Destinació Futbol Futbol després del mur

Rusia desde la raíz

A base de recorrer miles de kilómetros en un interminable viaje, el fotógrafo Sergey Novikov escruta los confines del fútbol amateur ruso, buscando el alma de un país cuya organización del mundial de 2018 se sitúa en el epicentro de los escándalos de corrupción de la Fifa.

Todo empezó con una desgracia sentimental, el descenso administrativo al fútbol regional del mítico Torpedo Moscú. Todo siguió con un torrente de millones destinados a no salir de las grandes ciudades, las sedes del – si nadie lo evita – futuro mundial ruso. Todo culminó a través de una reivindicación, «el fútbol ruso no es Rusia 2018». Sergey Novikov se sube a trenes que todavía no han abandonado la perestroika para recorrer las entrañas de un país cada vez más aislado de su entorno.

Tras ese traqueteo incómodo de seis horas de duración pone el pie en las profundidades de una nación, que como sus trenes, transportan a la etapa soviética, a una estampa amarillenta, barnizada con una capa de decadencia que le otorga un extraño atractivo.

En esos parajes donde crece la tundra en lugar del césped, donde edificios en derrumbe cobijan en sus sombras a estadios sin gradas, en los que se siguen escuchando nombres como ‘Yupiter’, ‘Metalurg’ o ‘Army’ antecediendo al Fútbol Club, está el alma de Grassrootsrussia, el proyecto personal de Novikov. Un mundo que le cautivó cuando siguió a su querido Torpedo hasta los confines de la región polar rusa.

— Sergey, ¿qué quieres mostrar con tu trabajo?
— Que el fútbol ruso va más allá del dinero que se está invirtiendo en las sedes del Mundial, que es un fútbol que necesita inversión, que no le llega porque se queda por el camino o no sale de las grandes ciudades.

Novikov sueña con equipos patrocinados por marcas de ropa interior disputando ligas auspiciadas por la iglesia ortodoxa; es una visión socarrona de su protesta artística en un país donde quejarse abiertamente está penado por un gobierno que ha podado las libertades hasta reducirlas a una mera apariencia. Se trata de un mundo donde muchos equipos no se presentan a los partidos porque no tienen dinero para viajar o sus campos sólo pueden acoger un par de encuentros al año, y en la primera vuelta, al morir sepultados por metros de nieve.

Fútbol o alcoholismo

Con edificios desconchados o restos industriales presidiendo los encuentros, en parajes rurales los pequeños clubes conservan su relevancia social, «en esos sitios no hay mucho que hacer, el partido del fin de semana es un acontecimiento local, el entrenador es una figura relevante en la comunidad, y los jugadores en muchas ocasiones, trabajan en la fábrica del pueblo durante la semana y juegan en el equipo los sábados al medio día».

— Sergey, entorno rural deprimido, fútbol o alcohol, ¿no es un estereotipo?
— El alcoholismo en la Rusia rural es un problema muy serio, practicar un deporte como el fútbol evita beber más de la cuenta. Es un estereotipo muy real.

La vieja pose del juego de la pelota como vía de escape cobra verdadera certeza en esos escenarios, «es el único lugar donde la gente puede ir a desahogarse cuando todo va mal en el trabajo, cuando se hace insoportable el caos o la corrupción en tu ciudad, cuando te deja la novia…»

Por esos rincones aparecen hombres menudos anotando en libretitas unas sanciones que la Federación jamás cobrará. Donde las mozas acuden al estadio emperifolladas para tratar de hacerse con uno de esos atractivos jóvenes que van danzando sobre un manto lleno de socavones, polvo o hielo. En los que incluso Alexander Pushkin tiene su hueco al dar nombre al FC Ruslan, como denominó a uno de sus famosos personajes literarios. Terreno abonado para seres peculiares. «Lo más divertido que vi fue una enfermera con tacones de ocho centímetros, muy maquillada, bajo su abrigo de pieles escondía la bata blanca».

A modo de protección, acostumbra a hacerle una foto a los equipos antes de que eche a rodar el balón, «después del partido no se sabe qué puede pasar; al principio todos son receptivos, están confiados en ganar y no hay problemas». Y precisamente eso, problemas, no ha tenido casi nunca. «En cierta ocasión un matón de pueblo no quería salir en la foto porque pensaba que podía perjudicarle, y vino corriendo a quitarme la cámara, pero no pasó nada, entró en razón enseguida».

— ¿A esos niveles cómo se comporta la corrupción o la influencia de mafias locales?
— No hay nada que sacar, ni siquiera los negocios locales ponen un rublo en publicidad. No hay codiciados títulos que ganar, ni suculentos premios por ser el mejor. Se compite honestamente. Aunque el deseo político sí suele influir una vez acabado el campeonato. Por ejemplo, no es raro ver que un club que clasifica en quinta posición acabe ascendiendo de categoría por delante de aquellos que se lo ganaron en el campo, simplemente porque son de ciudades o regiones más importantes.

La modestia es tan pronunciada que terrenos de juego como el de Semyonov enseña una cancha con césped sintético moteada de cráteres rellenados con tierra, dando paso a un precioso bosque de abedules sobre el cual las vacas suelen pastar al tiempo que entre las líneas de cal se disputan encuentros por la gloria. Al no ser ajenas al asunto del balón, más de una vez han puesto sus ubres a disposición del equipo de casa, bajando a defender algún córner en el último minuto.

Ciudades secretas en la Rusia profunda

Sergey trabaja como editor fotográfico en la revista cultural Colta.ru, dedica gran parte de su tiempo libre en documentar una realidad alejada de la lujosa Premier League Rusa, controlada por los grandes oligarcas del país y sumida en una espiral de fichajes relumbrantes a precios desorbitados.

— Hablando de dinero, ¿cómo financias estos viajes, este proyecto?
— Prácticamente sale todo de mi bolsillo. Ahora estoy empezando a conseguir algo publicando las fotos en algún sitio, básicamente utilizo todo mi tiempo libre en ello.

A menudo, cenar frustraciones, entra dentro del menú del día. Tras abandonar ocho horas de autobús, puede descubrir que el partido que pensaba cubrir ha sido suspendido por una inesperada jornada de luto. «Ahora, para ahorrar costes y evitar sorpresas, suelo cubrir dos o tres partidos por región, son los que se suelen jugar por jornada en provincias, los viajes no solo son pesados, sino también muy largos». Aunque en sus rutas ha puesto límites, todavía no ha cruzado la frontera con Siberia, la zona asiática del país, y nunca se atrevió a bajar a los Urales, destinos que piensa sondear antes de 2018, la fecha en la que finalizará el proyecto.

— ¿Qué buscas en una foto, qué pretendes captar?
— Busco estadios singulares, que representen lo máximo posible a la región o la ciudad en la que están ubicados, sobre todo si tienen algún rasgo distintivo, como una construcción, o un entrono natural peculiar. La verdadera Rusia está en esos lugares, son los que mejor la definen.

«La investigación geográfica también forma parte del proyecto», añade este chico de 35 años que captura con carrete y revela en estudio un universo cuyas raíces soviéticas no sólo se manifiestan en los nombres de los equipos, en la arquitectura urbana o en alcaldes reelegidos sin haberse presentado a elección alguna.

El proceso le lleva a bucear durante incontables horas por desgarbadas webs de federaciones regionales, a escrutar con minuciosidad el VKontakt, el facebook ruso, que suele ser el único sitio oficial que estos clubes poseen, hasta dar con lo que busca, trazar una ruta, y establecer contacto con los mismos para presentarse a sus partidos. «Es un procedimiento que puede llevar semanas, incluso en alguna ocasión hasta meses».

— ¿Qué estadios te han cautivado más?
— El más impresionante es el de Apatity, está en un enclave natural espectacular, es un campo envuelto por montañas que se visten con nieve incluso en verano. En la región de Tuerk los campos están rodeados por muros de hormigón, a modo de prisión. En Karelia, hay un estadio de madera que parece un fuerte del viejo Oeste.

En Polyarny, en la Región de Murmansk, una colección de fragatas de la armada rusa suele presidir partidos disputados a ras de agua, sobre tierra y tundra. En Aleksandrovsk, a cientos de kilómetros de allí, una columna de vapor que sale de su central térmica rompe el intenso azul de un despejado cielo de invierno. Son dos de las muchas ciudades «secretas» que motean el mapa gobernado por el Kremlin. Enclaves estratégicos al atesorar bases militares o instalaciones nucleares, cuyos vecinos tienen los movimientos restringidos y los forasteros no pueden visitarlas salvo que tengan una autorización firmada del gobierno.

«Tardaron tres meses en contestarme, una vez allí un funcionario me guió durante toda mi estancia. Sumando ambas ciudades, sólo me dejaron hacer dos fotos». Agitar la paranoia del enemigo exterior sigue siendo un éxito de taquilla en la política rusa.

Volga United

Su encarnizada lucha para desenmascarar un campeonato tan artificial como rico en petrodólares vio la luz en el Volga, cuando arrastrado por la ruina de su equipo descubrió en categorías regionales los problemas y las diversidades de un fútbol modesto en situación de abandono; que es como se encuentra el Torpedo, histórico moscovita que acunó a las grandes leyendas del balompié soviético, y que ahora, convertido en nómada, ve como su estadio, rodeado por murales alzados en obras de arte urbanas, está en manos de un consorcio privado que busca rentabilizar el solar construyendo pisos.

«Uno de los propietarios más ricos del fútbol ruso, Sergey Galitsky (FC Krasnodar) creó una de las mejores escuelas del país para formar jóvenes futbolistas». Algo parecido ocurre en St.Petersburgo a cargo de Gazprom. «Pero en general, y fuera de eso, no hay nada ni a nivel formativo ni a nivel amateur».

Esa orgía de gasto y glamour que conforma la élite de la primera división se sujeta sobre estadios en ruinas, clubes incapaces de costear sus desplazamientos, por la corrupción y la miseria. «En provincias no ha cambiado nada», se queja Sergey. En las capitales, sin embargo, ha llegado una lluvia de dinero en forma de Copa del Mundo gracias a sobornos endosados a la FIFA que ayuda a aumentar la fortuna del núcleo duro que rodea a Vladimir Putin.

Las raíces del gigante ruso posan carcomidas ante los disparos de un fotógrafo de 35 años que intenta llegar al 2018 para mostrarle al mundo que las bases están condenadas a subsistir con lo puesto en un país que pretende quedar reducido a una bonita estampa capitalista.

«El fútbol ruso no es Rusia 2018», los beneficios sólo fluyen hacia aquellos que saben sostener al régimen.

0 comments on “Rusia desde la raíz

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s