Història VCF

Míster KO, el primer mánager del VCF

La figura del mánager no es ajena al Valencia, tiene sus raíces en los años 30, pero no fue hasta 1969 con Salvador Artigas, Míster KO, cuando un técnico ostentó tal cargo con tales letras. Fue el hombre que puso los cimientos del título de liga de 1971.

«Cogí un Valencia derrotado y aquí estamos, en plena forma y candidatos al título de Copa», al final, el comedido Salvador Artigas no pudo más y decidió deslenguarse, reivindicar su figura. «Conmigo, a estas alturas, el Barcelona sería campeón de liga», añadió. Un Barcelona que había igualado a puntos con los suyos en la cuarta posición; un Barcelona del que estaba tan poco dispuesto a hablar hasta ese instante que pasó toda su estancia en Valencia despejando con tirantez y sequedad las preguntas sobre su ex equipo.

Tal vez sus palabras se puedan entender desde el maltrato padecido durante aquel año, un curso que esperaba en sus inicios catapultarle hacia las más altas cotas, y que sobre la marcha, fue llenándose de minas hasta acabar mutilando su trayectoria.

Confiesa la verdad no publicada que pesó tanto su pasado, sus años de guerra como piloto de la República, su exilio en Francia, como la derrota en Basilea ante el Slovan Bratislava. Porque Artigas volvió a Barcelona, tierra natal, siendo un desconocido. Le precedía un aura mística asociada a las heroicidades bélicas que cautivó a una directiva culé cuya mitad cultivaba nostalgias de aquellos años 30 y al que quisieron más por su recuperada biografía, aireada nada más aterrizar en la Real Sociedad, que por sus excelsos resultados en Atocha.

Míster KO alargó sus años como jugador huyendo al hexágono, reverdeciendo en media docena de clubes galos aquellos tiempos de República vestido de blaugrana. Ocupó el banquillo del Girondins de Burdeos durante siete temporadas de forma exitosa y llegó a Donosti a finales de unos 60 que ya dejaban ver cierta fatiga en el régimen franquista, filtrándose por sus fronteras reconocidos exiliados llegados de más allá de los Pirineos y el Atlántico.

Gentil, de método, de alta exigencia, fue un entrenador que aportó cierta modernidad a un fútbol anclado en la patada y la agresividad, cuyos delanteros acababan la carrera sin apenas perforar la meta contraria. Por ello, Artigas se alzaba en algo más que en un míster que agotaba a sus muchachos hasta dejarlos sin aliento, era un buen hombre, un educador excelente. No es de extrañar pues que un grupo repleto de poetas del balón como Rifé, Rexach o Marcial se despidieran de él como si estuvieran perdiendo a un padre.

«Soy el hombre de las paradojas»

En aquellas horas le recetaron alambre de espinas. La decepción en la final de la Recopa alumbró un maremoto interno; dos subcampeonatos de liga consecutivos, un triunfo en la Copa y aquella afrenta internacional le otorgaron cierto margen a un Artigas que sufrió en los calores de 1969 un cambio de directiva que le puso en la picota.

Artigas y Carreras tras ganar la Copa
Artigas y Carreras tras ganar la Copa

Narcís de Carreras, hombre de ideales liberales y pasado republicano, autor de la frase «El Barcelona es más que un club», sucumbió a las tensiones de una junta dividida en dos bloques y delegó el mando en Pere Baret, conservador y afín al régimen, que emprendió un desvergonzado episodio en el que se radiaban viajes a Roma de emisarios para intentar contratar a Helenio Herrera estando firmada para un año más la renovación de Artigas.

La prensa de la época se presenta plagada de declaraciones de unos mandamases que actuaban como si el Barcelona no tuviera entrenador.

Fue un club más retrogrado, con un Balmanya en la dirección técnica que no escondía su repulsión por los jugadores sudamericanos ni sus simpatías por «la raza». Fue la crónica de un divorcio cantado; sobre todo, al acabar en fracaso la operación H.H. y no tener más remedio que darle continuidad a aquel piloto de guerra en el que ni Baret ni Balmanya creían y al que habían humillado públicamente.

Fue tras caer en Atocha por 1-0, encadenando dos malos resultados, cuando encontraron la excusa necesaria para poner fin a dos años y medio de Míster KO en el Camp Nou. «Soy el hombre de las paradojas», confesó con cierta sorna.

Cenizas en las Bodas de Oro

Llovían cenizas sobre Mestalla. La inversión millonaria realizada para celebrar las Bodas de Oro del club y copar vitrinas de títulos acabó, como es habitual cada vez que por estos lares se hace uso de la chequera, en un sonado fracaso. Era la década más prolífica en títulos desde los 40. De epopeyas europeas en la Copa de Ferias, de finales perdidas, de la Copa del 67 con Mundo de entrenador y de aquel gol de Gerd Müller que arrancó de las manos una Recopa que se creía segura.

Pero aquel camino quedó sin destino. El equipo era incapaz de encadenar dos resultados buenos, el grupo ya no creía en un entrenador dominado por un temperamento explosivo, que le llevó a invadir por la fuerza la redacción de Las Provincias, nido de críticas contra su labor, y amedrentar a golpes a Sincerator tras una sonada y tempranera eliminación europea ante el Sporting lisboeta.

No pudo acabar de otra forma, acabó con éste por dimitir, sabedor de que ya no era capaz de sacar más partido a aquellos muchachos a los que había llevado al éxito con disciplina y férreo mando, y a cuyos referentes, empezaban a pesarles tanto los años como las lesiones olvidadas.

El intento a la desesperada para evitar la nada se llamó Joseíto; sustituto en el cargo del máximo goleador en la historia del club. Pero ni así. Hasta el Elche se interpuso en el camino a la final de Copa apeando a los mestalleros de la última opción que les quedaba de tocar metal.

El zamorano, de carácter amable, opuesto a Mundo en un postrero intento de ganarse a una plantilla quemada, empezó la 69/70 porque no había nadie determinado a tomar decisiones. El Valencia se sumió en una de sus recurrentes zozobras. Las sillas, eléctricas. Las catapultas, dispuestas. Era un institución que todavía se resistía a la modernización tras la marcha, diez años atrás, de Luis Casanova, Colina y Cubells; los hombres que dieron forma, costumbres y rumbo a la entidad desde los años 40 y cuya sombra pesaba un quintal.

Pero no había otra, tras un inicio de temporada tan nefasto como esperado, Joseíto fue destituido por sumar dos puntos en seis jornadas y quedar apeado de Europa en la primera ronda ante el modesto Slavia de Sofía. Al poco tiempo, en Barcelona, Artigas bajaba las maletas del altillo y unía su destino a un Valencia que clamaba revolución.

El modelo inglés regresa a Mestalla

«Los ingleses son unos ases en la organización y gestión del fútbol, si lo hace allí éste es un modelo que bien puede triunfar en cualquier lugar», intentaba justificarse Julio de Miguel en una sorpresiva, y poco habitual, rueda de prensa en la que expuso el nuevo modelo de club. Fueron días de rumores y cábalas, en los que incluso se especuló con la marcha al Atlético de Madrid de un poco valorado Vicente Peris, que en aquella misma sala de prensa ascendería a un cargo con más poder, a uno en el que ya no tuviera que pedir permiso antes de ejecutar una idea.

El heredero y discípulo de Colina podría, al fin, ejercer a gusto, y la primera decisión fue seguir exportando de Inglaterra costumbres de las que estaba enamorado.

Porque fue Peris el que incorporó de forma inmediata el programa de partido al ritual de Mestalla tras descubrirlo en reiteradas visitas a las islas, donde captó algunos matices más que siempre quisto implantar, sin demasiado éxito, hasta aquel entonces. Era el encargado de actualizar un club que en la moqueta reverenciaba en exceso las formas del ayer.

Tres semanas atrás, Enrique Buqué había abandonado el filial para hacerse cargo del primer equipo, con resultados positivos y un juego arrollador. Lo que hacía todavía más difícil de entender para la concurrencia aquello del ‘mánager’. ¿Tendría el Valencia dos entrenadores al mismo tiempo?

«Las funciones están claras y delimitadas. El señor Artigas será el responsable del primer equipo, del Mestalla y del juvenil, supervisando sus tácticas, gestión y las incorporaciones o bajas que haya que acometer. El señor Buqué será el encargado de entrenar al equipo y ponerlo en forma, consensuará con el mánager las decisiones de calado que tenga que tomar respecto a éste», insistía un De Miguel que entendió pronto que debería gastar muchas más horas de su tiempo en explicar algo que no acababan de asimilar aquellos que recibían el mensaje.

Novedosa era, puede, por caer en desuso a mediados de los años 50; pero no era una organización ajena al Valencia. En tiempos de Colina, la llamada ‘comisión técnica’, era en la práctica una estructura de mánager que tenía al entrenador como un mero asistente. Era el propio Colina, y después Cubells, en los 40, quienes bajaban al vestuario en los descansos de los partidos a ordenar sustituciones o cambios de dibujo. Los que se reunían junto a Rino en una particular the boot room a la valenciana para conformar alineaciones, estilos de juego, convocatorias, destinos o medidas disciplinares con el coach.

Con aquello, además, el Valencia conseguía un viejo anhelo, contratar a Salvador Artigas; un hombre al que siempre quiso, y que siempre se le resistió. También, la medida, respondía a un arreglo para evitar problemas. Artigas acababa de abandonar el Barcelona de malas maneras, y la burocracia, junto a pactos de caballeros, impedían un fugaz regreso a los banquillos. Ingeniería y picardía al servicio de una necesidad.

El tándem Artigas-Buqué

DibujosInicia así la entrevista que el 26 de diciembre del 69 realizó Antonio Calvo al exjugador y entrenador del club: «Los destinos del Valencia están en manos del tándem Artigas-Buqué y los resultados no pueden ser mejores para los mestallistas». Momentos confusos, en los que ni prensa ni afición sabían muy bien delimitar las funciones de cada uno, donde las malas interpretaciones eran plato diario en la mesa de la actualidad.

—¿Qué tal se lleva con Artigas? – pregunta Calvo.
— Lo que al público le interesa saber, ¿verdad?, es quién hace las alineaciones. Como no es un secreto se lo voy a decir muy claro: el equipo lo decidimos entre los dos.

— ¿Y trabajar? – insiste el periodista.
— Eso lo hago yo por obligación. Y eso porque Salvador no puede hacerlo, porque en ese caso probablemente lo compartiríamos también.

— ¿Usted lo acepta?
— Sí. Siempre me ha gustado ser cabeza de ratón. Y si he aceptado ha sido por tratarse de Artigas. Con otra persona, probablemente, las cosas hubieran sido distintas.

«Pregúntele a Buqué, es competencia suya anunciar el equipo», Artigas creó una respuesta automática para dar cabida en los papeles a su entrenador. En cada aeropuerto u hotel, cuando le cuestionaban por el once que alinearía el Valencia, remitía al cronista interesado en tales menesteres a visitar al coach. «Yo aconsejo y ordeno tácticas siempre dentro de los conocimientos que pudiera tener, tanto de nuestros equipos como de los adversarios», Míster KO al aparato.

Y funcionaba. El equipo, con problemas significativos, sobre todo en la parcela ofensiva, lastrado por un Waldo que perdió toda su aura anotadora y gran parte de su portentoso físico, escaló desde las últimas posiciones hasta aspirar al subcampeonato de liga, un propósito plausible en aquel enero de 1970 debido a un Madrid arrollador, sin rival capaz de restarle un sólo punto. «Mis jugadores no tienen ese afán de victoria del Real Madrid. No están convencidos de que los encuentros duran noventa minutos y que hasta el pitido final se puede alcanzar la victoria», argumentaba el mánager para eliminar la candidatura al título de liga de la ecuación de la temporada.

La tarea modernizadora, el gran reto, iba viento en popa. La mayor batalla de Artigas para con el club fue exigir la construcción de una oficina técnica. Un espacio de trabajo físico, donde poder estudiar jugadores y analizar equipos; insistía el piloto de guerra en la necesidad de contar con ficheros repletos de información exhaustiva de todos los equipos, propios y rivales, como de jugadores que pudieran incorporarse en un futuro. Fue el precursor de la dirección deportiva moderna, incorporando a su vera a un hombre de la casa, Sánchez Lage, ayudante de Joseíto hasta su salida, que haría funciones de secretario técnico en un mundo donde esa figura era más bien una rareza.

Artigas todavía no lo sabía, pero con tal nombramiento, acababa de meter al enemigo en casa.

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Nueva traición a pesar del éxito

Se podría afirmar que el Valencia era un destino natural para Salvador Artigas. El club en el que aterrizó realizó una gira veraniega por México tres años atrás, reuniendo y homenajeando a los exiliados políticos residentes en un país que jamás reconoció al régimen franquista. Tal vez, estemos ante el Valencia más izquierdoso que se recuerde, con gentes como Paquito en el césped y Vicente Peris o Manuel Belloch en la tribuna, junto a algunos libertarios e inquietos más que integraban la institución.

Los métodos de Artigas, vayamos a la miga, se mostraron certeros. Su disciplina obligaba a los jugadores que no participaban los domingos a jugar partidos amistosos entre semana para que se mantuvieran activos, que junto a su habitual y exigente preparación física  – de ahí que le conocieran como Míster KO – revitalizó a un grupo desecho. Es el hombre que trazó el destino de Claramunt, convertido aquella temporada en hombre clave, y con todo ello, clasificó al equipo para jugar otra final de Copa, ante el Real Madrid. La primera de las tres que se perderían de forma consecutiva.

Porque a Salvador Artigas hay que considerarle el autor intelectual del título de liga de 1971. Renovó una plantilla agotada, dejó cerradas incorporaciones y bajas que resultaron capitales en el futuro, y puso las bases físicas, tácticas, y estructurales para el Valencia de los setenta. Fue un Ranieri’98 en versión vintage.

Pero a Julio de Miguel, quien en las Bodas de Oro ya evidenció sus primeros síntomas de querer alcanzar cotas mayores y romper con la austeridad espartana que había llegado a convertirse en identidad del Valencia, le sabía a poco. ¿Quién alimentó las mariposas del estómago de un presidente de origen madrileño y criado bajo las glorias de la Saeta? Sánchez Lage, secretario técnico de Artigas e íntimo de un Di Stéfano que a sus 40 años se había iniciado en los banquillos ganando en Boca Juniors el título argentino.

La bomba Di Stéfano

«Di Stéfano cobrará dos millones de pesetas por temporada, cincuenta mil al mes, primas dobles… y piso gratis», los titulares de prensa arremetían contra tal despropósito. Para el fútbol de la época aquello era una fortuna; para el trabajo realizado por Artigas, aquello era una falta de respeto. «Como una bomba cayó en Valencia el fichaje de Di Stéfano», tituló Josimbar su crónica sobre un anuncio que pilló a todos con el pie cambiado. «Buqué y Artigas todavía no se han repuesto de la sorpresa», apuntaba en el texto. El tándem conoció por los periódicos que ya no tenían futuro en el club.

La contratación, en un ritual novelesco, se fraguó en Madrid. En un restaurante con nombre gallego, O Pazo, y con una botella de caro y sabroso champán, que es lo que recibió un Di Stéfano interrumpido por el metre mientras comía tranquilamente con su esposa . El gentil hombre que desde la otra mesa había realizado tal regalo era Julio de Miguel, acompañado por Vicente Peris. Lage perpetró la emboscada.

Aquel movimiento no supuso un cambio de modelo, la Saeta recalaría en el club siendo también mánager, con su amigo Lage de mano derecha. Hiddink, ya en los 90, sería el último – hasta Ranieri en 2005 y Nuno en 2015 – en ostentar tal cargo con tales letras.

Por eso, Artigas, a horas de jugar la final se reivindicó. «Cogí un Valencia derrotado y aquí estamos, en plena forma y candidatos al título de Copa».

— ¿No suena ilógico que consiga llevar al Valencia a la final de Copa y a estas horas sea Di Stéfano el entrenador del Valencia?
— Suena ilógico, pero conmigo siempre es así. ¿Recuerda lo que ocurrió en Barcelona?

— Perfectamente…
— Mire, conmigo el Barcelona, a estas alturas, ya sería campeón de liga.

La entrevista que López Valls le realizó a Artigas para el Mundo Deportivo antes de medirse al Real Madrid, partido a disputarse en el Camp Nou (o el Campo Nuevo, como aparece escrito), es una recopilación de puyas y reivindicaciones de Míster KO. «Artigas, polémico y con la verdad por delante», reza el titular.

«La directiva tendrá sus razones, y la opinión ajena hay que respetarla. Mi temporada en el Valencia no ha sido ni buena ni mala, ha sido excelente. Cogí un Valencia derrotado y desmoralizado y aquí estamos […], hemos terminado la liga en tercer lugar, en la misma posición que el Barcelona, y ahora llegamos a la final de Copa. Por lo tanto mi trayectoria ha sido francamente buena».

El anuncio de Di Stéfano llegó un 2 de abril, con una final por disputarse y un mes de liga por delante. Tanta distorsión puede que fuera causante de la derrota, a falta de dos jornadas para el final, por 0-1 ante el Deportivo. Dos puntos que privaron al equipo de Artigas de superar a un Barcelona empatado con el cuadro mestallero, junto al Real Madrid, que se desfondó de una manera sobrenatural para quedar por detrás, dejando a los tres grandes igualados en una clasificación que lideraría el Atlético de Madrid en su última jornada merced de una victoria valenciana ante el Athletic. Lo bueno, para el Valencia, estaba por llegar con Alfredo.

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