorienta.

b1nvqqncmaa2emwEl siguiente paso a dar estaba claro, tenía que contactar con él, con el héroe nacional argentino, había que empezar a preparar de forma seria el trabajo. Llamé a Linz Fischer, un productor conocido y amigo, que me habló de un viejo biólogo de su círculo íntimo, Fredl Tatar, de buena reputación, que había jugado con Kempes en aquellos años y que tal vez me pudiera ayudar. Una semana más tarde conseguí el teléfono de Mario.

Todo eso tuvo lugar durante el verano de 2001. Suele ocurrir que antes de empezar a grabar hay un período previo de dos años de trabajo. Hay que elegir escenarios, concretar la historia, escribirla, buscar a los personajes que quieres que aparezcan y convencerlos de que se pongan delante de una cámara, entrevistar a los protagonistas, y sobre todo, la tarea más ardua y complicada es la de encontrar la financiación y a alguien que le interese el proyecto. En este caso ocurrió que la ÖRF [la radio televisión pública] se mostró entusiasmada con el documental desde el primer momento, pero llegada la hora de la verdad, cuando estaba todo listo para empezar el rodaje, nos dejó tirados. Sin contrato de televisión, las distribuidoras y los cines nos dieron la espalda, y la misma ciudad de Viena se negó a proyectar el trabajo en sus festivales y salones públicos.

Estábamos en la estacada. Pero no íbamos a arrojar la toalla tan fácilmente. Hicimos la película prácticamente sin invertir dinero, reformulamos el concepto inicial, suprimimos los escenarios en Argentina, muy a nuestro pesar, pues era la parte más emocionante y sustancial de la idea original. Cada céntimo perdido fue sustituido con compromiso personal y una dedicación infinita. Como buen austriaco viví obsesionado durante meses en sacar adelante este proyecto. Tras aquel incidente, en 2003 empezamos a tomar imágenes y a grabar las primeras escenas. Viajamos por Austria y España, recorrimos la carretera como viejas estrellas del rock, y sobre la marcha fuimos descubriendo al Campeón del Mundo. La primera parada fue Valencia, obviamente; el lugar que treinta años después seguía siendo su casa.

Llegó allí con 21 años, fue máximo goleador del campeonato, y en 1980 y 81 ganó la Recopa y la Super Copa de Europa. En el pico más alto de su carrera sufrió una lesión de rodilla, y acabó exiliándose en River Plate, donde empezaría a deambular por el mundo buscando un lugar en el que asentarse. Visto con perspectiva, no lo acabó de encontrar nunca. El paso previo a su llegada a Austria lo dio en Alicante, en las filas del Hércules con el que descendería a segunda división, cosas de la vida, el equipo que le trajo el reconocimiento internacional y del que estaba huyendo acabaría sufriendo el mismo destino.

Es cierto que la sensación general de su paso por el país es muy buena, pero no todos piensan lo mismo. Ernst Dokupil nunca ha deslizando una buena palabra sobre Mario. Sin embargo, Thomas Parits sólo habla maravillas del argentino.  Fueron sus jefes en el St.Pölten

El responsable de su llegada a Austria fue Pepi Schultz. Exfutbolista metido a entrenador primero y a representante de jugadores después. Se ayudó en Carlos Sintas, viejo delantero del Austria Viena, que también participó en las negociaciones. “Kempes siempre se mostró receptivo a venir a Austria” dice Schultz. No es nada sorprendente. Iba a ganar bastante más dinero que en España, pero el jugador no se lanzó a tumba abierta, Pepi recuerda que “a pesar de mostrarse entusiasmado desde el primer momento no quiso ponerlo fácil, apretó un poco para mantener las apariencias”.

Lo llamativo fue que no recalara ni en el Austria ni en el Rapid, los dos grandes del fútbol local tenían la posición cubierta con buenos delanteros, y Mario, a sus 31 años, llegaba con fama de tener la rodilla demasiado estropeada, lo que llevó a ambos clubes a no cometer ninguna locura. Suponemos que pronto se arrepintieron de aquello.

Es cierto que la sensación general de su paso por el país es muy buena, pero no todos piensan lo mismo. Ernst Dokupil nunca ha deslizado una buena palabra sobre Mario. Sin embargo, Thomas Parits sólo habla maravillas del argentino. Fueron sus jefes en el St.Pölten; Dokupil sustituiría en el cargo a Parits, y fue el responsable de que Kempes abandonara el equipo. Se hace extraño imaginar cómo un club tan pequeño echó de aquella manera a un jugador tan grande. Pero la disciplina de Dokupil era demasiado cercana a la existente en un campo de concentración. Y para qué vamos a engañarnos, todos sabemos de los hábitos con el tabaco que había desarrollado Mario durante años.

Afortunadamente, aquella no fue su última aparición en los campos. En 1995, a sus 41 años, volvería a vestirse de corto en las filas del A.F. Vial chileno. Hasta que colgó las botas a los 42 años en las filas del campeón indonesio, el Pelita Hyatt. Esa pulsión por jugar al fútbol la conoció muy bien Alfred Tartar: “Él siempre quiso jugar al fútbol, le daba igual dónde, cómo y con quién. Le importaba muy poco si jugaba ante 50 espectadores o ante 50 mil. Simplemente quería jugar y nada más”.

Su conexión inflexible y apasionada por el fútbol, la cual conservó incluso como entrenador, le llevó a tomar su primer trabajo en los banquillos en 1996, en el sorprendente SK Lushnja albanés. Es una pieza que en el documental original, con la financiacón de la ÖRF, iba a tener su espacio, pero que en el trabajo final nos vimos obligados a recortar hasta dejarlo casi en un pasaje testimonial. Y es una lástima, porque es una historia apasionante con relación con la mafia incluida.

El VCF le había hecho a Kempes una oferta para representar al club, pero Marito la rechazó, aconsejado por Di Stéfano. “Mario, no seas idiota”, le dijo

13178040_740986939377799_235304310263563706_nKempes sólo duró un mes, la estructura del SK era piramidal, obtenía dinero quitándoselo a otros, un mero mecanismo de blanqueo y tráfico. En 1999 se sentó en el banquillo del Mineros de Guayana, en Venezuela. Pero su equipo más potente fue el Oriente Petrolero boliviano con el que sería campeón. Aquella aventura le hizo abrazar las mieles europeas para llegar a la Serie D italiana de manos del Casarano, un pequeño equipo de Bari. Pero nada comparado con el San Fernando de Cádiz en 2002, un gran fracaso que le hizo dejar los banquillos.

Durante mi visita por España le encontré en ese punto, todavía dolorido por su accidente gaditano, pensando en si renovar su licencia como entrenador y reciclarse o dejarlo definitivamente. En aquel viaje se antojaba indispensable visitar a Alfredo Di Stéfano, ex entrenador suyo en River, y ocasionalmente, en Valencia. Lo encontré, a él y a Mario, departiendo en las catacumbas del Bernábeu, donde los veteranos del club blanco juegan partidos durante la semana y solucionan sus problemas a base de discusiones efímeras y cervezas. Si querías encontrar a Di Stéfano era muy fácil, lunes y miércoles, de diez a doce, siempre estaba en el mismo lugar.

Curiosamente aquella misma semana el Valencia le había hecho a Kempes una oferta para representar al club, pero Marito la rechazó, aconsejado por Di Stéfano. “Mario, no seas idiota”, le dijo delante de mí. Me llegaron rumores, preparando el documental, de que la relación entre ambos, en su etapa en el Valencia, no había sido nada buena. Posiblemente en River se reconciliaran, o no.

Pero aquella mañana existía un trato entre ambos muy similar al que existe entre un padre y un hijo. Aquellos días conviviendo con él me hizo darme cuenta que había subestimado la afamada humildad del argentino. Nunca tuve la sensación de que fuera un perdedor, tal vez no sea el mejor calificativo, pero su comportamiento era más parecido al de un jugador de tercera división que el de un campeón del mundo. Incluso entre mi círculo de amistades encuentro gente que actúa creyéndose un Dios sin haber hecho realmente nada. Pero Kempes era diferente, no le daba importancia a lo que representaba, mantener esa actitud me pareció sorprendente teniendo en cuenta que durante nuestra estancia en Madrid y Valencia era imposible estar más de cinco minutos en la calle sin que se acercara alguien y se arrodillara ante sus pies.

Mis críticos dicen que el verdadero problema de mis retratos cinematográficos es la soledad con la que aparecen los protagonistas. Puede ser. Prefiero captar el momento perfecto, ese instante en el que el personaje está inmiscuido en el caos, tratando de diseñar un nuevo rumbo en su vida y emprender nuevos caminos. Fue precisamente ahí donde encontré a Mario. Casi desahuciado, sin nada que hacer. Atrapado entre la leyenda de su fútbol y un presente empobrecido y sin destino fijo. Un hombre que podría tener lo que quisiera pero que su forma de ser le impide reclamar lo que le pertenece como leyenda.

El rodaje terminó en 2004, en 2006 finalizó en montaje y la edición. Ese mismo año emprendimos una angustiosa carrera para llevar la cinta al público, ya fuera cine o televisión, sin demasiada suerte. Afortunadamente el documental funcionó muy bien en festivales, y todavía hoy, con el surgir de la nueva cultura del fútbol, aparece en todos los ciclos sobre fútbol documental que se organizan por Europa. El “momento perfecto” no sólo refleja el paso de una superestrella por un país pequeño, también trata sobre una leyenda caída que se reconstruye a sí misma juntando sus restos. La misma vida de Mario.

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  1. Pingback: La última oportunidad de Mario – THE BARRACA

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