Brasil en memorias

Ya nadie recuerda a Ghiggia

Anotó uno de los goles más importantes de la historia del fútbol. Ejecutó la jugada que destrozó un país, que hizo correr ríos de tinta, que inspiró libros, mitos, leyendas, películas... Estuvo en el lugar adecuado en el momentos justo. Hoy, Alcides Ghiggia malvive en Montevídeo, rodeado por el olvido y los recuerdos, ganándose unos pesos en actos circenses en los que explica lo de aquella tarde de 1950 en Maracaná.

Alcides Ghiggia está parado en el centro del escenario. Está encorvado, tiene las piernas quebradizas, el pelo seco peinado hacia atrás, los ojos cansados y la nariz y las orejas grandes. Un oleaje de arrugas le baña la frente. Está serio. Tiene 87 años y sostiene un micrófono. Delante de él hay gente sentada en sillas de plástico; detrás de él, una publicidad del whisky Dunbar.

Eduardo Larbanois y Mario Carrero acaban de cantar Crónicas de la soledad, una canción que compusieron para homenajear a la selección de Uruguay campeona del mundo en 1950. Ghiggia, que los acompaña de gira contratado por Dunbar, le guiña a Beatriz, su esposa, que está en la primera fila. Ella le sonríe.

— Disculpe, Alcides, disculpe. Pero digamé, digamé, ¿con cuál fue? —le pregunta un adolescente que se acercó, sigiloso, hasta el escenario—. Digamé, ¿con qué pie le pegó?
— Con éste, m’hijo —le señala, sorprendido, Ghiggia—. Con el derecho.
— Disculpe, ¿pero se lo puedo besar?
— Eh… bueno, bueno…
— ¿Puedo, Alcides, puedo?
— Bueno, m’hijo, sí.

El adolescente le besa el pie derecho y vuelve, emocionado, a su silla. — ¡Bueno, menos mal que me bañé hoy! — bromea Ghiggia. La gente se para y lo ovaciona, él vuelve a sonreír. Carraspea: está por contar la misma historia que cuenta desde el 16 de julio de 1950.

Es 16 de julio de 1950, y Brasil y Uruguay empatan 1-1 en el último partido del cuadrangular final del Mundial. Obdulio Varela tiene la pelota, y se la pasa a Ghiggia. Ghiggia se la pasa a Julio Pérez y corre. Es rápido, Ghiggia. Cuando niño, jugaba a carreras con Dick, el perro de caza de su papá, Alfonso. Es un novato, además: debutó en la selección hace apenas dos meses, el 6 de mayo, cuando Uruguay presagió – para olvido de los historiadores – el Maracanazo y derrotó 4-3 a Brasil en San Pablo, por la Copa Río Branco. Ghiggia corre, y Pérez le devuelve la pelota. Ghiggia esquiva a Bigode. Omar Míguez, el nueve de Uruguay, que entra por el medio, le exige: “¡Alcides, pásamela, dale!”

Ghiggia lo escucha. El arquero de Brasil, Barbosa, también. Es un déjà vu: 13 minutos antes, Ghiggia también entró con la pelota por la derecha y centró para Juan Schiaffino, que anotó el 1-1. Por eso, Barbosa se mueve para interceptar el centro. Pero –la historia que se repite como farsa– Ghiggia no tira el centro para Míguez, que sigue desencajado: “¡Pásamela!”

No: Ghiggia patea, la pelota entra, y las 200 mil personas que hay en el Maracaná enmudecen.

Ghiggia festeja, lo abrazan sus compañeros, pero Míguez, según recordaría Ghiggia en el libro ‘Maracaná, la historia secreta’ escrito por el periodista Atilio Garrido, lo increpa: — ¿No me oíste? ¡Te la estaba pidiendo! ¿Por qué no me la pasaste? — Omar, déjala ahí, que ahí está bien. Esa tarde, Uruguay salió campeón del mundo y Brasil vistió por última vez una camiseta blanca. “Sólo tres personas –dijo Ghiggia en 2006– silenciaron el Maracaná: Frank Sinatra, el Papa Juan Pablo II y yo.”

— ¡Ah, Ghiggia! ¡El pueblo le debe mucho a usted! —lo saluda Reinaldo Gargano, canciller del Uruguay, durante una fiesta en la Embajada del Brasil en Montevideo, en 2008. — No, el pueblo no me debe nada. Ustedes, los que gobiernan, me deben —le responde, la voz grave, de Ghiggia.

Era el destino. ¿Cómo explicar, si no, que dejara de jugar al baloncesto en Nacional porque su familia era hincha de Peñarol?¿Cómo explicar, si no, que su papá –rígido, estricto– le permitiera dejar de estudiar mecánica electrotécnica en la UTU (Universidad Técnica del Uruguay) para jugar al fútbol en Sudamérica?¿Cómo explicar, si no, que no pasara en 1947 una prueba en Atlanta y que debiera volver al Uruguay y allí firmar con Peñarol, y así, sólo así, poder jugar el Mundial de 1950, porque por entonces los futbolistas que jugaban extramuros no eran llamados a la selección?

¿Cómo explicar, si no, que volviera a rechazar a Nacional, que lo quería, ya no para jugar al baloncesto, sino para jugar al fútbol, porque su mamá, Gregoria, le advirtió: “Si vas a Nacional, no pisás más esta casa”? ¿Cómo explicar, si no, que Emérico Hirsch, el entrenador húngaro que dirigía a Peñarol en 1949, lo viera de casualidad en un entrenamiento y lo pusiera de titular al partido siguiente?

Era el destino. Así lo cree Ghiggia.

Ghiggia jugó sólo 12 partidos para Uruguay y marcó cuatro goles: los cuatro, en el Mundial de 1950. En 1952, trompeó al árbitro Juan Carlos Armental durante un clásico entre Peñarol y Nacional, y la Asociación Uruguaya de Fútbol lo suspendió durante 15 meses. Entonces –el destino, de nuevo– lo contrató la Roma. Era, ya, una celebridad. Vestía tapados de piel, tenía tres Alfa Romeo, asistía a las fiestas del jet-set, conocía a Gina Lollobrigida y Vittorio Gassman, se alojaba en hoteles cinco estrellas, salía con actrices y modelos y era acosado por los paparazzi. Estaba en otro mundo, y telefoneaba una vez por semana a su papá y su mamá para contarles de sus aventuras. Alfonso lo ponía al día con los partidos de Peñarol. Ghiggia jugó ocho años en la Roma.

También jugó las Eliminatorias para el Mundial de 1958 para Italia, junto a Schiaffino, pero Italia no se clasificó. Jugó apenas cuatro partidos en la temporada 1961/62 para el Milan, y volvió al Uruguay.

Jugaría en Danubio hasta los 42 años. El gobierno del Uruguay lo premió como había premiado a los otros campeones de 1950 cuando se retiraron: con un empleo público. Hasta 1992, Ghiggia se encargaría de vigilar que los ludópatas no hicieran trampas en el Casino de Montevideo.

Las Piedras es Montevideo en miniatura. Las casas son bajas y grises, las calles angostas y transitadas por los mismos ómnibus metropolitanos, ya que apenas veinte kilómetros separan a la capital del Uruguay de esta ciudad en la que viven setenta mil personas y en la que José Gervasio Artigas derrotó en 1811 a las tropas realistas. Pero a Las Piedras no la atraviesa la 18 de julio ni Bulevar Artigas, sino una vía de tren que une Montevideo con Rivera, en el límite con Brasil.

El ferrocarril vertebraba hace cien años al Uruguay. Era obra de la colonización, ya no de la corona española, sino del imperio británico. El tren llegó a fines del siglo XIX, a la par del fútbol: por caso, Peñarol es una invención de los ferroviarios de la Central Uruguay Railway, que jugaban a la pelota durante sus recreos. Hoy, la vía del tren en Las Piedras está destartalada y cubierta, por tramos, de pastizales y hongos. Hay, sobre ella, una feria de ropa: pequeños puestitos siameses a lo largo de una cuadra. Beatriz atiende, junto a su mamá y su hermano, el segundo puestito. Pero no se encuentra, informa su mamá: “Está en la casa, está con Alcides”.

— ¡Ah, Ghiggia! ¡El pueblo le debe mucho a usted! —lo saluda Reinaldo Gargano, canciller del Uruguay, durante una fiesta en la Embajada del Brasil en Montevideo, en 2008.
— No, el pueblo no me debe nada. Ustedes, los que gobiernan, me deben —le responde, la voz grave, de Ghiggia.

En 1992, Ghiggia enviudó de su segunda esposa, Clara. Estaba solo, porque ni su hijo ni su hija le atendían ya el teléfono. Tenía 66 años, era jubilado y estaba deprimido. Entonces decidió irse de la, para él, ruidosa Montevideo. Empacó sus medallas y su ropa, y viajó a Las Piedras. Alquiló una casita en el centro de la ciudad y salía todas las tardes a la plaza para mirar a las palomas. Una de esas tardes, conoció a una mujer y se pusieron de novios. Ella vivía con sus seis hijos en las afueras. Hasta allí iba todos los días Ghiggia. Iba siempre corriendo por la banquina de la ruta.

— Oiga, Alcides, disculpe, ¿le puedo hacer una pregunta? —lo paró Homero Caro, un instructor de autoescuela que no lo conocía pero sabía que Ghiggia vivía en Las Piedras, desde arriba de su auto.
— Sí, diga —le respondió Ghiggia, agitado, transpirado: volvía corriendo de la casa de la mujer.
— ¿Le puedo preguntar qué hace usted en Las Piedras?
— Miro palomas. Y salgo con una señorita, pero no la quiero ver más.
— Y dígame, ¿a usted no le interesaría trabajar?
— ¿Trabajar? Bueno, m’hijo, ya estoy jubilado yo… Pero… pero podría ser…
— Se lo pregunto porque trabajo de chófer. Doy clases de conducir. Y tengo otro auto… si le interesa.
— Y… los autos me interesan, m’hijo. Siempre me gustaron. Bueno, sí. ¿Cuándo arranco?

Ghiggia le pidió a Caro que pusiera fin a la relación con la mujer de los seis hijos por él. Al día siguiente, Caro le llevó de regalo un televisor a color a la mujer y le dijo que lo dejaba sólo si no lo volvía a llamar a Ghiggia. La mujer aceptó. Más tarde, ese día, le presentaría a Ghiggia a su primera alumna. Ella tenía 23 años, era hincha de Nacional y su nombre era Beatriz.

Ghiggia está enojado, resentido. Siente que la gente no lo valora, que el Estado es avaro por darle 15 mil pesos uruguayos (alrededor de 600 euros) de jubilación más una pensión graciable, y que los periodistas sólo se acuerdan de él los 16 de julio.

El cielo está gris y hay humedad. La gente recorre la feria. Los perros ladran. Hace frío. En el segundo puestito, la señora acomoda la ropa. “Mi hija no los va a poder ayudar porque se está yendo a Montevideo”, avisa. “¡No, mamá, ahí viene!”, señala el hermano, y aparece Beatriz. Es bajita, mulata, tiene los pómulos redondos, los labios gruesos. Está apurada. “Es que me tengo que ir a Montevideo, gurises”, se excusa. “Se tiene que ir a Montevideo”, apuntala, ya enojada, la mamá. “Bueno, vamos, los llevo a verlo. Esperemos que no esté durmiendo la siesta”, dice Beatriz.

Cuando Caro le presentó a Ghiggia, Beatriz no sabía quién era. “Un tal Chichia, ¿lo conocés?”, le preguntó a su mamá cuando volvió de la primera clase de conducción. Al mes, ya estaban saliendo, y Ghiggia, cuenta Caro, dejó de ir a dar clases. Prefería pasar las tardes en el puestito de la feria.

Mientras Beatriz atendía, él sacudía la mugre con un plumero. “La gente no lo reconocía”, cuenta Beatriz, mientras abre la reja de la casa, que da a un pasillo largo, con macetas a los costados. Hasta que una tarde, mientras él blandía el plumero, una niña que iba con el abuelo se acercó, lo miró de arriba abajo y se puso a llorar.

— ¡Es él, es él! ¡Abuelo, es él!

— ¿Qué te hizo este hombre? —le preguntó a la niña el abuelo, que miraba a Ghiggia a los ojos.

— No le hice nada, señor. Nada —se atajó Ghiggia.
— ¡Abuelo, es él! ¡El de la tele! ¡El del Mundial!
— ¿Qué Mundial? Vamos, no llore así, m’hija. ¿De qué Mundial? —la consolaba el abuelo.

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Otra tarde, otro abuelo se presentó en el segundo puestito de la feria. La noticia de que el campeón del mundo de 1950 vivía en Las Piedras había corrido ya. — Disculpe, don Alcides, pero mi nieta cumple 15 años el sábado y pidió de regalo que usted, que es su ídolo, esté presente. Somos de Tacuarembó. Ghiggia y Beatriz viajaron ese sábado a Tacuarembó, que está a 380 kilómetros al norte de Las Piedras.

Cuando Aranza, la cumpleañera, entró al salón, sonriente y con su vestido blanco, vio que en la mesa principal, la de su familia, estaba Ghiggia: fue hacia él, con lágrimas que le corrían el maquillaje, y lo abrazó. “Aranza –comenta Beatriz– todavía lo llama a Alcides. Y vino a visitarlo cuando fue el accidente.”

Ghiggia está enojado, resentido. Siente que la gente no lo valora, que el Estado es avaro por darle 15 mil pesos uruguayos (alrededor de 600 euros) de jubilación más una pensión graciable, y que los periodistas sólo se acuerdan de él los 16 de julio. “Por eso –advierte Beatriz antes de entrar a la casa para preguntarle si quiere recibir visitas– él cobra las entrevistas. Además necesitamos el dinero para terminar la casa”.

La casa queda en la Ruta 67 y está a medio construir. Para terminarla, Ghiggia aceptó la propuesta del whisky Dunbar para salir de gira por el Uruguay con Larbanois y Carrero. Él debía entretener a la gente en el intermedio del recital. Además vendió un pie de oro que le habían regalado en Mónaco a cambio de 24.900 dólares que desembolsó el Banco República para subastarlo.

También vendió la medalla de campeón del mundo, aunque siempre lo negó. “Si acá la tengo”, la mostraba, y decía la verdad a medias: la vendió, pero la compró un socio de Paco Casal, el dueño del fútbol uruguayo a través de la empresa televisiva Tenfield, que se la devolvió. Casal le da 400 dólares al mes, y hasta le regaló un Renault Clío. El Renault Clío del accidente.

El 13 de junio de 2012, Ghiggia, que iba con Beatriz y su cuñada, conducía por la Ruta 5 cuando un camionero lo chocó. Ghiggia no llevaba puesto el cinturón de seguridad y salió despedido del auto. Sufrió traumatismo en la cabeza, traumatismo en el tórax, una deficiencia pulmonar, fractura de rótula, fractura de brazo, fractura de tobillo y una lesión grave en la cadera. Estuvo internado en coma farmacológico durante 37 días en Montevideo. — Entren, entren, que Alcides está acostado pero despierto —invita Beatriz, sonriente.

El living es pequeño. Hay fotos y recortes de revistas encuadrados arriba de una repisa. Pero no está la camiseta que usó Ghiggia ante Brasil en el Mundial: cuando viajó a Roma, se la dejó a su papá, que la guardó, cual reliquia, en una caja. Cuando volvió al Uruguay, Ghiggia se la pidió, pero cuando él y Alfonso abrieron la caja, la camiseta ya no estaba: se había desintegrado.

La habitación está apenas iluminada. Hay un plasma colgado de la pared y un gato a los pies de la cama. En una mesita de luz, hay una foto de Ghiggia con la camiseta de Uruguay y otra de Beatriz cuando joven. En la otra mesita de luz hay una caja de zapatillas con medicinas. Al costado, un andador: Ghiggia volvió a caminar, pero todavía le duele la pierna. El último sobreviviente del Maracanazo está acostado, con la ropa hasta el cuello. — Los chiquilines vienen a visitarte —le dice Beatriz, siempre sonriente.

— Siéntense, chiquilines —invita Ghiggia, que no deja de mirar la tele. Hay una película en Isat, pero apenas si se ve por la lluvia. A él no le importa: es una distracción para no dormirse y así poder mirar el partido de Uruguay e Irak, por la semifinal del Mundial Sub 20. Me siento en un silloncito que está a su lado. Allí se sienta a diario el médico que controla que esté bien y que tome los medicamentos (porque Ghiggia, a veces, no los quiere tomar).

— Vienen periodistas de todo el mundo a verlo, ¿no, Alcides? —cuenta Beatriz.
— Sí, de todo el mundo —asiente Ghiggia.
— ¿Cómo está del accidente?
— Mejor. Pero los días de humedad, como éste, me hacen doler la rodilla. Por eso no salgo a la calle cuando hay humedad.

Suena el teléfono. — Ésa debe ser tu mamá —le dice Ghiggia a Beatriz, y atiende—: Hola, suegra, ¿cómo anda? Ah, sí, está acá… Bueno, le digo… Sí, va a ir a Montevideo… Sí, ya sale para allá… ¿Pero va a comprar ropa para el local o para ella? ¿Usted paga, no? —sonríe Ghiggia y le guiña a Beatriz, que también sonríe—. No me quería mi suegra —cuenta cuando cuelga el teléfono. — Por la diferencia de edad era, por la diferencia de edad —acota Beatriz.

— ¿Y ahora?
— Ahora me quiere —vuelve a sonreír Ghiggia.
— ¿Y alguien no lo quiere?
— La gente se olvidó de Alcides —intercede Beatriz—. En el Interior del país, sí es muy querido. La gente lo reconoce y se vuelve loca con él. Pero en Montevideo, no. ¿Te acuerdas, Alcides, de aquel señor que te vio en el peaje en Paysandú y se bajó del auto para pagártelo?
— Sí que me acuerdo. O de ése que nos pagó el almuerzo en no sé dónde.
— ¿Y acá en Las Piedras? Sé que una cancha lleva su nombre y están por inaugurar una estatua suya.
— Naaaa, qué van a poner una estatua.
— La gente acá lo reconoce pero lo mira de lejos —detalla Beatriz—. La gente es mala, y habla, discrimina, por la diferencia de edad.
— La estatua, la estatua… —refunfuña Ghiggia.
— Bueno, la estatua está, pero no se parece en nada a Alcides.
— La mandó a hacer Homero Caro, pero cuando la vi no se parecía en nada a mí.
— En nada.
— ¡Me hicieron rubio! ¡Y yo nunca fui rubio!
— ¿Es cierto que viajó por todo el Uruguay de gira contratado por Dunbar?
— Por todo el país —responde Ghiggia.
— Por todo el país —responde Beatriz.
— Vi que tiene fotos y entrevistas recortadas en el living. ¿Tiene los relatos del gol a Brasil, también?
— Sí, los tengo, pero ella no me deja escucharlos. Hace años que no me los deja escuchar.
— Es que Alcides está grande y se me emociona mucho. Tengo miedo de que le pase algo.
— Tengo el relato de De Feo, Pelliciari, Soler… —cuenta Ghiggia, y los ojos se le llenan de lágrimas.
— Bueno, y nosotros nos conocimos en la escuela de conducir, ¿no, Alcides? —interrumpe Beatriz para que Ghiggia vuelva al presente. Ya lo decía Obdulio Varela: “Recordar es malo”.
— Yo era su profesor —vuelve a sonreír, pícaro, Ghiggia.
— Es que a él siempre le gustaron los autos, la velocidad y… dejalo ahí…
— ¿Y las mujeres?
— Y las mujeres —refunfuña Beatriz y Ghiggia se ríe. Acota: — Bueno, siempre me gustaron mucho las mujeres. Pero estoy con ella. Nos entendemos.
— Salvo en los clásicos, porque yo soy de Nacional, y no podemos ver los partidos juntos.
— Ella se va a la cocina y yo me quedo acá, en la cama.
— Sí, pero cuando Peñarol hace un gol, Alcides sube el volumen de la tele para que yo lo escuche desde la cocina.
— ¿Siente que no es reconocido como debería?
— Alcides siempre dice que nació en la época equivocada, que hoy sería mejor que Messi, ¿no, Alcides? Ghiggia asiente.

El hermano de Beatriz está en el living. Recién llegó. Tiene que llevarla a Montevideo. Ghiggia pone VTV para ver Uruguay-Irak. Beatriz le avisa que va hasta Montevideo y vuelve. “Andá tranquila”, le responde Ghiggia, tapado hasta el cuello. Salimos. Beatriz y su hermano, también. Ella cierra la puerta con llave.

(*) Texto de Federico Bassahún: Cronista argentino y editor de la Revista Don Julio.

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