cultura de club

El sueño valencianista de Amran Badran

En un pequeño pueblo de Israel un árabe-israelí sueña con crear una escuela del Valencia para los niños de la zona. Su militancia comenzó con aquella visita del club de Mestalla al Hapoel Haifa en la previa de la Champions 99-00, esta es su historia.

Así empezaron los buenos tiempos, con sonido telefónico desbordando los altavoces de la tele, de imagen con tanto grano como un adolescente sobre-atacado por el acné; y al otro lado del mediterráneo un equipo llamado Hapoel asentado en Haifa, con un tiburón en el escudo, presto a probar la picadura del murciélago para con ella poner en mute sepulcral a un estadio que se había llenado con dos horas de antelación.

Sin saberlo, aquel sería el primer capítulo de un año mágico en la Champions, donde la previa al sueño frustrado de París empezaría a escribirse rodeada de olivos, en tierra santa.

No muy lejos de allí, a 60 kilómetros, entre la picardía de Cláudio López y los zarpados de Farinós, un chaval de 8 años quedaba petrificado ante el electrodoméstico, embelesado por la armonía de un once vestido en pijama a rayas grises en su destrozo al campeón israelí, con uniforme milanista sobre la montura.

En los restos de aquella conquista ese pequeño llamado Amran Badran, como si fuera una Escarlata O’hara en versión palestina, decidió abrazar la fe valencianista para huir del hambre balompédico que le proporcionaba el fútbol local, decisión, que sin saberlo, en el futuro le cambiaría la vida a todo un pueblo, el suyo.

Tuvo que ser a base de breves entre páginas de periódicos olvidadas en la mesa de alguna cafetería, y por las escaramuzas televisadas que de vez en cuando se iban colando en los hogares árabe-israelíes, como Amran siguió las conquistas de ese equipo que llegó desde el otro extremo del marenostrum un húmedo agosto de 1999 para empezar a hacer historia a las puertas de su casa.

«No recibimos apoyo de nadie, incluso la federación nos trata mal»

Hoy, quince años después, entre las parduzcas gradas de un estadio prestado y los tumultos de un césped irregular se le puede observar a él dirigiendo a sus propios jugadores, indicándoles que deben ‘hacer un Otamendi’ cuando les enseña conceptos defensivos, o ‘hacer un Parejo’ si el asunto trata sobre la salida del balón.

El pequeño Amran encontró en  la pelota de cuero la forma de canalizar su pasión, ejerciendo de entrenador en las categorías inferiores del Hapoel Ain Al-Sahla, tarea que le sirvió para fundar su propia versión juvenil del Valencia CF «por puro valencianismo», confiesa. Pero todo ello resultó más complicado, como siempre en aquellos parajes moldeados por el desencuentro, que aquel 0-2 con el que regresaron los de Cúper a Valencia en un tiempo ya remoto.

«No recibimos apoyo de nadie, incluso la federación nos trata mal», así surge la primera queja al preguntar por el invento. «En el fútbol formativo es la federación israelí quien financia el material deportivo y muchas más cosas; a nosotros no nos dan nada, incluso nos pusieron pegas cuando fuimos a inscribirnos», conflicto a borbotones.

Ain Al-Sahla es un menudo enclave de 800 habitantes, equidistante tanto de Haifa como de Nazaret, que en tiempos permaneció bajo bandera palestina hasta que en uno de los muchos armisticios que ayudaron a ampliar las fronteras israelíes en los años 70 quedó atrapada en territorio hebreo; viendo frustrados entre sus montes y verdosos valles diversos intentos de expulsión ante la terca resistencia de sus habitantes.

La situación de los árabe-israelís es compleja en aquellas tierras, tratados en muchos aspectos como ciudadanos de segunda, pues apenas un puñado de derechos civiles les son reconocidos; incluso los pocos que atesoran pueden perderlos si la ley de ‘Estado judío’ que pretende aprobar el gobierno nacionalista de Benjamín Netanyahu, que consagra a Israel en un estado libre de minorías y mestizajes, sale adelante.

Cuestionado Amran sobre los últimos ataques a Gaza se muestra conciso, «sufrimos viendo esas cosas, intentamos salir a la calle para manifestarnos, para pedir que pararan aquella locura, pero sólo recibimos amenazas e intimidaciones». El hecho es que la población árabe de Israel se identifica a menudo con el sufrimiento palestino, lo cual suscita muy poca confianza en las autoridades.

Por eso se aferra al balón, para tratar de cambiar las cosas. Amran acudió al estadio del Bnei Sakhnin hace unas semanas para presenciar el duelo ante el Beitar Jerusalén; el Bnei, como el Valencia de Ain Al-Sahla, comparten la peculiaridad de ser de los pocos clubes de ascendencia árabe en todo Israel, y ésa, la del deporte, suele ser la única vía abierta para su normal integración en la sociedad; aun así atreverse comporta desagradables consecuencias a ciertos niveles, siendo el ataque racista una de ellas, y tal vez, la principal.

El nuevo anhelo de Amran es conseguir un terreno propio en el que asentar su estructura, «pero apenas nos llega para el césped»

El campo está descuidado, y tiene simples parches de tierra y arena. El público es errático. Media docena de chicos bostezando al sol invernal de las colinas de Ain Al-Sahla esperan el inicio de la sesión vespertina tras horas de colegio. Este peculiar VCF se ve como un equipo nómada, que va y viene entre parques públicos, estadios prestados y solares vecinales.

El nuevo anhelo de Amran es conseguir un terreno propio en el que asentar su estructura, «pero apenas nos llega para el césped» nos dice tras relatar cómo han emprendido una frustrada campaña vecinal para captar fondos y poder adquirir un terreno en el extrarradio al que poder llamar hogar.

Mientras dura su estancia en el limbo, los jugadores locales practican tranquilamente con la pelota mientras se les observa equipados con zamarra naranja y pantalón negro, al pecho, cuelga un escudo del VCF bordado a mano con la nomenclatura en caracteres hebreos, Amran Badran, que más que un nombre parece tener un trabalenguas, es el artífice de ello.

El mimetismo es tal que no sólo usa símiles con jugadores del Valencia para explicar conceptos del juego, sino que también aplica a raja tabla el Gloval Respect que impuso Amadeo Salvo en Paterna tras su llegada a la presidencia, todo por una razón: su sueño es que el equipo sea absorbido por la Fundación Valencia CF y usado como base para abrir una escuela en Israel.

Pero sorprende más que nuestro protagonista sea un chico de apenas 25 años, y por eso, preguntamos con curiosidad cómo se financia el equipo si la federación se niega a incluirles en su fondo de cohesión: «Casi todo el dinero sale de mi sueldo, gran parte lo uso para comprar equipaciones y cubrir gastos.

Una pequeña aportación sale de los chicos, sólo los que pueden. Si tienen dinero aportan 1000 shekels (240 euros) al año, quien no puede pagar 1000 shekels paga 500 y el que no puede pagar nada no paga nada». Estos días andan de estreno, enseñando orgullosos nuevos chándales y bolsas, cada uno con su dorsal personalizado, con actitud festiva, como si les hubiera tocado la lotería.

El VCF de Amran también sirve de pequeña vía de escape para unos chavales que no en pocas ocasiones tienen que ver por la TV como niños como ellos son asesinados por jugar al fútbol en las calles de todo el país a causa de balas perdidas o locuras xenófobas.

«Habían dos niños que eran del Barça, uno, y del Real Madrid el otro; con el tiempo hemos conseguido que se hagan del VCF»

El proyecto, gracias a los hijos de muchos de ellos y a la pasión de su mentor, va implicando cada vez a más vecinos, que ayudan con el transporte cuando hay que desplazarse a jugar algún partido, prestando rincones en los que poder guardar material, remendando alguna bota o reconstruyendo una red o un palo metálico para presumir de portería. Ayudas en especias que poco a poco van haciendo posible que más gente en Ain Al-Sahla vaya acercándose al club de Mestalla a través de sus chicos.

Incluso el propio rito de quedar para ver los partidos del VCF ha sido transformado por Amran en una fase más del entrenamiento, convirtiendo su casa en una sala de estudio en vivo para, como le ocurriera a él cuando vio a la cuperativa destrozar al Hapoel Haifa, impregnarse de las esencias valencianistas.

«Habían dos niños que eran del Barça, uno, y del Real Madrid el otro; con el tiempo hemos conseguido que se hagan del VCF» cuenta como quien presume de trofeo ganado con gol en el último momento.

Ahora, su principal empeño es hacerse visible, gritarle al mundo que existe para encontrar viabilidad a su proyecto, abocado a la extinción sin el apoyo de un ente superior. Tiene un par de viajes frustrados a Valencia para vender su idea a los gerifaltes de la Fundación y poder formarse en los programas para entrenadores que ésta cursa, incluso puede, afirma a última hora con urgencia, que en julio se atreva a un nuevo intento.

Mientras llega, este hijo de los buenos tiempos, que con ocho años empezó a inventar un artilugio que le cambió la cara a un pequeño pueblo situado en el norte de Israel, seguirá esperando a que su sueño, el de pertenecer al Valencia CF, se haga realidad. Algo sabrá él de sueños cumplidos, que se ha dejado media vida para conseguir unos cuantos. La tuya siempre fue tierra de milagros, amigo Amran.

1 comment on “El sueño valencianista de Amran Badran

  1. بالنجاح احلى مدرب بالدنيا 🙂 (ט)

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