Ball de Torrent Mi Querido Tiburón.

Editorial: ¿Por qué sí a Peter Lim?

Bu8BJhbCUAAgt-YSi se quiere llegar a la base de todo esto se puede encontrar, girando la última esquina, una brecha generacional desde la que dar sentido a ciertos fenómenos sociales. Hay un sector importante de ciudadanos que es consciente de que en Polonia, un grupo de chavales sin más pretensión, recorren 400 kilómetros para quedar y poder ver en compañía un partido del VCF, al tiempo que juegan un bolo entre colegas aprovechando un fin de semana suelto; y los hay que, todavía a estas alturas, exigen el RH para validar la militancia sincera de cualquier persona. Es el inevitable choque de trenes entre una generación que entiende el mundo como un universo unificado, sin fronteras ni aranceles, más tolerante y cosmopolita, contra aquellos que siguen aferrados a los viejos mapas, a los antiguos prejuicios, y que utilizan la localización como distingo.

Además de todo eso se suma una situación muy particular y concreta; a diferencia de lo ocurrido en otros puntos de Europa, aquí, la ruina no es fruto de un incesante carrusel de propietarios extranjeros, sino que ha brotado de las manos de las élites locales en convivencia con el poder político y financiero reinante. Son los autores de un default de dimensiones considerables, los rostros de una miseria económica y moral que alcanza a todos nuestros entes más representativos; incluso llevándonos como pueblo a la despersonalización más absoluta y cruel. En escasos 18 años hemos dejado de ser valencianos para convertirnos en ‘habitants de la comunitat’ (aunque nunca especificaron si de la comunitat de regants del Vinalopó o la del Segura), vendiendo sin miramiento la patria por tres duros — instituciones como el Banco de Valencia por un euro concretamente — con un pronunciado desdén y una alarmante falta de tacto solo comparable al mostrado por las grandes mafias. ‘El negoci és el negoci’.

Particularmente el militante valencianista ha asistido en los últimos 30 años a una constante guerra de familias en su disputa por el sillón. A sufrir una ristra de personajes de muy baja catadura moral, y escasa formación, que han ido aprovechándose del VCF, mirando por sus intereses en lugar de hacerlo por los de la institución que representaban, para llenarse, de una forma u otra, los bolsillos a ojos de todos y ante el estruendoso silencio de un entorno, en su mayor parte, cómplice de todos esos excesos. El valencianista tampoco ha sido ignorante a la ausencia de apoyo de una alta burguesía local, que en todas estas décadas, le ha dado la espalda con pronunciado desprecio a la institución deportiva. Ahí se esconde, quizás, el verdadero motivo de esta repulsión. El hincha aprendió por experiencia traumática a no creer en nada ni en nadie que mostrara raigambre local, y menos, si hacía gala de ello. Y eso, no han sabido verlo ni el sector ‘romántico’, ni el ‘aberrante’, que han intentado luchar contra la venida de un foráneo esgrimiendo territorialidad y autoctonía ante una audiencia descreída y recelosa de esos mismos rasgos, con el añadido de ser sabedores de la responsabilidad del poder político en esta situación de angustia y muerte en la que se encuentra el club.

Todo ello no deja de suponer un rotundo fracaso para la sociedad civil valenciana, incapaz de saber conectar con las bases, desacreditada como está por su propio mal hacer. En todos estos años los pocos grupos que han intentado virar la situación han sido recibidos entre chuflas y mofas por lanzarse al ruedo, precisamente, luciendo caras quemadas ante la opinión pública, sin capacidad de liderazgo, esgrimiendo un discurso alejado en años luz del que entonaban en silencio las gradas. También resulta flagrante la falta de sintonía entre los medios de comunicación, políticos, y diversos sectores, para con el valencianismo de base. Tan desastrosa ha sido su puesta en escena que resulta obsceno que ahora, en estos precisos momentos, y tras décadas de desmanes, empiecen a aflorar asociaciones que exigen ‘transparencia’, y otras tantas, que se ponen pejilleras para con el actual gobierno corporativo de la SAD. ¿Dónde estaban en los 15 años anteriores en los que se gestó el desastre? ¿Dónde estaban en los últimos 4 años, en los que se desperdició el tiempo, el dinero y las oportunidades?

Los últimos gritos tienen poco de abducción – sigan despreciando en lugar de intentar entender – y mucho sentido, más de lo que puede parecer. Las gentes que se echaron a la calle o que inundan las redes sociales no están clamando en favor de un millonario extranjero, lo que están pidiendo es que el VCF deje de estar en las manos en las que ha estado desde tiempos inmemoriales, en aquellas manos que lo han llevarlo al borde de la extinción. Demandan el cese de la infiltración política para uso partidista de la institución, el fin de la baja burguesía que lo ha tolerado, aceptado y manoseado. Demanda soluciones, y no una repetición en bucle de propuestas que desde 2004 se han mostrado, no ya fallidas, sino perjudiciales. El aficionado ha sabido focalizar muy bien la raíz del problema, y por eso entiende que la solución, o la vía menos mala, es poner la institución en otras latitudes, ni mejores ni peores, sino en unas distintas a todo lo conocido hasta el momento.

En eso, el magnate singapurense ofrece algo que nadie ha sabido ofrecer hasta ahora en Valencia. Ofrece credibilidad y solvencia, ofrece una vía de escape que puede dotar de futuro a una institución que hoy en día, de tener uno, no es precisamente halagüeño. Será un sentimiento por contraposición a lo que hay, pero es una postura, la que han elegido muchos, sincera y respetable. El pueblo tiene derecho a elegir, y también, a equivocarse colectivamente. Que se haya llegado a esto no es culpa de ningún extranjero, ni de ninguna abducción, sino culpa de nosotros mismos, ya que hemos fracasado como pueblo primero y como aficionados después. Las quejas y las preocupaciones llegan con muchos años de retraso. Con demasiados. Por eso la gente le dice sí a Peter Lim.

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