Lectura de balons

El farsante Steve Mokone

Esta es la historia de Steve Mokone. Un día su padre no le dejó fichar por el Newcastle inglés porque quería que estudiara. Fue estrella en la Sudáfrica del Apartheid, convirtiéndose en símbolo de la lucha racial en su país. Apenas hay datos sobre su carrera en el viejo continente, pero él juró haber fichado por Barcelona, Valencia, Marsella y Torino. Consiguió un doctorado en psicología en Estados Unidos. Y en los 70, afirma su biógrafo, el Partido Nacional conspiró junto a la CIA para acabar con su reputación, acusado de socavar los principios de la superioridad racial que defendía el régimen sudafricano.

¿Es Steve Mokone un héroe?
— Para mí nunca lo fue, fue un monstruo.

Tras su muerte, en marzo de 2015, el aluvión de homenajes llevó a su hija a publicar una carta en el New York Times contando la verdad sobre Kalamazoo. Destapando a un personaje violento, que abusaba tanto sexual como psicológicamente de ella. «En una ocasión asfixió al perro ante mis ojos para forzarme. En otra, mi hermano fue testigo de sus abusos, y para silenciarlo le rompió los dientes con la culata de un revólver».

La sociedad americana, que tenía a aquel doctor en psicología por un respetable y destacado activista en la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos, quedó estupefacta.

Lo primero que hizo Mokone al aterrizar en Inglaterra, fue declarar que sus goles servirían para acercar a su pueblo a la libertad

Su abuelo descendía de la tribu Ndebele, un aristócrata entre indígenas. Pero donde acabó fue en Pretoria, en un gueto para negros a dos horas de la ciudad. En aquellas calles polvorientas y anegadas de desperdicios, su nieto, aprendió a jugar al fútbol pateando a pie descalzo pelotas de tenis entre gallinas cluecas, depurando una técnica endiablada que pronto le hizo destacar en ese deporte para marginados que en la Sudáfrica del Apartheid era el balompié.

Cuando el muchacho se presentó ante su padre, taxista y pastor metodista, con una oferta del Newcastle en la mano, éste le lanzó un libro y le dijo que se pusiera a estudiar. En aquellos días Mokone ya era una promesa destacada, debutando con apenas 16 años en la clandestina selección negra sudafricana, reventando redes en el Pretoria Home Stars, llamando la atención de varios equipos británicos.

Steve Mokone se movía por Washington D.C. en un coche color calabaza con los asientos a juego. Con un aire a dictador africano de los 70; gigantescas gafas de pasta y un tabardo gris ceniza con el cuello alzado. En sus últimos meses recorría la costa atlántica estadounidense narrando sus hazañas.

En la prensa local el fichaje de Mokone fue portada.
En la prensa local el fichaje de Mokone fue portada.

La primera de ellas fue hacerle caso a su padre; la segunda, hacer la maleta marchándose en 1956 al Convetry City; no sin antes falsear su pasaporte y poder superar las trabas burocráticas que le había puesto su gobierno. Lo consiguió gracias a otro pastor, el padre William Nkono, miembro del Congreso Nacional Africano de Mandela, quien le advirtió que fuera un buen chico y no se metiera en líos si quería regresar a casa.

Ante la expectación por ser el primer sudafricano negro en jugar en las islas, la primera tarea de Mokone al aterrizar en Inglaterra fue meterse en uno. Dijo que sus goles ayudarían a su pueblo en su lucha por la libertad. La segunda, perderse en Londres. Su país, sin embargo, optó primero por censurarle, y seguidamente, por cerrarle las fronteras hasta la caída del régimen. Las hazañas en el extranjero de Kalamazoo jamás tuvieron eco en Sudáfrica por aquellas palabras.

En 2012, Mokone recordaba así su paso por Coventry en la TV sudafricana: «Parece que fue ayer cuando marqué mi primer gol con el Coventry. Todavía puedo escuchar el rugido ensordecedor de la multitud cuando la pelota besó la espalda de la red. Todavía puedo escuchar los gritos de ‘Steve, Steve, Steve’. ¡Qué experiencia fue entrar al vestuario y ser el único jugador negro que se estaba duchando con los jugadores blancos! No sabía si dirigirme a ellos como ‘baas’, como era costumbre en Sudáfrica, o hacerlo por su nombre. Qué viaje tan maravilloso para un joven negro salido de las polvorientas calles del Apartheid».

La exageración era una de las grandes virtudes de Mokone, quien rápidamente construyó su peculiar teoría de la conspiración. En su habitación, en la casa de una cristiana familia inglesa, buscada por el club, encontró una extraña caja con pantalla de cristal. Lo consideró un objeto del mal. A continuación, empezó a esconder sus zapatos, porque alguien se los robaba. Ese alguien era la dueña, que se los llevaba para limpiarlos. Aquella caja, era un televisor. Kalamazoo se sentía contrariado al sentarse a la mesa y ver que un blanco le servía la comida.

Para él era todo extraño, como empezaba a resultar su carrera en Europa. Apenas jugó 4 partidos en el Coventry, anotando un gol. Para un tipo menudo, fino, acostumbrado a la técnica y no al físico. Aquellos entrenamientos militares que obligaban a escalar cuerdas y saltar vallas, aquel juego en el que el balón volaba, donde se comían codos, rodillas y balones medicinales, le vino demasiado grande. La ausencia de visado y un pasaporte en regla tampoco le ayudaron a establecerse.

A principios de año ya estaba en Almelo, en Holanda. Porque lo de Mokone siempre fue una huida hacia delante. Allí continúa en forma de calle; dándole nombre a una tribuna. Entre aquellas gradas, disfrutando de la endiablada velocidad de Kalamazoo, gritando sus goles, estaba el padre de Tom Egbers, quien escribiría un libro sobre ‘el meteoro negro’ en homenaje al ídolo de su viejo; que llegó a ser adaptado al cine. La tercera división holandesa era un lugar más apropiado para Mokone. En el Heracles fue estrella. Pero como ocurrió siempre a lo largo de su vida deportiva, fue un ídolo efímero.

Por las mañanas trabajaba en un café-teatro, por las tardes entrenaba. El amateurismo. Con el ascenso, la directiva estudió hacerle fijo, pero Mokone, en un ataque de grandeza, creyó que aquello se le quedaba pequeño. Un año y medio en el Heracles, con 15 goles, otras tantas asistencias, un ascenso sonado,  y una ciudad tan volcada con el meteoro que llenaba el estadio sólo para verle jugar, fueron suficientes para él.

El dinero le esperaba en el Reino Unido, en el Cardiff City, donde anotaría en su debut – como acostumbraba – en partido de Copa ante el Liverpool. Como acostumbraba, sólo volvería a jugar dos partidos más con los bluebirds. Criarse entre libros le privó de fondo físico, jugar entre gallinas le dio una técnica excepcional. Condiciones que no bastaban para las exigencias de las divisiones profesionales. Al menos, en aquella aventura inglesa de breves periodos conoció a su mujer, una sudafricana exiliada que trabajaba de secretaria.

Cuatro años en Europa, 25 partidos jugados en tres clubes distintos, 17 goles. Y 10 mil libras al año de sueldo, una fortuna para el fútbol de la época. Así, en realidad, acaba la historia. En este punto irrumpe la ficción, la fábula, la exageración de un hombre volcánico. ¿Qué hizo tras Cardiff? Hay que fiarse de su palabra y aferrarse a algún dato suelto. Hizo una prueba en el Real Madrid, dice. Se lo dice a Tom Egbers, su biógrafo, en su libro. Pero no le cogieron.

En la 59/60, cuatro años después de abandonar Sudáfrica, fichó por el Barça, asegura. Pero en tiempos, el cupo de extranjeros estaba cubierto, eran momentos de oriundos y de pasaportes falsos. Afirma Mokone que fue cedido al Marsella, pero allí, ni siquiera jugó un amistoso. Se dedicó a vender botas en una tienda de señoras. Hasta que se hartó, y fichó por el Torino.

El chico que aprendió a jugar al fútbol pateando pelotas de tenis debutó con el toro anotando los cinco goles de la goleada al Verona. Era un amistoso. Jugó cuatro más.

El famoso cronista italiano Beppe Branca, afirma Egbers en su libro, llegó a decir de él que si Pelé era el Roll-Royce de los jugadores de fútbol, Stanley Matthews el Mercedes-Benz, y Di Stéfano el Cadillac, Mokone era el Maserati. La hipérbole de Branca no se quedó ahí. También afirmó que si Mokone tuviera una selección detrás que le arropara, podría optar a ser el mejor jugador del año. No consta que disputara un mísero partido oficial con el Torino.

Afirma también que en la 61/62 jugó en el Valencia. Jugó, parece ser, un partidillo de entrenamiento ante un equipo de categoría regional. La experiencia le hizo huir a Australia, al Sunshine George Cross, donde volvería a triunfar con otros 15 goles en una temporada, suficientes, debió entender, retirándose en 1964. Le esperaba el exilio en Estados Unidos.

«Fue el primer sudafricano negro que jugó profesionalmente en Europa. Eso fue un logro, rompió la barrera racial en la Sudáfrica del Apartheid. Pero también era un hombre violento y abusivo»

En la América de la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos, Mokone estudió psicología, se implicó en el movimiento, convirtiéndose en un rostro habitual de mítines y actos. Usó su experiencia en Europa y sus vivencias de infancia en Sudáfrica. Era miembro del Congreso Nacional Africano. Al mismo tiempo, en silencio, en su hogar iba domesticando un pequeño infierno, haciendo prisioneras de su violencia a mujer e hija.

En 1977 era profesor en la Universidad de Rochester, cuando tras un tortuoso proceso de divorcio, ganó la custodia de su hija. Tiempo después, su exmujer, junto a su abogada, fueron atacadas con ácido, quedando severamente lesionadas. Desmond Tutu, compañero de pupitre y compañero de disidencia de Mokone, salió en su defensa. «¿Quién puede acusar de algo así a un hombre íntegro como Mokone? Esos actos no casan con su carácter. No es un hombre así, ¿qué sentido tiene atacar a esas pobres mujeres cuando ya había conseguido la custodia de su hija? No existe ningún motivo para ello».

Sin embargo, Mokone fue acusado, declarándose culpable ante el tribunal. Le condenaron a 12 años de prisión. Egbers, en 2002, trató de explicarlo publicando una serie de cartas cruzadas entre el servicio de inteligencia sudafricano y la CIA, en las que el gobierno del Apartheid pedía a Estados Unidos que destruyera la reputación de Mokone, al haberse convertido en un elemento incómodo para el régimen.

La simple insinuación de que  fue un sacrificio personal para evitar males mayores, como su muerte, por parte de los servicios secretos indignó a su hija.

Confiesa, escribió en infinidad de ocasiones a Egbers contándole la verdad, relatando que en su hogar, durante las noches llovían palizas, volaban objetos y corría la sangre para que dejara de insinuar que aquella agresión fue un montaje entre espías contra un disidente molesto. «Mi padre era un hombre violento, sádico. Aquello no fue obra de ninguna conspiración, fue una venganza contra mi madre por tener el valor de divorciarse de él». Egbers jamás le contestó.

¿Por qué hablar ahora? Thandi Mokone lo deja claro en su carta. «Tras su muerte, es la primera vez que he dejado de tener miedo de alguien. Su muerte me ha hecho libre».

A Thandi le dolió especialmente la oleada de homenajes tras el fallecimiento, a los 83 años, de Kalamazoo el pasado mes de marzo. En Almelo, una pancarta gigantesca hacía referencia a su memoria durante un partido de la Eredivisie. Sigue siendo un icono pop en la ciudad.

En 2010, en pleno mundial, Mokone fue condecorado con la alta distinción al mérito deportivo, que el gobierno sudafricano sólo ha librado en seis ocasiones en su historia. Entre honores, fue tildado de «héroe nacional» y de ser «un valioso activo para la patria» en el mismo escenario, en pleno funeral de estado en loa a su memoria.

«Fue el primer sudafricano negro que jugó profesionalmente en Europa. Eso fue un logro, rompió la barrera racial en la Sudáfrica del Apartheid. Pero también era un hombre violento y abusivo».

Dice su hija, que va más allá:

«Como toda figura relevante del mundo del deporte, mi padre tenía muchos admiradores, todos pasan por alto su carácter violento. Le perdonan estos actos de forma miserable ‘por lo que hizo en el campo’. Como hija de Stephen Mokone y superviviente de estas experiencias, quiero que sus abusos sean reconocidos y se incluyan en las conversaciones sobre su figura, que su nombre forme parte de la larga lista de personas que ejercen la violencia contra las mujeres. Es particularmente inquietante ver a atletas profesionales glorificados por la sociedad tanto en la vida como en la muerte, cuando han dejando tras de sí a muchas víctimas».

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