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Els xiquets del Matador

La última oportunidad de Mario

Lesionado, tristón, con sobrepeso y sin motivación alguna Kempes vivió en el verano del 84 su peor presadilla. Una prueba fallida con el Tottenham le abriría las puertas del Hércules y de su aventura austriaca.

La pequeña localidad de Stjordal estaba revolucionada. En mitad de un paraje idílico en el que nunca pasaba nada, aquella visita se alzaba en acontecimiento. Un hecho, que todavía hoy, entre las parades de sus pequeñas cafeterías, configura conversaciones ante sus mayores.

La visita del Tottenham con aquel argentino de convidado fue lo más relevante que ocurrió en la zona en los últimos 80 años. Un Mario Kempes apaleado y repudiado por el mundo aceptó enrolarse en una gira veraniega con los Spurs para probarse, buscando la confianza del equipo inglés como vía para conseguir un lugar en el que continuar su carrera. Eran los últimos coletazos de un jugador que llegó a aquella pequeña población noruega en el verano de 1984 con la etiqueta de acabado cosida en la frente.

Mestalla, donde antaño se le idolatraba, le despidió con pitos y abucheos en cuanto la edad y las lesiones mermaron su potencial.

El cuerpo del Matador ya no era aquella armadura esbelta y fina. Le sobraba carne, le faltaba velocidad, y tal vez, mucha motivación

Es el fin común al que está condenado todo ídolo. En tales circunstancias acudió al rescate un viejo amigo, Ardiles, con el que empezó todo allá en Córdoba. En las filas de Instituto muchos años atrás. En tiempos de Carlos Aguilera. Forjando un vínculo en campos de tierra y canchas canallas que todavía perdura. Trataba de una prueba que pretendía abrirle las puertas del fútbol inglés bajo la responsabilidad de Ossie, quien fue alguien en el Tottenham, y no dudó en utilizar toda su influencia para brindarle una oportunidad a su medio hermano.

Pero el cuerpo del Matador ya no era aquella armadura esbelta y fina. Le sobraba carne, le faltaba velocidad, y tal vez, mucha motivación. Sus tobillos crujían. Su hombro seguía doliendo. Encontró aun así lo suficiente en dicha tarde para que el Stjordal Blink sufriera sus artes. Las oleadas de niños y curiosos sitiaron aquellas casitas paradisíacas en las que se resguardaban los jugadores durante su estancia, preguntando por el único jugador al que querían ver, al melenas que ganó el Mundial del 78 convirtiéndose durante esos tiempos en el mejor jugador del mundo.

En esos menesteres su chasis no le dejó jugar ni cinco partidos, en los cuales pasó sin pena ni gloria. Ante el Enfied, el único disputado en Inglaterra, confirmó su decadencia sin perforar meta. Los comentarios alrededor suyo iban todos en la misma dirección, se compadecían de aquella estrella en su ocaso. Cook, el jugador cuyo puesto hubiera peligrado de superar Kempes el examen, tuvo el valor de lamentar públicamente que pusieran a jugar al argentino tantos partidos seguidos sin estar preparado, en evidente fuera de forma y sin haber limpiado su mente de preocupaciones.

Era un Tottenham exigente. Con Clemens, Glenn Hoddle y Ardiles en filas, ganador de la UEFA y la FA Cup, de aspiraciones máximas.

La imagen de archivo de ese Mario recién llegado a la concentración veraniega del equipo londinense es espectral, en pantalón vaquero amenazando con escupir a propulsión el botón del mismo, luciendo pancha, y desaliñado, como recién salido de una taberna, es presentado a la plantilla. Estampa definitoria de las condiciones físicas que arrastraba el jugador en aquellos calores.

Un final cuyas primeras líneas se redactaron en Jena, ante un Carl Zeiss dopado y saquinero cuyo único objetivo era amedrentar al crack del equipo rival. Aquella noche el Valencia perdió a su oráculo, y la eliminatoria.

En el Hércules apuntillaría la decadencia de su querido Valencia

La primera experiencia frustrante en la vida del crack argentino, que con el rabo entre las piernas, y lamiéndose las heridas, regresaría a Argentina para evadirse de un estadio que transformó en ataques toda la admiración que depositó en él. Ignorantes del dolor que padecía y los sacrificios que tuvo que hacer tras la trascada sufrida en la RDA admitió jugar mermado por convicción, porque le necesitaba el Valencia.

Huyó para lucir la banda de River y reencontrar la gloria a las órdenes de Di Stéfano, anotando en su breve tiempo allá un gol en la Bombonera ante el Boca Juniors del emergente Maradona convirtiéndolo en historia y clip de youtube. Una especie de cesión que no le sacaría del pozo, marchándose ya para siempre de un Mestalla que nunca le pidió perdón.

El no del Tottenham estaba cantado. Pero le esperaba el Hércules de Alicante, donde apuntillaría la decadencia de su querido Valencia anotándole goles que eran clavos asegurando el ataúd de la segunda división. El descenso estaba en ciernes, ignorado pese a todas las señales iluminándose en el tablero.

No fue un destino sencillo, pues durante aquel impasse no dudó si quiera en enrolarse en un equipo de fútbol sala, entre colegas y aficionados que antaño iban a las gradas a verle bombardear porterías a modo de tirar millas mientras rezaba para que el mundo del balón grande no se hubiera olvidado de él.

Porque el poder de la figura de Mario se mide en las historias que genera. Allá donde fue, por escaso tiempo que fuera, se construyen relatos. Su fugaz paso por los Spurs en un verano anodino está acompañado de literatura. Su aventura por el parqué está todavía por contar, pero es conocida. En un mundo por mediatizar Kempes llevó al Valencia al escaparate global. La camiseta blanca y la melena posaron en medios americanos, japoneses, y africanos en un planeta donde el fútbol seguía siendo un deporte exclusivo de europeos y sudamericanos.

Descendido el Hércules, y el mismo Valencia, a Mario le quedó el refugio de Austria. No le faltó arrojo para vestir los colores de un modesto club, el St.Pölten. Allí, una vez más, transformaría en historia aquel instante. Hoy en día su paso por el pequeño club alpino, como ocurre con todos, es un recurrente relato en papel e ilustraciones entre los nostálgicos y culturetas en el österreich.

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