cultura de club

Aquellos días en la general de pie (II)

Puedes leer la primera parte haciendo clic aquí

En la Valencia de los gemelos de Rafaelbunyol, con sus cargamentos hortofrutícolas en forma de obsequio a los jugadores, de Españeta, o de Viola, Valdano tuvo la ocurrencia de soltar un día que aquello que querían era divertirse sobre el campo, y por ende, que la gente lo hiciera con ellos. Llegaba tarde, como siempre, pues eso era lo que hacíamos, aunque no necesariamente por el juego de toque horizontal que intentó implantar. En Mestalla encontrabas cualquier excusa para reírte o para montar una fiesta. Si los Riazor Blues te recibían con pedradas, intentando crear una agria confrontación, la respuesta de Mestalla era recibir al Deportivo en silencio y de espaldas. La seriedad tal vez nos alcanzó a partir de las jubilaciones irreales de Soler, con las mechas de Albelda (aquello fue lo más parecido a entrar en la Masonería), o en aquella denuncia que hizo que hermanos lucháramos contra hermanos.

Antes de aquello pasaban cosas como que Angulo sacara la lengua para celebrar los goles, en homenaje final a las gárgolas de La Lonja, confirmando en rueda de prensa que estaba “un poco” sancionado. O que Albelda en el palco – antes de hacerse mechas no iba convocado en muchas ocasiones – se guardara los pinchos de tortilla del catering en el bolsillo, celebrando su astucia con los presentes, como si aquello, en manos de un tipo con ficha millonaria, fuera una gesta merecedora de elogio. Un día Rielo dedicó la clasificación para la final de Copa del 95 “a la afición del Valencia, que es de puta madre” para tener que salir en rescate de un Paco Roig que llegó a cogerle gusto a aquello de acabar con un ojo morado.

En aquella ciudad singular había un tipo, ‘el negro’ Cáceres, con tan firmes convicciones que nunca cesó en su empeño de obsequiar a la parroquia con jugadas terroríficas. El muchacho llegó a desarrollar una especie de pase en parábola hacia su portero que en más de una ocasión estuvo cerca de convertirse en auto-gol antológico. Su técnica llegó a estar tan perfeccionada, que ante el temor de que lo pudiera conseguir, lo echaron del equipo evitando así que tuviera algo que contarles a sus nietos. Eran tiempos maravillosos, donde el presidente de turno salia disfrazado de capitán moro ante las cámaras de Canal 9 para hablarnos, lleno de betún, de cómo Cuevas y Del Nido nos habían jodido a Suker, aquel delantero del Sevilla que llegamos a tener fichado y que acabaron empaquetando rumbo al Real Madrid. Aquella deriva nos dejó por Cánovas buscándole novio a la hija de Ranieri, para casarla y que se quedara aquí, en lugar de perder su vida en un colegio italiano que nunca apareció. Cosas así ya no suceden, pero tal como no consiguió ver Valdano, divertirse, la gente se divertía.

Ante la calma actual, aquello representa un contraste brutal, tan bizarro que se publicaban entrevistas en las cuales nuestros dirigentes decían cosas como que los valencianos “éramos medio moros, limpios y aseados, no como los catalanes” en diarios de prestigio. Aunque, en general, en el periodismo de la época imperaba la seriedad. Carlos Urrutia era el profesional joven y moderno del momento, tenía un toque especial con sus invitados y un don para llevarlos hacia una atmósfera íntima, fuera Cañizares o Cortés, sabía dotar de elegancia y coquetería wilderiana la actualidad valencianista. Un periodista además que rezumaba valencianismo, sus narraciones de los partidos y los goles sabían a verdad. Era de quien se hablaba, la promesa que salió del programa de Insa, y que éste sí, recibió cantos de sirena de Madrid. Sólo una vez fue superado en directo en una inesperada confrontación verbal.

Urrutia trataba de mantener bajo el manto de la diplomacia a un invitado que dominó la contienda con intimidación, basándose en rozamientos perversamente cabales. Era nada más y nada menos que Teo Javaloyes, el líder con cerebro y sentido común de los Yomus. Una especie de David Bowie como Rey de los Goblins que sabía dominar a sus bestias y a la vez defenderlas de la opinión pública. Ciertos opositores dentro de la peña ultra hicieron pintadas en su contra, hasta dejarse caer en brazos del anti-rogismo mediático ensuciándose las manos con sus bastardas guerras y quedar desacreditado para siempre. Finalmente Teo decidió dimitir. Ni uno ni otro, por desgracia, tienen voces de verdad en el valencianismo actual.

Valdano siempre lució fijaciones y traumas un tanto peculiares. Que llegara tras Aragonés fue una ruptura demasiado pronunciada como para que el argentino acertara con la digestión. La esencia del Barcelona, el sufrimiento y el masoquismo, le hacía generar una riada de éxtasis ante los resultados. El Real Madrid era un gigantesco burgués que no esperaba menos que la excelencia. Mientras, el VCF hacía partidos brillantes y llenos de coraje que hablaban por un día de un equipo mejor que aquellos que tenían las salas de trofeos más nutridas, pero nunca acababa de ganar nada. La 95-96, con Luis Aragonés, Monte Picayo y su hija, tuvo mucho de ésto, de nadar para morir en la orilla. Al final el trovador de la pampa se erige como el grano de pus en la adolescencia, en un paso intermedio entre la niñez y la edad adulta, un paso intermedio lleno de estridencias y hormonas atacadas, en este caso disfrazadas de platanito copero con derrota útil.

Su cese nos regaló a Rinaldi y aquel 3-4 en el Camp Nou que sirvió para construir una superioridad generacional inequívoca, incontestable, con dos Claudios (uno de ellos repudiado por Valdano) que garantizaban triunfos ante aquellos que osaban creerse superiores a ellos. Aquella trilogía ante el Barça nos dio una patina de identidad que hacía decenios que había desaparecido, y que nosotros, ni siquiera sabíamos si había existido alguna vez. Fue la reafirmación de unos valores mantenidos desde la nostalgia del padre hundido en la barra de bar, que de repente, nos pusimos encima como quien se pone una chupa de cuero gastada para cantar “Sóis San Marino” como síntoma de que la adolescencia nos había hecho efecto.

General de pie norte era divertido e intenso, pero por el grado de animación general sur, con los Gol Gran (antigua Peña Lubos), era espectacular. Sus pancartas, con una base cultivada, eran siempre un referente, incluso a la hora de protestar siempre tuvieron arte para diferenciarse de sus vecinos de enfrente. Evidentemente, todo aquel que no haya pisado Mestalla antes del verano de 1999 ya nunca sabrá lo que es ver el fútbol de pie. Era una condición que te permitía una libertad salvaje. Era pues la época de las avalanchas light, esa práctica de celebrar los goles bajando a toda prisa los escalones del graderío hasta la valla de seguridad, o de subirlos si eras tú el que estaba abajo. General de pie era pequeño en sentido de espacio, daba poco margen a la acumulación de personas.

Era donde podías apoyarte en los ‘quitamiedos’ y descansar el cuerpo, dar golpes a la plancha metálica de publicidad para celebrar los goles de una forma más castrense y juvenil que un simple aplauso; donde llegado el descanso había problemas para encontrar un rincón donde sentarte y tomarte el bocadillo en paz, y donde ante el cansancio, los cambios de postura y la vorágine de los goles, lo más normal era el contacto y el calor humano. Era una suerte de grada joven, a veces algo familiar, a veces algo pintoresca, con una estética ‘fuera de la ley’, o de público de la Ruta del Bacalao, donde si ibas siendo un chaval, como era mi caso, todo alrededor parecía sacado de un lugar prohibido.

Quizá para los mayores acudir allí era su forma de volver a sentirse jóvenes, de reencontrarse con su juventud una vez cada quince días. Como ese abuelete que se juntaba por allá espontáneamente y repetía perfectamente cada grito que los Yomus soltaban a los jugadores. Una vez recuerdo que también uno de ellos recorrió media grada, abriéndose camino entre la gente, para partirle la cara a alguien que se había atrevido a meterse con el kit completo del Espanyol. Del que son muy amigos. Siempre quedó claro quién mandaba en aquella república popular, imponiendo por la fuerza y la intimidación sus ideales hasta implantar un silencio que más que cómplice acabó siendo de sumisión.

En cierta ocasión, un hombre que vestía chaleco, trató de reivindicar un puesto para la bandera cuatribarrada entre otras propias de la ciudad de Valencia, las que se relacionan normalmente con el equipo y el estadio, y lo hacía seguramente para conciliar la animación con la pluralidad del valencianismo, “yo doy un paso hacía tí, tú da un paso hacia mí”. Un Yomus descolgó la bandera, esta vez, sin enviar a nadie a urgencias. El hombre apenas hizo un ademán de frustración, y decidió tomárselo bien. Allí mandaban ellos, como ahora, abandonados los recreativos y afiliados a Levantina, lo hacen en la Curva Norte, en esa que está al sur y que quiere escribir su propia historia a la vieja usanza.

(*) Guillermo Barreira és artista visual i director de cinema, dirigeix la productora Codebreaker Productions a Nova York. Esta és l’última part d’una serie d’articles sobre el VCF vist des de la general en peu al Mestalla dels anys 90.

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