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Juan Ramón: El capitán antifranquista

Dieciséis años consecutivos luciendo el brazalete de capitán; ocho títulos conquistados con el club; dos décadas portando la camisola del murciélago, además de ser el personaje sobre el que se inspiró el lema de ‘equipo bronco y copero’. Juan Ramón Santiago es sin duda el gran capitán de la historia blanquinegra. Reconocido militante del PNV, lideró el Valencia de los años ’40.

«El CF Juan Ramón se impuso al Discóbolo en un competido partido». El personaje levantó tantas admiraciones que se bautizó a un equipo con su nombre para campear con él por el fútbol regional valenciano. Si la tradición oral le hubiera respetado, puede que incluso hoy en día su figura continuara siendo relevante. Pero Juan Ramón es uno de esos tipos que se erigen en columna de una época, y que con el tiempo, acaban extinguiéndose en el olvido.

Su persona se podría explicar ciñéndose a los números, pero sería quedarse corto. Puede que bastara relatar aquella vez, que escayolado hasta la ingle, posó ante las cámaras de Vidal exigiendo a grito pelado que le sacaran bien, «que se vea quién es el que pega aquí», harto de pasar jornadas en el hospital mientras las cabeceras madrileñas le ponían de criminal. Pero tampoco completaríamos a Juan Ramón.

Tal vez, preguntándole a su hijo, Juan Ramón Sertucha, de 78 años, podamos acercarnos más a su padre.

—¿Cómo era Juan Ramón Santiago?
— Un deportista. No fumaba ni bebía. Se entrenaba todos los días del año, no había descanso ni vacaciones para él. La gente se preguntaba cómo duró en activo hasta los 40 años. Se cuidaba como el que más. Tras los partidos llegaba a casa y lo primero que hacía era dormir durante dos horas para recuperarse.

Caricatura-de-Rubio
Caricatura de Juan Ramón, años ’40, realizada por Rubio. © thebarraca.com

Solía decir Juan Ramón, con la contundencia que le caracterizaba, que «gastar dinero en quemar salud es un sinsentido». Fue su leitmotiv. Ése, y el del sacrificio incondicional por unos valores.

Irreductible, tanto fuera del campo como dentro de él, alzó la voz ante los habituales abusos de unos clubes instalados en el ordeno y mando. Donde los futbolistas, exentos de derechos, eran tratados como mercancía y rara vez cobraban lo que estipulaban sus contratos. De no estar prohibido el sindicalismo, capaz hubiera sido de fundar la AFE él mismo. Ése era uno de sus atractivos, usar su influencia para conseguir buenas primas para el equipo, evitando que muchos cayeran en embrollos aconsejándoles sobre qué debían firmar.

Quién sabe si ese rasgo suyo fue el causante de que su figura no fuera tan bien cultivada por la literatura y la tradición una vez retirado.

—¿Por qué cree que su padre no tiene ese reconocimiento histórico que conservan figuras menos relevantes de la época?
— Para mi padre no existía otra cosa que la familia y el fútbol. Otros cuidaban mucho sus relaciones con directivos, periodistas, e incluso con la máxima jerarquía eclesiástica. Por eso cuando se retiró no tuvo un reconocimiento al mismo nivel que tuvieron otros.

le miraba a los ojos, y le daba la mano cada vez que escalaba los graderíos par recoger un triunfo copero, al hombre por el que mataron a su familia

Liderar no se le daba nada mal, por algo se enfundó el brazalete de capitán en su segundo año, sin soltarlo ya hasta su retirada. Siempre hubo un plato en su mesa esperando a algún compañero que lo pasara mal, porque su ascendencia, como la de aquel Valencia, llegó en una ciudad de posguerra, ocupada, de piojos y estraperlo danzando por sus callejuelas. Donde el fútbol se convirtió en el único elemento conciliador ante tanto drama.

Incluso los profanos saben de él, aunque su nombre haya quedado sepultado bajo los de Mundo, Gorostiza o Amadeo. Es el hombre corpulento que sujeta las copas en las imágenes de blanco y negro, el que sumó 415 partidos con el murciélago en el pecho. Es el hombre que llegó en 1934 y se marchó en 1951.

Que no veía reparos en ejercer de utillero, preparando la ropa del equipo con mimo, cargando fardos, cuando el titular del material se quedaba en cama, enfermo.

La única expulsión de su carrera (la primera llegó en la final de la Copa de la República de 1937, pero no está reconocida como oficial) ocurrió en Murcia, ante un estadio violentado por los bulos de las cabeceras nacionales, donde le gritaban «criminal» cada vez que tocaba un balón, consiguiendo que el referí, retorcido por el miedo a la virulencia de las gradas, le suplicara que abandonara el terreno de juego; «el público ha perdido los estribos, si no se va usted me tendré que ir yo», enfiló el camino a vestuarios abordado por la compasión que le despertó aquel menudo hombre del silbato. Pero puede que ni contando aquello sirva siquiera para ilustrar su figura.

Porque la importancia de Juan Ramón no sólo se construye entre líneas de cal. Su biografía personal, y la etapa que le tocó vivir, le convierten en personaje a destacar. Fue confeso militante del PNV. El estallido de la guerra le pilló en Bilbao, de vacaciones junto a su mujer. Fue reclamado para unirse a un batallón de gudaris y mostrar fidelidad al partido, pero Juan Ramón esperó a la llamada del Valencia, fiel a la República hasta la capitulación final, para renunciar a las armas y poner pie en Mestalla porque así se lo había pedido su club.

Pero si por algo alzó admiración fue por su entereza tras recibir las primeras noticias de la lluvia de muertes que asoló a su familia. Su hijo, nos lo cuenta así:

«Su hermano, Julián, murió en el penal de El Dueso, en Santoña, tras ser torturado de forma continuada. Su padre [Juan Ramón era huérfano de madre desde niño] fue llevado al campo de concentración de Camposancos, en Galicia, falleció de caquexia, que es de lo mismo que morían los judíos que no eran gaseados en los campos de exterminio nazis. Su tío, murió realizando trabajos forzados en la construcción del Valle de los Caídos».

Juan Ramón antes del amistoso ante el San Lorenzo de Almagro de 1947
Juan Ramón antes del amistoso en Mestalla ante el San Lorenzo de Almagro de Pontoni en 1947.

Nuestro protagonista añadió a su hoja de servicios la cualidad de la madurez y el obligado estoicismo del que aprende a mascar las punzadas de dolor con las que te golpea la vida. Juan Ramón mantuvo desde entonces a raya, y hasta el instante último, la angustia y la tensión que le provocaban los tiempos. Obligado a alzar el brazo a cada final de copa disputada, a mirarle a los ojos y darle la mano cada vez que escalaba los graderíos par recoger un triunfo copero al hombre por el que mataron a su familia. Su hija de un año, también falleció durante aquellos días.

— ¿Le perjudicó de alguna manera a su padre sus ideas políticas?
— Algo de ganas le tenían. Mi padre regentaba un Bar-Restaurante muy conocido en Valencia. Un vez, tras regresar de un partido, estaba la policía esperándole en la estación del norte. Y se lo llevaron detenido. El delito era que el Restaurante se pasó dos minutos y medio de la hora de cierre. Pasó la noche en el calabozo, le soltaron al día siguiente por intermediación de algún gerifalte. Mi padre vivía sus ideales políticos de forma totalmente interna, era introvertido. Salvo para hablar de fútbol, ahí se transformaba. Dio muchas conferencias, y alguno llegó a decir de él que era un oráculo futbolístico.

En una Valencia entregada a Juan Ramón se hacía el silencio cuando el capitán hablaba. Extrañamente, la mejor pareja de centrales que conoció el valencianismo a lo largo de su historia está conformada por un vasco, antifranquista, y un gallego, Álvaro, que hizo la guerra en el bando nacional, además de ser falangista por devoción. Ambos acabaron unidos en una peculiar amistad, encontrando Juan Ramón en Álvaro al hermano que perdió.

Puede que, en un último y desesperado intento, aún quede algo con lo que poder explicar a Juan Ramón, como aquel descenso al filial, a sus 40 años, ya elevado a mito, siendo capitán eterno, y capaz de hacerse dueño del Valencia, o de Valencia entera, si lo hubiera pedido. Pero prefirió enrolarse entre chavales, corriendo como el que más, como si estuviera por ganarse un lugar en el primer equipo. Jugó para ascender a primera al filial, o «al juvenil del Valencia, con Juan Ramón», como algún cronista definió al Mestalla. Su hijo, Juan Ramón Sertucha, confiesa que «si Luis Casanova no hubiera tomado la decisión de renunciar al ascenso del Mestalla, mi padre hubiera seguido jugando algunos años más. Estaba en plena forma». Lo hacía en un estadio que se llenaba para verle jugar entre púberes.

— ¿Le quedó a su padre algo por hacer en el Valencia?
— Sí, se murió con la espinita de no poder entrenar al Valencia, el equipo de sus amores, y por el que dio toda su vida. Ese dolor lo sufrió en silencio. Tuvo una extensa carrera como entrenador. Dirigió al Mestalla y fue ojeador del club hasta los 75 años.

No hay forma de glosar con justicia lo que representó este hombre en aquellos tiempos. Sobre el que se construyó un insulto, bronco, que Mestalla transformó en arenga, copero.

En un entorno anglosajón, Juan Ramón tendría una estatua a las puertas de Mestalla, habiendo corrido ríos de tinta sobre sus peripecias; existirían peñas con su nombre y los jóvenes de hoy sabrían, aunque fuera vagamente, sobre su figura. Pero en una ciudad tan antinostálgica, en un club que se fundó ya pensando en olvidar el pasado, su leyenda fue despejada al limbo, como la de tantos otros, cuando Juan Ramón es el Valencia mismo.

3 comments on “Juan Ramón: El capitán antifranquista

  1. Yo lo conocí cuando estuve en la cantera del VCF, estaba como ayudante de entrenadores, y todos los de aquella época lo recordaremos siempre, fue el primer friki del fútbol que conoci, dicho en sentido cariñoso, nos pegaba unos palizones brutales subiendo y bajando por las gradas de mestalla, tendría casi 70 años y había que verlo, después coincidí también con el cuando estuvo de ojeador. Su vida fue el fútbol, muy buena persona. Ademas coincide que mi padre jugo en el equipo que habeis mencionado, y cuyo nombre exacto era la Peña Juan Ramon. Particularmente, me sumó a este pequeño homenaje q le habéis hecho

  2. hola: soy Juan Ramón hijo, aprovecho la oportunidad para agradecer a Thebarraca y a Sergio las cariñosas palabras que dedicais a mi padre, un cordial saludo

  3. hola: nuevamente entro, esta vez para corregir mi comentario anterior, ya que el 8 de marzo era el cumpleaños de mi padre y el 11 de marzo de 1936 fue cuando se casaron, siento el error, un cordial saludo

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