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Un libro para Waldo

Valterson Bothelo descubrió una verdad incómoda, Orlando Pingo, el considerado goleador histórico del Fluminense, no era tal cosa, puesto que un tal Waldo Machado había anotado 126 goles más.

«¿Sabías que eres el máximo goleador de la historia del Fluminense?» Eso le preguntó Valterson Bothelo a Waldo en el cada vez más lejano año de 2010; entre medias, el periodista y escritor carioca había cruzado un océano entero para presentarse en el local que regentan los veteranos del VCF y copa de vino en mano compartir comida con el crack valencianista, acribillándolo a preguntas entre sorbo y sorbo para recoger anécdotas con las que trufar su relato una vez emprendido el viaje de regreso a Brasil.

Un país tan caótico en lo futbolístico que entre campeonatos Rio-Sao Paulo y estaduais inacabables dejó a gentes como Pelé, Rivelino o Garrincha sin un misero título de liga; invento que no llegaría a aquellas tierras hasta 1974. Debió de ser ese sentimiento de culpa el que llevó a la CBF a homologar en 2008 aquellos campeonatos con la liga nacional y redefinir el palmarés de sus clubes, dejando en el haber de ‘O Rei’ seis entorchados donde antes no había ninguno.

¿Pero quién es Waldo en Brasil? «Una sombra borrosa en la historia local», un desconocido para la generación post Suecia’58

«No, no lo sabía», contestó Waldo. Aquel ejercicio de introspección aireó una verdad incómoda, Orlando Pingo (188 goles), quien popularmente siempre había sido considerado el máximo goleador en la historia del Fluminense, anotó 126 tantos menos que Waldo (314) con dos veces más partidos portando la casaca tricolor.

«Eso se tenía que arreglar» sentencia Bothelo, un tipo que lleva veinte años cincelando la historia del club que siente, hasta coleccionar una videoteca repleta de entrevistas a los mitos vivientes de la entidad carioca, a modo de legado audiovisual, para aunar el relato de los ídolos que conformaron el pasado, y que tiñen el presente, del tetracampeón brasileño.

¿Pero quién es Waldo en Brasil? «Una sombra borrosa en la historia local», un tipo desconocido para la generación post Suecia’58 a pesar de guardar sus huellas en cemento en las entrañas de Maracaná, junto a las de los grandes nombres del fútbol brasileño y mundial. Un logro solo al alcance de los mejores, como lo fue él antes de marchar a Valencia en 1961.

«Creo que este libro hacía falta, era justo reparar la figura de uno de los mejores futbolistas que dio Brasil». Valterson se puso a escribir y no paró hasta completar las 205 páginas de ‘Waldo, o artilhero’, la biografía de un tipo que formó parte del mejor Flu que se recuerda; el conformado por Telé Santana, Didí y nuestro protagonista, dominador de una época sepultada por la sombra del Santos y su rey.

Algo parecido ocurre con su figura valencianista, reposando como crack entre dos épocas; entre Mundo y Kempes, entre el VCF más ganador que hubo y el más icónico que existió. Recurrieron, para presentarlo al público brasileño, a un famoso gol de Ronaldo anotado en 1993, apostillándolo con un ‘pues Waldo metió dos como ese’; y casi no hubiera hecho ni falta. En la presentación del libro, en la sede social del Fluminense, allá por 2013, se vieron colas y gentío por todas partes en espera de recibir la firma del anciano, que a sus 78 años se cruzó medio mundo, para con una resistencia estoica pasarse casi dos horas sentado en una silla firmando ejemplares y artilugios de todo tipo.

Entre tintas y hojas en blanco se le iban acercando excomapañeros y aficionados canosos con vagos recuerdos de aquella mole azabache que solo de verla en estampida atemorizaba al mismo diablo. Porque el físico de aquel Waldo en activo era imponente, sus musculadas piernas, hoy en día, hubieran bastado para matar de envidia al presumido Cristiano Ronaldo.

«Reunía potencia, velocidad y calidad, Waldo lo tenía todo, era un atleta completo», se explaya el autor de la obra. Y las hemerotecas no le contradicen. El periplo del delantero por el balompié está repleto de goles antológicos, de golpes francos de una belleza renacentista y unas ansias anotadoras que le llevaron a ser el segundo máximo goleador en la historia del club valenciano en virtud de sus 160 dianas.

Todavía hoy sus metas generan recuerdos. Aquel gol de falta al Levante UD; aquel trallazo ante el Núremberg que de tan veloz que iba su portero no supo que se la habían colado hasta que los valencianos se abrazaron delante de sus narices. O aquella explosiva bolea desde la frontal del área, en pleno corazón de Glasgow, que silenció Celtic Park. Tanto fue aquella noche que todavía hoy, dicho encuentro, es uno de los recurrentes clásicos que emite la TV del club escocés a cada año nuevo o paréntesis estival.

«Un club que no conoce ni respeta su historia es un club que no tiene nada, está abocado a la perdición» dice Valterson.

«Gracias a Dios la gente en Valencia me trata fenomenal, estoy muy bien». Waldo no volvió nunca a Brasil, incluso tantos años pasaron que hoy en día tiene dificultades para hablar correctamente el portugués, entremezclándolo con el castellano de acento luso del que hace gala. Pero, ¿Cómo llegó al VCF? «Fue el entrenador del Fluminense quien me convenció de que aceptara la oferta, ‘aprovecha esta oportunidad’, me dijo. Y me vine».

Waldo cruzó el charco en tiempos en los que los cracks brasileños nacían y se retiraban en su país, formando escuadras de leyenda para convertir la Libertadores en la competición de clubes más potente del orbe. Aunque su aterrizaje en Mestalla no vino precedido de buenas noticias. La llegada del Fluminense a Valencia respondía al partido homenaje al fallecido –en accidente de tráfico– Walter Marciano, el tipo que se trajo Cubells de Brasil cuando descubrió a Pelé.

La exhibición del 9 carioca provocó que poco después, Vicente Peris, huyera hacia Río de Janeiro y cerrara su millonaria contratación, incorporando un artillero de aquella talla a un equipo que necesitaba empezar a ganar. Y vaya si ganó, en sus nueve años con la zamarra del murciélago Waldo se enfundó dos copas de la UEFA, una Copa y un par de pichichis nacionales e internacionales, formando con Guillot una pareja letal, que vista hoy en foto, podría confundirse con un dueto conjugado por Rooney y Falcao.

«Un club que no conoce ni respeta su historia es un club que no tiene nada, está abocado a la perdición» dice Valterson. Quizá por eso ‘Waldo, o artilhero’ es un bien necesario, donde se repasa la vida y milagros del mito desde su infancia hasta su retirada, descubriéndoles a los brasileños un tipo que pagó en carnes el ‘pecado’ de emigrar y por el cual se le cerraron las puertas de la seleçao, camiseta que solo vistió en cinco ocasiones cuando merecía haberlo hecho en cincuenta y seis, cayendo así en el abismo del olvido.

Quizá duela eso de que haya tenido que ser Brasil –teniéndolo aquí para lo que queramos– , donde ya nadie se acordaba de él, quien haya bordado en letras la historia de un jugador irrepetible, no exento de penurias hasta el punto de vender, tiempo atrás, sus trofeos con tal de poder comer.

Bothelo no es ajeno a esas estrecheces, por eso decidió cederle los derechos de autor de su libro a Waldo, como un doble tributo a la vida de un personaje único e irrepetible que posee el don de haber hecho historia en las dos orillas del mundo portando camisetas que no están hechas para que las luzca cualquiera.

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