Història VCF

Muchas gracias, Patxi

Con la muerte de Quique, portero de aquel equipo de canteranos que consiguió la Copa de 1954, apenas quedan dos representantes vivos de tal gesta. Aquí una pincelada sobre aquellos hechos.

Con horas de antelación pidió permiso a Quincoces, quien se lo otorgó incluso para ascender al cielo si le traía el trofeo. Quique, Quique Martín, tuvo una ocurrencia con la que se ganaría el adjetivo de «majareta» en la prensa enemiga, pero que le ayudó a elevarse en la historia.

Es la imagen de un Valencia en blanco y negro, la de su portero encima del travesaño contemplando a lo lejos cómo un grupo de amigos venidos de las comarcas colindantes al Cap i Casal levantaban la Copa. Es el día que mejor representa al club del murciélago y ese afán de superación de un equipo, que en aquel instante, tenía muy clara su procedencia.

Y procedía del rebuig. El mismo Quique fue un descarte del Barcelona que encontró en Mestalla acomodo a pesar de una rodilla truncada que nunca recuperaría. Puchades, el mejor relator de historias, historias que nadie se atrevió a recopilar permitiendo que se perdieran entre las paredes del casino de Sueca, siempre le definió señalándole en la foto  al grito de «eixe estava coixo».

Coixo como Asensi, que continuaba por allí rumiando la gloria de la eléctrica a pesar que Quincoces jamás le utilizó para amargura de un jugador que generó más de un problema debido a su suplencia.

Monzó, el capitán, era el único supervivente en activo de los años 40, el nexo que representaba la transición entre dos épocas y que en la 52/53 llegó a jugar media temporada lesionado por necesidades del guión; cambió la pierna derecha por la izquierda sin que nadie se diera cuenta.

 «A mí, ya lo ve, ha de marcarme un filósofo; Sócrates», relataba Basora en la previa de la final

Aquellas composiciones extrañas permitían asemejarlos a un grupo de forajidos sacados de una historieta de Corto Maltés más que a un equipo de fútbol. Eran las cosas que despertaban las mofas entre sus rivales. «A mí, ya lo ve, ha de marcarme un filósofo; Sócrates», relataba el barcelonista Basora en la previa de la final. Puchades era configurado a base de sorna al ritmo de los traqueteos que producían las máquinas de escribir; un labriego metido a futbolista era lo más simpático que se decía de él.

No eran momentos de consolidación, sino de fin de época. Una legión interminable de jugadores del Mestalla fueron apareciendo y desapareciendo del primer equipo hasta encontrar a los pocos que resultaron útiles. No había más.

Con la solemnidad del momento se anunció que el comité de sabios, el eufemismo utilizado en tiempos para determinar que Cubells hacía las alineaciones, estableció que la Copa la jugaría un equipo tipo, inamovible, para darle estabilidad a una realidad que no permitió repetir alineación en el campeonato de liga.

Era un Valencia franciscano. Un Luis Casanova quejoso de lo caro que se había puesto el fútbol cerraba el grifo ante la pérdida de Cifesa como referente cinematográfico en el fin de la autarquía. Era la hora de las producciones americanas. Las estructuras estaban viejas y renqueantes. Nada olía a nuevo.

Quique, el guardaredes, se retiraría pocos años después ante la imposibilidad de mantener a su familia; ganó más dinero de comercial en una empresa de muebles que jugando en Mestalla.

Quincoces abandonó el club harto de granjear triunfos a cambio de nada. «No comunique mi sueldo, porque no se lo van a creer, y además pensarán que soy idiota», le suplicó a Luis Colina cuando renovó. La contratación de Wilkes respondía a un capricho pagado con camiones de naranjas, y fue una ganga con truco, porque no llegó en plenas facultades y apenas rindió dos temporadas a buen nivel. Pero qué nivel.

Era un fútbol sin dominadores, de ristra de clubes que no destacaban el uno sobre el otro turnándose en los éxitos, permitiendo que tales malabares funcionaran en el césped. Cosas que llegaban a su final. Era un mundo cambiante al calor de una Copa de Europa que se engulliría al Valencia clásico. Un final dorado a la etapa más exitosa en la historia del club, aquella que se extiende desde 1941 hasta 1954.

Estamos ante una temporada en la que el Real Madrid ganaría la liga con aplastante autoridad poniendo fin a 20 años de sequía y deambular en la mediocridad. Acababan de fichar a Di Stéfano con la intermediación gubernamental. Eran los tiempos incipientes de Bernabéu; los del régimen dando carpetazo al gobierno militar abriéndole paso a los tecnócratas granjeándose con ello el reconocimiento de Estados Unidos y la comunidad internacional.

Fue el fin del Atlético Aviación como equipo de la dictadura; del mano a mano entre Athletic, Valencia y Barcelona —el cinturón rojo— por la hegemonía del fútbol. Fue el año del estallido de otra clase de dominio en los estadios; el del Real Madrid.

Di Stéfano, 24 goles. El Real Madrid campeón. Kubala, 23 goles. El Barcelona subcampeón. Wilkes, 17 goles. El Valencia tercero. Y ocurrió que el Valencia se bebió la última copa de un mundo agonizante.

Con Mobylette a Chamartín

Las ganas de reivindicarse empujaron a Valencia entera a tomar las comunicaciones. Salieron más de 300 autobuses a recorrer carreteras de piedra y polvo. 100 coches particulares, y tres trenes completos. Camiones en comboi repletos de entusiastas y algunos más, en manada, tuvieron la osadía de arrancar sus Mobylettes partiendo a la aventura.

Les esperaba un Chamartín que había abandonado la estética de recinto menudo, de barrio, alzándose ahora en una mole de cemento que daría cabida a 100 mil personas y cobijo a las élites del gobierno. Cuestión que convirtió a ésta final de Copa en la más vista de la historia. De aquella historia.

Era la obra con la que el Real Madrid consagraría su ascensión a las faldas de la dictadura, con la que hacer la transición de irrelevante en el fútbol nacional a dominador absoluto y ganador de toda clase de prebendas.

Pero en aquellos calores, el eje, permanecía en otros lares. Barcelona y Valencia protagonizaron en la primera mitad de los años 50 un mano a mano continuado, una batalla encarnizada por los títulos que sólo la desgracia privaría a los mestalleros de emborracharse en metal. «El Valencia fue siempre el gran rival del Barcelona en el terreno deportivo», se leía en la prensa catalana de la época.

Cuando no era un gol en el descuento que le dejaba sin una liga, era un empate inesperado. Y si ninguna se daba, aparecía el miedo para perder el partido el día que necesitaba un mísero punto para llevarse el campeonato. En aquella lucha, el Valencia careció de suerte.

No hay mejor ejemplo de lo dicho que lo ocurrido en 1952. El duelo protagonizado en la liga se repitió en la final copera. Los valencianos, con un contundente 2-0 a favor, perderían por lesión a su mejor hombre en un fútbol sin sustituciones; alargando su resistencia hasta la prórroga y sucumbiendo finalmente en ella por 4-2. Era la afrenta que todavía amargaba. De poder ganar un doblete a quedarse sin nada ante el Barça.

Dos años después media ciudad se plantaría en Madrid a resarcirse de tantas afrentas ante aquel equipo de Kubala.

«Teníamos ganas de ganarles por lo de 1952. Pero es que había más, porque el Barcelona nos lo había ganado todo en los últimos años. Y eso pesaba muchísimo. Con la elevada moral que teníamos, porque en todos los partidos de Copa habíamos arrasado, nos propusimos también arrasar al Barça y ¡¡nos salió un partido!!» Relataba Monzó hace treinta años, rememorando aquella gloria.

El Valencia ganaría la Copa de 1954 venciendo en todos los encuentros disputados.

Puchades se merendó a Luis Suárez

El dominio culé, campeón los tres años anteriores, sumado a que el Valencia nunca pudo ganarle un título al Barcelona, hicieron que los blancos fueran considerados atrezzo, meros convidados de piedra, en aquella final.

«Íbamos de víctima total. Nadie daba un duro por nosotros», recordaba Fuertes. Situación calcada a la del 49 ante un Athletic invicto.

Los pronósticos pudieron cumplirse. Pues en el primer cuarto de hora el Barcelona pasó por encima del Valencia. Sólo la actuación estelar de Quique — con la ayuda de Sócrates, quien sacó un par de balones de la línea de gol — evitó que se repitiera la historia.

El cambio llegaría a los veinte minutos. Una contra aislada, un balón preciso de Pasiego a Fuertes, sirvió para poner el 1-0; un balón desde fuera del área, cruzado, que se coló por la escuadra, despejando los miedos de unos y despertando los de otros.

«No me preguntes cómo lo hicimos, porque no lo sé. Lo que sé es que les corrimos a balonazos durante los 90 minutos. Metimos tres goles, pero pudieron ser seis», Monzó al aparato.

La prensa culé fue dura. «No se puede ganar una final jugando bien sólo quince minutos». Luis Suárez se llevó las peores críticas. «Dos tarantazos del centro Puchades y se acabó la joven promesa»; aquello respondía a una irreverencia del gallego, quién quiso humillar al suecano, y éste, tocado en su orgullo, secó sus pretensiones. Como explicó años después quien fuera capitán del Valencia durante aquella tarde: «Luisito Suárez quiso sobrepasarse con Puchades, éste se enfadó, y no le dejó tocar ni un sólo balón en todo el partido. Suárez iba como alma en pena por el campo».

No hay crónica que no referencie lo apoteósico que resultó el partido del Valencia desde aquel 1-0. Fuertes levantaba oleadas de entusiasmo cada vez que cogía la pelota. Quinconces II, sobrino del entrenador y uno de aquellos muchachos encontrados sobre la marcha para recomponer el once, parecía llevar veinte años jugando en primera en lugar de unos pocos meses. Pasieguito repartió cátedra. Puchades podía con todos. Seguí volvió loco a Seguer.

Monzó le relataría a Hernández Perpinyá, en la conmemoración del aniversario del título, cómo se acercó a un César, capitán barcelonés, y claramente desesperado por la afrenta, a dedicarle un rotundo «Pelat, no te pongas nervioso, que esta final es nuestra». Y lo fue.

50B
Valencia celebrando la Copa de 1954

Muchas gracias, Patxi

Los periódicos hablan de 100 mil personas en las calles de Valencia. De las paredes de la Basílica temblando por el griterío y las tracas. De la plaza del Ayuntamiento a rebosar. Era una ciudad volcada con su equipo, un Valencia con una masa social consolidada y apegada a la tierra. Cinco años de sequía, pero de derrotas, habían cultivado hambres nuevas.

El gesto de Quique, subido al larguero, sólo era una pincelada de la irreverencia innata de aquel grupo de xiquets del poble. Llegó allí ayudado por Juanito Perales, de Finezas, para observar a sus compañeros recoger el trofeo de manos de Franco. «Al bajar caí de cabeza y casi me mato», diría el portero, ya anciano, sentado en la comodidad de su hogar.

Fue un instante que ha pasado a la historia como icono. Es la imagen de una época y un momento. De un Valencia con 8 canteranos en liza con capacidad de ganar.

Quinconces, el mítico entrenador, olvidado por la historia y tal vez el mejor técnico que haya pasado por Mestalla, describió a aquel grupo de chavales de la siguiente manera:

«Puchades, el más crío de todos, el que peor entrenaba, a quien tenía que andar tras él arreándole con una vara. Fuertes, el más revoltoso del equipo. A Mañó no se le oía para nada, pero Quique era el más juguetón. Monzó, el más bromista, el que más ascendiente tenía sobre todos. Seguí, un bendito. ‘Míster — me decía —, ya me han traído otro extremo izquierda, pero a la larga a jugar yo’. Vicentico Asensi, cuando le llamabas te respondía: ‘¿ya me he equivocado otra vez?’».

Tonico contaba con gracia lo de Monzó a Franco al recoger el trofeo. «Este fenómeno —señalando la foto—, cuando fue a por la copa le dijo al Caudillo: ‘Muchas gracias, Patxi’. Ese día se lo toleró por el día que era. En otra ocasión el jefe le pega un tiro allí mismo».

«sí, es que la insignia – la que nos daban por ser campeones – vale 2500 pesetas». Nos la quisieron cobrar

Las masas que arrastraba Wilkes al estadio y la fuerte demanda de entradas presentaba la oportunidad que buscaba el Valencia de aumentar ingresos. El Gran Mestalla pronto vio la luz. Una obra que levantaría un estadio de 70 mil espectadores, sustituyendo la mítica fachada de ladrillo por una modernista, idéntica a la de Highbury, tan familiar para Luis Casanova.

El proyecto, faraónico, lastró una economía austera y tuvo que rediseñarse sobre la marcha, reduciéndolo a lo mínimo permitido, dejando un estadio de cemento al aire y con menos capacidad, sin ningún tipo de icono arquitectónico.

Los jugadores aceptaron cobrar en tres años sus fichas, conformándose con el sueldo mensual, pírrico, que les correspondía por contrato.

Los destrozos que trajo la riada del 57 agravó la situación, acelerando el final de los tiempos. Colina se marcharía aquel año. Cubells apenas aguantaría un poco más. Y Casanova, cansado y hastiado, diría adiós en 1959. Puchades, el arroz y la naranja le daba más que el fútbol, se retiró al mismo tiempo, aquejado de una lesión crónica en la espalda. El último gran Valencia en blanco y negro inició su defunción en una de sus tardes más pletóricas.

Aquellos pecados se pagaron durante los 60, con una fisionomía del fútbol distinta. Con la Copa de Europa como eje central y un Real Madrid ganando 8 de 9 ligas posibles.

«Cuando nos llamaron a cobrar la Copa, nos correspondían 11.000 pesetas de prima». Contaba Tonin Fuertes, héroe del 54. «Pero al mirar el papel, vimos que nos habían quitado a cada uno 2.500 pesetas. ¿Esto cómo es?, preguntamos. Y nos dijeron, ‘sí, es que la insignia —la que nos daban por ser campeones— vale 2.500 pesetas’. Nos reunimos los jugadores y les hicimos ver que no había derecho a eso. Al final nos la regalaron. Pero en un principio nos la querían cobrar. ¡Fíjate lo que miraba ese club la peseta! ¡Fíjate!».

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