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Janos Acht: Un húngaro por Mestalla

La vida de Janos Acht es un misterio, borrada por las secuelas de la guerra y su retiro en Estados Unidos. Gran portero en aquella Europa de los años 30 e integrante de la primera generación magiar, llegó al VCF para ser estrella pero los prolegómenos de la guerra civil le hicieron huir.

— Perdone, ¿dónde dice usted que encontró estas fotografías?
— Las trajo una señora hace unos días, están vaciando la casa de un anciano que vivía sólo y apareció muerto.

El marco estaba en perfectas condiciones; la imagen, moteada por el tiempo y alimentada por los ácaros, amarilleaba por los bordes. ¿Qué hacía la fotografía de un tipo con el escudo del Valencia FC en el rastrillo vecinal de una ciudad dormitorio de Los Ángeles? En una de ellas se podía ver Mestalla de fondo, aquel viejo estadio de grada baja y tribuna de madera de antes de la guerra. La otra, en Sevilla, le mostraba estirándose como un gato durante un partido. Había más; en otras levantaba trofeos irreconocibles, en algunas, el mismo tipo, el de pintas de haberse escapado de una viñeta de Tintín, vestía la elástica magiar. ¿Quién era él?

— Disculpe, ¿conoce a esa mujer?, me gustaría hablar con ella.
— Sí, es una buena amiga. ¿Para qué quiere hablar con ella?
— Me gustaría saber de este hombre, el de las fotos.

*

Vernon está rodeada de polígonos industriales, como dejada caer en una tierra seca y agrietada, construida a base de casitas de muñecas con jardín en una cuadrícula perfecta. De fealdad insoportable. Rebecca, así se llama, Rebecca Fenning, parece vivir en un tópico. De forma impulsiva, ofrece bebida y comida, llena la mesa camilla como para un banquete ante una charla de diez minutos. Posa sonriente y estirada, a la vez que extrañada ante un visitante que le hace preguntas por el viejo Eugène, aquel vecino amable y gruñón que conoció bien gracias al amorío que le unía con uno de sus sobrinos; sobrino ejerciendo de único hijo del mito.

— No sabría decirle. Eugène nunca habló de su vida en Europa, era un hombre reservado, pero de lo más normal. Él llegó aquí con la guerra, mis padres se mudaron a esta casa después de casarse y él ya llevaba sus años en el barrio. Del viejo señor Acht siempre se dijeron cosas, pero nunca me las creí. Ahora sabemos con seguridad que no son ciertas.

Las cajas empezaban a amontonarse en el jardín, desde su interior, asomaban antiguas fotografías con escenas familiares, balones de cuero retorcidos por el polvo. Medallas y trofeos maquillados por los años. Los restos de una vida atrapados entre cartones. Los vecinos, siempre curiosos, constructores de sospechas por el silencio del señor Acht, empezaban a entender la verdad.

— Enviudó hace varios años, — dice Rebecca — desde entonces se le agrió más el carácter, pero lo entendí normal. Se quedó sólo, sin hijos, sin esposa… Le ayudamos en lo que pudimos. Y de repente, dejamos de verle durante días…

Aquel matrimonio siempre fue para la concurrencia uno de tantos que llegaron a Estados Unidos, una pareja de humildes trabajadores húngaros que hizo de su mutismo una sospecha nacida tras la oleada que azotó el país en los setenta, en la que viejos nazis pasados como refugiados empezaban a ser descubiertos por periodistas o cazados por el Estado Israelí. Ellos no guardaban secretos, sino heridas. Nostalgias. Orgullos maltrechos de quien fue mucho, pudo ser más, y acabó en un rincón del mundo donde traspasar líneas de cal servía para contar yardas en lugar de goles.

 

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Acht atajando un balón en Sevilla. Mundo Gráfico 1934.

Aquellas imágenes eran sorprendentes, por extrañas. Conservaba dos recuerdos de una breve estancia. Una estancia vacía entre una biografía extensa y exitosa.

No resultó complicado descubrir cuántos jugadores húngaros pasaron por Mestalla. Janos Aknai Acht. Era él. De repente, aquellas palabras dieron sentido a aquello que le escuchaba decir al abuelo, «el València va tindre un jugador que sempre estava constipat. Atchs, Atchs». Era la gracieta que se hacía en tiempos y que nunca entendimos aquellos que nacimos fuera de ellos. Dicho garbo de gorra y jersey adoptó el nombre de Eugène durante su etapa francesa, cuyas puertas se le abrieron representando a su país una vez finalizado el veto impuesto a las potencias que perdieron la Gran Guerra. Fue el camino que le llevó a la Valencia prebélica del verano de 1934, en el cual Mestalla se colapsó en un esplendoroso miting republicano organizado por el PURA.

Lo primero que se conoce de él es que perteneció a la primera generación de oro magiar, la destetada deslumbrando en juegos olímpicos, goleando en amistosos a alguna que otra potencia occidental. Janos era estrella en el Ujpest, con el que ganó la Copa de Naciones en 1930, el primer intento conocido de Copa de Europa y en la cual el Real Unión de Irún sumó buenas actuaciones. Hungría, ya tras su independencia de Austria, se presentó como un fútbol incipiente y burbujeante.

Uno de los marcos que encierra imágenes del misterioso guardaredes data su debut ante el Valladolid, un amistoso disputado durante el mes de noviembre en Mestalla, donde se goleó 6-2 alienándose junto a Gaspar Rubio, y en el cual aparecieron pancartas exigiendo un homenaje «por caridad» a Colina, retirado por la directiva de entonces, arrinconado empeñados como estaban los mandamases a puentearle enfrascados en sus delirios de construir un equipo capaz de ganar la Copa que se perdió un año atrás.

La de Atchs no era una contratación recibida con pasión. Llegó impuesto, como lo hicieran tantos otros, por aquella directiva. Y llegaba para sentar a un Cano estrella y líder, capitaneando la revuelta contra los corbatas. Sincerator, uno de los grandes cronistas de aquellos tiempos, rostro mediático de la revolución, se empeñó en dudar de las internacionalidades de Acht a cada escrito suyo sobre el portero (internacionalidades más que probadas, pero de difícil comprobación en tiempos de partidos a cuenta gotas y de distancias gigantescas), así, tras el debut del húngaro ante el Valladolid se explayó con estas palabras:

«En la portería medio merengue (pantalón negro y jersey blanco) había una figura nueva. Esbelto, él. Buen chico, él. Y húngaro, él. Atch en persona con su completísima y variada quincalla en forma de cruces que adornan el pecho de los atletas de circo. Seguramente Atch comenzara a ser internacional antes de nacer. No ha podido tener tiempo, de otra suerte, de serlo tantísima vez (27). A menos que allí cuenten los partidos como dos, uno por parte. Como cuentan los portugueses los caballos». El desconocimiento sobre el muchacho, traído a golpe de capricho por su fama, aconsejaba darle un período de prueba. Disputaría un amistoso más, frente al CD Artesano, ganado por 3-1, como prólogo a su debut en liga ante el Sevilla en marzo de 1935.

Las crónicas rezan que «Atchs [nunca se escribió bien su nombre], en su meta, hizo cosas bonitas». El Valencia sería vapuleado, un 4-2 que fue tan corto marcador gracias a un portero que hablaba francés y alemán. No se le volvió a ver con el murciélago puesto, aquella instantánea de Sevilla, la segunda en cuestión, respondía a un recorte de periódico. La inestabilidad política del momento, y un Valencia enzarzado en una particular guerra civil que convirtió al húngaro en víctima del fuego cruzado le hicieron volver a Francia, donde reeditaría sus años de gloria primero en el Red Star parisino y luego en el Marsella, levantando trofeos ya olvidados mientras las balas silbaban al otro lado de los Pirineos.

*

Pues fíjese — dice Rebecca — nunca hubiéramos imaginado que el señor Acht fuera un deportista famoso en Europa. Solíamos hacer bromas sobre lo bien que le quedaría un uniforme, era alto, atractivo y tenía buenas espaldas. Ni siquiera su sobrino me comentó nunca nada de eso».

Se ruboriza al recordar esas conversaciones furtivas entre adolescentes. Pero Janos se pasó la vida huyendo. De joven, de la Gran Guerra; de adulto, de los colaboracionistas; de su propio país, devastado y bajo el yugo Nazi, viendo impotente como desaparecían amigos y vecinos sin ninguna explicación.

El tormento que le azotaba se asentaba sobre los años que pasó desgastando sus finas manos en la industria militar americana, ensamblando bombillas y tuercas en una fábrica en Vernon.

«Tras la guerra empezó a tener períodos muy raros, Miriam, su esposa, decía que no aceptaba que ya no era un chaval», afirma la señora con la que compartió barbacoas durante años.

Aquellas punzadas coincidían con los mundiales, el tiempo en el que la Hungría de posguerra construyó su leyenda. Le amargaba que su nombre apareciera en la nómina de la American Lighting Company cuando podría haber aparecido en las listas de la historia si el mundo no hubiera estallado en locura. Por ello, su biografía es una cosa incompleta, hecha de jirones, como quedó su generación.

El dolor se localiza en una costilla rota que le apartó del Mundial de 1938; aumentando la intensidad por culpa de la II Guerra, que le dejó sin el de 1942, el que estaba destinado a jugar integrando una selección en plena madurez, en busca de revancha tras la derrota ante la Italia de Mussolini en 1934; un macabro presagio de lo que estaba por llegar en aquella Europa negra.

*

—Le llevé algunos objetos a Mark, es anticuario y organiza rastrillos de vez en cuando. Dijo que podrían tener algún valor, sobre todo para coleccionistas. Esas cosas siempre se venden, sabe usted. Tampoco queda nadie que las pueda heredar. La casa y todos sus objetos saldrán a subasta. Me parece triste que acaben así; ahí, como verá si me acompaña al patio, está toda su vida. Los Acht participaban en actos benéficos para la comunidad, estaban sensibilizados. Lo que se pudiera sacar me pareció bien que acabara como donativo en la parroquia. Creo que así lo hubieran querido ellos.

Mientras dice eso, Rebecca, frunce el ceño por primera vez durante la charla. Se dio cuenta escuchado sus palabras que no volverá a ver al viejo Eugène sentado en el porche, mirando al firmamento, lamiendo sus heridas.

Escarbando entre pilas de recuerdos van apareciendo curiosidades. En una de las cajas un viejo álbum, con desgastadas tapas de cuero, esconde caricaturas. Alguna lo dibuja con largos brazos y kilométricas piernas, tocando un violín mientras los balones rebotan ante notas de música. Dice algo en francés que no se entiende, es Paul Acht — Paul es otro de sus nombres — en tiempos del Red Star, el mítico club fundando por Jules Rimet.

En otra, aparecida en el Miroir du football — diario deportivo creado por intelectuales galos — se muestra devorando delanteros. Al fondo, desapercibidas entre sombras, aparecen en un descuido algunas libretas. Parecen casi nuevas, como recién estrenadas. ‘Yo. I’. Se lee en la primera.

En su apertura se encuentra el vacío en las primeras páginas, sólo una letra cansada y temblorosa acaba rompiéndolo: «Me llamo Aknai Janos Acht, soy jugador de fútbol, y esta es mi vida».

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