La selección afgana compitió por primera vez en mucho tiempo en un torneo de selecciones que ni siquiera cuenta con la oficialidad, su triunfo, aunque modesto, unió por un momento a un país dividido y devolvió a sus calles una sonrisa borrada a base de golpes.

Durante muchos años fue el escenario elegido por los talibanes para ejecuciones y juicios sumarísimos contra opositores al régimen. Pero aquella tarde, un recinto bañado en sangre y muerte, acogía a miles de almas para celebrar un hecho superfluo en la práctica, pero de una magnitud inabarcable en su esencia. Entre los vetustos graderíos del Ghazdi Stadium se mezclaron tribus enfrentadas durante décadas, asentando a mujeres, antaño recluidas en sus casas y esclavizadas bajo un manto de tela que las cubría de pies a cabeza, en la normalidad. Los tiros que arañaban la atmósfera ya no eran avisos de guerra, sino salvas de celebración. Entre un aforo desbordado y un griterío ensordecedor la selección afgana entraba al estadio para celebrar entre delirios su reciente éxito: la conquista de la copa Asia-Sur. El primer y único triunfo deportivo del país en toda su historia.

En los 20 años de dictadura talibán el fútbol fue una de tantas actividades prohibidas, ahora, tras doce años de guerra y libertad ejerce un poder de cohesión social muy superior al de la política. Cuando el pasado 20 de agosto Pakistán penetró en Kabúl para convertirse en la primera selección en tres décadas que disputaría un encuentro internacional en suelo afgano, en el país, la expectación alcanzó cotas nunca vistas. Por vez primera un partido de fútbol mancharía los televisores locales. Debido a su simbolismo, Karen Allen, corresponsal de la BBC, cubre el encuentro para la cadena británica, en la pieza, entrevista a un joven asustadizo que responde al nombre de Shabir Ahmad, con la mirada baja y voz temblorosa relata en un torpe inglés su llegada al estadio desde un mundo rural controlado por los talibanes: «Nos preguntaron dónde íbamos, les dijimos que a ver un partido de fútbol… ¡ y nos dejaron pasar !» No hace mucho esas mismas palabras le hubieran costado una ejecución en el mismo césped en el que vería a su selección vencer por 3-0.

La final de Katmandú

A los nueve minutos, Mustafá Azadzoy convierte un giro de tobillo en un regate que tumba al portero indio, vía libre para anotar el 0-1 y abrir el camino a la gloria. El muchacho, de 20 años, abandonó en brazos de su padre y con apenas unos meses de vida su país, huyendo de la amenaza talibán contra su familia. Hoy, es uno de los héroes que formarán parte de los libros de historia de la castigada región montañosa, un disidente de la paranoia que escribe la primera línea del mayor episodio de euforia nacional jamás contada. Entre las modestas gradas del estadio nacional de Katmandú apenas hay un centenar de afganos, la mayoría son funcionarios del gobierno, acompañados por algún empresario, que aprovecha el viaje para vender lana y establecer rutas de comercio. Son las únicas voces que gritan el tanto de Azadzoy.

Los contendientes son a cuál más singular. La India ni siquiera tiene una liga nacional. Afganistán, hasta el pasado agosto, no había competido en 30 años, y sus jugadores, casi todos emigrantes, vienen de jugar en categorías regionales de Alemania, Noruega, Holanda o EEUU. La competición es un sucedáneo de copa asiática que ni la propia confederación continental da importancia al tratarse de una especie de torneo para que las selecciones más torpes adquieran experiencia competitiva. Nadie les está mirando. A los 62 minutos, un chut desde la frontera del área permite a Sandjar Ahmadi subir el definitivo 2-0 al marcador. Es 11 de Septiembre de 2013, y Afganistán gana su primer titulo internacional en pleno aniversario del ataque al World Trade Center, el primer paso de una guerra que devastó la nación durante 12 años.

La euforia de Kabúl

Una región castigada por la guerra y la pobreza lloraba de alegría, durante unos días las tensiones políticas se disiparon, etnias enfrentadas convivían pacíficamente en la calle portando la misma bandera, convirtiendo el efímero triunfo de la selección en una sólida puntada en la abierta herida nacional. Lo sucedido en Katmandú devolvió durante unos instantes la normalidad, algo tan extraño para ellos. Para tan pequeño país un torneo sin oficialidad adquirió tintes de copa del mundo, en sus calles se estaba construyendo el mayor acto de reconciliación nacional que se recuerda. Los coches que transportaron a los jugadores hasta el estadio acabaron con abolladuras en su chasis de la cantidad de golpes de ánimo que recibieron en su largo trayecto desde el aeropuerto. El país era un latido.

Azadzoy, recluido en su vehículo, ve por primera vez la tierra en la que nació. Recorre las calles que una noche, de hace muchos años, transitaron a hurtadillas sus padres para cruzar la frontera en plena oleada de secuestros y asaltos que los fanáticos habían planeado para aniquilar los últimos reductos de oposición. Junto a él también está Ahmadi, otro hijo de la diáspora, ambos compiten en el fútbol regional alemán, y allí, con aquellas sucias ventanillas ejerciendo de pantalla, graban en sus retinas las caras de unos compatriotas que solo han conocido la pesadumbre, hasta que una tarde del mes de septiembre, esos dos, les dieron una copa que celebrar.

Las escenas que enseñan los cientos de vídeos caseros que copan la red nos muestran estampas más propias de la guerra. Hogueras encendidas que iluminan la noche, disparos al aire, gente desbocada corriendo por las arterias de una urbe polvorienta y llena de cicatrices. No protestan, ni se dirigen al frente, están danzando inducidos por la magia que desata una pelota de cuero cruzando una línea de cal. Kabúl, por una vez, vive feliz en medio de la miseria. 90 minutos de fútbol ayudaron más que doce años de política.

«Allahu Akbar» resuena con estruendo en el Ghazdi stadium, se oyen Kaláshnikovs gritaren sus gradas se agolpan cinco veces más personas de lo que su aforo oficial dice que se puede permitir. Sobre su césped ya no yacen cuerpos inertes acribillados por las balas, pasean 22 muchachos, muchos de ellos criados en Europa, ofreciendo un trozo de metal plateado a su pueblo. El mismo escenario convertido durante años en un monumento a la muerte y la infamia celebra ahora un éxito deportivo – herejía no hace tanto – en nombre de Alá. El triunfo no se desvanecerá, pronto se convertirá en política, en un mensaje gubernamental sobre el que construir un país nuevo. Los niños dejarán de deambular por las calles para acabar esclavizados en los clandestinos campos de amapolas del interior y empezarán a jugar al balón en las paupérrimas escuelas deportivas que las autoridades están empezado a construir con los nombres de los héroes de Katmandú. Un balón para transformar Afganistán, dos goles para hacer que el 11-S ya no sea sinónimo de guerra, sino de unión ante un triunfo nacional.

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