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Un gol en San Mamés

Los hechos que a continuación se relatan tuvieron lugar en febrero de 1998, en San Mamés. En unos días hará de aquello 18 años. El equipo de Ranieri llegaba en plena escalada desde el abismo, quitándose de encima a toda aquella ristra de filigraneros que Valdano había incrustado en un equipo cuyos suplentes eran tipos como Farinós, Angulo, Mendieta o Cláudio López.

Todo empieza con un toque en el centro del campo, un inicio simple, como un bigbang, en aquel Bilbao frío y lluvioso que recibía a un equipo en ascenso, recomponiéndose desde las ruinas de un proyecto pomposo y fracasado que desaparecería allí, entre un giro de tobillo. El mismo que le sirvió a Mendieta para zafarse de su primer marcador, hoy, sentado en el retiro de una vida plácida recordando sin dentadura cómo se rompió en dos aquella noche en un San Mamés medio vacío, constreñido, como intuyendo la que se le venía encima ante los movimientos de aquel jugador; aunque sólo dos entre miles, los más cercanos a la escena, pudieron impedir el avance.

Este artículo fue publicado en el número cero de la revista The Barraca.
Este artículo fue publicado en el número cero de la revista The Barraca.

Un suspiro en el tiempo trazó los cimientos de una jugada colosal, construida desde el precipicio. Una fracción de menos hubiera bastado para perder el duelo con la genialidad y encalar todo aquello en el limbo de las cosas inconclusas, desperdiciándose un momento irrepetible, yéndose a la mierda un jugador infinito, porque para todo eso bastaba un píxel, un milímetro, no más, que hubiera hecho que nada hubiera sido igual. En esa precisión recala la verdadera genialidad del primer movimiento, el que alumbró la mayor jugada individual jamás contada.

«Cuando empecé desde el centro del campo con la pelota en los pies nunca pensé que pudiera acabar en gol»

«¡Pásala, pásala!» Miles de voces le gritaban al tubo catódico, a la televisión gorda, bajo una manta o apretujados en el sofá. Angulo, a su izquierda, tenía todo el campo para él solo, y de paso, una entrada en primera fila para la historia. Le faltaban las palomitas y las gafas 3D, pero ante la necesidad siguió mudo en su papel de testigo, un papel regalado por la eclosión de los coglioni de Rinaldi, que se limpió a los finos para construir al último VCF proletario de la historia.

Pudo, él, el 6, elegir lo sencillo, un pase al 23 que le escudaba; bastaba una carrera y algo de tino para dejarle vía libre hacia el área rival.

Pero eso era previsible, al alcance de cualquiera. Aquel rubio desbocado con el balón en los pies ya había maquinado en su hipotálamo, aún sin ser consciente de ello, una estrategia mejor, la que eligen los genios, y por eso, sorprendió al destino y a él mismo. «Cuando empecé desde el centro del campo con la pelota en los pies nunca pensé que pudiera acabar en gol», nos dice Mendieta desde el 2011.

El primero de los rayados le lanzó una trascada para retirarlo del campo; fue la víctima del movimiento de claqué que inicia el texto y que sirvió para dejarlo en el suelo, ridículo, al pobre Patxi [Ferreira], en venganza de aquellos tiempos de blanco y negro en los que mirarse a los ojitos, posando su humanidad embarrada en la humillación. El mismo barro que serviría para sepultar tantos años de incertidumbre, de bufonadas, de futuros que jamás llegaban. En una misma fracción coincidieron dos antagonistas.

Un vasco nacido en Salamanca que acabó jugando cinco años en el Athletic; y un vasco nacido en Bilbao, criado en Castellón, y madurado en Valencia, que siempre quiso vestir de león y que se quedó en murciélago. Tal vez por ello, raudo y a pasos cortos, el jugador traslada la escena al terreno contrario.

El amigo Ríos [Roberto] debió intuir en ese momento que no se la iba a pasar ya al 23; erigiéndose en el segundo mártir de la causa lanzándose al suelo para acompañar a su vecino de marca a la habitación del ridículo. Allí quedó, tendido, patas arriba, emulando a un turista japonés inmortalizando el momento con su cámara de fotos.

Fueron los únicos que intentaron pararlo, los demás, imbuidos, aducidos, hipnotizados, iban cayendo en el catatonismo generalizado que invadió el estadio, permaneciendo congelados en medio de una cinta que el tiempo convierte, a cámara lenta, de VHS a Youtube.

Angulo, extasiado, consciente de que su papel en esto ya era testimonial, decide tomar notas para aprender a ser Mendieta a su manera, a lo basto, poniendo la lección en práctica una vez se quedó solo en un Valencia sin ingenio, donde brillaría entre burlas, porque también lucía melena clara, porque también regateaba imposibles, pero porque nunca fue lo mismo. Allí se escribió el apéndice de una generación de canteranos ilustres, bautizados en esplendorosa catedral a ritmo de acción milagrera.

Gaizka esbozaba las jugadas sin pedir clemencia al rival, que naturalmente, se ofendía al verse superado por acciones que nacían en la misma raíz de la imaginación

«¡Pásala, pásala!» No era ningún grito gratuito. A un paso de chafar el área, a unos pocos centímetros de adentrarse en la leyenda, los voceríos de «Mendiiiii, Mendiiiii» irrumpieron en la jugada para añadirle banda sonora a toda aquella épica. No era tontería pensar que el chico se había vuelto loco. Solo su determinación hizo que las gentes que le acusaban de tarado desde el salón de casa, la barra del bar, o desde alguna cabaña perdida en la cima del Everest, dejaran sus bocas abiertas para dar paso al silencio, ignorantes como eran de que allí empezaría el siglo XXI. Que empezarían a valer la pena tantas cosas que nunca lo valieron.

Apenas un guelo renegón, en algún rincón del orbe, se atrevió con un ‘soltala ja que la vas a perdre, collons’ cuando hizo el primer giro de una ruleta doble que dejaría grogui a Alkorta, que acompañó al centrocampista sin desespero, como si llevara a su hijo pequeño a dar su primera vuelta en bicicleta; siendo la única de sus víctimas que fue regateada en dos ocasiones, lo necesario para romperlo por la mitad, y poder enviarle de regalo navideño una prótesis nueva, para sustituir aquella que le pusieron tras la cola de vaca de Romario; porque Gaizka generaba jugadas sin conceder clemencia al rival, que naturalmente, se ofendía al verse superado por acciones que nacían en la misma raíz de la imaginación.

‘No se la dio al narizón. ¡Dásela!’ Desde el otro lado, escondido fuera de plano, es ahora un Cláudio López renacido, zafado de esa ansiedad que le llevaba a derribar jumbos a balonazos cuando tocaba meter balones en la red, de esa costumbre de quedarse sin campo cuando corría por el lateral, estampándose contra las vallas de publicidad del fondo por no saber levantar la cabeza del suelo, el que echó a correr en paralelo al tiempo que el loco regateador se escurría entre marcadores.

‘Pásamela bloudo’, para algo era el delantero, el crack, la estrella emergente de un equipo emergente. Se fue al galope, convencido, de que el jugador le daría el pase antes de entrar al área, que únicamente le estaba quitando las marcas de encima para dejarlo solo ante los tres palos. Pero no. En el plan de Mendieta no entraba Cláudio.

El delantero corre, y con un gesto corporal le dice que está desmarcado, que tiene vía libre para anotar; espera en vano un pase que nunca llegará. ‘¡Qué hacés tarado!, ¿sos Maradona ahora?’, ‘la va a perder, ¡la concha de su madre!’, el argentino, desesperado, contemplaba aquellas diabluras desde la afrenta que produce que un tipo así ignore al goleador para erigirse en un nuevo Dios con la osadía de los que no acostumbran a pedir permiso para ello.

16 meses después, desconoce en ese instante, otra actuación del chico de la jugada le haría al argentino lo que le estaba haciendo a Ilie y a sus dos golazos aquella noche. Te borraron, Piojo.

En ese momento, despreocupado por lo que llegará, enseguida supo que él era la única opción de salvar al muchacho de cualquier humillación, y se puso a demandarle la pelota a gritos desesperados. «Mendiiiii, Mendiiiii». Esa especie de campanadas de fin de época en forma de voces se intensificaron tras el segundo latigazo que llevaría a la lona al último defensor vasco.

Mendieta cambió la historia en 62 pasos; sin embargo, en 43 segundos se cambió a él mismo

Por pura ilusión óptica todo parece veloz, pero en realidad modula el espacio-tiempo. Mendieta cambió la historia en 62 pasos; sin embargo, en 43 segundos se cambió a él mismo. Hasta entonces, un simple tipo que corría y corría y nada más, que valía de lateral derecho o de izquierdo, que no valía para mucho, que venía del atletismo y que aquel verano, Valdano, lo quiso extirpar del fútbol; a él y a ese pesado que seguía gritándole «Mendiiiii, Mendiiiii».

Pero allí frena y engaña a capricho, engaña a la propia naturaleza y vuelve renacido. ¿Qué hará? ¿La pasará al segundo palo? Es lo lógico, es el más marcado, Cláudio es el único liberado de rivales.

Entonces, un rumor de asombro desciende desde las gradas. Las bocas todavía abiertas, los locutores despegando sus culos de los asientos, los ojos del mundo como platos, contemplan a un genio ejecutar a su última víctima. El doble regate, y la postrera zancada, hacen que comprendan el peligro. La daga ya había tocado el corazón.

Hay una precisión secreta en esa geometría; un poco de viento, algo de lluvia, el reflejo de un reloj pulsera desde la grada, un central un segundo más rápido… cualquier cosa hubiera bastado para acabar con todo en el instante último.

Se comenta por el Botxo que hoy, ya retirados, todas sus víctimas se juntan los jueves por la noche, en tradicional velada, a tomar whisky, jugar a las cartas e inventar nuevos insultos contra un jugador que en estos instantes encara al guardaredes para poner patas arriba el mañana.

Antes de tocar el balón por última vez, el rubio interior ve que el segundo palo yace desprotegido, que el último bastión de la resistencia vasca se ha escorado como una araña espatarrada, ve a un central pasmado mirándole, ve a otro, el que dejó atrás, retorciéndose de dolor, ve a todos los demás allá a lo lejos, tirados, petrificados, como los fue dejando por el camino, ve a su entrenador pegar puñetazos al aire como si estuviera amasando, también ve al otro entrenador, el rival, como agacha la mirada para no ver el final de la jugada, ve a un chico en la grada, tras la portería, mirarle como si estuviera ante una aparición mariana, ve a su padre regalándole unas Munich con las que destrozaría las pistas de atletismo de Benicàssim, ve al tipo que le convenció para que dejara Baviera y se calzara unas Joma.

Ve todas esas horas encerrado en solitario en Paterna para domar su potencia, ve la vespa blanca, destartalada, con la que acudía a entrenar al Mestalla. Ve un cartel que dice Cepsa en letras blancas sobre fondo rojo, ve Mestalla reventar, y en un delirio ve también París antes de ejecutar a un portero llamado Valencia.

En ese momento culminante de la historia, un guardameta, asustado, justo con el último «Mendiiiii, Mendiiiii», ve pasar en su calidad de atrezzo el balón que esculpiría definitivamente la jugada en obra de arte. Solo entonces, consciente de su creación, el rubio regateador, con los brazos extendidos y encarando decididamente al compositor del griterío que le acompañó hasta ese mismo instante, le dice con la mirada «¿Me decías?».

Todos se fundieron en un abrazo colectivo para sellar el cambio de guardia, reenganchando al club, entre sudores, a una historia de la que se había caído 12 años atrás, en Barcelona, en un abril aciago y tremebundo y que hasta la jornada 16 de aquel año, colista o tercero por detrás, y con Pauleta al hombro, el gentío temía repetir.

Despojados de fantasmas, esperaban ya, en el autobús de vuelta, a que Los Planetas compusieran la canción que le diera música a aquella (y a todas a la vez) jugada de Mendieta.

Tras aquello esculpió un gesto que sólo los guerreros entienden. Cerró sus ojos, se inclinó para mirarse las botas en señal de reverencia, al tiempo que San Mamés rompía en aplausos. La militancia, al otro lado, quedaba en silencio, anonadada, estupefacta, desconocedora de lo que nacería aquella noche, incapaz de asimilar lo que acababa de ocurrir.

-Què ha fet? – Pues eso.

De aquellos lodos aún quedaba por llegar Salamanca, las últimas cabezas cortadas y el último paso de una revolución que configurara definitivamente una nueva carcasa.

«La verdad es que el gol lo recuerdo más de haberlo visto luego por televisión que de cuando ocurrió en el campo», dijo el tipo diez años después, como si nada, porque fue tanto que pareció esculpido en un sueño, convertido hoy en un recuerdo borroso debido a que el torbellino que desató aquella noche se lo engulló para dejar paso a héroes más inmediatos y a genialidades más incisivas.

Aquel instante, aquellos 43 segundos, quedaron suspendidos en la historia para explicar a todos quién es él, quién ha sido y dónde empezó a ser Gaizka Mendieta y el Valencia moderno.

2 comments on “Un gol en San Mamés

  1. Siempre había pensado que el de los gritos a Mendieta, no sé por qué, era Ranieri.

  2. Pingback: Una plaga de piojos – THE BARRACA

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