cultura de club The Manager

A solas con Míster Rinaldi

Entrevista a Ranieri, con Malcom Pagani, para la revista italiana Undici. Una conversación sobre fútbol, Claudio y su trayectoria en los banquillos.

Aquí, en Leicester, nació y triunfó Peter Shilton, el portero de cejas tupidas que se construyó un gran currículum como leyenda del fútbol inglés. Aquí, nació y marcó Gary Lineker, el súbdito de la corona que más goles marcó en los mundiales con Inglaterra. En México, en 1986, en esa copa diseñada por Silvio Cazzaniga que acabó difuminada por las Malvinas y un Maradona que perpetró una venganza simbólica, no estaba Claudio Ranieri. Iniciando en Calabria su aventura en los banquillos, “fue la primera vez que visité Lamezia Terme”.

Hoy, treinta años después, no sólo tiene en común con Calabria la primera letra de su apellido, sino una filosofia de la que Ranieri nunca ha renegado. “Se puede ganar o perder, se puede jugar bien o mal, pero lo importante es ir a por todas, luchar por cada balón, no abandonar el campo con la sensación de haber dado la mitad de lo que podías haber dado”.

2015 quedó atrás. El aire es húmedo. La ciudad reposa emocionada, hay carteles de Vardy, el extrabajador y obrero local, por todas partes, un síntoma de que su figura va camino de convertirse en un mito. Pubs, quioscos, parroquias… hay banderas del Leicester City por todas partes. No hay lugar, incluso en las paras de autobús, en el que no se repita incesantemente un mismo nombre: “Ranieri. Él nos llevará a Europa, lo hará jugando de la manera que más nos gusta por estas tierras”. United… Manchester City… todos fueron frenados bajo un cielo oscuro y ante 30.000 personas levitando. El Leicester City es líder de la mejor liga del mundo. Ni siquiera sus aficionados más optimistas preveían un desenlace como este.

Claudio es de Testaccio, el último del linaje Ranieri. “El más afortunado, el primer hijo de una familia de trabajadores, ayudaba en la empresa familiar y también jugaba al fútbol, podía hacer las dos cosas sin sentirme culpable por desatender las obligaciones de casa”.

En Leicester, a una hora de Londres, donde se crió el escritor Julian Barnes, muchos esperaban que encontrara su tumba, en lugar de eso, ha iniciado un nuevo renacer, la distinción que muchos creían que merecía. “Esto no puede durar mucho; por ahora sólo disfrutamos, planificamos, estamos tranquilos, sabemos lo que somos. En tres años, tal vez, cuando los jugadores más jóvenes hayan madurado, podamos competir con los grandes de la Premier de forma más seria. Hasta entonces esperaremos, respiraremos hondo, y no perderemos de vista nuestra realidad”.

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Fotos de Francesco La Porta

Tras la desafortunada experiencia en Grecia, todos le dieron por acabado.
Muchos lo creyeron, pero la verdad es que la selección griega sólo tenía entrenador, carecía de todo lo demás, había perdido todo el sistema federativo. Un entrenador no puede hacer nada él sólo. Para obtener resultados necesitas una buena estructura, contar con el trabajo de mucha gente. Pero Grecia no tenía nada, lo perdió todo en la crisis, incluyendo a la vieja generación de Karagounis y Katsouranis. Admito que me sentí solo. En tres meses apenas pude estar 15 días con los jugadores. En esas condiciones es difícil ser útil.

¿No se reprocha nada?
Siempre soy muy crítico conmigo mismo, no entiendo la autoindulgencia. Sí, he lamentado muchas cosas de esa etapa.

Por ejemplo…
Las prisas por aceptar el cargo. Entrenar a un equipo nacional siempre fue una vieja aspiración para mí. Tal vez debí reflexionar mejor, esperar, evaluar las ventajas y desventajas de una aventura en la que no me ofrecieron ninguna seguridad. Me equivoqué.

En su trabajo lo único que da seguridad son los resultados.
Empecé en esto en 1986 y llevo ya 30 años. A veces lo he hecho bien, en otras no, pero me da para llegar a final de mes. Acepto cualquier crítica, salvo las que son con mala fe.

«O trabajo como yo quiero, o adiós y gracias. Puedo parecer desagradable, pero todo lo que conseguí lo he conseguido por mí mismo»

Primera estación, Lamezia. Campeonato regional. 1986.
Llegué en una etapa de cambios. El presidente había echado a algún que otro personaje de mala reputación del equipo, y me dio carta blanca para hacer los cambios que estimara oportunos. Acababa de dejar la vida de futbolista, no sabía mucho del sur y de Calabria, pero me encontré muy a gusto allí. Tras tres meses maravillosos conseguimos ser líderes. Y entonces me fui.

¿Por qué?
Las condiciones habían cambiado. Los mismos personajes que echaron del club regresaron sin mi consentimiento. Fui a ver al presidente y le dije, “esto no es lo que me prometiste. Si tomas esa decisión me voy de aquí”.

Toda una demostración de carácter.
No, carácter, no. Por la mañana, cuando me miro al espejo, tengo que mirarme y no sentir vergüenza de lo que veo. Es una necesidad que siempre he tenido. Una línea roja.

¿Qué otra cosa le define?
El respeto a mí mismo. La fuerza – creo – de mi determinación. Nunca me doblegué, siempre que un proyecto cambió pasando por encima de la palabra dada, o han intentando influenciar en mis decisiones, siempre, me he ido. Allí donde he estado sólo he pedido una cosa, poder desarrollar mis ideas. Cuando no ha sido posible, me he ido.

¿Se puede definir eso como la primera regla de su decálogo?
O trabajo como yo quiero, o adiós y gracias. Puedo parecer desagradable, pero lo único que conseguí en mi carrera lo conseguí por mí mismo. No subiéndome al carro de otro.

De Lamezia a Pozzuoli.
En el tercer partido de la temporada jugamos ante el Cagliari, que acababa de ser relegado a la Serie C, era el equipo más fuerte, el rival a batir, la reina indiscutible del torneo. Hacía calor, las temperaturas todavía eran veraniegas, la zona invitaba a la fiesta. Los jugadores sardos llegaron distraídos, perezosos. Se tomaron el partido como una mera formalidad, estaban a otras cosas. Les hablé a mis jugadores como me hubiera gustado a mí que me hablara un hermano mayor. “Muchachos, miren bien a sus oponentes, mírenles a los ojos, retadles, ellos se piensan que ya han ascendido a la Serie B, vamos a despertarlos de ese sueño”.

04 de octubre 1987, Estadio Conde Domenico de Pozzuoli. Campania Puetolana 1-0 Cagliari. Hay más gente en los balcones de los edificios que rodean al campo que en las gradas.
Fue un alivio, eramos el peor equipo del torneo y acabábamos de salir de los puestos de descenso. Ese partido fue importante porque Tonino Orrù, el presidente del Cagliari, quedó fascinado con nuestro partido, y muy tocado tras la derrota. Fue una humillación para ellos. A mitad de temporada, cuando su equipo estaba hundido en la mediocridad, Orrù recordó aquella tarde de Pozzuoli y decidió llamarme. Tuvimos una cita en Roma. Estaba convencido que era una broma, pero se presentó Orrù en persona. Cagliari fue crucial.

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Fotos de Francesco La Porta

Tres años más tarde a Nápoles.
Con Orrù tenía un pacto de caballeros. Si recibía una llamada importante tenía libertad para irme. La llamada llegó y Orrù cumplió su palabra.

Fue el primer Nápoles postMaradona. Diego dejó la Serie A en marzo, tras aquel control antidopaje en un pésimo partido contra el Bari.
El fantasma de Maradona fue un engorro. Había que tratar de mitigar el duelo popular, un dolor que se podía respirar, sentir, tocar… Teníamos a jugadores como a Gianfranco Zola, que era francamente extraordinario, pero lo trataban como si fuera un desecho.

En la temporada 91-92 jugó con usted 34 partidos.
Nunca tuve problemas con los jugadores creativos. Entrené a Zola, a Totti, Rui Costa, Del Piero, Francescoli… Con todos ellos me sentí muy bien, muy cómodo, y tuvimos grandes momentos. Creo que todos ellos pueden decir lo mismo.

Explíquenos por qué…
Siempre he tratado de formar equipos bien organizados, integrando la creatividad, buscando el equilibrio entre ambos aspectos, dando espacio al golpe de genio. Pero trabajando todos juntos. Es una premisa fundamental. El fútbol es talento, es, sobre todo, impredecible. Esa clase de jugadores tienen que sentirse libres para hacer lo que mejor saben hacer. Inventar. Encontrar la manera de cambiar el curso de un partido. Tratar de imaginar una solución que nadie más ha pensado. Para eso necesitan tener detrás un equipo bien trabajado, que trabaje en conjunto, seguro.

¿Qué tipo de futbolista era Claudio Ranieri?
Cuando era niño ambicionaba ser delantero, pero nunca marcaba goles. Luciano Tessari, histórico segundo de Liedholm, que a finales de los 60 ya fue segundo de Helenio Herrera en la Roma, me hizo una propuesta indecente. “¿Y si te digo de jugar en defensa?”

¿Y dijo que sí?
Consideré la posibilidad, y nunca me arrepentí. Desde atrás se ve todo, desde atrás se entienden mejor las cosas, el juego, el fútbol… todo.

«Cuando veo un futbolista que no tiene la cabeza puesta en su profesión, en aprovechar el inmenso regalo que la naturaleza le ha dado, me molesta»

¿Qué jugador no jugaría nunca con usted?
El que desperdicia su talento. No soy un moralista, ni un policía. Nunca me encontrará en la puerta comprobando si el delantero se va a dormir cuando toca, o para ver si el portero se ha pasado la noche en la discoteca. Cuando uno alcanza los 18 años es responsable de su vida.

¿Y el que no es responsable?
Lástima para él. He visto, y seguiremos viendo, tantos jugadores que se han perdido por eso… y lo siento. Es lo que más me molesta. Cuando veo a un jugador así me vuelvo loco. Cuando veo un futbolista que no tiene la cabeza puesta en su profesión, en aprovechar el inmenso regalo que la naturaleza le ha dado, me molesta.

¿Es cierto que tiene pocos amigos en el fútbol?
Muy cierto.

¿Por qué tiene tan pocos amigos en el fútbol?
Debido a que en el fútbol un día estás aquí y otro allí. Pero la pregunta es ambigua. Tendría que preguntar: “¿Conserva alguna amistad surgida del fútbol?”

¿Y qué respondería?
Que algunos amigos, algunos amigos maravillosos, de cuando jugaba en Catanzaro, siguen formando parte de mi vida. Somos un grupo muy unido, desde Pellizzaro a Palanca, cada año pasamos unos días juntos.

Cuando Massimo Palanca, con su 37 de bota, ejecutaba sus famosos saques de esquina,¿Claudio Ranieri dónde estaba?
En el área, molestando al portero. Sólo quería salvarme de esos balonazos. No me arrepiento de nada, lo tenía todo bien estudiado (risas).

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Fotos de Francesco La Porta

¿Qué recuerdos tiene de sus presidentes? Empezemos por Cecchi Gori.
Conocí a Marione, el patriarca, en el 93, en Saxa Rubra [Estudios de la RAI]. En ese momento, a diferencia de hoy, ver los partidos en los estudios de la RAI era un gran lujo. [Los Gori eran productores televisivos]

No tanto como ir al estadio.
Pero yo no quería ir al estadio

¿Por qué?
Porque estaba seguro de que si me veían en las gradas se tomaría eso como una injerencia contra el compañero de turno que ocupaba el banquillo. Al día siguiente los titulares de prensa dirían “Ranieri preparado para hacerse cargo de la Fiorentina”. El típico teatro de lo absurdo.

¿Cómo es su trabajo?
Una profesión incierta. Durante el vuelo nunca sabes si el paracaídas se abrirá o no. No hay certezas.

Hablábamos de Cecchi Gori.
Hablamos, nos gustamos, luego, él, habló con Vittorio, y enseguida acabé en Florencia.

¿Qué opinión tiene de Vittorio Cecchi Gori?
Me gustaba. Acabó pagando su entusiasmo, era demasiado tifoso. Vittorio se preocupaba realmente por la Fiore. [La Fiorentina entró en liquidación y fue refundada en Serie C1 en 2002]

Ranieri el cosmopolita. Valencia, Madrid, Londres.
Para tratar de convencerme de ir a Valencia los dirigentes lo intentaron todo: “En Valencia hay un maravilloso colegio italiano para su hija”. En base a eso, tras sopesarlo mucho, decidimos aceptar la oferta. Cuando llegué a Valencia descubrí que no había ningún colegio italiano para mi hija. En Valencia disfruté mucho. Con dos liras invertidas conseguimos grandes resultados.

Ranieri ha ganado pocos títulos, dicen.
Por naturaleza, no soy un hombre que suela estar satisfecho. Cuando miro atrás me suelo decir: “Has hecho mucho, pero nunca has llegado en el momento adecuado a los sitios”.

Entrenar a un club en el momento adecuado no puede considerarse una falta. Saber cuál es el momento entra dentro de la adivinación.
¿Usted cree? Gracias. Voy a dejar de culparme a mí mismo en este instante. Digamos que nunca he estado en el lugar correcto en el momento adecuado.

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Fotos de Francesco La Porta

Renieri prefirió a Poulsen antes que a Xabi Alonso en la Juve.
Eso es totalmente falso. ¿De dónde sacó eso? Xabi Alonso siempre fue uno de mis jugadores favoritos. Yo era un simple empleado en la Juve, no tenía capacidad de decisión en los fichajes. No me quejé de ello nunca. Lo acepté desde el primer momento. Lo que pasara queda entre la empresa y yo. No voy a atacar la credibilidad de la gente que me dio un trabajo a golpe de entrevista o declaraciones. Nunca lo he hecho.

Los jugadores siempre eligen su destino, ¿y el del entrenador?
Si quiere insinuar que los jugadores deciden cuando echar o no a un entrenador, respondo que no. Nunca creí en eso.

¿Nunca sospechó que para deshacerse de usted algunos jugadores escondieron la pierna?
Nunca. Puede ocurrir que, si el jugador no tiene buen feeling con un entrenador, cambie su disposición al trabajo de forma inconsciente. Pero no como una elección consciente, sino como un mecanismo involuntario. No creo en la intencionalidad. En las conspiraciones.

Usted nació un 20 de octubre de 1951.
¿Quieres decir que soy viejo y que tengo el pelo blanco? (risas)

«Al Chelsea me llevó un caballero. Ken Bates, un hombre excepcional»

A menudo se le ve riendo. ¿Qué importancia tiene ser antes psicólogo que entrenador?
En el vestuario, sobre todo para nosotros, los latinos, la psicología es muy importante. Las palabras, la sonrisa, la palmada en la espalda… La relación con los jugadores es ante todo una relación humana. En Inglaterra eso es diferente. Basta echar un vistazo. Existe una superestructura, es todo menos sentimental. Lo expresan de otra manera.

Continuemos hablando de presidentes. Tengo curiosidad por conocer su relación con Jesús Gil y Abramovic.
Al Chelsea me llevó un caballero. Ken Bates, un hombre excepcional, que compró el Chelsea por una libra en 1982. Siempre me quiso a su lado. La relación con Abramovic fue respetuosa. Abajo, en el vestuario, disfruté, lástima no haber estado en el Chelsea cuando el Chelsea decidió invertir a lo grande. Se hizo cargo del club en un momento donde el Chelsea estaba a punto de entrar en liquidación.

La liquidación y los tribunales ya los conoció en Madrid.
Jesús Gil era un hombre simpático. Venía a hablar conmigo todos los días. “Vamos a fichar a muchos cracks, vamos a volar”, decía. Y le creía. Pero quien vino fue la polícia y el administrador judicial. Gil desapareció de la escena, y fue un juez el encargado de velar por el destino del Atlético. En una ocasión me llamó a su despacho en vísperas de un partido contra el Oviedo. “Si no gana me veré obligado a despedirle”. Yo fui más rápido. “Nunca vi a un juez echar a un entrenador. Le quitaré esa responsabilidad, dimito”.

Ranieri siempre ha sido valiente. En el descanso de un derbi romano sustituyó de golpe a Totti y De Rossi.
Les dije, “Francé, Danié, ahora les toca descansar”. No se quedaron precisamente felices. Afortunadamente ganamos. De lo contrario no sé qué hubiera sucedido.

¿El manifiesto de Ranieri?
Claridad. Con todos, con jugadores, dirigentes, periodistas…

¿Le hubiera gustado ser otra persona?
He admirado en silencio a gente como Zigoni, Córdoba, Bobo Vieri o Chinaglia. Jugadores estupendos cono una personalidad extraordinaria. Yo era tímido y reflexivo, me hubiera gustado ser como ellos.

Es extraño escucharle decir eso.
¿Por qué? Nunca, jamás, les hubiera alcanzado. Pero me hubiera gustado estar igual de loco que ellos. Los admirada y observaba como se admira y observa una obra de arte.

1 comment on “A solas con Míster Rinaldi

  1. Pingback: Una plaga de piojos – THE BARRACA

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