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Mi pueblo me lo robaron

Echar la vista atrás es encontrarse con la ausencia total de fútbol durante la semana. En un mundo muy diferente al de hoy en día, donde ser futbolero era una especie de enfermedad o afección no muy bien vista que había que llevar en secreto. En un patio de colegio inmenso apenas rodaba el balón. La única cancha de fútbol – sala – la ocupaban los mayores, de séptimo u octavo, aunque no siempre lo hacían. El resto se asentaba en los laterales simulando que miraban, porque en realidad iban a su rollo, fumando, escondiendo el tabaco ante el pasear de los profesores, charlando de sus cosas. Cerca de allí, a tiro de mochila, en un rincón, jugaban los ‘otros’. Ahí estábamos.

En ausencia de gente el patio se antojaba excesivamente grande. Realmente es grande, sigue siéndolo, tal vez el mayor que haya visto nunca. Pero cuando sonaba el timbre entendías el tamaño, aquello se llenaba. La cancha de baloncesto solo se usaba para hacer ‘la cola’ antes de entrar a clase. Así estaban las canastas, devoradas por el óxido, con la madera putrefacta por la lluvia y castigada por el sol, llorándoles a los dioses para que le compraran de una vez una pelota a Gasol. Como ocurría con el campo de fútbol, sus laterales también se llenaban, pero de gente menuda, y no hacían como que miraban, porque allí nunca jugaba nadie a nada. El resto ocupaba el tiempo en otras cosas; las niñas jugando a la goma, las mayores tomando el sol con la Súper Pop rulando como se hace rular un canuto, entre risas y comentarios. Los demás, cavaban hoyos en el foso de arena o tiraban piedras a las ardillas. Una vez , alguien, no se sabe cómo, apareció con un murciélago muerto entre sus manos.

Tras todos ellos, ignorados por el mundo, estábamos los del rincón. Las dos porterías estaban formadas por un tronco gigante y por un muro, que nos separaba de la calle, haciendo de segundo palo. Tes niños en paralelo y sin extender los brazos era la anchura de todo aquello, no daba para más. La portería sur era la mejor, detrás tenía otra pared, bien cerca, apenas a 5 pasos, que ejercía de red. Era una pared lúgubre, nunca se había puesto nadie allí. La norte era la conflictiva, tras ella estaban ‘los mayores’ viendo jugar a los suyos en el campo de fútbol. Para anotar un gol había que meterse con el balón y el portero a cuestas porque cualquier disparo acababa en la cabeza o en la espalda de alguno de aquellos matones, y si ocurría, la estampida debía ser automática si pretendías sobrevivir.

El rinconcito era mucho más que nuestro campo de juego, también era el lugar de reunión los lunes – o miércoles – por la mañana para maldecir y llorar un 7-0 en Karlsruhe o para hablar del último gol de Mijatovic al Logroñes hasta que el conserje tocaba la sirena que nos metía en clase. Eran días donde el fútbol ocupaba un lugar residual en la vida de todos, lejos de los instantes matinales de principios de semana no recuerdo ningún otro comentario futbolístico en todos aquellos años. La gente estaba a otras cosas, con las cazadoras de cuero, la música punk, Nirvana, Rockola y todo aquello que veías con ojos de quien mira a gente con pintas extrañas. ‘¿Fútbol?, estáis perdiendo el tiempo con eso chavales’ nos solía decir un tipo que fuera el día que fuera siempre iba con alguna camiseta de Pearl Jam. Eran sus días, donde la mayoría decía eso de ‘no me gusta el fútbol’ y eran respetados como un premio Nobel dejando a la concurrencia asintiendo para decirte que tenias que ser como ellos. ‘Este xiquet acabará tonto amb el futbol’ recurría la abuela. Son los mismos que ahora como un resorte se confiesan culés recalcando hasta en dos ocasiones lo de ‘soy del Barça, del Barça’ para que quede claro que se sienten obligados a cumplir con la sociedad aunque no sepan nada y repitan lo que les suena que está de moda.

Nuestra suerte fue inmensa, para cuatro que nos gustaba aquello de los domingos por la tarde – era un mundo tan loco que los partidos se jugaban los domingos y todos a la misma hora –  habíamos salido del VCF, sin fisuras, ni nada que se le pareciera. En aquel colegio nunca se vio un símbolo que no llevara un ratpenat y un balón bordado en medio. Hasta que a última hora llegó un emigrante andaluz, de padre madridista, y se puso a vivir encima de nosotros. Por alguna extraña razón acabó en pique de golpes. El señor a cada gol del Real Madrid daba patadas al suelo para recalcar su militancia, y fue tal el asunto que un día de goleada intrascendente casi tiramos el techo al suelo para devolvérsela. Para una vez que ganábamos ‘bien’ había que presumir aún a riesgo de quedarnos sin lámpara y sufrir el consecuente divorcio.

El chaval apenas sabía que un balón era redondo, pero lo de su padre trascendió y los cuatro futboleros de la escuela se lo hicieron pagar. Una cosa era que no te gustara el fútbol, que era lo normal entonces, y otra, tener un padre madridista que daba golpes al suelo al grito de ‘Hala Madrid’ a cada tanto de su equipo. No debimos hacer bien nuestro trabajo, porque en uno de esos días de carnaval no tuvo otra ocurrencia que presentarse disfrazado de Butragueño, que es más ridículo incluso que hacerlo del Real Madrid, hasta salir junto a nosotros en una foto que todavía hoy atormenta verla. Acábamos adoptándolo por caridad. Era muy exótico tener de amigo al hijo del único madridista del pueblo, era una especie de atracción, incluso se propuso montar una carpa y cobrar entrada, pero un tema de permisos con el ayuntamiento lo evitó.

Vivíamos felices con nuestra afección, a veces nos señalaban ‘mira esos son los raros a los que les gusta el fútbol’ y acto seguido una colección de madres compungidas exclamaban ‘ai, pobres, quina desgràcia’, por entonces las actividades extraescolares eran el kárate, la pilota – para algo hay cuatro trinquets – o el atletismo. Aún habiendo cambiado la realidad social esos tics perduran, sobre todo en reuniones familiares, donde sigues siendo el tonto del fútbol con el que no hay que perder el tiempo con la prima de riesgo o las retrogradas leyes de Putin, dan por sentado que una disfunción neuronal te impide interesarte por otras materias. Si encima compaginas con un trabajo creativo la incomprensión alcanza el total.

Mi pueblo era un pueblo fantástico. Como ocurre con las tendencias políticas se confesaba afutbolístico en sociedad. Pero bastaba que viniera un presidente o candidato para hacerse con la silla del murciélago y se presentaba hasta el apuntador. Todo aquello empezó a cambiar con Paco Roig, su entrada al pueblo estuvo tan bien organizada que ni Berlanga en Bienvenido Míster Marshall fue capaz de montar una como esa. De repente se descubrieron militancias ocultas y afloraron peñas de debajo de las piedras. Éramos unos desgraciados, pasamos de ser los raros a ser unos del montón, la cuestión era vivir en los márgenes.

Empezaron a escucharse tracas más allá de Fallas, bodas o comuniones, acto seguido, aparecieron las danzas de coches con el canto del claxon invadiéndolo todo. Por alguna extraña razón la gente empezaba a hablar de fútbol por la calle sin que nadie les mirara como se le mira a un bicho raro. Todo siguió en perfecta armonía hasta hace cuatro ratos y medio. Cuando uno vuelve después de irse se encuentra edificios donde antes habían naranjos, lujosas construcciones en solares que no hace mucho acogían finales del mundial entre personitas de metro treinta, comercios chinos y trabajadores ecuatorianos conviviendo sin problemas.

Todo ha cambiado. El otrora reducto valencianista hoy vive segregado. Las tracas que se escuchan ya no son de bodas, comuniones o para celebrar éxitos del VCF, las danzas de coches con el canto del claxon también las imitan ‘los otros’, y en días de clásicos o finales de Champions, a lo lejos, se oyen a las masas congregadas ante alguna pantalla gigante cantar goles al modo de cuando los de Mestalla se pusieron a levantar copas. Por las mañanas es inevitable cruzarse con la canalla rumbo al colegio y observar como 2 de cada 3 acuden a clase con la mochila del Barça, el pantalón del Barça o las zapatillas del Barça. Te cruzas con niños vestidos de Messi o de Iniesta pero peinados a lo Cristiano Ronaldo cuando antes solo lucían las calvas de Fernando o las camisetas de Cláudio López. Salir a la calle es ver letreros de peñas foráneas que jamás habían existido en tu mundo.

En nuestro rinconcito polvoriento y frío en estos momentos se están jugando clásicos donde antes sólo se emulaba a Penev. Los nuestros siguen siendo ‘los raros’ y están en minoría, pero ya no rodeados de gente indiferente al balón, ni de rockeros trasnochados que les advierten que el fútbol es una pérdida de tiempo, ahora es el enemigo quien les arrincona diciéndoles que siguen siendo tontos por ir detrás de esos de blanco y negro. La religión se tiñó de blaugrana y predica con éxito. El chaval que hace tantos años atrás se presentó en el patio con un murciélago muerto, sin saberlo, nos estaba hablando del presente que está viviendo esta tierra. Los niños ya no tiran piedras a las ardillas, ahora cantan goles de Messi incluso en la cancha de baloncesto.

7 comments on “Mi pueblo me lo robaron

  1. Ho sent molt per el que vaig a dir però:

    Als moniatos seguidors del Barça i el Madriz que els donen pel cul. Axí sense respecte ni res, ja estic fart de vore samarretes de Messi, de Cristiano i de musulmans.

    El 90% de ells no sap qui es Kubala, Lobo Carrasco, o Migueli, o Asensi, o Santillana, o Miguel Angel, o Amancio…. no tenen cultura esportiva ni identitat i molt menys coneiximent.

    Es deixen portar per modes i per tot el que traguen per els esports de las TV generalistes, que es merda.

    El club també ha deixat que aço s'estenga, cal insistir en la militància de base, i això afecta també als pares.

  2. Gran historia, la triste realidad.

    Traidores.

  3. Ahora que hay más ignorante de la regla del fuera de juego que nunca es cuando más futboleros parece haber.

    no te digo na y te lo digo tó.

  4. Tan triste como cierto. Cosas que pasan cuando los padres no están pendientes de la educación que reciben sus hijos…

  5. Los murciélagos auténticos sabemos que todos esos niñatos del Barsa o del Madrid que yo los he conocido desde siempre, por desgracia, solo son seguidores de una moda y chaqueteros que se creen guays por celebrar victorias de equipos que juegan a muchos kilómetros de sus casas. Como esos equipos ayudados históricamente más que al resto suelen ganar pues se creen aún más felices pero nunca podrán sentir la alegría que supone ver a nuestro Valencia levantar una copa del Rey por ejemplo. Eso son palabras mayores.
    Gran entrada

  6. creo q cuando los niños crecen van a entender q es la camiseta propia (Gil, Fede, Bernat, Pereira) Ojala. Toda verdad. Tios, los hijos de mi amigos valecnianistas q viven en Rusia, Ucrania o Bielorusia tienen ya la ropa del VCF y sienten orgullosos

  7. A los que no les gusta el futbol son los que más caen en las garras del Barça. Lo explicas perfectamente. No sólo por Messi y Guardiola, también por Shakira.

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