Mi Querido Tiburón.

Salvo: El presidente que cerró la ventana

Tras la marcha de Amadeo Salvo se cierran dos años de un Valencia convulsionado por los últimos estertores de su ruina financiera. El adiós a un presidente cuyo programa de gobierno fue cautivo de las turbulencias, convirtiéndose su figura en diana de ataques y alabanzas en la misma proporción.

Llegó como una gran esperanza, y se va como una pequeña decepción. La presidencia de Amadeo Salvo es el mandato de lo frustrado, de proyectos inconclusos y de virajes salvajes. Con la agenda llena de propuestas y ambiciones, en sus dos años al frente de la entidad prácticamente no pudo poner en marcha ninguna de las líneas maestras que esgrimió en su investidura.

Víctima de las circunstancias, mostró en ese naufragio una de sus grandes virtudes: saber convertir su propio fracaso en su gran éxito.

Su primer y único curso como dirigente autónomo deja contrataciones caras, de dudosa valía, en condiciones poco ventajosas gracias a sus alianzas con diversos y extraños fondos de inversión y una apuesta por un entrenador que derivó en humillación pública a un histórico del club; la indefinición en la política deportiva, que alumbró una bicefalía entre lo nuevo y lo viejo (un reflejo de la situación actual), le llevó a tomar las riendas tarde, con una clasificación liguera mediocre asentada en un realidad financiera que jamás pudo solventar con la prometida imaginación; y que abrió, forzado por el acreedor, la pérdida del aval y los impagos de la Fundación, un proceso de venta que polarizó el entorno en posturas irreconciliables.

Amadeo Salvo siempre supo capitalizar su carisma en favor de sus causas. Encontró una masa social desmovilizada y deprimida y deja un entorno bullicioso, algo radicalizado, pero vivo. Ese sea, quizás, su gran legado.

Porque en él, el aficionado encontró un líder con el que sentirse identificado, que supo leer muy bien las exigencias de la calle, fue, y ha sido, el único presidente en años en ocuparse y preocuparse por la grada, y tal vez por eso, siempre le perdonaron mentiras y tergiversaciones en momentos turbios en aras de una sincera creencia de que el fin justificaría los medios.

Salvo fue, en plena depresión, el referente de una afición desprovista tanto de ídolos como de éxitos.

Hizo lo que no se atrevió a hacer nadie, hizo lo que el socio le reclamaba insistentemente a Llorente, enfrentarse al acreedor y a la clase política para conseguir unas condiciones de vida dignas para el empequeñecido Valencia CF. Al revelarse contra aquellos a los que les debía el cargo, Salvo consiguió definitivamente el aval social.

Y lo hizo subido a la grupa de unas masas convertidas en su escudo y justificación. El manto bajo el que escondió contratos bien posicionados a sus hombres de confianza y la construcción de una red de apoyo mediática y civil similar a la que tejió su antecesor, la culpable última de instalar en la calle falsas certezas.

Como dar por derrotado al banco, cuando tras la venta está más metido en la institución que antes de ella; hasta el punto de ser el responsable de nimiedades como el aumento de los precios de los abonos para asegurarse uno de los pagos de la deuda, o tener que pedir su conformidad ante cualquier fichaje u operación de cierto calado.

O como hacer creer que él dirigía el club desde la llegada de Peter Lim a pesar de estar desposeído de firma desde diciembre de 2014, cuando sus funciones pasaron a no ir mucho más allá de cara amable ante la sociedad.

Gracias a una capacidad de liderazgo convertida en manto sobre el que refugiarse, se le han tolerado cosas que a ningún otro presidente en la historia reciente se le han permitido.

Una de ellas, la descubrió en la rueda de prensa de despedida, «autorizo al consejo de administración a que haga público en la próxima junta de accionistas mi remuneración en el Valencia».

Salvo accedió al cargo arremetiendo contra las remuneraciones de anteriores presidentes, cambió lo estatutos para que ningún directivo pudiera tener un sueldo proveniente de la institución, vendiendo el gesto como acción de un gobierno honesto; y abandona la entidad confesando haberse saltado su propia prohibición estatutaria para conseguir retribución a pesar de quedar desposeído de gran parte de sus anteriores funciones ejecutivas.

La faceta trajeada de Amadeo Salvo está manchada por  las contradicciones e incoherencias habituales que van asociadas a la definición de ‘político’.

Pero más allá de los efluvios emocionales, del fango y sus luchas intestinas, su presidencia también deja gestiones y hechos destacables que se convertirán, si son respetados por la nueva propiedad, en la huella de su paso por el club.

Los productos estrella de su herencia son sin duda los proyectos Gloval y Gloval Academy. Tanto la imagen internacional, como corporativa, del Valencia ha sufrido un giro radical en estos dos años. En ese aspecto el club ha disfrutado por primera vez en su historia de un proyecto definido e integral que poder seguir y sobre el cual asentar una vía de crecimiento y mejora.

Un sencillo ejercicio de comparación con el antes y el después basta para evidenciar a simple vista la relevancia del cambio. El Valencia que deja Salvo es un Valencia modernizado y asentado en los tiempos actuales, y por ende, en la mayoría de sus facetas, es también un club mejor que aquel al que accedió en junio de 2013.

Probablemente, al tratarse de procesos lentos, con la recolección de los futuros frutos se reconozca de una forma más evidente. Sobre todo en lo referente al trabajo de Paterna, donde se potenciaron áreas deprimidas como la captación, o prestigiando al fútbol femenino dotándolo de medios para convertirse en una de las secciones que más satisfacciones, y buena imagen, están dando a la cantera y al club.

Situada la escuela en su mejor momento en décadas, tanto a nivel organizativo como en resultados, goza de un orden y una disciplina que todavía esta lejos de poder utilizar la caja de resonancia del primer equipo para evidenciar ante el gran público su buen quehacer. Aunque en ella, encontramos otra de las promesas que Salvo no pudo cumplir, la de frenar la fuga de talentos a otras latitudes.

En la cuestión del primer equipo, recondució con éxito sus virajes deportivos, construyendo una buena secretaría técnica, que las circunstancias, como tantas otras cosas, se ha llevado por delante sin el más mínimo miramiento. La orfandad o instrumentalización de ese departamento es una de las minas que más daño pueden hacerle a la andadura en solitario de Peter Lim.

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El último Salvo que vemos es un hombre asomado a la balconada, con rostro ajado, mientras empuja las hojas de la ventana para cerrar con ellas una época. Un gesto simbólico que esconde mucho del carácter del personaje; indomable, ganador, reacio a ejercer de empleado fiel de un club que ya no es el suyo, dispuesto a interrumpir la transición tranquila por la que estaba cobrando para abandonar la nave cinco meses antes de lo que dictaba su contrato, no sin antes, utilizar su red para cargar, otra vez, contra ‘sus superiores’.

«El día que no me encuentre a gusto con mi situación, me iré», dijo Amadeo nada más perder la corona. En eso, sí cumplió.

Sentado en la sala de prensa dejó aflorar al líder a modo de despedida, a un hombre que domina la comunicación en todas sus facetas con extraordinaria brillantez, capaz de virar el debate cada vez que comparece, y de hacer imperar su discurso sobre todas las cosas. Palabras que suelen ser recibidas entre sus partidarios sin cuestionamiento alguno.

En un sencillo speech, con argumentos que se antojan construidos por pactados, en tono conciliador  e institucional, calmó a sus partidarios más viscerales, que ya amenazaban con asaltar el club por las armas, y desvió la atención anunciando un golpe de intenciones del propietario – que podría pasar más como un órdago -, escenificando por enésima vez un conflicto personal con cierto sector mediático con el que empastró desde el primer día su presidencia.

Salvo se convirtió, en un entorno polarizado, en una gigantesca diana y en un recurrente recurso para el enfrentamiento entre partidarios y detractores. Nunca se le reconocieron sus aciertos ni se le cuestionaron sus errores por igual, acabó todo en alabanzas exageradas o en críticas exacerbadas.

Bien podría servir su marcha para abrir un periodo, aunque fuera breve, de paz y cohesión. Sobre todo visto la buena aceptación que ha tenido el ‘argumento oficial’, que enterró de un plumazo la real lucha de egos entre facciones que acabó sacando de la institución a media estructura organizativa.

Amortajada su figura, se podrá observar las verdaderas adhesiones de los huérfanos que deja atrás; o si el enconado odio de sus contrarios era un gesto de cobardía por no atreverse con el propietario o si, verdaderamente, era una cuestión de rencores personales, heredados del desenquilosamiento tras arrancar al club de las manos de la burguesía casposa que lo hundió en la miseria.

Tras cerrar la ventana dejamos atrás, ahora sí, a un Valencia que ya forma parte de otra época, de una vieja forma de hacer, para quedar en un plano distinto, diferente, no por ello mejor ni peor, al que hay que otorgarle el derecho a la equivocación, y el más importante, a estructurarse como crea conveniente.

Aprendamos a normalizar una situación que sólo los engañados quisieron obviar, y que todos sabían desde el primer día: venderle la entidad a Peter Lim comportaba peaje en forma de representante. Y ninguno de los fervientes partidarios de la propuesta apadrinada por Salvo jamás mostró reparo alguno por ello.

El Valencia del magnate singapurés, ya, echa andar en solitario. Desprovisto del parapeto de Amadeo Salvo, objeto de inquinas y grandilocuencias, que con su personalidad arrolladora y carisma, ha dejado a la propiedad una difícil tarea, la de sustituirle; y un verdadero reto, evitar caer en el error que cometió Llorente, el de aislarse de la calle.

En todo caso, Amadeo Salvo será un presidente del que se hablará durante años, porque para bien, o para mal, es un presidente que ha marcado una época. Y porque también, será el último presidente de un VCF cuya propiedad descansaba en la ciudad que le vio nacer.

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