Escenaris de guerra Futbol després del mur

En el exilio del Shakhtar

El papel del fútbol ucraniano en el euromaidán

«Shakhtar fuera de Lviv», lucía torcida la pancarta, ridículamente desproporcionada respecto al trozo de plástico oficial que intentaba cubrir sin fortuna, y cuya inscripción rezaba un amistoso «Ucrania con el Donbass».

Aquel gesto espontáneo, garabateado en espray, respondía al deterioro de una relación evidenciada ante los focos de un partido de Champions, y con un público siempre dispuesto a favor del rival, muy dado a cantar el himno ucranio como afrenta. Es la nueva realidad a la que se está acostumbrado el equipo de Rinat Akhmetov; que incluso no superando los 0.90 céntimos por entrada se ve obligado a disputar sus partidos en el exilio de Lviv ante apenas mil espectadores; sólo un centenar favorables.

Tampoco se trata de una hostilidad desconocida, ya en su propio feudo, antes de convertirse en un ente nómada y desarraigado, convivió con los enfrentamientos entre partidarios del Maidán y de Rusia, con insultos a Putin y con gritos de «Berkut, Berkut»; el nombre que recibía el cuerpo de élite al servicio del depuesto Yanukóvich y cuyos francotiradores convirtieron las protestas de Kiev en una masacre; siendo constantes las agresiones entre aficionados del Shakhtar en las gradas del Donbass Arena.

Es la complejidad oculta de un conflicto que con asiduidad occidente vende erróneamente como una lucha polarizada entre dos frentes uniformes. Yuri Sabada, miembro de los Ultras del club y refugiado en Kiev, pone cifras a esta división, «un 10% de los ultras del equipo está enrolado en el ejercito ucraniano, defendiendo a la patria; el otro 10% se fue con las milicias prorusas. El resto simplemente nos hemos marchado, unos viven en Kiev, otros en Lviv o repartidos por todo el país».

Incluso la escasa población que todavía queda en la zona no combate por el mismo objetivo; muchos quieren continuar en Ucrania aunque no consideran legítimo al actual gobierno, los hay que anhelan la independencia total, y los que su único deseo es anexionarse a Rusia como estado federado. 

Una extraña paradoja, ya que el Shakhtar siempre estuvo estrechamente vinculado al gubernamental Partido de las Regiones para fagocitar al Donbass y defender los intereses políticos y económicos de Akhmetov, valedor y principal fuente de financiación de la agrupación de Yanukóvich.

Aunque para el periodista local Sergey Melink «el Shakhtar es una máquina política», en realidad, estos vínculos son habituales en el manipulado fútbol ucraniano, un país dominado a todos los niveles por los oligarcas; principal motivo por el que los proeuropeos del Maidán salieron a la calle, cansados de un estado manejado en la sombra por las corruptas élites postsoviéticas, sabedoras de que un ingreso de Ucrania en la UE supondría el fin de la fiesta para muchos de ellos.

La huida

En el vestuario dejó de hablarse de coches y de fútbol, los temas de conversación giran en torno al alto el fuego entre el ejercito y los rebeldes; en el almuerzo del equipo en su refugio kievita la posibilidad de que la paz les deje volver a Donetsk se tornó en una ilusoria realidad.

La huida apresurada de la ciudad dejó sus pertenencias atrapadas entre el fuego cruzado, hay constancia de que sus casas han sido asaltadas y muchas de sus posesiones vendidas en el mercado negro. Es la última biografía del país, donde la estampa del lujoso Donbass Arena luciendo a carne viva heridas de obuses, y la moderna ciudad deportiva devastada por las bombas, le ponen rostro a un exilio.

Pyatov, portero del Shakhtar, se sinceró ante los medios en la previa al partido de Champions ante el Bayern: «Si dejara de morir gente todos los días seríamos capaces de centrarnos en el fútbol. Cuesta tener que jugar un partido así tras escuchar que han atacado un autobús lleno de gente inocente, no puedes evitar pensar en eso, aunque trates de ocultarlo, no estás concentrado por mucho que intentes ser profesional».

La situación del equipo no deja de ser compleja. La plantilla se divide entre hoteles y casas de alquiler, con las familias dispersadas, aunque extrañamente sólo un jugador abandonó el club, traspasado al Newcastle, cuando un amistoso en Lyon el pasado verano insinúo la deserción de hasta siete futbolistas.

«Nadie abandonó el grupo, ahora somos más fuertes y estamos más unidos que antes» dice Lucescu, el entrenador que pegó con cola a sus muchachos tras ser el primero en renunciar a la posibilidad de marcharse a Turquía y abandonar la guerra. En un claro gesto de inteligencia emocional el técnico rumano concentró  en brasil al equipo durante el parón invernal de dos meses, para que su tropa latina (hasta 14 brasileños en nomina) pudiera estar en casa, cerca de los suyos, y desconectara de todo lo demás en una sesión de terapia disfrazada de gira.

Yevgeny Schogoljew es aficionado al Shakhtar desde hace 40 años, además de un tipo afamado entre el mundo de los coleccionistas por su repertorio de entradas y programas de partido de la vieja URSS, y también, por su excentricidad en las gradas gracias a sus estrambóticos disfraces.

Ahora vive recluido en el Donbass, incapaz de poder viajar a Lviv a ver a su equipo, «los controles en las fronteras por parte del ejercito son férreos, si alegas que quieres cruzar para ir al fútbol directamente no te creen, incluso enseñándoles la entrada te deniegan el pase», se queja en su web.

No es un hecho aislado, la afluencia a los estadios en Ucrania se ha desplomado desde que estallara el conflicto, la ya de por sí instrumentalización del deporte por parte de los poderes ha ido en aumento tras el Maidán, los partidos se convirtieron en un campo de batalla más.

«No podemos posicionarnos a favor de un ejercito que ha matado a nuestros hermanos, amigos, aficionados y familiares; el Shakhtar sólo está a favor de la paz y la convivencia»

Es la soledad en la que se ve obligado a vivir el club minero, además de la que le otorga disputar sus partidos a 1200 kilómetros de casa, pasando de ejercer como nexo de una región fronteriza con Rusia, a emprender un extraño viaje que le sitúa a unos centenares de metros de la línea que separa al país de la Unión Europea; de una ciudad referente en las relaciones con Moscú, a otra que además de lucir con orgullo su declaración como patrimonio cultural de la humanidad por parte de la UNESCO es la urbe nacionalista por excelencia de Ucrania; donde nació la lengua, la cultura y la identidad nacional, acogiendo ahora a refugiados del este con cierto recelo, viendo como de forma constante, se organizan marchas en sus calles en apoyo a los combatientes leales al estado.

Son pocos los refugiados del Donbass en Lviv que se atreven a acudir al estadio, hacerlo podría situarles ante un doble castigo social; en el este el Shakhtar es considerado como un traidor por abandonar la región; en el oeste, gracias a sus pronunciados vínculos, muchos lo consideran un símbolo de los rebeldes que deben repudiar.

Significarse suele suponer recibir escupitajos en la puerta del estadio y acusaciones de todo tipo. La población local acostumbra a acudir a los encuentros del Shakthar motivados en apoyar al rival y por la posibilidad de entonar soflamas nacionalistas.

Petro Dyminsky, dueño del Karpaty Lviv y uno de los principales rivales de Akhmetov, leyó muy bien la situación, desde el traslado de los mineros no hay acto que el club no organice frente a la estatua de Stepan Bandera, héroe nacional para un amplio sector del nacionalismo ucranio, ni oportunidad para instar al Shakhtar a glorificar a los combatientes nacionales en el frente.

En el duelo que les midió el pasado noviembre el Karpaty quiso obligar a su inquilino a posar con ellos tras una pancarta cuyo lema no podía ser más clarificador, «Juntos en apoyo al ejercito nacional».

La negativa de la institución minera le granjeó más impopularidad en una ciudad que nunca la vio con buenos ojos, fue la ruptura definitiva, la madre del «Shakhtar fuera de Lviv». Ni siquiera los acalorados argumentos de Sergei Palkin, CEO del conjunto exiliado, sirvieron para nada, «no podemos posicionarnos a favor de un ejercito que ha matado a nuestros hermanos, amigos, aficionados y familiares; el Shakhtar sólo está a favor de la paz y la convivencia».

En cierto modo es así, en la gira brasileña posó con insistencia ante mensajes de «Stop a la guerra», aunque en sus camisetas lucía la bandera de la autoproclamada República Popular de Donetsk, haciendo gala de la afamada y estudiada ambigüedad que siempre caracterizó al Shakhtar.

Pero no hay mejor imagen que defina la situación del club que la de un Akhmetov huido a Londres desde la caída del gobierno, del que nadie ha vuelto a saber nada desde entonces, y cuya fortuna, tras el colapso del Donbass, ha pasado de los 22.300 millones de euros a unos 12.700 en menos de un año.

Hecho que envalentonó a muchos para augurar el fin del ‘the other Chelsea’, sobre todo tras la reciente acusación a Mikhail Yefermov, presidente del Partido de las Regiones y hombre de paja de Akhmetov, por parte de la fiscalía por usar fondos del partido para financiar a las milicias separatistas. Situación, que de confirmarse, dejaría al dueño del Shakhtar en una posición todavía más delicada.

Así, con las élites postsoviéticas encarceladas o huidas para evitar los rigores de la ley, muchos auguran un panorama desolador para el campeonato local

Esta pérdida de poder se traduce en la ascensión de Igor Kolominsky, dueño del Dnipro y próximo a Poroshenko, al ejecutivo federativo, hasta ahora en manos de hombres del desaparecido oligarca. No hay modo de saber cómo se resolverá la situación, pero de momento, el fútbol ucraniano se ha visto dinamitado con una liga reducida a 14 equipos, con varios clubes anunciando severos recortes presupuestarios y con una fuga de jugadores durante el pase invernal que puso fin a los tiempos donde la potencia del este se situaba entre las 8 ligas europeas que más gastaban en contrataciones.

Así, con las élites postsoviéticas encarceladas o huidas para evitar los rigores de la ley, muchos auguran un panorama desolador para el campeonato local, aunque tipos como Masha Chala, autor de uno de los blogs de referencia del fútbol ucranio, lo ven como una oportunidad de regenerarse, «hasta ahora los clubes continuaban como en la época soviética, en manos de empresas, no ya públicas, pero si con una influencia política evidente. Si caen todos podemos conseguir que los clubes queden en manos de sus aficionados, podremos modernizar sus estructuras y construir un campeonato sólido y limpio. Los jugadores verán que están jugando para sus aficionados y no para un millonario porque sólo les paga una cantidad exagerada de dinero por vestir la camiseta de su empresa».

Serhiy Kurchenko personifica la situación del modelo oligárquico, dueño de una de las petroleras del país, y del Metalist Kharkiv, vive exiliado en Moscú desde el pasado año, en busca y captura por la policía ucraniana acusado de malversación, soborno y tráfico de influencias.

El futuro del Shakhtar no está claro, puede que si antes del verano la paz en el este no se materializa de alguna forma no pueda retener mucho más a su plantilla de jugadores. De momento, el club amplió el alquiler del estadio nacional de Lviv hasta diciembre de 2015, su inestabilidad le alejó de  la posibilidad de revalidar un campeonato de liga que ganó durante cinco años consecutivos.

La institución que antaño aunaba la identidad de toda una región pronto cumplirá un año en el exilio, odiado por la población que le acoge y acusado de traición por muchos de los suyos, mientras, en su web sigue indicando teléfonos y direcciones en Donetsk para recoger ayuda en favor de los refugiados que nadie atenderá en unas oficinas que yacen en ruinas y se presentan saqueadas.

2 comments on “En el exilio del Shakhtar

  1. Me duele ver en un blog futbolístico tan riguroso siempre tantos errores y propaganda involuntaria.
    Stephan Bandera fue colaborador de los nazis mientras le interesó, y es un héroe según para quién. Un Primo de Rivera a la ucraniana.
    El sueño del fin del poder de los oligarcas con la entrada a la UE es falso. Si fuera cierto, no habrían oligarcas que apoyasen entrar. Hay oligarcas interesados en la UE y otros en Rusia. Sólo negocios.
    Y los Berkut no eran paramilitares, sino fuerzas especiales de la policía. No fueron ellos quienes dispararon, y si miras el recuento de muertos, verás muchos de ellos en la lista. Los verdaderos asesinos siguen en la sombr, y a la junta de Kiev no le interesa mucho investigarlo.
    Me gustaría que mejorará el rigor político, algo muy complicado, pero imprescindible.
    Saludos.

    • Cierto, Poroshenko es uno de los que sí apoyan, en principio, la entrada de la UE, pero el gran poder las oligarquías se ciñe a 5 nombres, Surkis, Akhmetov, son dos de ellos, y nunca han apoyado eso, más bien lo contrario, por eso apoyaban a Yanukovich. Pues lo otro, no es ninguna clase de propaganda, esto está basado en pregunta y respuesta, no tengo ningún interés en el conflicto ucraniano.

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