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Un trozo de Mestalla en casa

Una infancia marcada por un VCF perdedor, una adolescencia llena de éxitos. La militancia para la generación Sevilla’99 rebosa de contradicciones. De sueños frustrados, de esperanzas que nunca se cumplen, de imposibles que de repente se convierten en realidad. La copa de Sevilla es el título de toda una generación de valencianistas que se pasaron la vida esperando ver a su equipo ganar un mísero título.

«Este año el VCF gana algo, ya lo verás». Era una frase profética de las que se lanzaban cada poco tiempo, y que generalmente, caían en saco roto. Estábamos acostumbrados a perder, y a perder a lo grande: un 1-5, un 6-0, un 7-0, y el diluvio universal cuando el destino te ponía una copa en los morros… A aquel órdago, lanzado desde el convencimiento puro, le siguió una apuesta como contraprestación a las burlas generadas por la sola posibilidad de que ocurriera.

Era así, imaginar al VCF ganar algo era motivo de mofa, una especie de recurso humorístico, incluso una serie de dibujos de la época, el típico manga japonés con el que tan bien nos crió Canal 9 – y en mayor medida TV3 – , adaptó una sentencia sustituyendo un equipo de béisbol nipón por el cuadro de Mestalla, diciendo algo así: ‘Cuando el VCF gane un título, podrás volver a salir de casa’.

Este artículo fue publicado en el número cero de la revista The Barraca.
Este artículo fue publicado en el número cero de la revista The Barraca.

Durante los 90 tocar metal fue una obsesión engordada por los años; de no haber existido Junio del 99 probablemente la frustración hubiera dejado paso a un derrotismo generacional difícil de corregir. Eso, y un estadio vacío. La nuestra, fue una hornada que no entendía como éramos capaces de pasar por encima de los grandes y luego hacer el mayor de los ridículos ante el colista; o el decimotercero de la tabla, daba igual.

Crecimos nutriéndonos con relatos de glorias pasadas, de futuros brillantes, con estatus inculcados en las mentes de todos que no casaban con la realidad que escupía el televisor o la clasificación del periódico. Era todo un sinsentido.

«Si pasa, juro que me afeito la cabeza». Estábamos allí, esperando el autobús que nos llevara al instituto, todavía calentitos al sol del otoño, sin nada consistente para apoyar tanta fe en un acontecimiento que hacía 18 años que no ocurría. Pero era un palpito tan fuerte que no pudo reprimirse. Pudo olvidarse con el paso del tiempo, pero no.

El «Si pasa, juro que me afeito la cabeza» iba recordándose en voz alta a cada racha de buenos partidos, a cada orgásmico enfrentamiento con el Barça, a cada eliminatoria superada. Durante una temporada entera una máquina de afeitar imaginaria fue persiguiéndome por los pasillos y las aulas. Sin quererlo, creé el primer spot de mi vida: aquella azafata loca del ‘hola, soy tu menstruación’, estaba inspirada en aquella especie de tormento juvenil.

Por entonces ver al equipo levantar un trofeo era más que una necesidad vital, hasta el diario Levante-EMV publicaba anualmente los pronósticos de una ‘bruja’ local que profetizaba sobre los campeones del año. En una ocasión, la buena mujer, dijo que algún equipo con algo azul en su equipación levantaría la liga.

Los culés iban de blaugrana, como todo el mundo sabe. El Madrid por entonces lucía ribetes azules y el VCF llevaba el logo de FORD estampado en la camiseta. Y por si había algún resquicio, el pantalón del Atlético de Madrid es del mismo color, como las rayas del ‘Súper Depor’. La adivina estuvo en lo cierto, la liga la ganó un equipo con algo azul en su uniforme.

También advirtió Pedro Cortés, en la presentación del equipo, unos veranos después, que «vengo de ver a la Virgen, y me ha dicho que este año sí», la respuesta de los allí presentes fue reírse de él y dedicarle un par de insultos que le siguen acompañando hoy día cuando ‘el populacho’ se lo encuentra en alguna televisión o radio.Aunque él, y sus amigos tertulianos, le hagan creer ser un sabio sin parangón.

Eran los típicos placebos que necesitábamos para salir, aunque fuera imaginariamente, del agujero en el que estábamos instalados.

Fue casi un milagro. De repente Mendieta dejó de correr como pollo sin cabeza por el campo y empezó a dibujar jugadas propias de vídeojuegos. Angulo, si lo mirabas bien, hasta parecía un serio candidato al balón de oro. Todos aquellos llegaron de cesiones en segunda división, libres de contrato, de la cantera o por cuatro duros mal contados procedentes de ligas lejanas.

Fue algo así como formar una banda de rock con un anuncio en una revista y que se presentara una legión de marginados sociales, sin demasiado que perder, con el único propósito de dejar en ridículo a los AC/DC al primer golpe de batería. Joder, y lo consiguieron.

Por el camino, esos desgañitados melenudos parieron una de las series más míticas y reconfortantes para la historia valencianista, aquellos cuatro duelos intercalados contra el Barça de Van Gaal forman ya parte de la memoria nostálgica, a los que recurrir como recurre la BBC en sus sesiones navideñas a los enfrentamientos de Billy Bremnner contra el Liverpool de Shankly. Siete goles al Barça y otros siete al Real Madrid en dos eliminatorias que nos dejó el «Sois San Marino, vosotros sois San Marino» para la posteridad.

Día de partido

Faltaban unas horas para tener que cumplir con la promesa de afeitarse la cabeza. Era una tarde calurosa de junio, unos días antes las clases habían finalizado, y el único entretenimiento, en tiempos sin Internet, teléfonos móviles ni zarandajas varias, era pasar las horas pegados a la PS1; una caja gris que costaba distinguir de una de zapatos.

Con la misma improvisación con la que se construyó aquel equipo apareció en la puerta de casa un par de personajes reclamando mi presencia. Uno de ellos era desconocido, resultó ser el vecino del otro, al que tenía muy calado. ‘Nos vamos a Mestalla, ¿te vienes?’ El club había puesto pantallas gigantes en el estadio, y a pesar de que las puertas las abrirían a las 18h, había que presentarse una hora y media antes para ‘pillar’ sitio.

El primer detalle que encontré antes de iniciar el viaje fue sintomático: En la bandeja trasera del coche vivía plácidamente un diario con el 6-0 al Real Madrid en portada, un presagio que quisimos convertir en realidad.

El trayecto fue una especie de desfile hacia la salida del túnel. Los edificios ondeaban banderas en sus balcones, las gentes caminaban por las calles de un modo distinto al habitual, despegados del suelo unos centímetros por efecto de la ilusión; saludando al coche que sacaba bufandas al aire al sonido del claxon.

Cuando la Avenida de Suecia se puso ante nosotros, un anhelo con patas la había tomado. Un río de cabezas y banderas en vigía hasta la apertura de las puertas se pasó durante horas alentando a pleno pulmón; el arrugado recuerdo del diluvio del 95 se presentó allí mismo, a secarse bajo el sol de un incipiente verano, enviándole recuerdos poco afectuosos al rival y a su orondo presidente.

No recuerdo haber tocado el suelo para entrar al estadio, la conglomeración de gente era tanta que a los ávidos e inteligentes empleados del club no se les ocurrió otra cosa que abrir una única puerta en toda la tribuna para dar acceso a las masas. Hubo un conato de aplastamiento, una señora de mediana edad se aferró a mi cuello, arañándome, destrozándome la camiseta, como única vía para evitar caer al suelo. En esas situaciones aprendes que la gente no mira por nadie, a empujón limpio se hacen paso para ‘ser los primeros’ sin importar que puedan tirar a alguien y con ello iniciar una desgracia.

Afortunadamente no pasó nada y sentados en tribuna lateral, a pocos metros del córner de los Yomus, pudimos ver en el vetusto vídeo marcador del fondo norte un partido memorable.

Siempre he creído que hay cosas que se saben porque se saben. Se saben tal vez por ser evidentes. En las finales de Champions siempre tuve la sensación de derrota desde el mismo momento en el que supe que las jugaríamos. En aquella, como en la de 2008 o 2004 en Göteborg, el convencimiento de triunfo era total. Por entonces todos parecían tener la misma sensación; aquel partido en La Cartuja sabíamos que lo íbamos a ganar, y lo ganamos.

No conocí a nadie que dudara ni por un instante de ese hecho. El estruendo que sacudió un Mestalla a reventar, en congregación para ver por la tele un partido de fútbol, estremeció a la estratosfera. Jamás un sonido tan potente ha vuelto a penetrar mis oídos.

Fue el primer grito, y el primero siempre es el mejor, el más puro y más salvaje. Los que vinieron después ya venían enseñados, amaestrados, sin esa furia desbocada que se va criando con los años de sequía, desazón y frustraciones varias; los últimos ya eran gritos aburguesados. Ese mismo rugir volverá algún día para destrozar el techo de cristal azul que cuelga sobre nuestras cabezas, y lo hará con la misma pureza y salvajismo que lo hizo aquella noche en un Mestalla, que por fin, vio a los suyos ganar un título.

Dentro del estadio

El recuerdo completo no existe, pero existen trozos, hojas sueltas de un libro viejo. Trozos donde Mestalla saltaba para crujir, para hacerte sentir el cosquilleo del hormigón moviéndose bajo tus pies, el hormigueo que debe producir el primer gesto de un gigante antes de levantarse de la cama.

Abrazos, fue una noche de abrazarse, el 2-0 fue el tanto que nos hizo creer que aquello iba enserio. Con las lecciones que da esta militancia nadie se quedó tranquilo con el primer gol de Cláudio López, no somos de una religión que te permita creer a ciegas. Y aquél día no iba a ser distinto.

Afortunadamente el segundo llegó rápido, fue la ejecución de un sueño, la metáfora de lo que es ser del VCF, un inicio torpe que por el camino se convierte en genialidad para acabar en éxtasis.

Detrás de nosotros había una pareja de abueletes, el hombre iba con el transistor.

Fue gracioso, porque durante el descanso la emisora que tenía sintonizada repitió los goles de la primera mitad, y el hombre anunció a los cuatro vientos que habíamos anotado otro. No sé cómo, pero por unos segundos llegamos a creérnoslo. Tal era la locura. Seguíamos preguntándonos si aquello era real y no un macabro sueño que se disipa con el tercer grito del despertador, cuando más a gusto te encuentras en él.

Acabamos congeniando con la pareja, hasta darnos besos y despedirnos con un abrazo. Por entonces ya había ocurrido. El pitido final, la consumación del hecho histórico. Los tres sonidos de silbato fueron festejados más que los propios goles, todos abrazándose otra vez. Casi de forma instintiva abandonamos nuestros asientos, que salvo la espera inicial no volvimos a tocar con nuestros culos durante los 90 minutos, para saltar al campo. Primero correr, luego tirarse al suelo y retozar como un gorrino sobre el barro… y más abrazos. Y más pellizcos.

Allí, sobre el césped, mirando al cielo, vimos recoger la copa a Mendieta y Camarasa. Allí, en el pico del área, en el mismo lugar en el que meses después anotaría un gol de escándalo ante el Alavés, estaba plantado viendo la copa alzada al cielo de Sevilla. La copa deseada y soñada durante toda una vida de decepciones y golpes, la copa del orgasmo generacional.

Antes de abandonar el estadio, para seguir la fiesta en la calle, la gente se puso a arrancar trozos de césped para llevárselos de recuerdo. Otros se llevaban trozos de red, arrancadas a golpe de mechero. Yo no fui distinto. Arranqué césped, un trozo grande y otro pequeño.

El primero de ellos lo arrojé a los pies de un árbol en alguna calle adyacente, mientras íbamos perdidos buscando la Plaza del Ayuntamiento; en aquel entonces quedarse en la Avenida de Suecia no era costumbre como pasaría tiempo después. Íbamos tan perdidos que no sabíamos cómo coño se celebraba un título, la gente no sabía dónde ir, qué hacer, unos iban para arriba, otros para abajo, unos pocos se quedaban parados en mitad de la calle preguntándose ‘¿y ahora qué?, ¿ya está, es esto y ya está?’

Cuando uno se pasa la vida anhelando ganar algo se imagina locuras para festejarlo, pero cuando llega el momento todo es más pausado y natural de lo esperado. Durante años nos preguntamos dónde se celebraban los éxitos, dónde había que ir, pero por lo visto aquella noche no eramos los únicos que no sabíamos nada del arte de celebrar un título.

En ese impasse, el trozo arrojado pagó su amorfidad, mordido por los cantos, largo e incómodo de transportar. El pequeño sobrevivió por su facilidad para dormir en el bolsillo del pantalón hasta llegar a casa. A los pocos pasos de cometer aquella herejía, con un río de automóviles tocando el claxon, con los edificios retorciéndose para gritar y cobrar vida por primera vez, un semáforo en rojo paró una vespa con un chico y una chica subidos a su lomo. Los cinco nos giramos en un acto reflejo para mirarnos mutuamente, ‘¡ie, nano, som campions, hòstia¡’ otra vez abrazos, y besos con la muchacha.

De esos dos me he acordado muchas veces durante muchos años, recuerdo sus caras como si las tuviera delante en estos momentos, el color de la moto, que ropa llevaban, hasta el olor a sudor mezclado con la gasolina. La definición de título son sus ojos, su expresión, la espontaneidad que la alegría nos llevó a todos a fundirnos en un abrazo con tipos desconocidos, a los que jamás vimos, y jamás hemos vuelto a ver. Con todo lo que vino tras aquella noche en Sevilla siempre he vuelto con ellos, al semáforo, a repetir el abrazo. Esparzan mis cenizas sobre ese momento.

Y finalmente…

«Si pasa, juro que me afeito la cabeza». Una larga avenida, a la entrada de aquel pueblo que ya abandoné hace tiempo, me separaba de casa. Con una bufanda rodeándome la frente, en los minutos que el recorrido exigía, iban los coches dirección Valencia tocando el claxon y saludando. Era, a dichas horas, el único ser vivo sobre aquel asfalto; mi bufanda y yo los despedimos a todos. Al entrar por la puerta, el primer saludo fue un “hace dos horas han venido unos veinte tipos a preguntar por ti, les he dicho que te habías ido a Valencia”.

No sé cómo, pero antes de acabar la frase sonó el timbre… allí estaban otra vez, exigiendo mi cabellera. Aquellas palabras pronunciadas sin ton ni son seis meses atrás se presentaron para cobrar la deuda. Y allí se la cobraron, en la entrada de mi casa nació a la luz de la luna una calva. En el recibidor, sobre una vidriera, reposaba una caja de cristal con una flor seca en su interior. Llevaba desde que tengo uso de razón acompañándonos por todas partes. No pregunté, nadie preguntó. Era la caja elegida, la flor desapareció, la caja también. Sigue, oficialmente, en paradero desconocido.

Ahora, ella, esconde en su interior un perfecto trozo de césped de Mestalla, arrancado aquella noche del 26 de Junio de 1999, con su verde parduzco tras pasarse semanas entre hojas de periódico, con media enciclopedia sobre él para secarse y poder conservarlo. Es más que un trozo de Mestalla, es un pedazo de historia perteneciente a toda una generación, es el recuerdo de una primera vez que siempre será única e irrepetible. Sólo fue una simple Copa del Rey pero supo, y ella siempre conservará ese sabor, a copa del mundo. Y todo eso, descansa ahora condensado en una cajita de cristal escondida en un lugar seguro.

3 comments on “Un trozo de Mestalla en casa

  1. Tal día como aquel yo me casé al mediodía para ver el partido por la noche,disfruté como nunca y en el viaje de novios ataviado con mis camisetas y gorras del VCF sólo encontré reverencias por parte de los demás,algo raro por aquel entonces. Así que imaginaros que recuerdos me trae a mi ese día.

  2. Anónimo

    Gran dia aquell !!! Per a molts el primer titól q li vea al valencia guanyar , jo un d’ells !!! La millor epoca del valencia en diferencia !!! Tornarem a ser un gran equip !!!

  3. Pingback: Una plaga de piojos – THE BARRACA

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