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Joan Cordero, el exjugador que milita en Compromís

Joan Cordero subió al primer equipo con 22 años, se mantuvo con dignidad hasta la 79/80 en el once valencianista, pero su periplo estuvo siempre marcado por su conciencia social y por ser molesto para la nostálgica directiva de la época. Retirado a los 28 años, se dedicó a la política.

Toni Mollá, periodista y filólogo valenciano, dijo algo sorprendente en 2006, durante la presentación de Camí d’Itaca, el libro biográfico de Oleguer Presas, «a Joan Cordero le echaron del Valencia por lo que pensaba». Tres años más tarde, cuando Quique Peinado le preguntó por primera vez sobre ello, el afectado, lo matizaría, «hombre, no diría yo que me traspasaran por una cuestión política. Yo era un jugador del montón en primera, pero ser incómodo seguro que no me ayudó en mi carrera, aunque por entonces no tenía tan claro mi pensamiento político como lo tengo ahora».

A Joan le tocó vivir momentos fascinantes a todos los niveles, el silencio de cuarenta años de dictadura se retorcía para dejar pasar entre sus pliegos las conciencias de los derrotados; chocando éstas no en pocas ocasiones con actitudes reaccionarias y posiciones inmovilistas.

La rebeldía se la contagió Quino; socialista de carnet e integrante de aquel Valencia de los primeros setenta dirigido por un Di Stéfano triunfante. La revolución emprendida por el andaluz y que acabó engendrando en 1975 a la AFE, junto a la amistad que les unía, llevó a Cordero a ser delegado de la misma en Valencia; fue ese gesto el que le cosió al lomo la etiqueta de rebelde.

«Nos hacían firmar cosas en blanco, nos trataban como a niños, en el peor sentido de la palabra, y nos gestionaban la cartera como querían». En aquel mundo, el jugador profesional era un mero esclavo, no tenía derecho a decidir su futuro, ni siquiera a granjearse una mejora de contrato; con una subida del 10% los clubes se aseguraban la continuidad del profesional de forma indefinida, sin necesidad de entablar negociación alguna.

«Ver a un asalariado exigir sus derechos y hablar de cosas que no fueran de fútbol les volvía locos a los directivos de la época», dice hoy el ‘incómodo’ esbozando una pícara sonrisa.

Todavía conserva esas pintas sacadas de una del oeste, las mismas con las que sobrevivió seis temporadas en el club, aguantando bromas sobre su apellido y la entendida fiereza que requería el puesto de líbero que ocupaba. Alto, bien dotado para el juego aéreo, belicoso y contundente sin necesidad, resultaba más aparatoso que preciso a pesar de tratarse de un stopper de buenas prestaciones. Alcanzó la fama tras un marcaje a Cruyff del que Mangriñán podría sentirse orgulloso. Aunque siempre le penalizó ejercer de escoba para centrales de poca cintura y menor velocidad.

«Varios directivos de entonces eran franquistas convencidos»

«Meencantaba el fútbol, pero no me gustaba que fuera lo principal, hay más cosas en la vida, en cuanto se acaba ya no eres nadie», por eso, tras dar piruetas por campos de barro y estadios repletos de leñadores, se arrancaba el pantalón corto para enfundarse el de pana y acudir a mitines, amagándose entre las sombras, oculto bajo aquella nube de tabaco e ilusiones por descubrir que decoraban los cielos de teatros atestados por la infinidad de formaciones que inundaban las calles con propaganda y eslóganes.

Aunque el clic que le hizo dar un paso más allá llegó tras una frase de un directivo que le dejó descolocado, incapaz de responder. Ocurrió durante un corrillo, en la gira que realizó el Valencia por Argentina en el 78, convertido ya en contenedor del éxito de Kempes.

«A los argentinos solo se les puede gobernar así, con mano dura». El contraste de llegar desde un país que salía de una dictadura para aterrizar en otro que estaba consolidando la suya a base de secuestros y crimines de estado dio paso a que la política se colara en la conversación.

Tres años antes del afer argentino, aquel chico que compaginó sus tiempos del CD Mestalla con un curso de cocina, aprendió a despertar su curiosidad gracias a los libros que le regalaba Quino. Y eso es lo que hacía infiltrándose de incógnito en los mitines, pensar por sí mismo, descubrir por voluntad propia la tierra que le habían ocultado, adentrarse en una realidad tan desconocida como atrayente, para saber cómo reaccionar la próxima vez que alguien hiciera ante sus narices apología de la barbarie.

«Varios directivos de entonces eran franquistas convencidos». Todavía hoy, a sus 63 años, le duele no haber sabido contestar a aquel pazguato con corbata, del que confiesa, no recuerda su nombre.

Sus incipientes inquietudes fueron coincidentes con el estallido de la batalla de símbolos en Valencia, Vicent Bello, en «Pesta Blava» (1988), retrata muy bien a esa facción de fanáticos franquistas que tuvo el club instalada en la directiva; aunque Bello, como ocurre con parte del valencianismo político de origen fusteriano, es incapaz de asumir que el mundo está construido en CMYK y no en escala de grises.

Se tiende a encasillar al Valencia, ignorando a aquel que contactó con el exilio en los 60; al que hacía homenajes clandestinos a sus fundadores, depurados tras la guerra, en los cincuenta; o a aquel de posguerra con Juan Ramón de capitán, confeso militante del PNV y el mejor y más digno portador del brazalete que haya tenido la institución en toda su historia. En el club hubo de todo, como lo hubo en todas partes.

«me molesta que los jugadores no inviertan en cultura; pero me molesta más que no lo haga gente como Zaplana»


«Mi
entras les fui útil me aceptaron, pero cuando tuve un bajón me las dieron todas. En el fútbol no se quiere gente que se cuestione las cosas». Su interés por ese mundo que estaba cambiando no se pudo prolongar en Valencia; traspasado al Burgos, hizo lo impensable, denunciar al club castellano porque no le pagaba. Y lo hicieron, luego, le echaron. Cordero colgó las botas con 28 años, harto de luchar contra molinos de viento, dejando que Heidi, su mujer suiza, en cuatro meses pasara de estar casada con un futbolista de élite a ser esposa del dueño de un bar.

Ese neomachismo que decoró la etapa clásica sigue enquistando el deporte moderno, donde se prefiere la imagen del deportista guapo y tonto; ajusticiando con especial saña al primero que osa mostrar sus inquietudes en público o da el paso para posicionarse ante alguna cuestión que afecta a su entorno más próximo.

«Yo siempre luchaba contra eso, y sé que para ellos era incómodo» dice Cordero, que levantaba la voz en un tiempo donde sólo estaban autorizados a abrir la boca el presidente, el entrenador y el capitán.

— ¿Cómo acabó Joan Coredo metido en política?
— Empecé a leer y a ver que aquí teníamos una cultura propia, una lengua, y una historia que nos habían ocultado. Entendí que había que luchar por ello. Así que fui a cursos y a talleres para que me enseñaran a escribir y hablar el valenciano y utilizarlo como lengua habitual.

Fue cuando murió Juan Daniel Cordero, el hijo de emigrantes leoneses, para dar paso a Joan Cordero, el chico nacido y criado en Godella, al que le daban palmadas en la espalda para destacar su valencianidad, al paso que le escamoteaban el dinero de la ficha para pagar mejor a las estrellas extranjeras.

Esa conciencia activa la sigue cultivando hoy en día. Horrorizado porque el jugador moderno «parezca una estrella de cine», vuelve a ese mítico titular que dejó en una entrevista en El País en 2002, «me molesta que los jugadores no inviertan en cultura; pero me molesta más que no lo haga gente como Zaplana. También me molesta que un jugador gane millones y un trabajador con una jornada de 10 horas no llegue a final de mes».

Tal vez las circunstancias que le tocaron vivir moldearan a Cordero hasta dejar el hombre que es hoy. Candidato a la alcaldía de Godella en 1987 por UPV, el germen del Bloc Nacionalista Valencià, consiguió un meritorio 17% de los votos. Aunque su sino político fue tragar plomo desde la férrea oposición. Hoy está desvinculado de la primera línea, un militante más, organizando los sábados verdes y rojos en favor de la reforestación y els sopars literaris de l’Associació Cultural La Gatosa. Socio de Agró, realizó un curso de Clown (Payaso) en La Escalante, Centre Teatral, además de ser uno de los bueyes que tiran del carro de Asindown, gracias a su hija.

«Tuve una niña con Síndrome de Down, estuve en el parto y ni siquiera sabía qué era esa enfermedad. Sólo le hablábamos en castellano porque una psicóloga dijo que a esos niños se les debía educar en una única lengua. Menos mal que que descubrimos que era falso, hoy mi hija habla valenciano y alemán al mismo nivel».

Tiene una espinita clavada, le hubiera gustado volver al Valencia para trabajar en su estructura, pero nunca le llamaron. «Luego ves que entran otros que sabes que no saben hacer la o con un canuto, pero también tienes claro que son dóciles y no van a dar problemas».

Nunca fue dócil Cordero, tal vez por eso este fan empedernido de Manel y Pep Gimeno ‘El Botifarra’, Vicent Ventura u Ovidi Montllor, ya no esté en política activa, «los partidos no son democráticos, cuando alguien opina diferente al jefe, sea quien sea, se lo cargan. No hay democracia interna».

Es la transición pendiente, como la que tiene que hacer Mestalla. La figura e implicación de Cordero vive en el piso de la ignorancia en el edificio del valencianismo, pero si no fuera así, una pancarta pintada con un “Sector Cordero” de alguna peña o grupo de aficionados hubiera sido arrancada por el arte de la violencia gracias a los Ultras, como llevan haciendo con una pasmosa impunidad desde 1983 cada vez que algún trapo desentona con sus ideales extremistas.

—¿Acude Cordero a Mestalla?
— No demasiado, prefiero verlo con los amigos. El fútbol hace más de 30 años que lo dejé, aunque lo pasé bomba. Ahora estoy entusiasmado con las tertulias y en conocer gente interesante; la vida se basa en eso.

Toni Mollá se equivocaba al afirmar que la salida de Cordero se debió a sus pensamientos. Un importante borrón ante el West Bromwich Albion que le costó al Valencia la eliminación llevó a Marcel Domingo a sentenciarlo; luego, una lesión de rodilla le tuvo apartado durante un año, apenas recuperado se fue al Burgos, donde se convertiría en un decidido activista de los encierros para reclamar los salarios impagados de sus compañeros.

Fue allí donde le echaron por sus ideales, y fue allí, donde puso punto final a su carrera mucho antes de lo que lo hace un profesional, porque «lo principal es la conciencia social, defender a las clases trabajadoras». Así es Joan Cordero.

3 comments on “Joan Cordero, el exjugador que milita en Compromís

  1. Com era allo que al Valencia eren tots blavers? Me agrada i molt vore un jugador amb inquietuts. Recorde com si fora hui quan es va trencar el genoll a un partit sota la pluja, va estabellar el seu genoll a una tanca publicitaria. El soroll ho va sentir tothom.
    P.d al menys no es com Ronaldo, a qui el varen preguntar “quants llibres has llegit? La resposta aclaridora, CAP”

  2. Ton Mollá

    És una tradició discontínua i raquítica entre nosaltres, però, de tant en tant, els de la colla futbolera, però no necessàrimanet analfabeta, solem trobar-nos amb aquestes alegries i complicitats. Els que ja hem entrat en edat de merèixer, recordem amb emoció que el valencià Sergio i el basc Aitor Aguire van ser expedientats, quan jugaven al modest Racing de Santander, per portar braçals negre de dol pels darrers afusellats de la dictadura franquista. O que, al nostre mateix Barça, hem tingut fins fa quatre dies Pep Guardiola o Luis Enrique, jugadors modelats pel seny català i la lletra impresa. El tema destaca més si pensem que és de l’altre costat que sovintegen els futbolistes agosarats i bocamolls.

    Des del colpista Salva Ballesta, exjugador del València, fins l’estilista Guillot de la meua infància, militant de la Unió Valenciana més beligerant i rància. O Fabio Capello, que explica el “bon clima social espanyol” per l’herència de Franco. Però, curiosament, allà a ca Revolta, jo no vaig deixar de pensar en tota la nit amb Cordero, aquell defensa central del València C. de F. entre els anys de plom blau del 74 al 79. Joan Cordero és un valencià de Godella, a l’Horta nord, un home de perfil esportiu i social germà bessó d’Oleguer.

    Però, és valencià, i com a tal ha estat engolit per l’oblit d’un club i una ciutat que maltracta els seus millors fills fins a convertir-los en exvalencians, una condició indesitjada sovint, però indefugible. Encara recorde aquell marcatge mític de Cordero a Johan Cruyff que l’encimbellà a l’Olimp dels millors defenses a l’home. I em balla pel cap la seua reclusió per haver mantingut posicions socials i polítiques ben allunyades de la ideologia del club merengot ara convertit en immobiliària, sempre al costat dels segments més coents de la ciutat. I, malgrat tot, ara mateix, a la ratlla dels cinquanta anys, Joan Cordero fa de cap de colla contra la “barbaritat valenciana” que representa el PAI de Godella, al capdavant del qual hi ha, curiosament, Paco Roig, el president del València “campeó”.

    Rafa Xambó, Feliu Ventura i Miquel Gil van fer d’escortes solvents d’Oleguer, que aquella nit jugava de davanter a ca Revolta, amb un clima més amable que el de Mestalla, el dia que s’ha de vestir de curt. Mentre la meua filla es fotografiava amb el futbolista del Barça, a mi, la nostàlgia em feia present Joan Cordero, un gran defensa d’abans i d’ara. Amb Oleguer, haurien fet una parella inexpugnable.

    Amén !

  3. Anónimo

    M’enrecordo d’ell al Valencia de finals dels 70 o inicis dels 80. Tenía el seu cromo de “Ediciones Norte” de la lliga de futbol. Amb el Saura, Castellano, Carrete…

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