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Quise ser un árbitro corrupto

Relato de un intento en la infancia de corromper un partido de fútbol

Esta historia no tiene un origen claro, por más que rebusco en mis recuerdos no lo encuentro, ocurrió sin más; apenas consigo rescatar con nitidez partes de la película, pero no lo importante, lo importante se marchó. ¿Por qué?, de eso no sé nada. La cuestión es que en aquellos años en los que todos mediamos 1,35 y usábamos – o se usaban – los recreos para jugar, en lugar de para sentarse y hablar de cualquier absurdo ligado a la adolescencia tecnológica, hubo un día en el que acepté ser un árbitro corrupto. No un mal árbitro, ni un árbitro indecente, no, corrupto, iba a joder a sabiendas, por pura maldad. Y es ahí donde reside la primera gran laguna, ¿por qué me presté a ello?, quién sabe, simplemente dije que sí.

Los motivos por los cuales no pude jugar aquel encuentro también se los llevó el viento arrastrados como una hoja de periódico. No me decido si estaba recuperándome de un esguince de tobillo, algo muy habitual por entonces, o de una gripe, que alguna salvaje padecí en aquellas épocas. En ocasiones, ahora que lo escribo, me pregunto cómo he llegado vivo a esta edad. La cuestión es que no estaba para sudar ni menearme más de lo aconsejado, por lo que en un acto sin precedentes en los códigos que rigen los patios de colegio decidieron que para quedarme sólo, mirando como un tonto, mejor me implicara en la empresa cogiendo un silbato. Debí ser el primer y único referee en la historia del fútbol colegial. Por lo que ante esta duda urge una concienzuda investigación para esclarecer este hecho, y en tal caso, instaurar un premio al mérito en mi honor.

La estancia quemaba debido al calor que llegó a acumular entre sus paredes, los radiadores, chorreando agua y óxido, trabajaban al máximo de sus posibilidades amenazando con provocar delirios con esas temperaturas; quizás fuera la causa, el detonante de la jugada. «Todo fue fruto de unas fiebres, señoría». Sin duda, es un buen argumento para utilizar en un juicio.

Entonces empezó… 

— ¿Vas a ser árbitro?

— Sí

— Hay que joderles, siempre nos joden a nosotros, ahora podemos devolvérselas.

Las victorias de los vencidos son más hermosas, y yo siempre fui un vencido, pertenezco al bando de los perdedores; ignoro el laberinto espiritual de un seguidor del Bayern o del Madrid y los mecanismos que les llevan al placer, ¿qué ven?, ¿qué gozo les produce una victoria más allá de un acto funcionarial, mecánico, exento de importancia? Siempre me despertaron cierta compasión esos tipos, no saben lo que se pierden.

En aquellos tiempos, donde la gravedad entró en un parsimonioso desprestigio, me tocaba alinearme con los malos; era un buen portero, se me rifaban, casi siempre era elegido el segundo o el tercero, tenerme entre los tres palos aseguraba, como mínimo, una derrota gloriosa, de marcador ajustado, de triunfo arrebatado con gol de oro en el último suspiro de la prórroga. Ah, pero eran días extraños.

En un pueblo gobernado por los comunistas durante 35 años debieron saber imponer el reparto de la riqueza en aquel colegio, porque acabé siempre cedido jugando con los patosos ‘para compensar’. Incluso entre infantes se entiende que tener en el mismo equipo al mejor guardaredes y al mejor anotador es una ventaja que acaba matando la emoción. Tal vez por ello habría que enviar a una legión de niños a la LFP, puede que sea la única manera de acabar arreglando este desaguisado que nos engullimos con placer.

Ya ven, portero y árbitro, todo por decisión propia; aquí hay un psicoanálisis pendiente.

— ¿Cómo?, si no metemos un balón en la portería ni queriendo.

— Mira…

La clase estaba vacía, nos quedamos tres rezagados, el estruendoso silencio que gobernaba la estancia era interrumpido por el susurro que llegaba amortiguado por las ventanas, que daban al recreo, al bullicio.

Mira, dijo. Aquello era un rotulador chorreoso…

— Me lo voy a guardar en la zapatilla, y mira…

— ¿Un alfiler?

— Sí. Le pincharé con él a Campos, cuando me dé una patada me tiraré al suelo, gritaré y apretaré el rotulador para que salga la tinta, entonces parecerá que me hizo sangre y tú lo expulsarás por agresión.

Aquello era una orden.

Campos era el chico para todo, el guapete del colegio, el futbolista talentoso en las horas del bocadillo, un goleador terrible y el cabecilla del grupo, el tipo que arrastraba a las masas femeninas tras de sí mientras el resto de la masculinidad infantil le odiaba en silencio por ello.

Si usted es un lector perspicaz se habrá hecho una pregunta, ¿qué necesidad había de simular la sangre, y ya puestos, de llevar un alfiler, si una patada bien dada y una exageración convincente bastaban para expulsar a alguien? Buena apreciación, sí señor, pero no tengo respuesta; tal vez verse encerrados y a solas ante un psicópata, mezclado con los sofocos de la calefacción, el hambre y las ganas de venganza, nos hizo a todos ver aquello como una genialidad. Se estaba gestando un golpe de estado, qué más daba, cualquier cosa era bien vista.

Ignoro cómo le fue al chico del alfiler, seguramente esté cumpliendo la perpetua por alguna ocurrencia de ese calibre, tal imaginación a esas edades no suele degenerar, alcanzada la madurez, en actitudes demasiado inteligentes. Omito nombres, habrán comprobado, para evitar que el fiscal se presente en nuestras casas haciendo preguntas incómodas ahora que todos tenemos una vida y el que más, y el que menos, pareja o hijos, o ambas cosas a la vez. El de la víctima es un apellido genérico, de los que encuentras a capazos, su anonimato queda a buen recaudo en estas líneas.

El efecto de la derrota, una derrota continuada, tiene dos caras, o la aceptas configurando una carácter combativo basado en la honestidad, o te revelas contra ella degenerando en un árbitro corrupto. Aquellas tundas hicieron mella en muchos de nosotros. El equipo loser no era un mal equipo, tenía sus puntos, pero había demasiada morralla, el de enfrente siempre tenía a los top e iba tan sobrado que cedía sin protestar a algunas de sus piezas para tener con quien competir. Nunca me gustó ser el cedido en 2 de cada 4 ocasiones, pero era democrático; sorprende las complejas leyes infantiles por las que nos regíamos en aquella escuela. Se hacía a sorteo y por rotación, nada se escapaba al azar. Existía orden y disciplina. Pero aun así se llegó a gestar una rivalidad tremenda. Pero sobre todo, lo que más molestaba, era llegar vivos al final y acabar perdiendo. Era un patio de colegio, los marcadores eran de 16-14, 8-6 o 9-7. La cuestión era perder, y las derrotas acaban uniendo más de lo que parece, incluso si se prolongan en el tiempo tienden a cobijar asuntos turbios como el que nos ocupa.

El caso es que la memoria sentimental se forja en el dolor, aunque cristalice en un segundo de gloria. Todos saben como es un partido de esta índole, las única reglas que se cumplen son los saques de banda – y no siempre – o córners, y esa de ‘el que la tira lejos va a por ella’; son encuentros limpios, no se pitan faltas, nadie se va al suelo, no hay incidentes… el shock de ver a un árbitro en una de aquellas debió trastornar al personal, porque de repente todo el mundo exigía faltas, expulsiones, y quien no, me extendía generosas invitaciones a la sala de estar de un oftalmólogo. A mí, que a la mayoría de ellos les había salvado de humillantes derrotas y dado triunfos inimaginados. En el primer segundo de encuentro entendí que la cosa no pintaba bien. Se perdió el respeto.

Cargarse a Campos era una estrategia sideral, que tu equipo se quedara sin él era quedarse sin el 80% de los goles, sacarlo de la ecuación, o tenerlo contigo, era asegurarte la victoria. Pero aquello no pintaba bien, no podía pintar bien… mareado, desbordado, parecía un zombie dando vueltas, en mi vida vi a tanta gente por el suelo, ni tantas ansias por meter un penalti, ni por dejar al rival con uno menos. Los odios soterrados afloraron al ver a un estrambótico representante de la autoridad entre hijos de votantes del PCE. El tipo del alfiler lo estaba gozando con la misma pasión del que tiene tanto dinero que lo plancha para que le quepa en el armario; el caldo de cultivo que daría rienda suelta a su maquiavélico plan le excitaba, se lo veías en la cara, y lo que más le ponía era comprobar que no era el único que había tenido una idea así, forzar la expulsión de algún cabecilla del otro bando era trending topic en aquel recreo. Ya se sabe, la izquierda, siempre pelándose por los cargos orgánicos del partido.

Desde bien pequeño entiendes que el fútbol cambia a las personas. Salimos de clase como soldados bañados en colonia y volvemos del paréntesis como si nos hubiera atropellado un tren. Salimos pacíficos y volvemos repletos de pullas y polémicas que dirimir durante el resto del día. Siempre me pregunté, al ver al resto de la humanidad escandalizarse con los colegiados, saberse de memoria sus nombres – soy incapaz de retener uno – y su expediente delictivo, por qué yo no caía nunca en esas cosas, por qué jamás justificaba una derrota en un pito mal soplado; y ahora lo comprendo, fui árbitro por accidente, fui árbitro corrupto por decisión propia, les entiendo desde una posición sorda e inmisericorde; aquella mañana me enseñó que el hombre es tramposo, enviciado, y que le importa un comino serlo mientras se salga con la suya, lo cual le llevará a hacer lo que sea por engañar o mentir. Un patio es un buen lugar donde hacer un estudio sociológico, ahí es donde entiende que la corrupción disponga de tanta aceptación en las urnas.

La hora establecida se acercaba….

— Atento a mi señal…

¿Qué señal? El pequeño psicópata no comprendía que la vida se encarga de que los planes de los vencidos no salgan, y cuando lo hacen, lo hacen contrariamente a lo planeado. Para entender estas cosas no hace falta saber idiomas, ni tener experiencia, ni siquiera memoria, basta con abrir la ventana y escuchar a la bestia. Que es quien manda.

El primer pinchazo no tuvo consecuencias. Campos se tocó el brazo como si le hubiera picado algo y no hizo ni caso. Al segundo intento, más próximo y salvaje, se giró, y en lugar de darle una patada le preguntó que qué hacía. Aquel, como si no supiera nada, negó cualquier acusación. La agresión no apareció; ni siquiera un empujón, res de res. El resto continuaba en su esquizofrénica lucha exigiendo por los suelos faltas y simulando roturas de huesos.

Algo bueno trajo esa mañana de fiebres, me di cuenta de que nadie paraba un balón, todo lo que iba entre los tres palos acababa por cruzarlos para engrosar el marcador. Mi baja se notaba. Eso me insufló un punto de orgullo.

Fue entonces, ensimismado en ese pensamiento, cuando un grito me sacó del trance. Ante dos intentos fallidos el psicópata entendió que debía esmerarse más, así que aumentó la intensidad del pinchazo, y esta vez, tocó fibra. Lo hizo con saña. No hubo patada, esta vez tampoco, lo que sí hubo fue un guantazo que lo tumbó; minucias debió pensar, aun recibiendo la agresión en la cara se sacó un tobillo ensangrentado de la chistera, ‘eso es roja’ exclamó tan indignado que casi funda Podemos en ese instante. ‘Tú lo has visto’, me dijo.

No, no lo vi, estaba de espaldas, en mis cosas. En esa fracción de segundo la verdad salió a flote, los presentes alucinaban, la supuesta sangre cantaba por soleares que era tinta, y la mamarrachada de su ejecución acabó por poner la guinda al pastel de la insensatez. No hubo otra salida, acabé expulsando al psicópata por tonto – en realidad por más cosas, por tonto, por idiota, por absurdo, por ridículo… y  bueno, también por simular una agresión y provocar otra -.

— ¿Pero qué haces? lo tenías que expulsar a él, habíamos quedado así…

—  ¿Cómo que ‘habíamos quedado así’?

Las miradas me atravesaron la vida. Había que reaccionar, salvar el culo, esgrimir argumentos convincentes… pero mientras los encontraba el psicópata desveló el plan ante la humanidad. El loco no sabía la que se le venía encima.

— Le dije que sí para que cerrara la boca, que estaba muy pesado. – mentira -. No os he pitado nada en contra, podía haberos hecho cualquier cosa y encima lo he expulsado a él por clavarte una aguja en lugar de a ti, como supuestamente pensaba que haría.

Argumento irrefutable. El segundo de gloria cristalizó ahí.

Esta historia no tiene un origen claro, pero me doy cuenta ahora que tampoco tiene un final, la reacción del expulsado no la recuerdo, es de suponer que protestara o hiciera algo, a riesgo de ser engullido por la manada, que se comportó, conocedora como era, de que ella también había urdido planes secretos; aunque con suma inteligencia visto lo visto.

El psicópata no tardó en abandonar aquellos partidos, se debió sentir demasiado humillado o vete a saber qué, en un par de meses se lo dejó talando su orgullo preso de una rabia desconocida; al menos no planeó arrebatarnos nuestras vidas mientras dormíamos a modo de venganza. O tal vez lo hizo y acabó como UPyD.

Yo volví a la portería revestido en cierta aura de incorruptibilidad, y con mayor prestigio que antes, a salvar partidos y ganar otros. Cuando tocaba. Porque al vencido siempre se le niega cualquier modo de triunfo, incluso cuando lo tiene en la mano lo arrancan de las fauces de la victoria con suma violencia. Si no que se lo digan a Cúper. Nuestro golpe fracasó como el penalti de Carboni. Nos faltó tiempo para planearlo mejor. Nada más.

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