Els xiquets del Matador

Resistir es vencer

La ciudad de Kempes, el estoicismo de una militancia. Una historia de Rafa Lahuerta.

Kempes fue algo más que un futbolista. Hasta su llegada, Valencia era una isla fluvial cosida a la memoria de la devastación. Los hombres callaban, las piedras hablaban. El Turia delimitaba los espacios y las fronteras.

La playa era una promesa lejana. Su novela era Flor de mayo. Si Arroz y Tartana era Valencia, Flor de Mayo era el Grao. Lo demás eran ruinas y campanarios, mercados y talleres, solares y huertas.

La periferia era Mestalla y su arrabal. Como en Macondo, muchas cosas todavía no tenían nombre. Había un colegio de curas, un bar sin grandes esperanzas y un mar de vías que ennegrecían los cultivos. A su alrededor crecían barrios, familias, comercios. La mayoría veníamos de la Ciutat Vella, del Grao, de lugares olvidados.

Habíamos cruzado una frontera sin alambradas. No había épica en esa supervivencia. El taller, el obrador y la voluntad de crecer eran impulsos tan optimistas como embrutecedores. Éramos el centro del mundo pero el mundo no lo sabía. Estábamos condenados al olvido. Nadie escribe sobre la clase media de una ciudad invisible.

En algún momento de rabioso desdén ante el paisaje empecé a comprenderlo. También la literatura era una convención centrípeta. Las grandes novelas las escribían los demás, los sueños oficiales eran ficciones inoculadas a través de su propaganda y nuestras vidas siempre parecían menos intensas. Había que leer y resistir. No para conocer el mundo, sino para aprender a recordar lo que acababa de suceder a la vuelta de la esquina: Kempes, Valencia, la enfermedad de mi padre.

Para mí todo sucedió entre 1976 y 1984. Lo demás son matices. No lo llames nostalgia. La nostalgia es una patología que mitifica lo que tal vez no sucedió. Yo apelo a la memoria. Vivo de la memoria. Agito la memoria. Un memorioso encuentra la manera de contar siempre la misma historia. Kempes, Valencia, la enfermedad de mi padre. En la repetición sistemática pero novedosa algunas vidas se justifican. La repetición, la costumbre y la rutina son herederas de una ideología sobria. A su alrededor se postulan cuatro estandartes: Resistencia. Militancia. Mística. Prudencia. Seguro que hay vidas más divertidas, pero no me interesan.
1972-mestalla-13
Estaba en Mestalla el día del debut de Kempes y estaba en Mestalla el día de su despedida. El Mestalla de su debut era vertical, pirotécnico, antiguo. Sobrevivía el recuerdo de la liga del 71 pero ya era un mundo viejo, zarandeado por la modernidad que se adivinaba en el flequillo de Cruyff. Mestalla era como el careto de Claramunt. Una estampa mítica pero superada. Al hombre con cara de español de la postguerra le sucedió Kempes. Estéticamente era un salto. Las melenas, la elegancia suicida del gaucho, el icono pop de una ciudad que vivía en pleno desconcierto. Kempes fue un vendaval que nos vino grande. Valencia era un rótulo en la estación. La gente lo veía y pasaba de largo.

Kempes se quedó porque era como nosotros. Conformista, afable, mejor de lo que él mismo imaginaba.

Valencia era una ciudad vencida que se soñaba luminosa. En esa distancia entre la ruina y la luz cabían todas las contradicciones y demasiados complejos. En mi barrio se amotinaban las ratas y después los gatos. Si llovía todo era un barrizal. La capital mundial del Antiturismo estaba lejos de la mundanidad célebre de Madrid y Barcelona. El lenguaje del poder insistía en rebajarnos a simple anécdota.

El caos anunciaba cara o cruz. Salió cruz. No supimos dar el salto. Que no nos dejaran darlo formaba parte del plan. Valencia, exótica, molesta, extraña. También nosotros fallamos. Nos faltó inteligencia, amplitud de miras, RE-LA-TO. En la transición del blanco y negro al color el Valencia se extravió. Y no sólo por cuestiones deportivas.

Algunas verdades duelen. Exigen madurar. En 1984 Kempes se fue por la puerta de atrás, como el dios de una religión sin profetas. Aquel Mestalla ya no era vertical ni pirotécnico. Era un cementerio. Un cementerio moderno, de una modernidad cutre y fantasmal, con sillas blancas y verdes que rumiaban en silencio la soledad de los graderíos anestesiados. Se hizo una reforma que destruyó el encanto canalla del careto de Claramunt y se levantó un recinto triste, con goteras, donde los viejos languidecían y los niños se dedicaban a imaginar las trincheras del futuro. La larga noche del Kempismo crepuscular y sus secuelas fueron un telón de fondo que sigue sin explicarse. Para explicarlo necesitamos una terapia colectiva que nunca llegará. Todavía no sabemos quiénes somos, de dónde venimos, a donde vamos. Nos parapetamos en la celebración de la anécdota, del chascarrillo, del debate superficial y voncinglero.

Ni siquiera el Vintage Kempes de TVE, que es un puñetazo más que una celebración, ha servido para elevar el debate. Nos quedamos con la nostalgia. Despreciamos la memoria. La memoria exige, la nostalgia adormece. El valencianismo de a pie sigue sin entender que sin metafísica no hay nada. Para construir ese colchón llamado cultura de club es inexcusable bucear a fondo, pensar sin prejuicios, cerrar heridas, asumir responsabilidades.

Hay historias que uno está obligado a repetir durante toda su vida. Aunque sólo sea para confirmar una evidencia: resistir es vencer.

En 1984 yo ya era un niño viejo. Lo que vino después apenas importa. Lo sustancial ya había sucedido. Kempes, Valencia, la enfermedad de mi padre. Pasó el tiempo. Fueron años raros. Todos lo son. En el extranjero empezaron a levantar estatuas y mitos. La mentalidad colonial nos obligó a reparar en los nuestros. Kempes volvé, decía la pancarta. Y Kempes volvió. El del mundial 78, el de los goles célebres al Madrid, el de las galopadas interminables por el verde de un Mestalla que lo amaba y odiaba según soplara el viento. Kempes. Vintage Kempes. La ilusión de armar un relato. Un relato sin lectores. Para entonces, yo ya llevaba años contándome esa historia a todas horas. Kempes, Valencia, la enfermedad de mi padre. Era mi única verdad en un mundo donde casi todo era mentira.

Lo importante no era lo que salía en la televisión. Lo trascendente era lo que estaba a la vuelta de la esquina. Ese privilegio era mi lugar en el mundo. Ese privilegio me llenaba de timidez y arrogancia. El bar Los Checas, Mestalla, el rumor de la ciudad fluvial.

Yo ya sabía lo único que necesitaba para no sucumbir. Cosmopolita no es una pincelada superficial en cada puerto. Cosmopolita es una mirada amplia desde tu rincón. El mío era ese. Kempes, Valencia, la enfermedad de mi padre. Las convenciones estéticas dejaron de impresionarme.

Crecí en la periferia de la periferia pero siempre me supe en el centro del mundo. Algunos le llaman Manhattan, otros Manchester, yo Mestalla. Llámalo soberbia. Acepto el envite. Sin esa soberbia ya estaría muerto.

La pureza está en la mirada, jamás en el espejo. Lo verdadero no siempre es bello pero hay que nombrarlo con precisión y energía. Tuvimos al mejor jugador del mundo con nosotros y no supimos contarlo. Por desidia, por ignorancia, por falta de carácter. No es una ficción. Es la evidencia de que éramos una sociedad cainita, enferma, colonizada. Contra ese olvido y contra ese dolor empecé a escribir. Kempes, Valencia, la enfermedad de mi padre.

Hay verdades que no prescriben jamás. Hay historias que uno está obligado a repetir durante toda su vida. Aunque sólo sea para confirmar una evidencia: resistir es vencer. Kempes ha resistido y yo con él. Aunque no lo sepa, es inmortal. Y mi padre, de sobra lo sabes, también.

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