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Me pilló cagando

Uno tiene la excusa de haber realizado aquello inmerso en ese umbral final de la adolescencia, ya se sabe, no hay mejor refugio para justificarlo todo que la inmadurez. En este caso ni inventándose una adicción al LSD o relatar un falso golpe en la cabeza sería excusa suficiente, no para eso. Eran días brutos, tan salvajes que la gente todavía veía Canal 9 como si no existiera manipulación, tanto, que ser un mileurista era la desgracia del momento, la precariedad extrema. Por entonces el mundo ya estaba así de mal solo que no lo queríamos ver.

Los calores en el monte tienen la ventaja de no contar con la compañía del asfalto humeante ni de la contaminación ambiental que encapotan las ciudades, el verano es más llevadero, sobre todo por poder disfrutar de esos pequeños lujos yéndote a la cama recién salido de la piscina o dar la bienvenida al día con un chapuzón, placeres muy próximos al orgasmo. Pero entre aquellas cuatro paredes pocas cosas habían cambiado con el caer de los años, porque esos sitios, sin saber cómo, acaban decorados con trastos de otro siglo, con figuras y aparatejos que nadie se atrevería a regalar ni al peor de sus enemigos, levantándose museos de otra vida en esta misma.

Tal vez lo único nuevo fuera algún pelo de más sobre el cuerpo, un par de centímetros repartidos por todo el ser e ideas más locas de lo común. Pero él seguía estando allí un año más, recordándolo todo, esperando poder dibujar nuevos capítulos entre sudores. Era el mismo sillón de escay en el que se quedó pegado Mendieta y sus ansias de ganar trofeos en el extranjero, el pobre, de poder hablar, relataría algunas desgracias más, como si estas no fueran suficientes. De fondo, las chicharras le ponían banda sonora al día, recordando la soledad de la estancia, recordando que a pocos kilómetros de allí estaban los demás, comprando, llenando el carro para cerrar la noche y reclutar entre papas y coca-colas a unos cuantos más con los que despedir agosto, que se moría, y con él, se iría todo lo bueno que esconde entre los espacios en blanco que separan sus semanas en el calendario. Así empezó todo, sin respetar las costumbres.

“Noticies del esport, hola Fermí” no tuvo tiempo de presentarse y cimentar su mito, ya era una de esas frases memorables que pasarán a formar parte de la memoria colectiva de una generación que vivió con una tele pública valenciana. El informativo se inició con prisas, rompiendo con toda pausa para abrir con la noticia del momento. La sintonía de apertura no dejaba entender muy bien a la pobre alma encargada de soportar la calina, rodeada de grúas, intentado gritar armada con un chaleco en el que ya se intuía el #RTVVnoestanca , porque todo ya estaba así de mal.

La soledad invadía la habitación, los minutos caían con la lentitud de las losas, que es como caen los minutos en verano. Aún sintiendo la humedad del agua y el cloro en las carnes, recién nutrido con un triste sándwich de noséqué, la tele escupía el plano de un solar que gritaba en letras blancas ‘NO AL NOU MESTALLA’, la escena no duró mucho más, había que esperar a ‘els esports’ para profundizar y saber más de aquellos camiones repletos de arena que nos glorificaban la existencia con una ilusión. Y allí esperamos, pegados a un trozo de cuero falso, burbujeando, sudando la vida.

Esta historia empezó a escribirse meses atrás, en un frío y lluvioso 10 de noviembre en el que dirigentes como Lendoiro, por entonces respetado, lloraban a las cámaras que sentía envidia y que ojalá a él le pudieran regalar un juguete como el nuestro. Personajes de todo calado y condición iban pavoneándose, con los ojos como platos, enorgullecidos de haberse conocido, agradeciendo que alguien les hubiera arrastrado al acto. Estábamos todos borrachos, entusiasmados de que nos rascaran la barbilla y nos hicieran cosquillas en la panza. El dedazo era palpable, las ordenes del palau construían una sólida injerencia, pero a nadie le parecía molestar porque todos estábamos borrachos. Hasta algunos lo celebraban. En un rincón oscuro, entre cables, tan miserable como siempre, iba danzando el señor de la capucha engatusando al poder, anhelando anclarse a nuestras vidas, y nos lo anclaron, como todo lo que nos anclaron. Y no nos importaba, porque estábamos borrachos. Tan bien funcionaba lo digital que Fenwick se subió al barco con la orden ministerial de arreglar esa vergüenza que un señor llamado Arena-Evata había perpetrado en forma de estadio, tenía la misión de imaginar una obra acorde al nivel de la borrachera.

Vivíamos en un mundo en el que las conexiones de un mega eran tecnología punta, con un plug-in del Windows Media incrustado el Valencia CF decidió retransmitir en su web la gala en la que presentaría la maqueta del nuevo estadio, torturándonos con cortes interminables e imágenes tan pixeladas que el Mario Bros de la Nintento aparecía a cada poco para hacerse un vaso de leche antes de irse a dormir. Era el súmmum de lo absurdo, como tontos, delante de un ordenador, enfrascados en todo aquello tirando una tarde de viernes. Eran los estertores de una humanidad que todavía sabía vivir sin teléfono móvil, que caminaba por la calle mirando al frente y quedaba en los bares para hablarse a la cara. Era una vida de la que ya no queda ni el recuerdo.

Aquel entrenador que perdía la posibilidad de luchar la liga cosechando un lamentable empate en Tarragona, dibujando una sonrisa de oreja a oreja hablando de éxitos y objetivos cumplidos, estaba allí. Acompañado del tipo que estando a cuatro puntos del primero y viniendo de ganar dos años atrás una liga hablaba de transatlánticos, presupuestos e imposibilidades de luchar por títulos. Ambos eran jaleados y aplaudidos por la prensa, la misma que mató a Emery por ser como ellos. Junto a los dos estaban los demás, los que se subían al barquito en Ibiza que tenía el presidente con bigote, los que junto al niño de papá compraban solares para ganar dinero en una parcela con nombre de puerco chino. Era una época en la que Snejider no daba el perfil para el VCF porque Arizmendi era el Ibrahimovic español. Estábamos todos borrachos.

El televisor de dimensiones elefantísticas dejó paso a uno más pequeño que no reclamaba una tunda de golpes para fijar la imagen. Tenía hasta salida de vídeo para poder enganchar aquella caja de zapatos grisácea que era la Play Station (ni dos, ni tres, ni cuatro, a palo seco). Mientras las chicharras aumentaban el tono para advertir que las horas de más calor habían entrado en este mundo el aparato seguía escupiendo noticias intrascendentes, como mandaban los informativos de la época.. que si Camps esto, que si un pueblo festeja aquello… aquel producto trazaba una ilusión en la que no existían asuntos de trascendencia. La cena del día anterior y el sándwich de noséqué del mediodía empezaban a apretar, y allí estaban los revolucionarios del presente haciendo horas, hablando de ‘bous al carrer’ y de variedades de melocotón, con el personal ansioso, esperando ver lo que quería ver, el inicio de las obras del Nuevo Mestalla.

La necesidad apretaba, y los minutos no pasaban. Era cuestión de elegir bien el momento de cambiar el sillón de escay por el señor Roca. Pero esas cosas te eligen a ti más que las eliges tú a ellas. Los tintes del verano hace que la gente adore ir en ‘porreta’ por los sitios, calzando un triste bañador o un sencillo calzoncillo, en plan salvaje, dejando que el viento cálido y los rayos de sol te tuesten hasta las ideas. Uno de los placeres que da la soledad en el hogar, aunque sea momentánea, es poder cagar con la puerta abierta de par en par, experimentando una sensación algo extraña y placentera. Entre empujones de esfínter y lecturas de composiciones químicas, de fondo, se escucharon las palabras mágicas…“Notícies del esport, hola Fermí”… y la faena a mitad camino.

La escena, indescriptible. Un personaje de 20 pocos años, con el único trozo de tela sobre su cuerpo en los tobillos, de pie, adoptando la postura del David de Miguel Ángel en mitad de la sala, con la mirada fijada en un televisor que dibujaba grúas arrancando matojos y haciendo agujeros en un solar perdido en mitad de la ciudad. La definición absoluta de la gilipollez en la que vivíamos durante la burbuja. Durara mucho o poco, no hay razón que justifique que un tipo abandone el tazón para ponerse a ver el inicio de unas obras, la simple descripción ya es una muestra del nivel de locura que puede alcanzar una persona en un momento dado. Una locura que se transforma en metáfora de aquellos años, donde todo acabó yéndose por el retrete entre empujones, cegados por ilusiones superfluas y esperanzas de cartón piedra que acabarían convertidas en una gigantesca mierda. Todo aquello, a uno, ya le pilló cagando.

6 comments on “Me pilló cagando

  1. ¡Mis felicitaciones! Este artículo en particular, creo que es para enmarcar. Y me da que ha sido escrito en una especie de estado febril, de trance, de fruición y ansiedad ininterrumpida. Al menos eso es lo que me ha transmitido a mí. Más allá del mensaje, la forma de decirlo, el ritmo con que se ha dicho, me ha llegado especialmente.

    Y sí, aquella era una época donde en general todos estábamos obnubilados por el poder, el supuesto dinero, la propaganda, etc… aunque se veía a la legua, ya desde el principio, que Soler era un panoli hijo de papá con juguete nuevo e insuficiencia mental.

  2. Lo escribí anoche, tumbado en la cama con el portatil sobre el regazo, en un estado de cansancio, con los parpados adquiriendo peso de elefante, y ha sido retocado esta mañana, con las primeras legañas, todavía saboreando el sueño de la última noche. Trance o no, es una de esas gilipolleces que sueltas sin saber por qué, ni cómo, ni que quieres decir, pero que te salen.

    Está tot mol mal.

  3. a soltar estas gilipolleces te dedicas ahora?

  4. “Lo que voy a escribir durante el día, lo organizo todo por la mañana, cuando el sueño lucha con la vigilia, cuando aún sin haberse esfumado del todo las impresiones del sueño pasa por la mente una sucesión de pensamientos” (Boris Pilniak)

    No ha sido exactamente como tu caso, pero me apetecía colocar esta cita que me llamó la atención.

  5. Una gran metáfora. Todos los sueños que vivíamos, irreales sin saberlo, se fueron por el retrete. Me atrevería a decir que prácticamente todos vivíamos en esos años engañados, con la política y con los sueños de grandeza que nos contagiaban los medios. En parte me siento culpable por estar tan ciego y me consuelo como los tontos pensando que no fuí el único.

  6. Fíjate como sería la cosa que se hablaban de 300 o 400 millones como si fueran calderilla, algo indigno de ingresar por unas parcelas. Y así con todo. Era una gigantesca sesión de opio.

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