Brasil en memorias

El gordo portero inglés

A mediados de la segunda década del siglo XX los niños pedían a sus padres entre algarabías que les llevaran a la feria de Blackpool Sands, cerca del balneario, para poder ver entre aquellas polvorientas casetas de sábanas multicolor e ilustraciones roñosas al famoso ‘Mountain Man’ y desafiarlo por unos peniques. Aquel era el nuevo escenario en el que se ganaba el sueldo un corpulento hombre de 40 años que sobrepasaba los dos metros de altura. ‘Venza al portero’ rezaba el letrero sobre su cabeza, situado en el lugar donde antaño se levantaba un travesaño que custodiar. Ese era su nuevo equipo. Lejos de las gradas repletas de sombreros de pana y de caras expectantes, ahora, se las tenía que ver con mocosos de metro treinta o con insufribles adultos, que heridos tras observar como los suyos fracasaron sin remedio en aquellos terrenos de juego ya olvidados, acudían a la feria para comprobar si lo que el hastiado delantero del Burton Albion había escupido a los periódicos, cuando estos le cuestionaron sobre su criterio a la hora de lanzar dos penaltis errados, era cierto: «¿Dónde quieren que los tire, si él está en todas partes?» Lo estaba. Ahora allí. Con muchos más quilos sobre sus rodillas y ahogando sus penas en un alcohol que le hacía creer que tejía las costuras del juguete roto en el que se había convertido.

William Henry Foulk era una de esas personas que nadie se toma enserio a simple vista. Quizá por eso, como jugador, pasó a llamarse Foulke, y tras su fallecimiento, por el mismo arte de magia, se le rebautizó como Foulkes. Y no crean que no se hacía de respetar. En los entrenamientos con el Sheffield United exigía el perdón de sus compañeros sentándose sobre ellos, cuando no colgándolos boca abajo, cada vez que perdían la educación con él. En el terreno de juego era otra cosa. Sus rivales salían amoratados del área. En aquel fútbol de finales del XIX al portero se le podía hacer de todo y muchos eran arrastrados a las redes como método para anotar un gol. Con Foulke se puso punto y final a la tradición, y en una ocasión, ya delineando su retiro, se quedó sin camiseta como premio a que sus pies no se movieran ni un centímetro. Aquel partido se paró hasta que una vecina de Bradford – último club en el que jugó – se presentó con una sabana ante la imposibilidad de encontrar zamarras de su talla, permitiendo con ello que se reanudara el partido ante el Accrington Stanley. Victoria 1-0 para los locales y una página más escrita en la leyenda del portero imbatible.

Pero no siempre fue así. A sus 19 años era un muchacho espigado, aunque tremendamente alto, que le daba palos a una pelota con un stick mientras envidiaba a esos nuevos burgueses que se juntaban para darle patadas a un balón. Los periódicos locales le amaban. Y sus posibilidades de un mayor éxito en el deporte hubieran sido seguras de continuar con aquel trozo de madera entre las manos que conformaba el cricket. Pero su vocación era otra. Aunque tuvo que redimirse de demasiados desengaños cuando decidió cambiar su manera de correr para hacerlo tras un balón y acompañado por diez compañeros. Su altura y unas buenas dosis de intransigencia quisieron que no hubiera mejor lugar para un tipo como él que en la portería. Fue bajo aquellos listones arrugados por las inclemencias del tiempo y las malas artes de los modestos clubes de Derbyshire, ante el Ilkeston Town, en un partido de la copa del condado defendiendo los colores del Blackwell Miners Welfare, cuando un bigotudo agente de seguros de Sheffield quedó sorprendido ante la escena que acababan de registrar sus ojos. Un felino de 120 kilos y dos metros se había merendado a sus oponentes volando sobre la línea de cal, saliendo a la carrera aplastando delanteros a su paso. Aquella potencia de la naturaleza debía recalar en la ciudad del acero.

Imagínense las reacciones cuando uno de los clubes de más importantes del momento se presenta con un tipo de movimientos lentos y pinta de torpón como fichaje estrella. Allí empezó a castigar con sentadillas a los más insidiosos. Y a base de partidos, a revocar los menosprecios con los que se le solía agraciar por su aspecto. «No me importa como me llamen, siempre que no me llamen tarde para almorzar» se despachó con sarcasmo ante la opinión pública en una de sus mejores frases. En la vida de Foulke es difícil distinguir qué es leyenda y qué es realidad debido a la cantidad de historias con las que se le asocian. La más famosa nos cuenta que una buena mañana se desayunó el rancho preparado para sus diez compañeros de equipo antes de disputar la primera de las tres finales de la FA CUP que jugaría en sus once años de estancia en el Sheffield United. La otra, dice que se cargó una portería tras colgarse del palo mayor. Y a pesar de su aspecto de bonachón sin fronteras con el que era presentado en las fotos victorianas no era de carácter fácil. En 1902, atisbándose el ocaso de su carrera y convertido ya en mito futbolístico, hicieron falta 20 hombres para reducirlo tras un encuentro de la primera ronda de la FA CUP ante el Southampton FC que valió un replay innecesario cuando un árbitro con dificultades de visión concedió un gol ilegal. Aquel hombre palideció hasta tintes fantasmales cuando vio a Foulke salir en estampida hacia su posición para agarrarlo por la pechera y zarandearlo como un muñeco de trapo. ‘Fatty’ ganó él solo el partido de repetición. Era cuestión de orgullo.

James Trainer se las prometió muy felices para el combinado galés en febrero de 1897. Inglaterra venía de perder su marca de veinte partidos invicto en los encuentros internacionales que anualmente, bajo el titulo de ‘Home International Championship’, enfrentaba a las cuatro federaciones británicas. ¿Quién puede ganar un encuentro internacional con semejante portero? Willian Henry Foulk apenas llevaba tres años en la élite y ya era internacional ‘A’, ganándose el respeto del gremio y el odio de un público rival que se veía obligado a hacer la transición de las bromas a la frustración al ritmo que el devenir del encuentro hacía evidente que aquel tipo que tenía pinta de cualquier cosa menos de atleta era imposible de batir. Los galeses no fueron menos, y tras presentarse con el partido dado por ganado se retiraron con un 4-0 a sus espaldas y una actuación en la portería sublime de aquel tipo alto y orondo que ‘era ágil como un gato’ como gustaba titular a los medios londinenses entre expresiones de jolgorio. Ya nadie se atrevía a meterse con él.

Se puede decir que los Blades no fueron nada ni antes ni después de ‘Fatty’ Foulke. Defendiendo sus redes, dominaron la FA CUP y fueron campeones de la First Division estableciendo un récord de imbatibilidad que llamó la atención de los extraños. En aquel fútbol donde era habitual encontrarse estadios con poco más de cinco mil espectadores se pasó a un récord de asistencia con las 114 mil almas que se congregaron para ver el face to face entre el Tottenham y el equipo del famoso hombre montaña en uno de esos duelos en la cumbre que vistieron de síntoma la popularización del balompié entre la clase obrera. Aquel tipo que creció jugando al cricket era un reflejo aumentado de esa versión futurista conocida como Jeroen Verhoeven, despertando entre las gradas cánticos de todo tipo que se tornaban en éxtasis cuando abandonaba la portería y salía raudo hacia el área contraria para ayudar a su equipo a ganar sobre la bocina un partido enrevesado. Su cometido no era anotar tantos, sino quitar de en medio elementos molestos como si fueran bolos de poliéster huyendo de un vendaval.

1907 y la insurrección de Billy Meredith, la que acabó con la prohibición de que los futbolistas no pudieran ganar más de 8 libras semanales, estaba todavía muy lejos, y a Foulke, le pillaría enfilando su retirada. El dinero era escaso en un deporte de clases bajas donde mayormente la afluencia a los estadios era reducida y a un precio insignificante, con lo que la longeva vida de un jugador amenazaba pobreza. Su salida de Sheffield durante aquella transición del fútbol amateur hacia los primeros pasos del profesionalismo fue recibida como el mayor drama jamás contado en el la ciudad del metal. Londres sería su penúltimo reducto, el último intento de llenar su bolsa con alguna libra con la que edificar una vida digna una vez colgadas las botas.

Aquel Chelsea recién parido tiró de billetera para conformar un equipo decente con el que poder competir en una ciudad infestada de clubes de mayor enjundia y arraigo social. John Tait Robertson era un fiel defensor de la teoría que rezaba que un tipo como Foulke era el causante de que una lluvia de títulos hubiera anegado el Bramall Lane. Y quería eso para su proyecto, un hombre temible e imbatible, del que él se encargaría de aumentar su mala fama. Robertson obligó a Foulke a vestirse con ropas dos tallas menores para crear una sensación de monumentalidad exagerada, y tras la portería, colocaría estratégicamente a malnutridos recoge pelotas – otro invento de Tait – para que al contraste con la bestia su figura se viera aumentada. Fue en Stamford Bridge donde su leyenda negra tomaría cuerpo gracias a una cuidada difusión de historias sin sentido que buscaba acobardar a los equipos rivales.

En Londres quizá fue más amado que en su equipo de toda la vida, sus potentes saques de puerta, otra introducción de su enfermizo entrenador, iban más allá de la línea divisoria para erigirse en una jugada de estrategia sin parangón, que despertaba las pasiones de los espectadores, haciéndole olvidar al portero aquellos tiempos de quarterback donde su misión era placar rivales en lugar de poner milimétricamente el balón en el área contraria sin salir de su portería. Una pose sin sentido que no era efectiva y que sólo formaba parte de un numero circense para demostrar la potencia de aquel hombre que había llegado siendo portero, y que allí ,se convirtió por primera vez en un mono de feria. Foulke duró apenas una temporada vistiendo la camiseta del Chelsea, tal vez inconsciente del futuro que le esperaba, o puede que anteponiendo su dignidad personal al dinero. Pero prefirió volver a ser feliz en el modesto Bradford haciendo lo que sabia a interpretar un monstruo improductivo a las ordenes de un tarado con bombín.

Aquella noche, tenía entre sus manos una copa de latón abollada que por momentos se erigía ante su turbada mirada en un trofeo de plata con inscripciones de gloria. En aquel tugurio maloliente escondido entre casetas de feria pasaba sus noches contando pintas donde antaño sumaba triunfos. Escuchando a sus espaldas, en una infame cantina, historias de un tiempo mejor donde él era el rey y los demás unos apestosos sublevados. El « míralo, sí, es él» ejercía de incesante martirio en una vida ya vacía. Allí lo encontraron, en el suelo, envuelto entre sus sucias sabanas, con apenas unas monedas esparcidas sobre el suelo, expirando sus últimos minutos en la tierra víctima de una cirrosis cultivada con penas ahogadas en bebidas espirituales. William Henry Foulk se fue al otro barrio convertido en una atracción de feria mientras ahí fuera su leyenda todavía resonaba en los estadios de fútbol, imaginándose el mundo a aquel ogro de dos metros que volaba de palo a palo como un halcón disfrutando de una vida plena en alguna mansión en la campiña inglesa, mientras él, entre suciedad y ratas correteando por su caravana esperaba un nuevo amanecer en el que plantarse debajo de aquel cartel que decía ‘Venza al portero’ por tres peniques la hora.

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