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La perra vida de Andrés Balsa

De una aldea gallega al glamour del Madison Square Garden y los titulares de prensa americanos. Balsa fue boxeador de éxito en los años 20 y entrenador de renombre en los 30. Llegó a Mestalla antes de la guerra y después de ella moldeó con sus trazas pugilísticas el físico del Valencia eléctrico de Mundo y Gorostiza.

En aquel pequeño vestuario los chorreones del fracaso descendían por las paredes, sobredimensionando los ecos que llegaban desde fuera, las voces, que bien sabía él cuales, entraban a poner el último clavo en su ataúd. Siempre fue así, pero en dicha afrenta ya no estaba en la cima, sino despeñado, recogiendo a tientas sus restos a los pies de la pirámide y plenamente desvalido ante los acontecimientos.

Como una pequeña burla, la esponja lanzada por su entrenador hizo un requiebro en el aire antes de estamparse en la lona y firmar la capitulación. Eran tiempos en los cuales la toalla todavía no formaba parte del ritual del boxeo, momentos en los que las veladas necesitaban de plazas de toros para cobijar a tanto partidario.

Andrés Balsa apenas aguantó dos asaltos ante Xosé Santa, un portugués enclenque que venía de sparring, de pieza para que Hércules se diera una alegría, pero ni así. Todavía pesaba el KO ante el belga Humbeeck de días atrás, y pesaba mucho más sus 40 años de carne y músculo, las secuelas de décadas de gloria en las que llegó a ser de los mejores, advirtiéndole los crujidos de sus articulaciones que se había acabado. Su cuerpo ya no aguantaba aquello.

En realidad, nunca antes le importó lo que dijeran de él porque aun siendo el mejor nunca le dijeron nada bueno, pero dolía, sabía que en esta ocasión decían la verdad: «Ya no sirve para el boxeo».

Balsa, desde niño, aprendió a ejercer de ariete ante la adversidad allá en su Mugardos natal, hijo como fue de un humilde labrador y nieto de madre soltera en años del XIX; suficiente cantera para construirse una coraza y hacer vida ante un mundo que casi siempre se le mostró cruel, con él, con su metro noventa de estatura y su correspondiente tonelaje. Un gigante entre tallajes de 1’65 y torsos con las costillas por fuera. Normal que acabara huyendo, de él mismo, de la gente, de esa Galicia tétrica que expulsaba paisanos en oleadas como si pretendiera repoblar ella sola Sudamérica.

Un mozarrón como éste no tenía otro destino posible que la marina mercante, donde se enroló y en la cual, desde las cubiertas de aquellos barcos, aprendió a luchar y a protagonizar escaramuzas nocturnas a modo de entretenimiento en los habituales impasse de tan largas travesías. Un alarde que en aquel descanso en Veracruz le llevó a protagonizar la mayor aventura de su vida.

Pues en tal escala, fonda habitual, acompañando al patrón del barco, acudió a contemplar una velada de lucha libre, uno de aquellos espectáculos con su componente circense que al final del mismo ponía al campeón a retar al público a cambio de mil pesos. Una pequeña fortuna que bastó para que el jefe de Andrés le picara.

«’En el barco alardeas de fuerza, ¿y ahora te rajas?’, me dijo. Ante su insistencia acepté con una condición: Que si quedaba lesionado, o mal parado, no me dejaría abandonado». Confesó a Marca ya en tiempos de valencianista.

Fue tan fácil, doblegando al mexicano mucho antes de los quince minutos estipulados, resultó una ganancia tan fabulosa en un mundo de tantas escaseces, que allí se quedó, dejando que el barco zarpara, invirtiendo su premio en entrenarse en las artes libres y pugilísticas. Lecciones recibidas de todo un campeón inglés, un Jack Nelson que sería responsable de introducirlo en el circuito oficial, llevándolo de gira por Panamá y Cuba, donde Balsa alcanzaría el campeonato mundial de lucha libre, y también vencería en apoteósicos combates de boxeo a rudos oponentes como a Wagner, el campeón alemán, en La Habana. Su pasaporte de entrada a unos Estados Unidos que ya hablaban de él.

En la Habana alcanzó fama tras derrotar al japonés Taro Miyake

Foto promocional de Balsa en sus años de boxeador por Estados Unidos.

No es de extrañar pues que en 1915 arrastrara fama y fortuna. Mientras Europa se desangraba en la Gran Guerra Balsa iba saltando de ring en ring encontrando el sentido que siempre le buscó a un físico tan potentado.

Pero era una gloria agridulce. Su forma de bailar sobre la tarima era considerada poco ortodoxa para los puristas, abono para sus burlas. «Carece de toda técnica» era la coletilla habitual que acompañaba a sus triunfos. Incluso aquí, a miles de kilómetros de distancia, sus éxitos llegaban apostillados con las mismas palabras. Ocurría que las victorias de Balsa sucedían por aplastamiento, por golpes secos y duros capaces de tumbar a cualquiera que se interpusiera entre él y la bolsa de dinero que se granjeaba el vencedor de aquellos ambientes regados en humo, sudor, y alcohol.

Es el camino hacia un combate del que todavía hoy la prensa americana escribe. Aconteció recién llegado a Nueva York, en 1921, dispuesto a disputarle el título mundial de los pesos pesados a Jack Dempsey, granjeándose una derrota a los puntos con tal sabor a triunfo que el magullado americano le suplicó que fuera su entrenador.

Trató del momento más alto en la carrera pugilística de Andrés Balsa y también el inicio de un descenso fulgurante que le llevaría en 1925 a recluirse en aquel pequeño vestuario por el que descendían los chorreones del fracaso tras una sonora humillación, donde rubricaron su retiro tras abrir la puerta y decirle que se marchara para no volver jamás.

Por entonces ya hacía rato que el Hércules de Mugardos se había fijado en esa nueva disciplina deportiva que iba infectando a las masas, conocida como foot-ball. Por lo que su colgar de guantes no resultó un abandono tan hosco como se hubiera imaginado en un principio. Desde su gimnasio en Vigo, regresando a casa veinte años después de partir, anunciándose como profesor en cultura física y entrenador, dio el salto al Celta. Donde aplicó al fútbol las primeras tesis físicas que los coachs ingleses introdujeron en el balompié local. La cosa es que por entonces era impropio del balón de cuero dedicar tiempo a entrenar el cuerpo, y en ello Balsa encontraría refugio a una vida de retiro que solía traer épocas de hambruna a exboxeadores como él.

Sus métodos eran tan efectivos que el grato nivel de sus jugadores ayudó a hacer la transición de preparador a míster. Allí apenas duró temporada y media a pesar de ganar el campeonato gallego y plantarse en unas semifinales coperas venciendo a Barcelona y Athletic Club. Asunto que pronto le hizo recalar en el Deportivo, el cual acabaría explotándolo por pura avaricia de su presidente. Por algo decían de Balsa que era demasiado bueno para este mundo, que debió perder la malicia de tanto puñetazo, por eso, o quizá por una nostalgia mal entendida, compaginaba el banquillo de Riazor con espectáculos durante fiestas patronales en los pueblos, arrastrado por el mandón del club. Igual le veían eliminando al Oviedo en la Copa que presentándose bajo el nombre de ‘El incógnito’ en Madrid, ataviado de una máscara mexicana de sus buenos tiempos, recuperando el título de campeón mundial de lucha libre en 1929.

Pero Galicia, como durante su infancia, parecía empeñada en repudiarle. Así, como un hueso de aceituna de la boca de un gigante, volvió a salir despedido de su tierra deambulando durante un tiempo por los banquillos, aterrizando en Cartagena, volviendo a Madrid, como sin acabar nunca de echar raíces, para entrenar a la policía municipal al igual que hiciera en su etapa mexicana con el cuerpo federal de bomberos.

El valencianista curioso le conoce muy bien, sabe de él, aunque no sepa su nombre. Sí, Balsa es ese tipo corpulento, exageradamente grandullón, que vemos con chaqueta clara, u oscura, en las fotos de los exitosos años 40.

«El fé-cé necesita algo más que al bueno de Balsa»

Llegó de manos de Greenwell a un Mestalla inmerso en su etapa más efervescente, iniciando las fiebres de la final del 34, la ansiada Copa que llevaba buscando el club desde el mismo día en que se fundó y que acabó en derrota. Y allí permaneció durante poco más de una década porque en sus manos, tras la huida de un Fivébr interino que marchó a Moscú a vivir la revolución, depositó el Fé-Cé un quebrado proyecto millonario, hundido por sus primeros fichajes de relumbrón y chequera buscando con aquel sin sentido convertir la derrota copera en un éxito duradero.

Pero el Balsa entrenador era acusado de lo mismo que el Balsa boxeador, «carece de toda técnica».

Su desconocimiento táctico y un tiempo convulso que derivaría en guerra convirtieron en decepcionantes sus dos campañas oficiales al frente del equipo. «El Valencia necesita algo más que al bueno de Balsá» canturreaban las críticas por la ciudad. En un estadio que acogía tantos mitines como partidos, en una capital que parecía un hormiguero alterado con gentes por todas sus arterias corriendo de un lado para otro soltando proclamas, la fidelidad a la República del gigantón galaico le ayudó a conservar el puesto en un club fundado por blasquistas, en una época tan poco documentada como borrosa que en demasiadas ocasiones ha sido saltada por la historia con el recurrente latiguillo ‘y entonces estalló la guerra’, justificando el silencio sobre aquellos años de entrenadores invisibles — los libros sólo le reconocen a Balsa dos temporadas dirigiendo al Valencia, pero en realidad fueron cuatro — de presidentes borrados por republicanos, y por competiciones ignoradas como la Liga del Mediterráneo y la Copa de la España Libre, en las que aquel club que se fundó con vocación de grande quedó a las puertas de ambos entorchados.

historico-combate-1
Balsa con su hijo.

Ya por entonces la institución permanecía incautada, bajo los designios de sus empleados y jugadores, y allí, casi sin quererlo, lucían nombres que poco tiempo después se consagrarían en mitos, esperando al debut de la posguerra como si fueran juveniles enfundados en la camiseta del filial para trascender en historia.

Y también se ve por allí a ese hombre anónimo que responde al nombre de Andrés Balsa, en cuyas manos se moldeó el físico y la potencia atlética sobre la que se apoyó el Valencia de la delantera eléctrica.

¿Qué fue de Andrés Balsa? Poca cosa más se sabe de él. Ocupó un puesto en el cuerpo técnico desde 1934 hasta 1940, y del 43 hasta los años 50. A partir de ahí su nombre se desvanece en la noche de los tiempos. En un club de guerra dirigió al equipo en giras, amistosos y competiciones; participó en soflamas, de las muchas que tuvieron en Mestalla su escenario en años de bombas. Fue padre y amigo para aquellos muchachos de barrio que formaban aquel equipo que vio perder a varios de sus referentes porque eligieron colgar las botas y coger los fusiles para no volver jamás.

Así anda alguno todavía, perdido en medio de la nada, esperando que rescaten sus huesos del eterno olvido que dan las cunetas y los espacios abandonados. Como al pobre gallego, recordado aún hoy en América por la literatura gracias a su combate ante Dempsey, campeón mundial ininterrumpidamente durante seis años, y que ganó de pura chiripa aquella noche del 21 gracias al error de un gigantón gallego de dos metros al que nadie recuerda en su Galicia natal.

Dicen las lenguas que en sus últimos años le vieron campeando por ahí, exhibiéndose en algún acto benéfico, recordando que hubo un momento en su vida en el cual vivió en la cima del mundo, donde incluso le vimos metido en la piel de un gladiador en películas de fama como Ben-Hur; alturas desde donde les miraba a todos esos que ahora iban a aplaudir a un avejentado luchador.

En un instante. Así se puede resumir la historia vital de este hombre, por instantes. Como aquel en el que fue tumbado por un portugués enclenque para retirarlo del cuadrilátero, o como aquel otro, en el cual, a los mandos del Fé-Cé perdió la última final de la copa republicana ante el Levante F.C. dejándola sin fuerza con la que reclamar su legitimad en la historia.

Un momento, así fue su misma vida, un gran momento ya perdido, envejeciendo en Latinoamérica y muriendo discretamente en Madrid a la edad de 90 años.

5 comments on “La perra vida de Andrés Balsa

  1. yo conoci a Andres Balsa, yo entonces era un niño, creo que tenia funciones de preparador fisico y era querido entre los jugadores, entre los que se encontraba mi padre Juan Ramon, como buena persona

  2. Me parece completamente exagerado y sin fundamentos este escrito por este periodista abrazafarolas soy Óscar balsa nieto de Andrés balsa Antón y esas fotos jamás fueron cedidas por su familia

  3. Hindrey Balsa Arencibia

    Hola vivo en Cuba y quisiera encontrar la familia de mi abuelo de la Coruña Andres balsa fernandez

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