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Una plaga de piojos

El Valencia de entresiglos cerró su ensamblaje durante tres mágicas noches de febrero de 1999. En diez días, Ranieri y sus soldados se enfrentaron tres veces al Barça de Van Gaal mostrando un nivel insuperable, los catalanes fueron destrozados gracias al ingenio de Mendieta y la velocidad de Cláudio López.

Texto Màxim Bergrand | Ilustra Ralf Wandschneider

Érase una vez un piojo, un hombre que se zafaba de sus adversarios más rápido que cualquier otro ser vivo, que tenía un enemigo íntimo vestido a bandas azules y granas. Un monstruo catalán regido por una mente revolucionaria. Un filósofo convertido en Rey de Ámsterdam que quiere imponer por la fuerza su dogma en Barcelona. Le apodan el Pelícano, pero su verdadero nombre es Louis Van Gaal.

El holandés llegó dos años atrás al Camp Nou con una idea clara: enterrar el período cruyffista y hacer que el Barça evolucione en base a nuevas ideas. Porque Van Gaal tiene ideas propias, una visión moderna del fútbol, concebido como un juego basado en el esfuerzo colectivo y continuado de once hombres sobre el campo, moviéndose con la armonía perfecta de un balet. Muy lejos de la percepción de Cruyff, un personaje más dado a la buena vida, al placer. Durante ese mes de febrero de 1999, el Barça defendía título de campeón, y ya situado en las alturas, iba camino de renovar su reinado.

12674360_10156514214800383_769135654_nPor entonces, era desconocedor que en su transcurso se toparía con un bicho, un parásito, con un piojo. Un piojo argentino que jugaba para el Valencia bajo las ordenes de otro modernista del fútbol, Cláudio Ranieri. Llegado a la ciudad en 1997 tras reconstruir su idilio con el balón dirigiendo a la Fiorentina.

Ranieri, a diferencia de Van Gaal, es un entrenador que se ajusta a la cultura deportiva del país. «Es un hombre que está lejos de ser estúpido. Él sabe cómo agradar cuando llega a un sitio. Sabe jugar con el conocimiento previo de las cosas, sabía la historia, tenía claro el fútbol que gustaba en Valencia», nos dice Alain Roche, llegado a Mestalla en 1998.

En su primer año, Ranieri finaliza noveno en el campeonato protagonizando una remontada espectacular. Se hizo cargo de un equipo hundido, en puestos de descenso hasta la jornada 16, llegando incluso a ser colista, a años luz de cualquier posición digna. Aun así, no tuvo mejor ocurrencia que afirmar en su propia presentación que su equipo acabaría, en menos de un año, compitiendo con Barcelona y Real Madrid. Todos se rieron de él.

Por entonces, el Valencia llevaba diecisiete años sin ganar nada, a excepción de un título de liga de segunda división. El clima de tensión que envolvía a la entidad y su pasado más reciente invitaban a la mofa.

«Hasta aquella temporada, nunca antes habíamos tenido un equipo para afrontar partidos de esa índole y salir indemnes»

El piojo argentino, Cláudio López, aterrizó en Europa tres año antes. Era un goleador nato en su país. Pero un jugador nefasto en Valencia. Corría sin despegar la mirada del suelo, cuando se daba cuenta, ya había salido del campo con el balón en los pies. Sus chuts, generalmente, eran más dignos del fútbol americano. El Valencia quería quitárselo de encima, el público cargaba contra él y sus cabalgadas estériles, mientras en la prensa volaban acusaciones de ser un fichaje acometido para mayor lucro de unos dirigentes constantemente bajo sospecha. Entonces, explotó.

En ese escenario, nos situamos a principios de 1999. Más concretamente, viajamos al 18 de febrero de aquel año. El Barça recibe esa noche al Valencia en el Camp Nou, con motivo de los cuartos de final de la Copa del Rey. Estamos ante un choque de estilos. Van Gaal versus Ranieri.

«En esos momentos, Van Gaal era una referencia en Europa. Había cierta aprensión antes del partido, obviamente, como cada vez que tienes que jugar ante el Barcelona, y especialmente si lo tienes que hacer en el Camp Nou. Hasta aquella temporada, nunca antes habíamos tenido un equipo para afrontar partidos de esa índole y salir indemnes», confiesa Roche.

El cuadro blaugrana salta con un clásico 4-3-3, Ranieri, sin embargo, apuesta por un sólido 5-3-2 buscando explotar la velocidad de sus puntas, especialmente, la de Cláudio López. «Yo siempre fui un jugador rápido, pero en él era algo exagerado, era tremendamente rápido. También era un oportunista, un jugador avispado. Era capaz de tomar decisiones a la misma velocidad con la que corría», asegura Jocelyn Angloma.

«Ranieri nos hizo ver que éramos capaces de competir, nos convenció de poder hacerlo. Nos hizo creer»

Ése, la velocidad y el desparpajo, será el elemento fundador de uno de los equipos más emocionantes de entresiglos. El Valencia 2000, de Mendieta, Ayala, Aimar… Aquel que perderá dos finales de la Liga de Campeones, y que ganará la Liga en 2002 y 2004. Todo ello bajo la batuta de dos continuadores del trabajo instalado por Ranieri: Cúper y Benítez.

Pero antes, en 1999, el técnico italiano será el encargado de coronar una de las mejores epopeyas del fútbol contemporáneo ganando la Copa del Rey, un éxito asentado en diez noches de locura. Así lo cree Jocelyn Angloma: «Ranieri construyó un estilo y una mentalidad que dotó al Valencia de la solidez que no tenía. Cúper se aprovechó de eso. Cláudio nos hizo ver que éramos capaces de competir, nos convenció de poder hacerlo. Nos hizo creer».

Aquel 18 de febrero, el Valencia saldría del Camp Nou con un 2-3 bajo el brazo. Un tremendo zurdazo de Mendieta desde fuera del área que se dirigió a la escuadra, esculpido en obra de arte, era el aperitivo de la inconmensurable jugada que estaba por llegar en Sevilla unos meses más tarde. En la vuelta, un Mestalla incendiado en pasión, doblegó al Barcelona por 4-3, consagrando a Cañizares, definitivamente, como el portero más loco de su generación.

El Barça de Guardiola, Luis Enrique, los hermanos de Boer, Rivaldo, Figo y Kluivert salió dispuesto a darle la vuelta a la eliminatoria. Esa noche, Van Gaal, volvería a padecer una humillación. «Ranieri basó su éxito en la defensa. Tenía la línea de cuatro más veterana de Europa, y un centro del campo joven, luchador y sobrado de talento. Fue fantástico. Incluso con treinta años aprendí mucho con él. Aprendí la importancia del trabajo específico. Cláudio era un entrenador muy agudo. Y ambicioso. Nunca estaba satisfecho. Recuerdo una vez que ganamos 3-0 y cuando entró al vestuario se puso a insultarnos porque habíamos hecho mal un par de cosas que teníamos muy trabajadas durante la semana. Con él todo era ganar, ganar, ganar», dice Alain Roche.

También quería construir un camino, dejar su huella. En la eliminatoria ante el Barça hay una imagen fija, la de un jugador que sobresale por encima de todos, la del killer Cláudio López, que consiguió anotar 12 goles en 15 enfrentamientos ante los catalanes, creando un verdadero trauma en el Camp Nou, su sola presencia llegaba a infundir respeto.

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Viñeta habitual en la prensa catalana de aquellos días

«Creo que no lo hicimos mal del todo, ¿eh?», fue la manera socarrona que tuvo el argentino de dirigirse a los medios tras eliminar al cuadro blaugrana. En Barcelona, se había instalado la psicosis. Mundo Deportivo dedicó 4 páginas a análisis tácticos de distintos exentrenadores explicando cómo parar al Piojo. «¡El sábado vuelve!», llevó a portada.

«Solíamos quejarnos de nuestros delanteros, sobre todo de Ilie, porque no defendían lo suficiente. Por su culpa, muchas veces, el equipo quedaba descompensado y eso nos hacía sufrir más de la cuenta. En una ocasión Ranieri se puso a gritarnos preguntándonos ‘¿quién mete los goles aquí? Pues hay que estar con ellos a muerte, hay que trabajar para ellos’», añade Roche.

12659813_10156514214805383_589624739_nLouis Van Gaal sufrió una contundente lección de realismo. La historia se repetiría un 27 de febrero, tres días después de la vuelta en Mestalla. Esta vez, el Valencia ganará por 2-4 en partido de liga con un gigantesco Mendieta, acompañado de una extraordinaria actuación de Carboni… y dos goles más de Cláudio López.

«Cuando yo llegué, en teoría, Mendieta era mi suplente. Pero creció tanto, física como técnicamente, que se convirtió en el mejor jugador español del momento», apunta Angloma.

Y más allá de eso, también fue todo un icono de los primeros años 2000, el latigazo que hizo despegar al murciélago, y que junto al Piojo se encargó de fustigar al Real Madrid en semifinales y al Atlético en la final, hasta levantar el trofeo el 26 de junio de 1999 en Sevilla. «El recibimiento fue espectacular», recuerda el lateral francés, «el autobús no podía avanzar de la gente que había, se echó toda la ciudad a la calle». Había nacido un nuevo Valencia.

4 comments on “Una plaga de piojos

  1. Llorenç

    Mítica esta portada de El Mundo Deportivo, “La plaga”. Estava buscant-ho fa temps i no ho trobava. Recorde que el meu pare va comprar quatre o cinc diaris eixe dia i el millor de tots va ser esta portada maravellosa.

  2. Llorenç

    També, també.

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