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Fútbol y sangre en Ciudad Juárez

Andrew Powell se quedó en el paro y al borde del desahucio, entonces decidió gastar los últimos dólares que le quedaban en el bolsillo e irse a vivir unos meses a Ciudad Juárez. En la ciudad fronteriza un empresario vinculado al PRI había fundado un club de fútbol en la capital de la muerte.

Mirando un partido de fútbol por la televisión Robert Andrew Powell se sorprendió a sí mismo, cerveza en mano, desviando la mirada para presenciar el asesinato que retransmitía la ventana de su apartamento. Contempló aquello dando sorbos a su Coronita como quien ve la repetición de una jugada intrascendente. Esa señal le advirtió que debía abandonar la ciudad si no quería volverse loco.

Llevaba un año en Ciudad Juárez y ya había interiorizado la violencia como la ha interiorizado el escaso millón de habitantes que figuran en el censo oficial. En aquellos días de pasmo, salía a correr por las mañanas cruzándose con charcos de sangre como quien pasea por Londres un amanecer cualquiera de invierno y se topa con una densa niebla.

Este artículo fue publicado en el número cero de la revista The Barraca.
Este artículo fue publicado en el número cero de la revista The Barraca.

En el supermarket, donde paraba a comprar la prensa del día, colgaban cadáveres del puente que daba fondo a la estampa del lugar. Allí, en medio de una calle tan fantasmal como terrorífica, una cabeza cortada presidía un puesto de burritos ambulante. Cansado de contar muertos recuerda horrorizado como meses atrás, en la estación de servicio en la que había estacionado, apareciera el cuerpo ultrajado de Pedro Picasso, el entrenador del equipo juvenil de Indios de Ciudad Juárez, y cómo la noticia parecía no haber importado a nadie en el club fronterizo.

Sus compañeros reían como se ríe en la intrascendencia, entrenaban como quien entrena en la ignorancia de lo que le rodea. Su muerte fue una estadística más para unas gentes que en aquellos tiempos llegaron a presenciar 30 asesinatos violentos por noche. Powell había llegado a México desde Nueva York, era periodista en paro, con una hipoteca que amenazaba con dejarlo sin lugar donde ir y que en aquella encrucijada decidió gastar los últimos dólares que le quedaban en una locura. Cuando aún tenia redacción que visitar a las ocho de la mañana leyó una noticia cautivadora, Francisco Iborra, empresario mexicano vinculado al PRI, acababa de fundar un equipo en Ciudad Juárez, la capital de la muerte, el agujero negro y podrido del mundo occidental. Y aquello, había que contarlo.

Fue un equipo de parias y jugadores de ligas menores, en la frontera con Estados Unidos, el que hizo parar las balas y llevar algo de paz a una población castigada hasta cuando sueña

En su adiós, el club pelea por evitar el descenso. Treviño, el entrenador, motiva a sus muchachos enseñándoles imágenes de niños asesinados a la salida del colegio, de cuerpos colgando de postes de teléfono. «Sois el paréntesis para esta ciudad. Con Indios, Juárez no sangra». Pero ya nada funciona. Los tiempos felices acabaron.

Sus futbolistas – que tuvieron que abandonar sus lujosos coches porque eran asaltados a golpe de metralleta y sustituirlos por otros que ni siquiera tenían aire acondicionado – reciben amenazas de matones enviados por el propio presidente para forzarles a abandonar los apartamentos que éste les entregó en propiedad como vía para saldar fichas impagadas. Los futbolistas desaparecen sin más de un día para otro, huyen para volver a Argentina, Colombia, para cruzar la frontera y enrolarse en la MLS clandestinamente. «No leíamos periódicos para no entrar en pánico» diría el argentino Maggiolo al diario Olé una vez abandonado México. En su libro – This love is not for cowards, salvation and soccer in Ciudad Juárez – Robert Andrew Powell relata la historia de una ciudad que creyó salvarse gracias al fútbol.

«Hemos recuperado Juárez» declaró el gobernador de Chihuahua.

Dos años antes de que Powell se sorprendiera viendo sin inmutarse a través de la ventana de su apartamento un asesinato, el club fundado por Ibarra logró un ascenso sonado a primera división. Los cárteles amenazaron con que aquella sería la noche más sangrienta de la historia, pero la ciudad por primera vez hizo caso omiso a sus amenazas y salió a la calle hasta hacerse con ella. Celebraban un ascenso épico al fútbol grande.

El autor defiende en su obra que Indios apaciguó Juárez cuando estaba viviendo su etapa más cruenta – 3951 asesinatos aquel año – , los sociólogos, sin embargo, afirman que a los sicarios también les gusta el fútbol. Cuando el balón rodaba por El Benito la sangre no teñía la ciudad. Asesinos y víctimas compartían graderío, asiento en el bar, y pasión por el club. Fueron los años más felices que recuerda una población atrapada en el infierno.

Las páginas de This love is not for cowards, salvation and soccer in Ciudad Juárez chorrean sangre, conflicto, pero también transmiten esperanza, es el relato de cómo el artefacto más simple del mundo, un esférico de cuero manchado de barro, puede proporcionar paz y optimismo al rincón más salvaje del planeta. En aquella efervescencia, Indios pasó de luchar por la permanencia a colarse en la lucha por el título de primera división.

Las estadísticas de asesinatos menguaban a cada triunfo de un equipo que ya era más que eso para sus gentes. La lejanía de los titulares violentos y la atención centrada en once muchachos corriendo tras una pelota dejó aflorar la socarronería más irónica que ha conocido México. El principal grupo de animación de Indios llegó a llamarse ‘El Kartel’, mataban malos augurios para dar paso a momentos irrepetibles. Hoy, sus integrantes, recuerdan con nostalgia aquellos días de saltos y cánticos en el estadio, esa sensación de euforia vecinal que llevó a Juárez a los noticiarios del país para hablar de gestas y glorias en lugar de miserias y vergüenzas humanas.

Miembros de ‘El Kartel’ rumbo al estadio

Los ecos de aquello ahora resuenan en un estadio saqueado, dejado perder, cuyos únicos pobladores son las malas hierbas y los momentos olvidados. La derrota en semifinales ante Pachuca dejó a Indios a un paso de la final para iniciar el rápido descenso en la montaña rusa en la que se habían subido. Durante el Clausura fueron incapaces de ganar un solo partido, y sin dinero, Ibarra se escudaba en promesas incumplidas de políticos que juraron una operación especulativa para construir un estadio nuevo. Juárez se volvía a hundir en la miseria de quienes la sustentan.

En sus últimas líneas el autor habla de una ciudad huérfana que espera rezando la llegada de algún prócer que regale a Ciudad Juárez un equipo de fútbol que les devuelva aquel paréntesis en medio de la pesadilla.

Fue un equipo de parias y jugadores de ligas menores, en la frontera con Estados Unidos, el que paró las balas y llevó la ilusión a una población castigada hasta cuando sueña, situando con ellos a Juárez en lo más alto del fútbol mexicano, espoleados por las ganas de vivir de sus habitantes. «Indios era lo único positivo que tenía la ciudad» dice algún exjugador. Indios dibujó sonrisas en personas que nunca supieron esbozarla en su rostro. Aunque sólo fuera durante 90 minutos a la semana, fueron capaces de helar el infierno.

La última imagen del equipo nos deja un grupo de jugadores gestando con indiferencia su enésima derrota en un estadio triste, lejos del bullicio de los buenos tiempos, los cánticos acompañan la decadencia, aunque sin la misma pasión que antes. En aquel tránsito los homicidios se volvieron a disparar alcanzando su techo histórico.

La acusación de fraude fiscal sobre Ibarra llevó al club a declarar su insolvencia. La expulsión de la liga y la posterior liquidación fue la bala que mató al club que transmitió alegría en una ciudad donde la muerte tiene casa propia.

Niños pegando patadas a un balón en polvorientos solares, manchas de pegamento en los parachoques de los automóviles y una pintada en un muro de la autopista haciendo referencia a “El Kartel” son los únicos vestigios de un pasado que Ciudad Juárez siempre añorará.

This love is not for cowards, salvation and soccer in Ciudad Juárez no es un libro completo, Powell abandonó el paro con la historia de Indios, ahora desde sus columnas en el New York Times relata la secuela de una obra que lleva camino de convertirse en la sensación del año. A través de las páginas de la dama gris Andrew relata la diáspora, el exilio de empleados en la fría Colorado, expulsados por la violencia. Gracias a su visita al búnker en el que Ibarra vive rodeado de guardaespaldas en El Paso, el periodista relata como minutos antes de firmar la liquidación del club, éste le regala las medallas que certificaron el ascenso del equipo.

En sus últimas líneas el autor habla de una ciudad huérfana que espera rezando la llegada de algún prócer que regale a Ciudad Juárez un equipo de fútbol que les devuelva aquel paréntesis, en medio de la pesadilla, que les fue arrebatado.

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