Brasil en memorias

Secuestro a la brasileña

En un solar cochambroso, a las afueras de cualquier ciudad brasileña, bajo la sombra de los mangos o a plena intemperie, se pueden encontrar legiones de niños pegando patadas a un trozo de cuero, emulando en miniatura sus sueños de gloria en gigantescos e imaginados escenarios. A su vera, también se encuentran adultos observando, que lejos de unirles cualquier parentesco, vigilan a los chavales cual voltor a un trofeo. Muchos son simples ojeadores en busca de talento barato para clubes de barrio, los más, suelen ser jinetes de poderes más oscuros. Son tics que todavía arrastra un país que dejó atrás el mundo subdesarrollado para convertirse en una economía emergente que ha sabido esconder, tras esa ligera patina de progreso, fantasmas de un pasado demasiado reciente como para pretender que desaparezcan en un amanecer.

Aquellos que vigilan, antes de hincar el colmillo, dedican gran parte de su tiempo a estudiar durante semanas a sus víctimas. El seguimiento es tan minucioso como el de un técnico profesional en busca de fortuna. Dónde viven, cuál es su nivel de precariedad vital o si pertenecen a entornos desestructurados suelen ser las preguntas de oro que deben responder antes del siguiente movimiento, que será el definitivo y más cruel.

Sólo en Brasil se mueven anualmente decenas de miles de millones con el tráfico de niños futbolistas. Un mal que la cerrada visión occidental ha querido constreñir al ámbito africano, aún teniendo en rincones como latinoamérica su principal granero. Sin embargo, el gobierno del citado país apenas cifra en 514 los casos de trata de menores registrados desde 2005; y eso ocurre porque la legislación local solo considera como tales aquellos que acaban en prostitución o abuso sexual. Pero todavía hay un dato más revelador que pone el foco sobre Brasil. Según estimaciones de Naciones Unidas, de los 32 mil millones de euros que genera el tráfico de humanos —  movilizando a 2,5 millones de personas en todo el mundo — 10 mil se ‘facturan’ en el país de Dilma Rousseff.

Un puño firme aporreando la puerta de la favela para preguntar por el pequeño de la casa es el inequívoco signo de que la víctima ha sido identificada. El último trámite, el de convencer a los progenitores, puede durar horas o días, según las reticencias iniciales, pero ya es imparable. Tarde o temprano la necesidad, la oportunidad de salir de un agujero y la incesante lluvia de promesas y escenarios gloriosos acabarán haciendo mella en la resistencia paterna, incapaz de aguantar la esperanza de ver a un hijo iniciar una vida mejor, alejado de la pobreza y la miseria. Sin querer, padres e hijos, se empujan mutuamente hacia un pozo sin salida en una extraña danza de necesidades. Es la baza que juegan las mafias. En Brasil existe un sinnúmero de dudosos agentes que explotan a estos niños vendiéndolos por ingentes cantidades a mercados como el chino, el vietnamita o el indio. Y siempre con el mismo proceder. Una vez llegan a destino, el muchacho descubre la terrible verdad, allí, no existe ningún club que le esté esperando, desvaneciéndose el futuro que le pintaron en sombras que lo acabarán devorando en una vida de esclavismo y abandono. Desposeídos de pasaporte y documentación, sin un entorno del que poder valerse y sin dinero, acaban acatando las ordenes, y cuando no, aceptándolas a base de golpes o amenazas. Y eso, sólo si tienen suerte.

Jutana Armede, como coordinadora del Ministerio de Justicia de Sao Paulo, conoce muy bien el problema: “estos chicos no reciben ningún tipo de educación, ni de alimento de forma regular, viven en un clima de constante inseguridad en el que se sienten intimidados por medio de la violencia física o sexual”. Pero Brasil no solo ‘exporta’ víctimas, también las recibe. El país acoge todos los años cientos de menores llegados desde el sudeste asiático, captados bajo la promesa de que el gobierno de Brasilia les ofrece programas de formación que jamás existieron. Incluso éstos, quedan en peor situación que sus homólogos nacionales, ya que ingresan como inmigrantes ilegales escondidos en algún convoy que cruza las rutas de tráfico abiertas en el noreste del país. Su caminar por el fino hilo que les separa de la muerte empieza en el primer segundo de partido.

Mientras el mundo observaba la ceremonia de apertura de la Copa del Mundo la Organización Internacional del Trabajo advertía de las consecuencias del evento para los menores más necesitados: “La copa puede despertar la ilusión en miles de niños haciéndoles creer que una carrera como profesional está a su alcance, con tal de poder realizar sus sueños muchos menores caerán en una relación dependiente con agentes criminales”. En el corazón de Cidade de Deus, la mayor favela de Río de Janeiro, el Botafogo colabora con las autoridades para mantener campos urbanos donde los niños pueden acudir a evadirse y dar rienda suelta a sus sueños, y si lo merecen, formar parte de la escuela del club carioca. Abrirse camino a través del fútbol es casi la única salida que tienen millones de menores en una nación todavía demasiado desestructurada como para hacerse cargo de la gran bolsa de pobreza que azotó durante décadas su cotidiana realidad.

Julían Marchado, portavoz del Comité Popular para la Copa del Mundo y los JJOO, dejaba un titular todavía más escalofriante: “La trata de personas tiene una gran tradición en Brasil”. Sobre todo en ciudades como Recife, Salvador de Bahía o Brasilia. El vinculo de dependencia de las víctimas con sus cautores hace que muchas ni siquiera se consideren personas secuestradas, aunque sean conscientes de que están traficando con ellas — la ausencia de denuncias por parte de éstas y sus familiares, consumidos por la culpa o la vergüenza, es otra constante —. Pero hay un dato mucho más crudo sobre la aseveración de Marchado: sólo 17 de los 26 estados brasileños votaron a favor de las medidas de Lula y Rousseff para implantar programas de actuación federal que pusieran fin a la trata de seres humanos en los entornos más desfavorecidos. Sigue habiendo demasiado dinero, intereses y políticos corruptos fluyendo por las negras callejuelas del gigante latinoamericano.

Son asuntos que no pasan desapercibidos para la población local, que exige más educación, más seguridad y más derechos para una ciudadanía todavía demasiado desprotegida, que observa con indignación, como se derrochan miles de millones en estadios que no tendrán ningún uso futuro al tiempo que la delincuencia, la pobreza infantil y la corrupción siguen azotando sus barrios con una virulencia renovada. Nadie se atreve a dar una cifra de cuantos menores, al calor de la euforia mundialista, acabarán cayendo en las redes criminales que se alimentan de tales necesidades. Pero mientras occidente y el propio gobierno brasilero miran despreocupados estadios fastuosos y a estrellas rutilantes en su pasear por el Mundial de 2014 cientos de niños pegando patadas a un balón en despreocupados descampados están siendo observados para poder seguirlos hasta sus casas, y una vez allí, prometerles una ficticia carrera futbolística repleta de dinero y gloria inventada, la puerta que les conducirá a una vida de tormentos sin fin de la que ya nadie les podrá rescatar jamás.

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