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David ya no es un guaje

Karl Taro pasa un día con Davil Villa en Los Ángeles, aprovechando el partido que su equipo, el NY City, disputa en la ciudad. Entre entrevistas para la ESPN y fiestas para captar inversores, el Guaje habla sobre asentar su vida en Estados Unidos y su futuro una vez finalice su carrera. Una historia para Howler con ilustraciones de Miguel Valenzuela.

David Villa se encoge de hombros mientras se acomoda en el set de Nación ESPN, el Magazine latino de la mayor cadena deportiva del planeta. En persona, se presenta como un tipo ligero, fino, con la pose afeminada de un jinete, de pantorrillas estrechas y piernas delicadas; una tupida barba y cabello engominado se encargan de desmentir a su físico juvenil.

Llega al plató con una camiseta de Bansky, vaqueros, zapatillas con una textura de tablero de ajedrez y un Rolex con cinta de cuero ceñido a la muñeca.

Sentado en una silla de color naranja chillón, de gran tamaño, empieza la entrevista junto a los presentadores; en pantalla queda como un alumno que ha ido a la sala de profesores a responder debidamente preguntas que le inquieren sobre los porqués de su estancia en América, su vida en Nueva York, y su relación en el terreno de juego con Andrea Pirlo. Marca goles para contribuir a la expansión del NY City en la MLS.

Su impacto, de momento, parece no ser relevante. El equipo de audio e iluminación muestra indiferencia cuando se anuncia la llegada de Villa; un frío aplauso del público da la bienvenida a un extraño y la conversación pronto cae en banalidades tales como el estilo de vida en Estados Unidos o sus paseos por Manhattan con su esposa e hijos. Confiesa que no le gusta ir de compras. Y que prefiere la comida japonesa.

Su agente, Víctor Oñate, esta sentado en una silla plegable junto a la cámara, le acompaña su jefa de publicidad, Teresa Tran. Villa lleva varios días de gira por los medios desde que anotara el único gol que su equipo consiguió en una decepcionante y decisiva derrota por 5-1 ante los Galaxy en recinto copado por 27 mil espectadores.

El partido convenció a los agentes de Villa de que su club puede que no esté listo para construirse un futuro dorado en el soccer americano. En el terreno de juego Villa pasa gran parte del partido solo, como único hombre de referencia del ataque neoyorquino. Cuando mira a su derecha ya no encuentra a Lionel Messi, ni siquiera a Andrés Iniesta. Sólo se ve acompañado por metros de terreno de juego y defensores dispuestos a tirarle al suelo de una trascada.

Aun así, durante el encuentro que disputó en el seco y cálido clima del sur de California, fue el único jugador del NY City capaz de generar ocasiones de gol, todo a pesar de permanecer marcado entre corpulentos rivales de los Galaxy.

Villa, en su escala mediática en Los Ángeles, insiste en que no tiene la necesidad de mirar hacia atrás; hoy no le vale de nada tener un par de Copas de Europa; una Copa del Mundo o tres títulos de liga o de Copa; ni dos Supercopas de Europa. Tampoco, enfatiza, vale de nada ser el mayor anotador de la selección española en competiciones internacionales.

Nada de eso le ayudará a convertir al NY City en un equipo decente. Las deficiencias de la franquicia mancuniana no son responsabilidad suya. De hecho, nadie le culpa de ello. Sus compañeros y entrenadores no hacen más que alabar su ética de trabajo y disciplina como factores positivos en el intento de crear una identidad para un equipo en expansión. La pasada campaña acabó anotando 18 goles y dando 8 asistencias, liderando ambas facetas dentro del grupo. «No soy ningún líder», dice, «no le digo a la gente qué tiene que hacer, no voy a ponerme a hablar con un jugador para decirle ‘haz esto o aquello’. Pueden ver lo que yo hago, cómo me preparo. Puedo ser un ejemplo».

Durante su carrera jugó en el Sporting de Gijón, Zaragoza, Valencia, Barcelona o Atlético de Madrid, pero nunca – gracias Dios – se puso la camiseta del Real Madrid. Para él, primero está el fútbol, y luego, los negocios.

Asturias, su provincia natal, fue, un semillero de la causa republicana antes y durante la Guerra Civil. Está entre las últimas provincias en ser sometidas por los golpistas comandados por Franco. El apodo del abuelo materno de Villa era Trotsky. De niño creció amando al Barcelona y, según él, no le hacía mucha gracia el Real Madrid. «Digamos que estoy muy contento de haber jugado en el Barça».

Habla muy cómodo sobre sus oportunidades comerciales fuera de los terrenos de juego gracias a su traslado a Estados Unidos. «Para ello es importante jugar bien, si no, no importará nada, ni nada será posible».

«Estamos pensando en el futuro. Y queremos que ese futuro sea aquí, en Estados Unidos»

Sin embargo, en América, un mercado decididamente anti-troskista, la cultura del fútbol es relativamente incipiente. La gran bolsa de hispanohablantes promete una más que interesante y lucrativa carrera post-futbolística para Villa. No quiere terminar detrás de una mesa analizando los partidos de La Liga para Canal+, o Vodafone. Ni ser entrenador del equipo sub-17 del Barcelona o el Valencia.

Su visión, como la de su agente, le aleja de esos terrenos. Su mañana va encaminado a levantar un imperio deportivo y mediático en Estados Unidos.

Y eso incluye un canal de televisión y una aplicación inteligente para la formación de jugadores. Villa establecerá en su academia programas de educación física, dará a conocer consejos nutricionales, instalará en el mercado bebidas energéticas, y como pieza central de su proyecto, levantará una franquicia de academias de fútbol con su propia marca para impartir a los estadounidenses sus enseñanzas y reproducir el estilo de posesión que hizo grande al Barcelona.

«Es el sistema más copiado y extendido en estos momentos», dice David Vaudreuil, exjugador y entrenador de la MLS y asesor de Villa en asuntos de negocios.

«Los jugadores alemanes u holandeses son más altos y pueden jugar mejor a explotar los espacios libres con un juego rápido y veloz. El jugador latino, por su tamaño, prefiere mantener el balón, crear desequilibrios».

Suena a consolidar un estilo de fútbol basándose en una marca; y lo es. Gran parte del plan de Villa residía en utilizar su pedigrí como jugador español y del Barcelona, así como su idioma materno, para atraer a los aficionados latinos del país. Era un plan que parecía funcionar hasta que los Los Ángeles Galaxy firmaron a Giovani Dos Santos, un jugador mexicano que está mostrándose como el mejor del campeonato en la capital de la cultura latina en Estados Unidos. «Nos ha supuesto un pequeño cambio de planes», dice Vaudreuil.

Villa resta importancia a este último escollo. Él es menos optimista ante sus propias posibilidades como profesor de una red de academias de fútbol, sobre todo, porque, como él mismo admite, «yo no soy un maestro».

Su apuesta se basa en contratar a los mejores entrenadores de España, explotar el pedigrí que ahora mismo tiene el fútbol de aquel país, y financiarse mediante el poder de atracción.

Empezará el proyecto con su propio dinero, de hecho, ya está mirando lugares en Nueva York para construir un campo de fútbol.

Víctor Oñate afirma que una de las razones por las que Villa pasa gran parte del día atendiendo cualquier petición de micrófono es porque está empezando el proceso de atraer hombres de negocios para el futuro. «Todavía está en su mejor momento como jugador; tal vez le queden tres años más», confiesa Oñate, «pero también estamos pensando en el futuro. Y queremos que ese futuro sea aquí, en Estados Unidos».

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Su padre, minero durante 45 años, lloró la primera vez que vio a su hijo, con 17 años, saltar al terreo de juego portando la camisola del Sporting B. Era la confirmación de que su delgado y bajito hijo, de extremidades cortas y cintura de avispa, nunca tendría que bajar a las minas, ni adentrarse por los peligrosos túneles que conforman ese archipiélago subterráneo que cruza Tuilla.

José Manuel Villa —más conocido como Mel— ha pasado toda su vida dedicándose a la minería de carbón en la región de Langreo, donde las duras e implacables montañas son el único sustento de la zona. El mismo David, el mediano entre dos hermanas, se despertó una vez sobresaltado por el ruido de una fuerte explosión. La cercana mina de Mosquitera se había venido abajo y con ella se llevó la vida de seis personas. Tenía 10 años. Cuando conocieron que Mel había logrado salir con vida, David fue consciente de dos cosas: del valor de su padre, y que él mismo no era lo suficientemente valiente para ser minero.

Lo que nunca soñó, sin embargo, era que podría ganarse la vida en un campo de fútbol, como los héroes que colgaban de las paredes de su dormitorio: Luis Enrique, Romario, Ronaldo… siempre jugadores del Barcelona.

«Tuve la suerte de ser un jugador pequeño, todavía lo soy. Mi estilo de juego se adapta a mi cuerpo. Así es el fútbol, encuentras tu estilo dependiendo de tus circunstancias»

Fue un niño físicamente precoz, empezó pronto a caminar, a correr, a patear una pelota. Era el más rápido de Tuilla en recorrer la distancia que separaba la estación de tren de la iglesia. Era, también, el más joven de su clase, y a pesar de su pequeño tamaño, no sólo destacaba en los partidos entre la gente de su edad, sino que era capaz de brillar incluso enrolándose en la cancha con los mayores.

Para que pudiera desarrollarse en en entorno competitivo, su padre tuvo que llevarlo a La Felguera, a 10 kilómetros de casa, donde podría disfrutar de partidos en un campo acondicionado para ello en una liga juvenil asturiana que David empezó a dominar sin problemas.

Sus limitaciones físicas fueron una característica definitoria de su juego, convirtiéndose pronto en una virtud. La capacidad de utilizar su pequeño cuerpo para encontrar el espacio y colarse entre los defensores le ayudaba a exprimir las lagunas que encontraba en el terreno de juego puesto que sólo él las podía ver, porque sólo él era capaz de meterse entre ellas. Con un giro repentino y una carrera el defensor alcanzaba la consciencia de que David se había llevado la pelota cuando ésta ya estaba en el fondo de la red.

«Tuve la suerte de ser un jugador pequeño, todavía lo soy», dice. «Mi estilo de juego se adapta a mi cuerpo. Así es el fútbol, encuentras tu estilo dependiendo de tus circunstancias». Villa empezó a jugar con gente cinco años mayor que él, a veces incluso contra hombres cultivados; ahí es donde empezaron a conocerle por un nombre que le acompañó siempre, incluso ahora, con 34 años y tupida barba: El Guaje. El niño.

Su padre sigue viviendo en Tuilla, en el mismo piso de tres habitaciones que ocupaba la familia cuando David era un niño. «Somos felices aquí», respondió siempre Mel a la docena de veces que David se ofreció a comprarles una casa. «No necesitamos más de lo que tenemos».

Hoy, cuando se le pregunta acerca de su carácter, sobre su educación, su habilidad para el toque y para ser ambidiestro, o incluso por su religión, Villa siempre referencia a su padre. «Nunca he estado sólo, ni en el campo, ni en mi vida». Fue él, Mel, quien le animó a trabajar su pierna izquierda después de una lesión a los cuatro años que le había debilitado la derecha.

También fue su padre el encargado de llevarlo a los partidos, a los entrenamientos, quien vio antes que nadie la facilidad de su hijo para combinar, su velocidad en el regate y la coordinación; tenía todo lo necesario para ganarse la vida en la superficie de la tierra.

La única decepción de Mel llegó cuando Davil Villa contaba con 14 años de edad y la desilusión de no verse capaz de ganarse un puesto cuando le subieron de equipo, arrinconado en el banquillo por ser demasiado bajito en opinión de su entrenador, le llevó a plantearse volver al pueblo. Su padre le dijo que era demasiado bueno para volver a jugar con sus amigos. Que tenía un don que le había dado Dios, aunque el propio Mel nunca fue un hombre religioso. Su determinación le devolvió al Sporting de Gijón tras convencerlo. «Todo lo que soy es gracias a él».

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Una docena de mujeres con falda corta se agrupan alrededor de altas y circulares mesas. Camareros con camiseta blanca llevan bandejas repletas de cócteles. En la azotea hay una piscina poco profunda y la iluminación, en una noche oscura, es tenue. La recepción es en honor a Davil Villa. Arrastrado por sus propios representantes, llega con una hora de retraso y la mitad de los asistentes no tienen ni idea de quién es. Algunas de las jóvenes muchachas piensan que están en una fiesta de los Galaxy.

La concurrencia bebe y se pasa el rato mirando la pantalla de sus teléfonos. Hay un magnate de la costa este, que ha hecho negocio con la industria del reciclaje, vestido con chanclas y pantalones cortos que asegura que no está en el negocio porque sea ecologista, ni tenga una conciencia medioambiental, sino porque puede hacer con él un montón de dinero. Esta esperando a Villa para cumplir con el compromiso, tras una hora esperándole, abandona la conversación en cuanto el jugador hace acto de presencia.

Junto a Villa llega su compañero de equipo, Andea Pirlo, que pronto es rodeado por algunos fanboys que sí le reconocen. Con unos vaqueros y unos mocasines a juego, el asturiano sonríe y mientras se bebe una Heineken responde en castellano a las preguntas y saluda al magnate del reciclaje en un precario inglés. «No he venido a perder partidos», se le escucha; se aleja y continúa hablando en español con algunos compañeros más de equipo. Pirlo se pasea por el bar, pide una birra en un enorme vaso de plástico y se encoje de hombros. «David es un gran compañero», dice. «Pero desconozco por qué esta aquí. Ni siquiera entiendo qué hago yo aquí».

«Creo en esto», dice Villa. «Puedo enseñarle a América el amor por el fútbol, la pasión, puedo enseñarles cómo se juega correctamente. No puedo enseñarles a ser David Villa, pero, ¿sabes qué?, un equipo con 11 Villas no puede ganar nada».

Al igual que su padre, confiesa no ser un hombre religioso. No sabe si hay un Dios, afirma. «Pero creo en mi vida. Al morir espero que haya algo». Lo que habrá cuando termine su carrera es una vida más allá del fútbol, aquí, en Estados Unidos.

Tras abandonar el plató de Nación ESPN, hay una breve espera hasta conectar con ESPN Argentina para poner fin al día de entrevistas. Espero en la sala verde de la cadena junto a él y su agente, sentados frente a un mural gigantesco con varios jugadores históricos de la NBA. Le señalo uno.

—¿Sabes quién es?

David Villa se queda mirándolo, sacude la cabeza y se encoge de hombros.

—Kareem Abdul-Jabbar.

— ¿Y ése? — Le señaló John Wooden, de pie junto a Kareem.

Sacude la cabeza en un gesto de negación.

Le contesto que Wooden es el entrenador de baloncesto más famoso en la historia; tal vez el entrenador más famoso en la historia del deporte norteamericano.

—Como Guardiola en España. — Irrumpe Oñate.

Villa asiente y responde contundente, «todavía estoy aprendiendo».

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