cultura de club

¡ Viva Honduras Che !

Sobre la bandera de las cinco estrellas ondea la naranja del murciélago y las barras, ambas presiden el terreno de juego donde un grupo de nativos locales se reúnen a pegarle cuatro patadas a un balón. Serán las últimas de muchas que dieron en el pasado, las últimas tras once años de edificar sobre su pasto triunfos en miniatura. El legítimo dueño del campo lo reclamó para aumentar sus beneficios agrícolas ensanchando su plantación de aceite de palma y contentar así al gran señor feudal, empujando a sus inquilinos al exilio, a deambular por la punta norte de Honduras hasta conseguir nueva casa en la que caer triunfantes e infligir nuevas derrotas al enemigo. Así, en estos días de calores tropicales, se les puede ver arrastrando porterías y transportando material al tiempo que se remueven las primeras tierras para hacer crecer dinero en forma de vegetal, enterrando con ello miles de recuerdos y esperanzas erigidas en horas felices.

Estamos en Puerto Cortés, ciudad de 115 mil habitantes, al noreste de Honduras, hablando de una barriada de mil vecinos bautizada como Colonia 30 de Mayo que vive cohesionada alrededor de unos colores que se fundaron en la otra punta del mundo hace ahora 95 años, ajenos en tiempos a los viajes que los transportarían a los rincones más insospechados del orbe. El viejo recinto ni siquiera pertenece a la colonia, un arrabal planificado hace 35 años sin lugar para un campo de fútbol, obligados desde siempre a disputar sus torneos a más de dos kilómetros de distancia de su punto neurálgico. Pero eso nunca importó, como tampoco les importa sufragar de su propio bolsillo los cerca de 50 euros que cuesta alquilar un autobús que les lleve a competir donde dicte el calendario.

Pero para encontrar el prólogo de esta historia de locura hay que viajar a un tiempo ya lejano, cuando el Piojo López enviaba al abismo a Ruud Hesp y fulminaba la libreta de Van Gaal, en días donde el fútbol seguía siendo fútbol y no esta danza previsible que acabó con el triunfo de la excepción a la regla. Fue entonces cuando surgió el germen que dio paso en 2003 a la fundación del CD Valencia 30 de Mayo, la excusa sobre la que unificar a la barriada bajo el poder del balón. «Es la única manera para lograr que nuestra juventud se mantenga alejada de los malos pasos y las drogas» comenta José Espinoza, el coordinador de la entidad hondureña. Su único legado, el que dejaron los fundadores, fue una caseta con un amplio salón custodiada por dos muros decorados con sendos y gigantescos escudos estampados en piedra, dando, a modo de blasones medievales, la bienvenida a las gentes del barrio a cada acto que se organiza en sus entrañas. Porque la colonia es más que fútbol, es vida y refugio, es permitir a las niñas enfundarse la camisola y competir en un país donde la violencia de género alcanzó las 700 muertes en 2013, sólo comparables por su crudeza e impunidad a las de una película gore.

Pero no solo las infraestructuras agobian, carencias más básicas lastran hasta el punto de que tuvo que ser una carta al VCF en los inicios la que arañó un par de uniformes en desuso y tener con lo que vestirse. «Nuestro fondo en caja apenas alcanza los 200 euros, y aquí una equipación completa vale no más de 150» apunta Espinoza, uno de los culpables de que hace una década un grupo de ‘fanáticos’ del club valenciano crearan para su barriada un filial hondureño y empezar a medirse así en ligas menores a un par de peñas madridistas y a alguna que otra culé. Visten locuelos, con equipaciones falsificadas de todo pelaje y condición. «En un viaje a Marruecos hace un par de años conseguimos unos cuantos conjuntos a buen precio» explica José enseñando una foto donde aparece la réplica pirata de aquella Kappa con el ratpenat en el pecho, «no deseamos más que ayudar, expandir el valencianismo por todo nuestro municipio, esperamos no cause ninguna molestia que nosotros usemos su uniforme. Lo usamos para hacernos notar que somos aficionados del Valencia CF y poder crear más hinchas» explica mostrando un orgullo regado con gotas de una inocente preocupación.

Jugar nunca juegan solos, en la banda se pueden ver uniformadas a esposas, novias, hijos, madres y amigos enfundados en el papel de hinchas de los hinchas durante sus batallas domingueras por la gloria chica que esconde el balón, acabando la jornada en la sede compartiendo mesa y mantel para celebrar victorias o ahogar derrotas, transformando una excusa como el deporte en una especie de comuna barrial donde intercambiar solidaridad, usar de peluquería improvisada o de centro festivo en días señalados en los que acudir unos vecinos cada vez más identificados con la fe taronja. Y por supuesto, también para ver los partidos del VCF, encuentros que no llegan, o llegan mal, a unas modestas instalaciones en las que gozaron durante las pasadas semifinales europeas ante el Sevilla de un encuentro épico ante una pantalla que solo escupía nieve antes que imágenes nítidas y ruido más que sonidos de una batalla que pudo ser mucho y acabó no siendo demasiado. «Nos levantaremos de esta y volveremos a ser grandes» afirman con optimismo, un optimismo que no es ajeno a la actual situación de la entidad «esperamos que con la llegada de Peter Lim y Nuno se haga una buena temporada, desde aquí estaremos apoyándoles».

Pero ahora la premura es encontrar un lugar donde colgar la bandera naranja durante los partidos. Tras el exilio el Valencia 30 de Mayo deambuló buscando cobijo, organizando un mercadillo de objetos usados y pidiendo donaciones para poder comprar un terreno de juego sobre el que escribir un capitulo más de su nueva historia. La ilusión es contar con unas instalaciones acordes al crecimiento del club, que ya suma un equipo B, un juvenil, un equipo femenino e incluso uno de veteranos para que los cincuentones puedan también disfrutar del gozo de patear la pelota contra las redes. Una cruzada que está teniendo relativo éxito. De momento la incansable lucha ha conseguido que el alcalde de la barriada acepte negociar la cesión de un solar dentro del municipio, pero se trata de un solar con piedras y tierra dura del que solo se levanta polvo y guijarros punzantes. «En cuanto tengamos el predio pienso ponerme en contacto con la Fundación Valencia CF para que nos ayuden a construir el campo, o con las peñas que se proyectan desde Valencia hacia los países en desarrollo» comenta el coordinador Espinoza, mientras eso ocurre, el VCF hondureño se las seguirá apañando como pueda para dar refugio a unos niños que pretenden ser educados desde el deporte para arrancarlos de unas vidas sitiadas por la violencia, convertida en terrorismo cotidiano en un país gobernado por las maras y la corrupción.

Pero con todo, su lucha no cesará hasta encontrar un final feliz. Apenas sobreviven con las aportaciones propias que hacen sus integrantes, arrancadas con dolor del trabajo diario en una nación donde escasea el empleo digno. Pero todo eso, en el fondo, no importa. Les toque jugar en mitad de la selva, en el párking de una fabrica abandonada o en la misma nada siempre lo harán con el escudo del murciélago y el balón cosido en el pecho. Esa es la motivación que les lleva a hacer todo lo que hacen y a pelear por cumplir la ilusión de sus vidas, tener un espacio propio en su mismo barrio para poder construir algo más que un club de fútbol que emule al VCF, porque el CD Valencia 30 de Mayo es una herramienta social, con el fútbol como excusa, en el epicentro de un entorno necesitado de demasiadas cosas.

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