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Nick juega al fútbol en Kabul

«Nick play football in Kabul», es lo que suele contestar la madre de Pugliese cuando sus vecinas le preguntan por su hijo. Brillante estudiante de telecomunicaciones que viajó a Afganistán en busca de una oportunidad laboral gracias a las concesiones americanas en el país. Hoy, tras decidir abandonarlo todo, vive con 300 euros al mes, y ello, dice, le ayuda a sentirse libre por primera vez en su vida.

Nick Pugliese por fin reunió el valor necesario para sentarse ante aquella mesa. Le acompañaba, colgando de la pared del fondo, el skyline de una ciudad gris y polvorienta que todavía sangraba por las noches; asomando desde el blancuzco ventanal se presentaba difuminada tras la alargada sombra de su jefe, que le escudriñaba en pie, con cara de asombro, tras haber escuchado la consulta que le había hecho aquel muchacho nervioso que tenía ante sus ojos.

«O un trabajo seguro, o una carrera deportiva sin coberturas; tú eliges chico» le contestó. En dicho arrastre hacia una elección tan complicada pesaban muchos meses de encierro, un encierro en aparente libertad, del que ahora podía escaparse tras haber descubierto un subterfugio que le permitía reencontrarse con la autonomía arrebatada. Pero allí, le acababan de exigir una elección dolorosa. «Tú eliges chico».

Esta historia aparece publicada en el número uno de la revista The Barraca

Aquel viaje al despacho del director no era más que el último capítulo de un libro complejo. Durante el prólogo, Pugliese había llegado a Afganistán como muchos otros americanos, en busca de una oportunidad laboral, captado por el padre de un amigo durante la fiesta de graduación al comentarle la posibilidad de viajar al país asiático y establecer un lucrativo negocio en el sector de las telecomunicaciones.

Tan pronto como en su aterrizaje, descubrió que no le habían mentido al prometerle seguridad y confort en un entorno bélico y bullicioso enclavado en un país de roca, arena y conflictos por doquier. Tan sólo se olvidaron de advertirle del precio a pagar por recibir aquella protección. Es en el oeste de Kabul donde se levanta un mundo dentro de otro mundo, donde palpita un barrio entero tomado por soldados y funcionarios americanos en el que es imposible cruzarse con un afgano, con fronteras bunquerizadas y controles militarizados en todos sus accesos, un espacio reducido, de movimientos controlados. «Una prisión al aire libre», en boca de Pugliese.

Fue así, muy pronto, en el caer de los meses, como aumentó la sensación de reclusión, de agobio, de incomodidad al tener que verse en un vehículo militar con dos mercenarios a modo de escolta cada vez que quería cruzar ‘la frontera’ para comprar fruta o cumplir con la burocracia. En la azotea de su edificio, a cada atardecer, se refugiaba un muchacho de 23 años que necesitaba salir de allí, visionando desde las alturas una capital nerviosa, que le transmitía bocanadas de libertad con sus ropas al aire y sus tenderetes de colores dando viveza a una postal grisácea, tiznada por las cicatrices de años de guerra, que le llamaban a romper su cerco, a huir para abrazarla en soledad.

Todavía hoy, tres años después, Pugliese se niega a contar cómo consiguió cruzar a escondidas los controles para conseguir pasear de incógnito por los barrios adyacentes. Pero fue como se topó con su nueva vida.

Primero protagonizó incursiones cortas, breves, con sabor a adrenalina tomándole el paladar y un pellizco en el estomago que le advertía de la aventura de sus movimientos. Más tarde entraron en escena, cuando se asentó la confianza en su ser, paseos más largos y visitas más lejanas. Kabul se le presentó con crudeza, llena de niños harapientos rebuscando en la basura, de mujeres tapadas danzando cual fantasmas por un castillo en ruinas y mendigos en las esquinas pidiendo como almas en pena con la mano extendida. Hedor a pobreza y miseria le decían ‘hola’ a cada paso.

Todo asomaba con un rostro distinto al visionado desde las alturas, donde el manto de ladrillo y polvo se confundía con un océano manso y cautivador. En la previa a su liberación, al muchacho inquieto y agobiado se le podía ver, cuando no acudía al tejado de su edificio, pegando patadas a un balón en el gimnasio que adornaba una de las esquinas de la prisión-sin-muros en la que vivía. Eran los únicos espacios a los que acudir para evadirse.

Allí compartió sudores con militares y chupatintas, formando un equipo de empresa que recordaba a sus momentos de gloria en el soccer universitario. Tal vez por eso, una vez escaqueado del carcelero y confiado en sus viajes clandestinos por calles desconocidas, pegó un respingo tras visionar una cancha de basket, construida y pagada por la misma gente con la que convivía, tomada por chavales que usaban los restos de las canastas para componer porterías en las que anotar goles, que como a Pugliese las vistas desde su azotea, les transportaran a realidades más halagüeñas.

Ante un momento decisivo, despojado de una conciencia activa que le advirtiera de que estaba apunto de dar un paso que lo cambiaría todo, se adentró en aquél rectángulo de gravilla vallado, donde un grupo de chavales afganos gritaban y pateaban como quien intenta ganar la Copa de Europa a puro huevo.

«No tenía mucho dinero, pero tenía lo necesario para sobrevivir, y además, hacía lo que más amaba. ¿Quién necesita más?»

«El choque cultural fue tremendo» relata Nick cuando le abordamos por Skype para que nos cuente su historia, «pero no hizo falta más de dos minutos para, sin entendernos una palabra, ponernos a jugar. Bastó un balón para acortar distancias y olvidarse del resto del mundo».

Aquel enclave se convirtió enseguida en un destino recurrente, sustituyendo a los viajes a barrios y callejuelas más inhóspitas. Entre patadas y balonazos nacería con los días una peculiar amistad entre gentes separadas por un universo, acabando así de tejer una tremenda historia.

«Tú eliges chico», le dijeron. «Tardé dos semanas en decidirme, pero siempre tuve muy claro qué es lo que quería». En aquel campo improvisado Pugliese conoció a un tipo que formaba parte del FC Ferozi, un combinado semiprofesional que competía en la liga local y que llevó la voz a su entrenador sobre la existencia de un misterioso americano que jugaba con él por las tardes, cuyo talento les podía ayudar a ganar la ansiada Copa de Kabul. La oferta que le presentaron era irrisoria; 300 euros al mes y un cuchitril donde caerse por las noches en un edificio destartalado y con problemas de salubridad.

«Tú eliges chico». La subida al despacho, confiesa Pugliese, fue dura. «Ganaba 3000 dólares al mes, mucho más de lo que cualquier joven de mi edad puede soñar; tenía todas las comodidades del mundo, pero no era feliz en aquella situación».

Lo que empezó siendo una consulta, una petición para aclarar incompatibilidades entre el trabajo y el ocio, acabó en una elección. Y el chico eligió; eligió su felicidad a 300 euros al mes y una carrera deportiva sin coberturas antes que vivir en un búnker por más tiempo. Pugliese era libre, pobre, y estaba sólo en un país desconocido.

tumblr_mwzb5zuWh51sqg1gso2_500El mundo ahí fuera

Un hornillo con una cazuela desgastada por el uso reposando sobre su fogón, con restos de vida incrustados en el chasis, emplazado en una habitación en la que apenas entra un catre, rodeado de paredes parduzcas moteadas por la humedad. Ése es el habitáculo que muestra Pugliese, su piso de futbolista profesional. Él, aparece vestido con un gorro de lana, barba poblada y ataviado con ropa usada en una esquina, posando ante su modo de vida durante dos años, queriendo enseñar con esa instantánea sus primeros días en la estepa.

— ¿Cómo fue la adaptación a la nueva realidad?
—Bien, dentro de lo que cabe. Los chicos me ayudaron mucho, me traían ropa, mantas, de todo un poco. El principal problema era el idioma. Ni yo hablaba el suyo ni ellos entendían el mio.

— ¿Cómo sobrevive un americano, rubio, ojos azules, con sonrisa deslumbrante, en Kabul?
—Lo importante es respetar la cultura local y conocerla, aprender el idioma. Al principio salía poco a la calle, pero cuando lo hacía iba vestido con la túnica típica de aquí, con barba y todo. Puede que suene ingenuo, pero creo que eso me salvó. Nunca tuve problemas.

Más bien suena a inteligente; el principal riesgo de pasearse por Kabul como un extranjero es ser víctima de un secuestro, Pugliese, mimetizándose con el entorno y variando sus recorridos todos los días evitó parte de esos peligros. El resto vino sólo, tras alcanzar la fama en el terreno de juego y culminar su integración.

— Con el tiempo, ¿cómo valoras la decisión? Supongo que de forma positiva.
—Absolutamente. No tenía mucho dinero, pero tenía el necesario para sobrevivir, y además hacía lo que más amaba. ¿Quién necesita más? Por fin pude moverme libremente, ir donde quisiera, conocer gente, conocer la ciudad, la cultura local, su mundo… Ahora, cuando visito a mis amigos afganos en sus casas cocino con ellos, charlamos, al fin empiezo a entender lo que se mueve por aquí, el funcionamiento de las cosas. El fútbol para mi fue una manera de romper el aislamiento en el que vivía, de abrir mi mente y expandir sus fronteras.

El daño colateral de su huida fue la familia, enloquecida ante la noticia incluso amenazaron con presentarse en Afganistán para sacarlo de allí de una oreja y arrastrarlo a Estados Unidos. «Afortunadamente mis padres me entendieron en cuanto se lo expliqué. Ahora tengo que llamar a casa tres veces al día para que sepan que estoy bien, que no me secuestraron ni salté por los aires o algo así», relata mientras acompaña su declaración con tímidas risas.

Pero no todo fue rodado. En los albores de su estancia en el Ferozi tuvo que luchar con miradas de desaprobación y otras tantas de desconfianza. Elyas, su entrenador, formado en los programas que la DFB alemana había desarrollado en el país como parte del paquete de la intervención teutona en Afganistán, fue su principal apoyo, el único que entendía el inglés y que le pudo ayudar en sus primeros pasos.

tumblr_mwzb5zuWh51sqg1gso1_500«A pesar de todo nunca fui consciente de ningún tipo de hostilidad para conmigo. Una vez demostré que era un buen jugador de fútbol la integración fue rápida, lo que importa no es tu nacionalidad, sino estar al nivel del grupo».

La banalidad que arrastra el balón le llevó por estadios variopintos, poblados de vallas publicitarias ilustradas con rostros de líderes religiosos autóctonos. Sobre la misma turba pisoteada y arenosa en la que transitan los entrenamientos diarios, pocos años atrás, se realizaban ejecuciones públicas a las que acudían fanáticos a jalear los linchamientos como si fueran ultras en pleno derby. No hay recinto deportivo en Afganistán que no haya sido regado con sangre en la etapa talibán, época, que en boca de muchos, sigue levantándose en tabú, prefiriendo referirse a ella como ‘los tiempos oscuros’.

La herencia de todo ello todavía es palpable. Barrios enteros se reconstruyeron por la vía de la segregación; regiones escaparon de una pieza al control del gobierno, establecidas en pequeñas teocracias independientes. Algo que suele reflejarse en su fútbol, dividido por zonas, con equipos puramente étnicos y recluidos en ligas locales para evitar enfrentamientos calientes. El Ferozi, pues, se contenta compitiendo en la liga centro, con la copa de Kabul como máximo trofeo al que poder aspirar.

«Al principio la gente se dividía según si era un pastún o un tayiko; en el fútbol, en el colegio o en cualquier sitio, ahora cada vez más se dividen según si son del Barça o del Real Madrid»

Aunque el asunto, como los tiempos, parece empezar a virar con pequeños gestos, y todo gracias a un estrambótico magnate televisivo que tuvo el pasado año la ocurrencia de crear la The Afghan Premier League, un subproducto en formato reality, desvinculado de la federación, que aunó a ocho clubes, uno por región, integrados por jugadores sacados de un casting previa convivencia durante 30 días en una lujosa mansión al norte de la capital.

Todo al servicio del espectáculo, al calor de la fiebre por el fútbol que vive el país y que acabó pariendo hechos sorprendentes. «Al principio la gente se dividía según si era un pastún o un tayiko; en el fútbol, en el colegio o en cualquier sitio, ahora cada vez más se dividen según si son del Barça o del Real Madrid». Y no para, en este 2015 se dio luz verde a la creación de la primera liga femenina en la historia de la nación.

El nivel del fútbol afgano va mejorando año tras año, a la par que las infraestructuras van creciendo gracias a las inversiones que llegan desde la FIFA y las potencias extranjeras; y el arraigo de un deporte prohibido durante años, gracias a los éxitos recientes de su selección, aumenta con el paso de los días. Las relaciones afganas se presentan informales, afectuosas, hospitalarias, todo transcurre en torno a una mesa repleta de comida y adornada por una tele reposando al fondo.

Elyas, regresando al origen, no dudó en hacerse cargo de Pugliese, invitándolo a comer a su casa cuatro horas antes de cada partido, visionando videos musicales, charlando, degustando los guisos de su esposa, formando parte del ritual del que eran partícipes todos los componentes del grupo, lo que le ayudó a estrechar lazos con todos ellos, rebajando gestos de desaprobación y miradas dudosas hasta extinguirse todas ellas como una breve brisa marina. Creando con tacto una familia vestida de azul y verde alrededor de un balón.

La hazaña del FC Ferozi

tumblr_inline_mvn99jLW2s1rm7k01«No hay mejor sensación que aquella que deja ganar un título. Da igual dónde juegues o con quién, es una experiencia única», comenta Pugliese mientras muestra la siguiente foto, la de un equipo vestido de menta posando con la Copa de Kabul; el hito de su vida, la razón de toda esta historia.

Nick Pugliese llegó al Ferozi, huido desde su cautiverio, como refuerzo postrero coincidiendo con la fase final del campeonato regular, a semejanza de las grandes ligas y sus fichajes glamurosos en el mercado invernal. En tiempos, en el Ghazi Stadium apenas se concentraban 100 personas para ver los partidos del Ferozi; hoy, suman cerca de 1000 espectadores por encuentro. La mejor asistencia del fútbol local.

Teniendo en cuenta que el interés por el balón entre la población se centra en el equipo nacional o en las ligas europeas, se trata de una gran afluencia. Pero el recorrido hasta la foto final no resultó sencillo, como nada lo fue en la aventura de Pugliese. Ser el primer y único extranjero en el balompié afgano levantó expectación y no pocas hostilidades, sufriendo tretas en todos los partidos hasta levantar un trofeo ganado en la tanda de penalties, con Pugliese en el banquillo desde el minuto 60, retirado por una entrada que le afectó al tobillo, sin graves consecuencias.

«No sé si el fútbol puede apaciguar Afganistán, pero sí creo que puede ayudar en algo»

«Lo celebramos hasta altas horas de la noche. A pesar de ser el único extranjero, en ese momento me sentí un miembro del equipo de pleno derecho por primera vez». El éxito del Ferozi no fue baldío, parte de los héroes integraron la selección que ganó la Copa Asía-Sur que consiguió sacar al país entero a la calle, a celebrar su primer éxito colectivo en décadas. «No sé si el fútbol puede apaciguar Afganistán, pero sí creo que puede ayudar en algo. Aquella noche el país se unió durante un instante. Era una locura, las calles llenas de gente, gritos, tiros… personas conviviendo y abrazándose que durante el día se deseaban la muerte», relata el protagonista.

La vida que eligió le marcó hasta tal punto que no tardó en emprender una segunda lucha, esta vez para darla a conocer. En diciembre de 2013 regresó a Estados Unidos una vez perdida la defensa del título.

Tiene en proyecto un libro, y la ESPN ya se ha interesado para hacer un documental (A faraway goal); hasta entonces, el muchacho, de regreso al país de los talibanes, gestiona FootballinKabul.com donde cuelga micro relatos y pequeños vídeos donde documenta la vida y el fútbol entre aquellas fronteras. Esta vez su sueño es rescatar a los niños de las calles dándoles una pelota, con la esperanza de ofrecerles una vida mejor y contribuir a que algún día el fútbol sí ayude a apaciguar un país que sigue sangrando a marchas forzadas. Tú elegiste, chico.

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