Lectura de balons

El Gol Geopolítico

Francisco Cerecedo fue el maestro de la crónica periodística en los años 60 y 70. El fútbol, tan dado a las metáforas sociales, no pasó desapercibido para el redactor del Diario Madrid. Aquellos textos en los que futbolistas y árbitros eran juzgados sin contemplaciones forman El Gol Geopolítico.

«En el fútbol y en la política», decía Francisco Cerecedo, «a parte del anacronismo, se progresa muy poco siendo conservador». La frase no pertenece a la crónica parlamentaria, sino al análisis de una paupérrima selección española, especialista en aquel ínterin entre los sesenta y los setenta en caerse de los certámenes internacionales.

Transitar entre las páginas de El Gol Geopolítico es mucho más que pasear por un compendio de crónicas futboleras, es recorrer la última década de la dictadura con un balón en los 2007-el-gol-geopolitico-300pies. Mancharse los dedos con su tinta es impregnarse de la acidez y clarividencia de un tipo que utilizaba su puesto en la tribuna de prensa de Chamartín, o el Manzanares, para hacer crítica social de un país decrepito y decadente.

Y para ello bastaba cualquier excusa, como un enfrentamiento entre Atlético y Deportivo para poner de manifiesto, utilizando como transmisor la torpeza de un colegiado casero, las bondades de la democracia parlamentaria: «El árbitro, Zariquiegui, se equivoca tan sólo en cuestiones de muy poca monta gracias a una técnica particular: aguarda la reacción del público o de los jugadores antes de adjudicar la falta a uno u otro bando. Si los graderíos señalan córner, si cuatro futbolistas levantan los brazos, Zariquiegui refrenda con su silbato la voluntad de la mayoría. Y lo mejor es que nadie protesta, ni siquiera los perjudicados. La democracia parlamentaria ha dejado de ser peligrosa».

Esta clase de metáforas son una constante, aparecen con frecuencia utilizando pésimos partidos o encuentros internacionales para cuestionar el modelo político imperante en la época y enfrentarlo a los homólogos europeos transformado en una mordaz crítica. En un Atlético – Ajax de la Copa de Europa, Cerecedo, moldeó la crónica en un manifiesto que ponía de relieve las virtudes del colectivismo (la solidaridad obrera representada por el Ajax) contra un sistema individualista (el capitalismo representado en el Atlético) haciendo uso de los estilos futbolísticos desplegados en el campo por ambos contendientes.

«Vasovic aportó a su conjunto una cosa muy importante para jugar al fútbol: la ideología. Según ella, el balón debe pertenecer a todos los compañeros y nadie debe retenerlo en su poder. Hay que pasarlo al más necesitado. Bajo la mirada del yugoslavo Vasovic, el Ajax desarrolló un fútbol socialista que produjo su fruto a los cuarenta minutos de trabajo con un gol conseguido por Swart después de recibir un centro del extremo Keizer. Fue un gol de autogestión». […] «El que más rápidamente comprendió la necesidad de socializar el juego del Atlético fue Eusebio, un muchacho natural de Badajoz, una de las provincias con la renta «per cápita» más baja de España». […] «El Ajax planteó el encuentro con un claro cuatro-tres-tres, al que habían incorporado sus convicciones democráticas, es decir, cuando atacaban, atacaban todos y para defender, lo mismo». […] «El instrumento de producción no es propiedad de nadie en particular y nunca debe ser utilizado con fines individuales. Es el único camino del progreso en el marcador. Porque el gol es para el que lo trabaja». [crónica entera]

Cerecedo encierra una virtud que se ha perdido hoy en día, y es su afán por la crítica sin importar las consecuencias

La peculiaridad del texto reside en su acotamiento a los encuentros de local disputados por los cuadros madrileños que poblaban la primera en aquellos tiempos, debido a que la obra de Cerecedo se reduce al papel de cronista que desarrolló para Diario Madrid, tal vez el último intento conocido de que la Villa y Corte tuviera un medio de comunicación propio y dejara de utilizar los nacionales para uso exclusivo. A pesar de ello, no se encuentran entre sus letras tipo alguno de parcialidad, y esa es una de las cosas que convierten la obra en un libro fresco, divertido y atrayente, donde abundan los palos a los locales y no en pocas ocasiones se solidariza con unos perdedores que merecieron sumar de no haberse encontrado por allí dichos colegiados y las circunstancias de aquel fútbol hubieran sido otras.

Porque ellos, los colegiados y los burócratas del sistema, son las víctimas predilectas del látigo de Cerecedo, que convierte a los referees en divertidísimas caricaturas, relatando con gracia las actuaciones de personajes atormentados, absurdos hasta decir basta, que desconocen lo más básico del arbitraje a pesar de dedicarse a ello, cometiendo con desvergüenza y descaro las tropelías más insospechadas ante los ojos del mundo entero. Entre líneas deja aflorar con alegre prosa una verdad incómoda, y es esa manipulación sistemática en la que estaba instalado el fútbol en favor de intereses políticos, y que en cierto modo, se sigue arrastrando hoy en día.

«Ortíz de Mendíbir. Desastroso arbitraje desde el punto de vista técnico, excelente desde el aspecto de las relaciones públicas». «Fernández de Castro actuó perfectamente a tono con la falta de seriedad del encuentro, al que no prestó demasiada atención por resultar el espectáculo indigno de todo juez que se precie. Por eso sus varios errores fueron producto de su propio respeto». Los hachazos se leen ya desde las fichas técnicas que encabezan los textos, entrando en jugosos detalles al transcurrir de las líneas, y es que Cerecedo encierra una virtud que se ha perdido hoy en día, y es su afán por la crítica sin importar las consecuencias.

Aunque las pinceladas de tinte político no andan solas durante el relato, ni mucho menos los señores de negro son legión en sus redacciones. Así, durante un Real Madrid – Rapid de Viena, se saca de la manga una contraposición de estilos patrios: El pasodoble contra el vals, usando a Masiel y su ‘la la la’ como introductor de las identidades nacionales en una Europa de la que España se mantenía aislada.

Por todo ello y mucho más, no sólo sorprende que la lluvia, un señor escuchando el transistor, o los niños que posaban para la foto antes del encuentro, se convirtieran en protagonistas de un evento donde el juego y el resultado solía ser la excusa para hablar de todos ellos y de más, sino que en aquellas circunstancias, un periódico afincado en pleno corazón del poder franquista pudiera salir a la calle con tales sentencias escondidas entre sus páginas de deportes.

«El Real Madrid fabrica incansablemente los más variados productos: Copas de Europa, imbatibilidades, grandes jugadas, árbitros asustados, récords, goles en el último minuto y manos de Gallego»

Es de suponer pues que el sueldo de Cerecedo no dependía de caerle bien a los profesionales del balompié ni tampoco a los estamentos que lo regían; no tenía reparos en decir que un partido era aburrido, que un jugador era pésimo – «Miguel Pérez supera a todos en ineficacia. Tiene un regate fácil y elegante, pero carece de toda visión de la jugada y dispara con la inexperiencia de un colegial» -, ocupando el espacio relatando las reacciones de la grada ante el despropósito, ni tampoco en señalar que un equipo jugaba tremendamente mal, desprovisto de orden y mando. Si no le causaba respeto Franco, para tenerlo a Bernabéu, Calderón… o a la FIFA.

Cuyo organismo es destrozado con la virulencia que solo una airada pulsación mecanográfica es capaz de gestar. En un brutal artículo sobre los mundiales denuncia manipulación, falsedad, complot político y hasta la deleznable actitud colonialista del máximo órgano internacional en las cosas del balón. El relato escrito hace cuarenta años podría haberse redactado esta misma mañana y no vestiría más actualidad. De buena se han librado Blatter y los conseguidores de la Copa del Mundo de Qatar, ya que Cerecedo falleció en Bogotá en 1978 cubriendo una gira política de Felipe González, porque hoy, tendría para un libro como este en el que explicarle a los dirigentes del fútbol qué forma y color tiene la ética de la que carecen.

La brillantez del libro nace en haber convertido un registro de crónicas sobre partidos intrascendentes, sin mucha historia, en un texto adictivo que no en pocas ocasiones dibuja sonrisas y despierta carcajadas, presentándonos con ello, además, un fútbol olvidado, desconocido, reducido al golpe y la patada en el que el balón era un elemento decorativo, donde superar un 1-0 era todo un acontecimiento nacional, siendo habitual encontrar estadios tan vacíos que las plazas de toros podían presumir de registrar mejores entradas. El Gol Geopolítico, en resumen, es una genialidad táctica.

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