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Un grito en la sala: El Pompey es de la gente

Tras años de penurias e intervenciones judiciales la sociedad civil de la portuaria ciudad de Portsmouth decidió tomar cartas en el asunto para adquirir, en una carrera contrareloj, la propiedad de un club abocado a la liquidación.

Esta historia aparece publicada en el número uno de la revista The Barraca

Las puertas de la sala se abrieron con la efusividad que le otorga el destino a un movimiento definitorio. De aquella irrupción no salieron ángeles tocando las trompetas, en anuncio de una segunda venida, sino abogados sudorosos, con la camiseta por fuera, sujetando papeles arrugados en la mano y al grito de «lo tenemos, ¡lo tenemos!» parando en seco, con sus trastabillares producidos por el sobrepeso y las prisas, la maza de un juez que estuvo a cinco segundos de liquidar el Portsmouth FC poniendo fin a 130 años de institución, de triunfos, derrotas, glorias y miserias, con la áspera y polvorienta violencia de un simple y seco ‘clack’.

Los gritos de los presentes, ataviados con gorras, bufandas, pancartas y todo tipo de artilugios que abarrotaban la estancia como quien se congrega en una iglesia ante el final de los tiempos, se escucharon más en Londres en aquella tarde que los ‘yeaaah’ que emanaron de Wembley en 2010, tras alzar su último éxito copero.

Aquello era la vida, no un simple trofeo bañado en plata. Era la oportunidad de rescatar a su club del tanatorio para devolverlo a la realidad de los vivos. Era salvar al Pompey de las garras de la adversidad.

Pero la jugada se concretó previamente a varios kilómetros del tribunal, en la polvorienta habitación de un hotel, ante un mafioso, el último de una interminable lista, que había llevado al club a oscuros paraderos.

Como toda revolución, ésta, empezó cuando la última gota de paciencia que poseía el colectivo se evaporó, y la rabia contenida canalizó a base de invitaciones a la irreductibilidad en el Smiffy’s Bar

Cuando Jo Collins, miembro fundador del Pompey Supporters Trust, actual poseedor del 55% de la entidad, se recupera del shock que le produce que un tipo de tan lejos se interese por el asunto para algo tan absurdo como esta revista, relata sin dilación los avatares que ocurrieron entre aquellas paredes y que se antojan como un capítulo decisivo en la vida de la capital sureña, «al llegar allí, dispuestos a presentarle la oferta para comprarle la propiedad a Balram Chainrai, nos dijo que ya era tarde, que acababa de vendérselo a un inversor, y nos plantó ante nuestras narices un fajo de documentos para demostrarlo.

Lo que no sabía es que el señor McCinnes iba con una legión de abogados dispuestos a luchar, estuvieron varias horas revisando los papeles, descubriendo finalmente que eran falsos».

Como toda revolución, ésta, empezó cuando la última gota de paciencia que poseía el colectivo se evaporó, y la rabia contenida canalizó a base de invitaciones a la irreductibilidad en el Smiffy’s Bar; el punto de encuentro del hincha pompeyo antes de los partidos.

Sólo la estética de un pueblo inglés encerrado en una oscura taberna, derramando pintas, mientras llama a los suyos a la guerra explica la velocidad en la que el Supporters Trust se configuró, adquiriendo en un par de semanas un millar de miembros que le aportaron veracidad.

Tal vez, a pesar de ello, nada hubiera sido igual sin el acto generoso de una mujer desgastada por el tiempo, encaminada en sus últimos días sobre la tierra a ser prisionera de sus recuerdos; fue la viuda de Peter Harris, leyenda local, quien bendijo la empresa destinando todos sus ahorros a la causa en un intento postrero de resucitar a su marido una vez conoció por la prensa la revuelta popular que pretendía rescatar al Pompey de tan nefasto final.

«Entendimos que todos los sustratos de la comunidad debían Implicarse, el pueblo no se moviliza si no ve líderes dispuestos a tirar del carro»

Puede que los clubes sean un reflejo de las sociedades que los acogen, y puede, que cada cual, tenga el fin que se merece en base a ese entorno. Jo Collins y sus colegas eran conscientes que para cumplir el objetivo necesitaban convencer a la masa presentándoles un horizonte realista, «ahí es cuando entendimos que todos los sustratos de la comunidad debían implicarse, el pueblo no se moviliza si no ve líderes dispuestos a tirar del carro. Entonces Jake Payne [otro de los fundadores del PSPT y empleado del susodicho] dijo que teníamos que ir a ver al señor McCinnes».

Discreto, a la vez que sereno, el empresario local no les cobijó bajo su manto como si se trataran de un bandada de pajarillos desvalidos, en su lugar, les puso deberes.

«Si conseguís reunir 2,5 millones de libras; yo pondré el resto». En un hecho sin precedentes, la burguesía local se implicó en aquello; la influencia de McCinnes sedujo a una tropa de empresarios, que juntos, respaldaron una locura nacida al calor de las pintas en un bar frecuentado por hooligans ilustrados. Al Pompey se le acababa de encender la luz en plena travesía del túnel. Quedaba enfrentarse al monstruo.

«No tengo ninguna intención de gestionar el Portsmouth FC, sólo quiero recuperar los 17 millones de libras que presté»

A Balram Chainrai se le pueden colgar todos los calificativos que el cuello de un usurero sea capaz de aguantar; este nepalí hizo fortuna aprovechándose de las desgracias de cientos de familias en dificultades, y actúo de igual forma cuando un club desesperado acudió a él para pedir un préstamo denegado por todo tipo de banca tradicional.

«No tengo ninguna intención de gestionar el Portsmouth FC, sólo quiero recuperar los 17 millones de libras que presté», es la declaración más repetida por el personaje en aquellos días en los que el Pompey se abocaba a su tercera administración judicial en cuatro años; pero la realidad es que traficó con los derechos adquiridos sobre la propiedad tras cobrarse la garantía del préstamo impagado.

Durante semanas se enzarzó en conversaciones con Antonov, empresario lituano, que en el transcurso de la negociación fue detenido por la policía de aquel país acusado de estafa, blanqueo de capitales y evasión fiscal.

«Aquello fue surrealista, cada semana aprecia un tipo más estrambótico que el anterior queriendo comprar el club», el desfile, más propio de un freak show de los años 20, todavía permanece tierno en la memoria colectiva de la hinchada. Lo que nadie sabía es que entre las sombras de aquel esperpento se estaba fraguando la única esperanza de vida que le quedaba a la institución.

Mientras tanto, las derrotas caían como losas. Una plantilla desmembrada, remendada con chicos de las inferiores por las cientos de sanciones que impedían contratar y obligaban a vender, se hundía sin remedio en la tabla.

En aquella habitación el tictaqueo del reloj se clavaba como una daga en las esperanzas de una institución que sería liquidada por un juez si antes de las 15 horas del 20 de abril de 2013 no se llegaba a un acuerdo por la propiedad del club.

«Las negociaciones fueron duras, Chainrai ni se inmutó cuando descubrimos que había falseado los documentos, lo que quería era dinero y su baza era Fratton Park, sin la propiedad del estadio no tenía sentido comprar el club» relata un Collins que al recordar los hechos deja escapar por los poros los residuos de la tensión acumulada en aquellos días.

«Era la primera vez en dos años que veíamos el estadio lleno», el Portsmouth ya era equipo de League Two, su tercer descenso en cuatro años, pero el ambiente en Fratton Park era más propio de una celebración por el título

El incesante pasar de hojas y papeles contrastaba con los nerviosos dedos que recorrían las pantallas de los móviles, pendientes de unas redes sociales que relataban con agonía los acontecimientos que salían de un tribunal que iba configurando en listas las propiedades a subastar si se daba la liquidación.

Entre las motas de polvo en suspensión, iluminadas por el radiante sol que irrumpía por el ventanal a modo de esperanzadora amenaza, se escuchó el grito: «¡lo tenemos!» La última firma, la violencia con la que se estampó el último sello, abrió la puerta de aquella habitación, ya de atmósfera cargada tras seis horas de tensiones y discusiones, para poner rumbo al futuro, dejando atrás, petrificado, a un mafiosete que aun derrotado, se había salido con la suya. Un Portsmouth FC herido de muerte había ganado una vida.

Fue justo en ese instante, cuando el juez dispuso de su asiento, dispuesto a leer la sentencia condenatoria, cuando una colección de abogados desaliñados irrumpieron a gritos en la sala, presentándose ante el tribunal anunciando el acuerdo.

«El magistrado fue un amigo» relata Collins, «al revisar los documentos se dio cuenta que muchos no estaban completos y que otros tenían errores de forma, así que llamó a las partes al estrado y acordó aplazar la sesión durante dos horas para permitirnos arreglar el asunto». En ese lapsus de tiempo, los vientos de la historia viraron llevando a la institución porteña hacia latitudes más halagüeñas.

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El Pompey Supporters Trust celebrando en Fratton Park la adquisición del club.

«Era la primera vez en dos años que veíamos el estadio lleno», el Portsmouth ya era equipo de League Two (cuarta división), su tercer descenso en cuatro años, pero el ambiente en Fratton Park era más propio de una celebración por el título. Un gigantesco tifo con doradas letras conformando la palabra «Ours» (nuestro) daba la bienvenida a unos jugadores que llevaban meses sin cobrar, y que en muchos casos, no se vistieron más que por obligación, para poder conformar un equipo reglamentario.

El Pompey no celebró un descenso, sino la oportunidad de poder seguir, la esperanza de poder construirse un futuro desde el cual regresar a la élite, la liberación de un presente capcioso y tormentoso, y sobre todo, haberse quitado de encima a una colección de feriantes que habían llevado a la institución hasta el borde mismo del abismo.

Aunque la realidad era mucho más aterradora de la esperada. «Lo primero que nos encontramos al acceder al club fue un estadio infestado de ratas, de basura, unas oficinas hasta el techo de suciedad, el club estaba en una situación de total abandono», Collins no se olvida del dolor que le produjo toparse con aquellas estampas.

Las viejas lonas de los jugadores históricos, de los tiempos de gloria, yacían descolgadas, o desconchadas en su lugar, con las paredes descoloridas o sucias, con hierbajos creciendo en el interior del recinto, oculto por metros de maleza haciendo vida en los jardines del exterior. Pero eso no era lo peor, «también descubrimos que teníamos 47 jugadores en nómina, pero casi ninguno estaba jugando con nosotros, y a todos les debíamos más de 7 millones de libras en salarios atrasados».

La afición había adquirido un club en bancarrota, con una pocilga como estadio, en el que apenas había un empleado y ni un sólo céntimo en la caja con el que poder ir tirando. La euforia del que regresa de la tumba pronto se tornó en dolores de cabeza. Una minucia comparado con el fin eterno.

«Lo primero que nos encontramos al acceder al club fue un estadio infestado de ratas, de basura, unas oficinas hasta el techo de suciedad, la entidad estaba en una situación de total abandono»

La política del Supporters Trust, a pesar de todo, se fue evidenciando como inteligente en estos años de poder. «Somos un equipo del pueblo, impliquemos al pueblo», es la campaña con la que fueron erradicando todo rastro de compañías y patrocinadores que no tuvieran arraigo en la ciudad o en el condado; un comité de sabios, de forma altruista, configura un gigantesco think tank en busca de nuevas e imaginativas soluciones para darle viabilidad a la entidad; una incipiente pero pronunciada cultura de cantera se va abriendo camino en una institución que todavía destina casi todos sus insignificantes ingresos a sufragar las facturas de la fiesta que disfrutaron otros.

Un club revitalizado, pero que apenas puede sobrevivir en la parte baja de la cuarta división inglesa, la última que da derecho a pertenecer a la Football League, o lo que es lo mismo, a formar parte del profesionalismo.

Como un implacable juez, los ojos de todo un país siguen escrutando el caso Pompey, se trata de nada más y nada menos del primer gran club de su fútbol en caer en manos de los 3,500 aficionados que conforman el Supporters Trust, poseedor del 55% de la entidad.

Lo cual supone un contramodelo a la tendencia predominante. Las políticas del «one club, one comunity» puestas en práctica han conseguido que las entradas más baratas de todas las divisiones profesionales sean las del Fratton Park, y no sólo eso, las camisetas del equipo se venden con un escaso margen de beneficio, con lo que también las sitúa como las más económicas de las cuatro principales ligas nacionales. «Somos una jodida patada en los huevos al modelo de la Premier League», cuenta un orgulloso Collins.

Pero, ¿y el futuro? «Volveremos a lo más alto, estamos convencidos de ello, tenemos un club histórico, respaldado por una gran ciudad y todo un condado, tenemos todo lo que hay que tener para hacerlo, sólo necesitamos tiempo, arreglar todos los problemas que nos encontramos al llegar al club no está siendo sencillo, sabes. Prácticamente lo destinamos todo a pagar fichas y demandas perdidas a jugadores que están ganando una fortuna en Rusia, en Qatar o en el QPR, pero lo lograremos».

En los dos años desde que aquella tropa de abogados irrumpiera a gritos en la sala de un tribunal, desde que aquellos aficionados que colapsaron los aledaños y el interior de los juzgados estallaran en un orgasmo colectivo tras recibir la mejor noticia en mucho tiempo, la vida del Portsmouth, en lo deportivo, no ha dejado de ser modesta.

En su primer curso en la League Two se salvó del descenso en las últimas jornadas, en el presente año, deambula sin pena ni gloria por la parte baja, aunque luciendo orgulloso un equipo lleno de chicos de la cantera, apoyado por empresas autóctonas y abofeteando en la cara de tanto en tanto a entidades deprimidas en manos de ricachones sin escrúpulos. Sin embargo, a pesar de las muchas miserias vividas y por vivir, el hincha es feliz porque el Pompey ya es de su gente.

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