cultura de club

Tríptico sonoro en torno a Mendieta

El escritor, periodista y profesor de literatura José Ricardo March elabora una 'play list' mendietera desde la cual recorrer la carrera del otrora seis del VCF, una de las figuras locales que más arte pop ha generado.

Lust for life (Iggy Pop)

Hay jugadas que definen una trayectoria. O la anuncian. La rítmica galopada a lo Mark Renton en Trainspotting, las dos paredes con el colombiano recién llegado y la perfecta finalización, ajustada al palo largo de Buyo, anticiparon, en marzo del 94, lo que tardaría casi un lustro en llegar.

Aquel muchacho con trazas de bajista de Iggy y corazón y pulmones de mediofondista emergió en el Bernabeu en mitad de la tormenta social y deportiva del Valencia para, a modo de promesa de futuro, aparcar momentáneamente la angustia de la grada con el todavía provisional 0-1 ante el Madrid.

Fue, claro, un destello. Aquella noche Merino González masacró al Valencia cercenando contragolpes a base de fueras de juego y Aristizábal perdió el oremus enfundado en un precioso uniforme rojo. Pero una mínima esperanza latía ya en Mestalla a cuenta del trote y toque inconfundibles del chico de la melena rubia y el incansable esfuerzo, cincelado en la inagotable cantera del Deportes Tonín.

Gaizka tenía 20 años y un currículum prometedor: había pasado en apenas unos meses de la categoría juvenil a compartir once con los astros emigrados Mladenovic, Punisic y Music. Y a convertirse en el objetivo de una tensa negociación entre Tuzón y el Castellón, maniobra que condujo su futuro sesenta kilómetros al sur, mientras el chico combinaba la Segunda División con los coletazos finales del tercero de BUP y los arpegios de Metallica. Debutó con el Valencia en un partido de pretemporada contra el Foios junto con tres miembros de la generación perdida del Mestalla (Víctor, Mir y Tárraga) y pasó gran parte de aquel año en el filial esperando a que Hiddink lo reclamase.

Y lo reclamó. Aunque quizá Gaizka, ansioso por seguir ascendiendo peldaños en la escalera del fútbol, juzgase tardío, escaso y desangelado su debut en Primera: los cuatro minutos de que dispuso en junio del 93 en el Carranza, unidos a la media parte del partido de fin de temporada ante el Oviedo y el ambiente triste y enrarecido que se respiraba en Mestalla (el Valencia acababa de ser eliminado de las semifinales de la Copa por el Zaragoza) limitaron la capacidad de lucimiento del mozo. El empuje definitivo llegó con la liquidación de Hiddink al frente del equipo, medio año después. Deshecho el centro del campo por las ausencias de Robert y Álvaro, Héctor Núñez se asomó al Mestalla y convocó a seis canteranos para jugar contra el líder Deportivo.

De todos ellos Gaizka fue el único que permaneció cuando Rielo agarró la nave a la deriva. Y allí seguía, clavado en el centro del campo, cuando, caprichosa fortuna, Paco Roig hizo regresar a Hiddink en la previa de un Madrid-Valencia de la primavera del 94.

Un buen día (Los Planetas)

1998. En medio del habitual naufragio que azota al valencianismo cíclicamente llegó la explosión definitiva del 6, casi a modo de furioso rasgueo de guitarra punk. Gaizka, jugador de complemento para Parreira, indiscutible lateral derecho de Luis y futbolista olvidado de Jorge Valdano, alcanzó la talla de titán del centro del campo de la mano de un trivote de resonancias míticas para el valencianismo (Mendieta-Milla-Farinós) en el que se vio obligado a actuar como cerebro del equipo entre el equilibrio defensivo del turolense y el a veces desesperante ímpetu de Javi. Gaizka, curtido por las circunstancias adversas (la derrota en la final del agua en dos actos del Bernabeu, el coitus interruptus liguero del curso siguiente, el acostumbrado sonido de viento en Mestalla destinado al chico de la casa), agarró los mandos de la nave y pasó, como parte de una metamorfosis casi sin precedentes en nuestra historia, de oscuro jugador de club a finísimo centrocampista, capaz de dibujar sobre el tapete el camino de nuestros sueños. Con el tiempo nos habíamos acostumbrado a su presencia en el once y juzgábamos su habitual alineación como la necesaria concesión al futbolista trotón. El mismo tiempo nos convencería de nuestro error.

La máxima expresión de la mutación del 6 llegó una tarde de invierno en Bilbao. El Valencia, ya matizado por el sello de Claudio Ranieri (presión + robo + fútbol vertical = gol), bailó al Athletic sin despeinarse. Gaizka actuó, desde el eje de la medular, como un cirujano futbolístico que amputa con serenidad y limpieza los ataques del rival. Hasta que, harto de ser el destructor de juego, hizo acopio de trastos y arrestos y fue en pos del genuino gol realmente increíble de Los Planetas. Porque sí, este es. Durante años se ha especulado con las coordenadas espaciotemporales de la aportación más relevante del fútbol al pop patrio. Ahí van unas pistas para cerrar el círculo: a Jota, el cantante y compositor de Los Planetas, le asaltó la jugada de marras entre disco y disco, recién llegado de Estados Unidos tras grabar Una semana en el motor de un autobús con Kurt Ralske.

El gol, una de esas raras gemas que, de vez en cuando, elevan el fútbol a la categoría de octavo arte, reforzó un cuadro costumbrista repleto de referencias futboleras y drogotas. La alusión a Gaizka brillaba entre luminosas guitarras y un sonido de Hammond añejo y certificó el ascenso definitivo de Los Planetas al olimpo del mainstream aunque el tema, musicalmente, fuera poco más que una canción blandita y simpática.

Durante los meses inmediatamente posteriores Gaizka, casi impulsado por el sincero homenaje planetario, se apuntó un buen número de goles realmente increíbles. Ninguno, sin embargo, aparece en mi memoria como aquel primero: una certera inyección de magia en tres actos que rompió la cintura de varios defensas del Athletic y serviría como prólogo a nuestro renacimiento como club ganador.

“Debe de ser agradable desaparecer/desvanecerse en un acto”

Vanishing act (Lou Reed)

Como las máquinas llevadas al límite de su rendimiento, la vida de Gaizka en (el) Valencia se agrietó a marchas forzadas durante el curso 2000/01. Apenas consumidas las lágrimas de las Champions perdidas, hundidas las rodillas en el lodo de la incertidumbre, Mendieta consumó la decisión de su vida: abandonar aquel club que, durante casi una década, había contemplado su formación como futbolista y su conversión en el mejor centrocampista de Europa.

En realidad todo encaja en la historia de siempre. Las maltrechas cuentas del Valencia aconsejaban entonces, como ahora, vender a estrellas para evitar la quiebra técnica y permitir al club seguir funcionando. Y Gaizka, jugador franquicia, puntal y máximo artista del equipo, era la perla más apetecible y codiciada de la constelación valencianista. Su marcha parecía lógica en un entorno lastrado por la imposibilidad de generar ingresos suficientes para mantenerse en la élite. Y, quizá, con la perspectiva que otorga el paso del tiempo, también fuera necesaria deportivamente para oxigenar al equipo y abrir una nueva senda.

Sin embargo, el final se precipitó de la manera más desagradable posible. Menudearon los rumores sobre la vida privada de Gaizka, creció la desconfianza al tiempo que el interés de otros clubes por hacerse con sus servicios y abundó el recelo al constatar que el ídolo, el heredero del dorsal de Puchades y Claramunt, volaría del club con rumbo ignoto. No tardó en sonar como destino Madrid, donde Florentino arrimaba fichajes a su regazo como sardinas a una hoguera. Fue demasiado. Aún estaba fresca la traición de Pedrag Mijatovic y la grada dirigió su frustración hacia el 6, un número tan sagrado como (es de recibo recordarlo) vituperado en Mestalla. Un dorsal cuyo portador, rugía el entorno, jamás había esbozado una tentativa de abandono.

“Qué agradable debe de ser desaparecer/ flotar entre la niebla”

En aquellos días se nos recordó insistentemente que la salida del murciélago del escudo, como lo había bautizado Cortés tiempo atrás, tenía precio: diez mil millones de pesetas. Lo hacían los predicadores de turno en la radio, los titulares y destacados en prensa, los speeches que acompañaban los vídeos de Canal Nou, los aficionados de a pie, las pintadas con que algunos desaprensivos ensuciaron la piel de Mestalla.

Por fin, un día de julio, Gaizka habló. Lo hizo con voz apagada y entrecortada, escoltado por el viejo Toldrá en una rueda de prensa multitudinaria que jamás hubiera querido protagonizar. Como el Lou Reed de The Raven sonaba agobiado, agotado, harto. El peso de diez años y la insoportable sensación de haber sido vapuleado injustamente se concretaron en apenas unos minutos de discurso y una frase que lo condensaba todo: “Quiero que escuchen ofertas por mí”. Parecía el final de todo, el finiquito a mil ilusiones y sueños de futuro encabezados por aquel campeón de la modestia. Afuera, entretanto, un madrileño recién llegado de Tenerife jugaba con piezas de distintos tamaños para crear su gran obra de arte: el mejor Valencia de la historia.

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