Coses de futbol

La SD Eibar y el fútbol

El Eibar es un club articulado en un pueblo, que huyó siempre de las locuras hasta que protagonizó una gigantesca, meterse en primera.

Afirma Jürgen Klopp que «Ser el mejor en todo, todo el tiempo, es como jugar al tenis con una niña de cuatro años. No sólo quiero ganar, ¡también quiero sentir!» Sentir la adrenalina que produce ver la derrota acechando el arco, o el miedo a enfrentar a un rival que está a la par, pudiendo robarte una conquista que te ha costado sangre subirla al marcador.

Hoy, anda una parte del mundo sacando récords de debajo de las piedras, presumiendo de ganarles a niñas de cuatro años en una pista de tenis ignorando que no hay ninguna belleza en sus gestas, que son tan superiores que provocan bostezos.

¿Qué le ocurre al fútbol si hay que descender hasta partidos de equipos menores para disfrutar de la esencia del juego? Últimamente me descubro presenciando el Championship (segunda inglesa) un martes cualquiera mientras Europa disputa esa cosa naif llamada Champions League; y allí, me topo con cosas que creía perdidas. Veo la electricidad recorrer las gradas del City Ground en un Forest-Fulham; notas el incesante griterío condensando el ambiente durante un Ipswich Town-Wolverhampton; atmósferas que jamás presencié en la Premier League.

Allí abajo, con entradas a 4 libras y perritos calientes a 1,5 se esconde lo que el elitismo expulsó de los estadios de primera. La fiebre en las gradas.

Al igual que veías estadios con 25 mil personas berreando como si les hubieran enviado a ganarle la Copa de Europa al Honved

No sé por qué, pero siempre fui de partidos de Segunda B a las 16h por Punt.2 (territorio Paco Salillas) como lo fui de partidos de 3.Liga sábados a las 13h en mis tiempos alemanes; viendo al Unión Berlín -antes que se convirtiera en mainstream- agonizar, al igual que veías al colista a seis puntos del ascenso directo o estadios con 25 mil personas berreando como si les hubieran enviado a ganarle la Copa de Europa al Honved.

Será porque prefiero la incertidumbre, no saber quién ganará antes que observar a los mejores si los mejores están todos en el mismo lado. Será porque quiero que sucedan cosas que aún me sorprendan. Como me sorprendió el ascenso del Eibar.

Los findes de socializar hay quien se pasa el rato mirando el teléfono, ansioso, por si alguien actualizó Instagram con retrato de comida, presumiendo de ello como si el resto de la humanidad se alimentara de piedras. Yo, aprovecho para sorprenderme mirando el livescore a ver cómo le fue al Eibar, que es mucho más importante que la banalidad cotidiana, pegando un brinco cuando empata en Sevilla o gana al Celta en Balaídos. El equipo de Garitano es un condenado eterno a la derrota que se pone a ganar a lo Charles Bronson buscando venganza, a hostia limpia.

Porque el suyo es un pueblo articulado en club de fútbol que luce con orgullo un patrocinador local, el que estuvo ahí toda la vida; que huyó siempre de las locuras hasta que protagonizó una gigantesca, meterse en primera, allí donde lo que se gasta el Real Madrid en servilletas le vale a ellos para construirse un estadio nuevo.

El Eibar consiguió devolverle interés a una liga muerta para mí porque huele a Logroñés, a Oviedo en el viejo Carlos Tartiere, a Compostela, a fútbol de toda la vida, de cuando el Racing era un invento soviético-montañés con Radchenkos y Korneievs, en los que tipos torpes y desgarbados como Julio Salinas era lo más parecido a un crack que había en la selección. El Eibar, en definitiva, es una patada en los huevos al fútbol moderno. Y por eso hay que amarlo como si fuera nuestro, porque representa el fútbol como debería serlo siempre.

Será por eso que pocos entenderán lo del sábado. A la generación ‘Manolos’ le metieron por la nariz un tubo y les inyectaron por la fuerza el fútbol-mentira en el que la Champions es un lugar donde van señoras gordas forradas en visón a presumir de palmito.

«Os podéis marchar, podéis iros a muchos sitios y ganar mucho dinero, pero allí donde vayáis no seréis nadie, seréis rutina»

Allí arriba, en la armería, a poco que haga acto de presencia el chirimiri y una pequeña capa de niebla decore el escenario algunos veremos al VCF con pañuelos en la cabeza, como en los años 30, cuando se iba en tren al norte a morir en San Mamés con un equipo de chavales de Algirós, de Ciutat Vella, o de Poblats Marítims… dejándose las espinillas en el barro y el virtuosismo fuera de plano.

No recuerdo en qué ataque de locura colectiva permitimos que el fútbol grande se convirtiera en un producto para ricos, en plástico, en algo anodino, donde ya no hay lugar para la sorpresa ni los alicientes. Nos dejamos convencer que ver al Baník Ostrava colgando del larguero al Liverpool en un estadio con vuvuzelas protocomunistas poniendo banda sonora, con los reds maldiciendo y tratando de salir vivos en aquella vieja Copa de Europa, era una mierda, y que mejor acceder a que esos equipos se convirtieran en sparrings humillados para que los cuatro de siempre pudieran ganar sin complicaciones.

Hay que volver a visitar a Jürgen Klopp para entender otra cosa. Tras ganar su primera liga, les dijo a sus jugadores: «Os podéis marchar, podéis iros a muchos sitios y ganar mucho dinero, pero allí donde vayáis no seréis nadie, seréis rutina. Si os quedáis aquí puede que no ganéis mucho dinero, es cierto, pero haréis historia, os sentiréis vivos, seréis alguien, se hablará de vosotros durante décadas».

El pavor a convertirse en rutina se les debió grabar a fuego a los hinchas alemanes, sólo así se entiende ese fenómeno extraño que están protagonizando: Se multiplicó por seis la asistencia a los partidos de filiales. El invento empieza a aburrir a cada vez más gente. Se conocen casos donde se congregan 18 mil personas en vetusto estadio; desprovisto de asientos, donde te mojas si llueve y el café te lo dan en vaso de plástico en una paraeta con mesa de madera y mantel de casa de tu abuela. Siendo ése el único rincón virgen donde el TSV Munich 1860 le puede ganar al Bayern sin que explosione la crítica y se arruinen las cabeceras.

Por eso, y por mucho más, para mí, lo del sábado es un partido especial, es como regresar a Almendralejo y ver al Mono Montoya sacando manos imposibles a Marcelinho Carioca, es volver a un partido de fútbol, el de siempre, sabiendo que sufrirás para ganar, y que cuando lo hagas, todo te sabrá mucho mejor.

Ipurúa es de los pocos lugares del mundo donde lo imposible sigue siendo posible, el último cacho de tierra que no hemos dejado que nos quiten, donde puedes ver a tipos que vienen de Segunda B haciéndole un calvo al bostezo; porque en sus gestas sí hay belleza.

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