cultura de club

Birre e amici en Génova

En un puerto italiano vive el Valenzenéize, un equipo genovés fundado por aficionados del Genoa y la Sampdoria en homenaje al Valencia CF; este grupo de nueve entusiastas dispuestos a barrer en las ligas locales portando la elástica del club valenciano afronta un nuevo reto, visitar Mestalla.

Génova parece luchar contra sí misma. Aplastada desde el mar por un lado, y por las montañas desde el otro, configura calles retorcidas y en cuesta para dar cabida a una urbe que hizo de las bicicletas un producto prescindible. Tal vez por eso sea el corazón futbolero de Italia, por donde le entró el balón a la bota, fundando su club más antiguo.

88«Essorprendente que tratándose de Génova no se conozcan más hinchas del VCF, es el equipo ideal para la ciudad» dice Simone Capurro, enfundado en una elástica valencianista de escudo extraño. Al óvalo oriflamado le desapareció el murciélago para crecer sobre su cresta dos grifone; el blasón de la ciudad portuaria y símbolo del Genoa, la entidad decana del país transalpino.

— Simone, ¿Cómo empezó esto?
— Ocurrió en 2009, cuando Genoa y Valencia se enfrentaron en la Europa League. Nos gustó el Valencia, nos encantó el club y su afición y todo lo que transmite, y empezamos a seguirle.

El olor a pesto, o fügassa, embadurna la atmósfera de un callejero pintado sobre pronunciadas pendientes; a imagen y semejanza del devenir clasificatorio de sus dos clubes en la Serie A, capaces de lo mejor y de lo peor, sin término medio. Tal vez por eso no haya mejor maridaje con Valencia que Zeneize (genovés en dialecto local), idiosincrasias destinadas a entenderse.

Simone formó parte de los cerca de dos mil zeneizes que convirtieron un desangelado Mestalla en un pequeño Marassi

Pasear por ese enclave desgastado, de corazón izquierdoso, y algo decadente, conlleva ser sobrepasado por un motorino con tres chavales aferrados a su grupa, rumbo, quién sabe, si a alguna plazoleta o callejón para pasar la tarde entre goles y sudores. Porque Génova no sólo es olor a pasta, avenidas sinuosas o comunicaciones imposibles, es, sobre todo, fútbol.

Por algo sus balcones, acompañando a sus persianas – siempre – de color verde, saludan al viandante con banderines de la Sampdoria o el Genoa, en un intento por determinar cuántos hinchas tiene cada cual; la lucha fratricida transcurre ventana a ventana, de edificio en edificio. Aunque el club de Mestalla irrumpió en mitad de esa pugna para conseguir lo imposible, que aficionados de ambos bandos se unieran para lucir una misma camisola, la suya.

— ¿Dónde jugáis?
— Jugamos en campos diferentes, según la ocasión. No todos vivimos en el mismo barrio, así que vamos alternando, siempre jugamos en algún campo cercano al lugar donde vive algún miembro.

Simone formó parte de los cerca de dos mil zeneizes que convirtieron un desangelado Mestalla en un pequeño Marassi, ese estadio que sobresale encajado entre edificios y que le roba el nombre a una prisión próxima, sobre el que se vuelca la ciudad dos veces al año para protagonizar uno de los derbis más espectaculares del panorama europeo.

«El Valencia tenía unos jugadores increíbles, me enamoré de ellos, me encantó verles de cerca»; a aquel quinteto ofensivo de asturianos, canarios y andaluces se lo llevó la crisis, Simone, sobrevivió a ella. Por eso, cuando en el verano de 2012 hubo que crear un club, no dudó sobre qué piedra lo erigiría.

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Al igual que cruzar en tren media Polonia durante tres días para ver un intrascendente partido entre conocidos, crear un equipo en Honduras o levantar una escuela de bandera blanquinegra en Israel, la irrupción del Valenzenéize es otro pequeño y sordo gesto que suma varios centímetros a la grandeza de un Valencia esquilmado, que batalla para recuperar el peso perdido.

«Si hubiéramos sido españoles el Valencia sería el club que hubiéramos seguido desde siempre», dicen. Ahora, tras abandonar esas camisetas ralladas, arrancadas de cualquier sitio para simular una desigual senyera, portan la equipación oficial gracias a un patrocinador local. Porque el Valenzenéize es cosa seria, con brazalete de capitán idéntico al original, y con fichajes que se retratan firmando un contrato sobre el que rubrican su adhesión al murciélago.

— ¿Cómo veis los partidos?
— Bueno, nosotros jugamos los sábados por la tarde, muchas veces coincide nuestro partido con el del Valencia. Quedamos en casa de un compañero que tiene Sky Sports, que es el único sitio por el que se puede ver al Valencia. Si no podemos, lo vemos luego y quedamos para comentarlo.

Encorsetada por sus límites geográficos, incapaz de crecer, de atmósfera intensa y húmeda, Génova cuenta la historia de un pueblo marinero y aventurero, que esconde entre las sombras de sus edificios de mediana altura a un nuevo campeón, a ese club que aúna a gentes de sus calles y porta el nombre de aquel viejo reino valenciano que en el XV patrocinó la conquista de Sicilia y Nápoles para defenderse de la amenaza comercial genovesa.

«Cuando faltaban cinco fechas para el final, teníamos que ganar todos los partidos para ser campeones. Entonces, pasó una cosa increíble: estábamos jugando el antepenúltimo partido ante un equipo que era tercero en la tabla (nosotros éramos líderes con un punto de ventaja). Faltaban 4 minutos y los adversarios marcaron el 5-4. Nos obligaban a tener que hacer dos goles, si no el trabajo de todo un año habría sido inútil. Ellos se defendían muy bien y era difícil buscar un hueco para crear algunas ocasiones de gol, pero nuestro Nueve se inventó dos tremendos golazos (uno cuando faltaban unos segundos para el final del partido) tirando desde fuera del área. Al final ganamos 6-5. ¡Puedes imaginar nuestra alegría!»

Fútbol y éxito es sinónimo de Génova, cuyo principal club sigue siendo el que más scudettos atesora tras la Juventus y los dos grandes de Milán. A los chicos del Valenzenéize sólo les falta lucir bigotes perfilados y engominadas cabelleras para emular aquellos tiempos del «Football and Cricket Club» salido de barras de bar y de duelos entres balones, porque la esencia misma de este deporte ya la respetan alrededor de una birra y cultivándola entre amistades.

— Pero quedan retos, ¿no, Simone?
— Sí, nuestro amigo Miquele empieza en septiembre su Erasmus en Valencia. Queremos hacerle una visita en octubre o noviembre, y chafar Mestalla, si es posible durante un partido de Liga o de Champions sería increíble.

Hasta entonces sólo pueden esperar enfocados a la televisión, tifando desde la distancia en esa hora y media blanquinegra que han construido. «Si ganamos nosotros y luego lo hace el Valencia, somos doblemente felices», dicen desde una ciudad de calles caóticas que trasciende hacia arriba o hacia abajo, pero siempre con un balón en los pies; ahora también con el del Valencia genovés.

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