Expedición rumbo a México
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Una tarde en el Azteca con Max Aub y el hijo del fundador

El directivo valencianista Manuel Belloch entabló contacto con el exilio republicano en México con el objetivo de iniciar relaciones. En 1963 consiguió sortear la censura y llevar al Valencia de gira por el país norteamericano haciendo posible el reencuentro tras dos décadas y media de silencio. Tres años después el gobierno mexicano invitaría al club a la inauguración del Azteca completando así una historia increíble desarrollada en pleno tardofranquismo.

«Entonces, ¿ya está hecho?» Casildo Osé lucía panza y vestía perfilado bigote, llevó la noticia al despacho de Manuel Belloch con la misma diligencia con la que inundaba los torneos veraniegos de rivales sudamericanos.

Las autoridades mexicanas, gracias a la mediación de este extraño promotor llegado del caribe, certificaron la inclusión del Valencia C.F. en la lista de invitados para la inauguración del Estadio Azteca. «Hay que enviar un telegrama a D.F. advirtiendo de nuestro inminente regreso».

Belloch, en su puesto de directivo, mantuvo durante años relaciones secretas con la diáspora residente en el país del tequila, y en esas había revuelto los cielos para encontrar la excusa adecuada que transportara al club valenciano a aquellas tierras y con la que poder sellar el reencuentro de la institución con muchos de los suyos.

Como tantas otras veces antes de perder su don para estas cosas, la entidad del murciélago se avanzó a los tiempos siendo la primera asociación civil en restablecer contacto con el exilio durante 1963, tras 25 años de silencio. Tres años después, Osé ejerció de enlace para consumar la manera de volver.

Aquello del Azteca no se trataba de una simple gira, era participar en la inauguración de una de las obras públicas más importantes de la ingeniería del siglo XX norteamericano; era volver a encontrarse con gran parte de la intelectualidad valenciana huida en el 39, y también, abrazarse con el hijo del fundador, cuya familia fue depurada prácticamente en su totalidad durante la posguerra, obligado a temprana edad a abandonar Valencia para dejar atrás las necesidades a las que le sometía su tierra.

La Casa Regional de Valencia ejerció de refugio, utilizando el valenciano en una plaza conquistada en nombre de Castilla

«Ahí jugábamos nosotros, en el Parque Asturias». Sobre sus restos, se levanta hoy un lavadero de coches y un badulaque. Ramiro Cañizo, uno de aquellos niños que tuvieron que crecer alejados del lugar en el que nacieron, lo conoció en su apogeo, cuando daba hogar al gran Club Asturias; dominador del fútbol mexicano durante los cuarenta.

El complejo unía deporte y cultura cobijando entre letras, espectáculos y competencias a la marea republicana que cruzó a hurtadillas el atlántico una vez «las tropas nacionales alcanzaron sus últimos objetivos».

En la Casa Regional de Valencia en México, entre mistelas y añoranzas, a Blas López Fandos, productor cinematográfico y uno de los bueyes que tiraban de aquel carro que daba lugar de reunión a la fuerza valenciana en el exilio, se le había metido en el empeño trasplantar su tierra allí donde murió Moctezuma. Su nombre formaba parte de la multitud que abarrotaba aquellos barcos, que partieran de Alicante o Francia, dejaban atrás el terror para transportar el desarraigo.

Por ello, La Casa ejerció de refugio, pero también de contenedor; habían fallas; fogueres; concursos literarios; fiestas de guardar; se usaba el valenciano en una plaza conquistada en nombre de Castilla; se cantaba en lengua materna y se recibía a los invitados con un cartel en la entrada que conjugaba otro elemento patrio, la hospitalidad y la lírica: «Si eres gent de pau i amant de la llibertat, passa que estàs en ta casa».

Pero entre aquellas partidas de truc y chamelo, en los rescoldos de aquellas discusiones entre Teodor Llorente y Aub, o las melancólicas peroratas del general Francisco de Llanos, formando vacíos entre los halos de añoranzas que dejaba el humo de los puros en la atmósfera, se veía la ausencia de un algo.

Y ese algo empezaría a gestarse con el chispazo de un encendedor en manos de los hinchas del Necaxa.

López Fandos, en 1958, concretó su pequeña obsesión, dándole a la Casa Regional lo único de Valencia que ésta todavía no tenía: su propio Valencia FC

El dominio del Club España y el Asturias despertaba recelos; en un duelo por el título, los eléctricos, ante una jugada que consideraban un desagravio que les privaba del éxito en favor del conjunto astur, incendiaron el Parque Asturias. Era 1940. Desde ese instante, una Federación acosada, emprendió una serie de reformas que minaron la influencia de las dos fuerzas nacidas del exilio.

El proceso culminó durante 1953. Se cambiaron las reglas para que en su campeonato predominaran los clubes de ascendencia mexicana y acabaran así unas desafecciones que no habían hecho más que ir en aumento desde el incidente; lo cual provocó la lenta disolución de los dos colosos llegados desde el otro lado del Atlántico, permitiendo con sus huesos crear la amateur Liga Española de México, y con ello, la oportunidad para que López Fandos pudiera concretar su pequeña obsesión, darle a la Casa Regional lo único de Valencia que ésta todavía no tenía: su propio Valencia F.C.

Pero, ¿de dónde sacar jugadores?

Ramiro Cañizo nació en Barcelona en 1938; un año después, en brazos de su madre, cruzaba la frontera mientras la aviación italiana disparaba a los que ya no les quedaba más opción que escapar. Un barco los apartó del repudio francés y de los campos de refugiados en los que la enfermedad y el hacinamiento mataban a los supervivientes de una guerra inhumana, llevándoles hasta México, en busca de un tío y un país que les ofrecía mejores oportunidades.

Gracias a su hijo, damos con Ramiro en Valencia, a la que llegó hace siete años tras desandar el camino de una vida entera, y nos relata cómo se gestó la aventura que le llevó a patear un balón vistiendo el emblema del rat penat.

«Estudiábamos todos en el Colegio Madrid. Allí habíamos formado el Catalonia, que era el cuarto equipo del Casal Català de Refugiados; queríamos jugar en la Liga Española, pero no nos dejaban porque, decían, no teníamos nivel suficiente. No lo aceptábamos. Pedimos medirnos ante el tercer equipo del Casal y ganamos; luego ante el segundo, y vencimos; contra el primero ya no nos dejaron jugar. En aquellos días, un amigo, comentó que Emilia, la hija de Blas López Fandos, aseguraba que la Casa Regional de Valencia tenía intención de crear un equipo que participara en la Liga Española, y andaba buscando jugadores. Yo, que era el capitán del Catalonia, propuse una junta a celebrar en el Casal Català para pedir el cambio; lo cual fue aceptado por todos».

Nacido del fuego, de la desaparición, del conflicto, como nació el club original de la muerte de Lluis Bonora y la disolución del Deportivo, el Valencia mexicano era una realidad palpable en febrero del ‘58. Y con la participación de catalanes. Una metáfora que bien podría hablarnos de la fundación del antiguo Reino de Valencia, pero que nos deja el origen de un equipo de fútbol que paseó — y sigue haciéndolo — el nombre del combinado mestallero por tales latitudes.

El Valencia mejicano de 1968
El Valencia mexicano en 1968. La réplica del conjunto valenciano reúne cuatro títulos de liga y uno de copa. Hoy, la Liga Española de México, desvirtuada, recoge incluso a equipos de empresas. Ninguno de sus actuales integrantes conoce la historia y arraigo del club, por ello renunciaron a la camiseta blanca y al escudo del ratpenat para vestir los colores de la selección española.

Aquel intercambio de misivas amagaba riesgos entre sus renglones; establecer contacto con un país que seguía sin reconocer al régimen franquista y que mantenía su alianza con el gobierno republicano en el exilio no era una cómoda cuestión. Belloch, desde una posición más política, y Vicente Peris, ejerciendo de funcionario en la tramitación de visados, construyeron en secreto unos viajes a los que ni siquiera hoy se les sabe dar la fuerza simbólica que encierran.

¿Cómo se sortearon los recelos del gobierno ante una visita al continente rojo; a las fronteras en las que se resguardaban la inmensa mayoría del republicanismo español y los depurados políticos que fue expulsando la dictadura con el caer de los años?

Puede que mucha culpa de aquello la tuviera Julio de Miguel, presidente del Valencia y adicto al régimen, primer empresario en conseguir el permiso para exportar a la RDA y a la URSS gracias a sus contactos entre el aparato franquista. La embajada de México en Lisboa fue la puerta de salida, la misma que tomaban los exiliados políticos al huir de España rumbo a D.F.

Lo cierto es que los vientos aperturistas aún soplaban lejanos; no así la terrible noticia que recorrió el cableado atlántico procedente de la calle Tacuba 81, deletreando en un trozo de papel amarillo el anuncio. «López Fandos falleció ayer». Faltaba menos de un año para el gran regreso y una de las gargantas profundas que maquinaron el aterrizaje del Valencia C.F. en México se había ido antes de hora.

Su posición tras el objetivo permitió a Fandos ejercer un papel primordial en la propaganda antifranquista, llegando a entablar relaciones con personajes como Neruda y cosechar un lugar entre la élite cultural del país americano. Incluso en estos tiempos modernos, las películas del productor, guionista y documentalista valenciano conservan su espacio entre los clásicos del cine latino; con predicamento en países como Rusia o República Checa.

Pero su pasión por Valencia, sus desvelos mestalleros arrebatados por la lejanía, le llevaron primero a implicarse con la Casa Regional, a impulsar la Liga Española de México, de la cual fue directivo, y después, a fundar y presidir la réplica azteca del conjunto valencianista. Por ello, en homenaje póstumo, el torneo del KO que adorna el campeonato amateur lleva grabado su nombre desde su muerte en aquel lejano 1965.

«El Valencia nos recordó lo mucho que se nos echaba de menos; nosotros les recordamos lo mucho que añorábamos nuestra tierra»

Hoy, Ramiro se mueve al paso lento que deja una espalda cargada. Todavía conserva numerosas cosas, pero ninguna como las emociones que le brotan al recordar aquellos tiempos.

Señor Cañizo, ¿cómo recuerda la visita del Valencia a la Casa Regional?
Con mucha alegría. Se generó una expectación tremenda, había gente por todas partes, no cabía un alma. Fue muy emotivo. Los discursos eran interrumpidos con aplausos a cada instante. Héctor Nuñez nos dedicó unas palabras en valenciano. El Valencia nos recordó lo mucho que se nos echaba de menos; nosotros les recordamos lo mucho que añorábamos nuestra tierra. Y así pasó la comida, en la que nos dieron la sorpresa de nuestra vida.

¿En qué consistía esa sorpresa?
Nos anunciaron en los postres que jugaríamos el preliminar antes del partido del Valencia. Imagínese, nosotros, unos chavales, jugando en el Azteca. Paquito, mientras calentaban para entrar ellos al campo, se pasó los últimos instantes de nuestro encuentro ante el Barcelona del Casal Català (2-2) dándonos instrucciones.

A su edad, Cañizo mezcla estampas. El discurso en valenciano de Nuñez formó parte del primer episodio, desarrollado en 1963 entre la discreción de Belloch y la determinación de Fandos, consiguiendo que el Valencia rompiera el hielo en una primera visita que le enfrentó durante aquel agosto al Universidad de México (1-1), al Oro Club (4-1) y al Veracruz (3-8).

Fue el contacto que hiló toda la historia posterior, la que hizo posible, que tres años después, ya sin Nuñez en la expedición, el gobierno mexicano invitara al club valenciano a la inauguración del Azteca, propiciando aquel regalo en los postres a unos chavales que saltarían al recinto defendiendo los colores del Valencia.

Lo del 63 convulsionó D.F. Todas las agrupaciones de exiliados homenajearon a la institución, al asturiano Paquito la Casa de Asturias; a Quincoces la de Euskadi, ya que el mítico exentrenador formó parte como delegado de aquella expedición clandestina, y al mismo Belloch, al que otorgaron el Quijote de Oro y la radio pública mexicana instauró un trofeo veraniego con su nombre «para perpetuar al personaje de mayor significación en el restablecimiento de las relaciones con México», según se anunciaba en la proclama.

De trato exquisito e inolvidable, los dieciocho periódicos que se editaban en México, las cuarenta emisoras de radio y los cuatro canales de televisión no hablaban de otra cosa que de aquel visitante en pantalón corto que llegó en un verano de 1963 para romper con dos décadas y media de silencio.

Las extrañas cabriolas que perpetra el destino han dejado que el hijo del fundador milite en favor del América, y le guarde un rincón al equipo que imaginó su padre

En el club de golf de Atizapán, en pleno centro capitalino, vive Octavio Milego Alonso, de 75 años, hijo del fundador del Valencia; emigrado a México en 1956 con apenas 15 años, forzado por la situación del país y la imposibilidad de su padre de progresar en la carrera de magisterio por la depuración padecida, donde ya ejercía desde el momento primero en el que en aquel Bar Torino de la Bajada de San Francisco participó en el alumbramiento del club.

Las cabriolas perpetradas por el destino han dejado que el hijo del fundador pinte su sangre con los colores del América y apenas le guarde un rincón al equipo que imaginó su padre; casado con una mexicana, progenitor de una hija y abuelo de dos criaturas, visitó Valencia, su tierra, un par de veces en algún furtivo homenaje de inusitada brevedad.

Milego Junior, cuyo apellido morirá con él, pudo ver al Valencia en el Estadio Azteca en aquellos calores estivales de 1966, donde en una gran ironía, se mezcló con parte de su historia familiar; aunque fuera por un instante, aunque ocurriera de forma inconsciente.

Max Aub plasmó su interrumpido valencianismo en Campo Abierto (1951), transportando al Valencia ‘Fé-Cé’ con el que se crió a aquellas páginas, dándole lugar en una trama que giraba alrededor de un país alcahuete donde Mestalla se asoma tras muchas comas y otros tantos puntos. Sin saberlo, quince años después, el escritor se encaramaría a las gradas del Azteca, como uno más, con sus gafas y su sombrero, recorriendo las galerías de un estadio alzado, a modo de una falla, sobre tierra volcánica, compartiendo expectación con el nieto de Antonio Milego, profesor de literatura de Aub en el Lluis Vives, padre del fundador y abuelo del descendiente.

Todo ocurrió en unos metros, sin que nadie reparara en toda aquella simbología que un intercambio de cartas cinco años antes había parido entre borrones de tinta y peligrosos secretos, en unos instantes, en los que la policía franquista iniciaba una campaña de espionaje para protegerse de las incipientes ansias de libertad que brotaban desde las universidades.

El primer gol mexicano en el Azteca llegó ante el Valencia, enfundado en la camiseta del club cuya hinchada incendió 25 años atrás el Parque Asturias

«Me tocó un español bien cochino, me entraba muy fuerte». El Loco Martínez vive rodeado de recuerdos, posa orgulloso con copas y de las paredes de su casa no cuelgan más cosas que recortes de prensa y fotos de su época. «Aquel gol», dice, «me dio mucho; me dio relaciones; me dio trabajo; me lo dio todo».

El 29 de mayo de 1966 el América empató 2-2 con el Torino, siendo los cuatro tantos nacidos de pies brasileños e italianos. Dos días después, el Valencia se deshacía del Atlante por un contundente 0-3. El gol mexicano se hacía esperar para ansiedad de una población que había alzado aquel mastodonte como símbolo del renacido orgullo nacional.

«No me acuerdo de su nombre [del marcador], pero me decía, ‘hostia este’… bah, ni caso le hacía». El 06 de junio de dicho año la historia quedó completada. El campeón de México, el Necaxa, llenó las gradas. En ellas, la hinchada eléctrica volvió a coincidir con una marea de republicanos españoles en el exilio, y sobre el césped, otro club llegado del extremo último del Atlántico que pretendía arrebatarles un torneo.

En un rincón, agazapado por la emoción, Max Aub lo contemplaba todo, buscando con la mirada a Vicente Farnals, el personaje valencianista que encarnaba en Campo Abierto.

Cerca de él, Ocavio Milego Junior atendía el rastro de la sombra de su padre, mientras en el palco, Miguel Belloch y Vicente Peris presenciaban junto a los chicos de la Casa Regional el milagro que entre todos habían pergeñado.

El Loco Martínez en su casa, rodeado de recuerdos.
El Loco Martínez en su casa, rodeado de recuerdos.

«Nos anotaron muy rápido; y por dos ocasiones», Martínez sigue hablando, «entonces dije, ¡vamos adelante, vamos a hacer gol! Fue cuando se inició la jugada de Peniche, que se pasó al lado derecho y metió el centro; sale Pesudo a rematar de puños, yo me anticipé y lo hice de cabeza. Y grité y grité, ¡fui yo!, ¡fui yo!, ¡fui yo! Me abrazaron todos mis compañeros y fue lo más bonito que sentí».

El primer gol mexicano en la historia del Azteca llegó ante el Valencia, enfundado en la camiseta del club cuya enloquecida hinchada había incendiado 25 años atrás el Parque Asturias, iniciando así una rivalidad furibunda que acabó extinguiendo a los clubes de emigrantes, permitiendo la creación de la Liga Española de México, y con ella, la copia del Valencia en dicho país, algo que propició un intercambio de pareceres entre entidades que acabó por reunir en una calurosa tarde a todos los protagonistas de esta larga historia.

Roberto, “El Loco”, Martínez, no para. Ahora muestra orgulloso la «playera» con la que remató aquel balón que le sirvió Peniche, donde el blanco ya es un amarillo confundido con el gris y las barras rojas están interrumpidas por dos docenas de firmas.

El tanto generó litros de literatura en México, cientos de reportajes y un misticismo extraño que ha llevado la jugada al cine, a las televisiones y a los periódicos de todo D.F. a cada aniversario, siempre con el Valencia como testigo mudo, siempre obviando que aquella leyenda la han construido partiendo de un adverso 1-3.

«Mire», el goleador del Azteca señala un tabique que cuenta gracias a cientos de portadas y recortes enmarcados la contundente importancia que tuvo aquel hecho.

De una forma u otra ello hace que al Valencia se le tenga presente en México, bien por la gigantesca placa que pende de la fachada norte del Monumental, donde aparece su nombre junto al del Torino, América, Atlante y Necaxa. Bien, a cada fin de semana que un grupo de anónimos chavales, ignorantes de la historia que arrastra el equipo en el que hoy juegan, se enfundan la elástica y participan en la Liga Española; o bien cuando a cada 05 del 06 el Excelsior o el Mercurio relatan el hito del Loco Martínez desde todos los ángulos posibles.

Frente a una piedra de granito cincelada se vieron por última vez Miguel Belloch y López Fandos. Estaban ahora separados por el mundo de los vivos y el de los muertos

«Guardo muy buenos recuerdos de aquel viaje», Vicente Guillot fue uno de los integrantes de la expedición, junto a un joven Pep Claramunt, que debutaría con el primer equipo en aquellos fastos americanos de 1966. «Hay muchas anécdotas divertidas; llegábamos al campo cargados de paquetes y regalos que comprábamos para la familia y los amigos antes de los partidos. También fuimos a comer al chalet de Cantinflas, que por entonces estaba mal visto, porque, según decían, era comunista».

Fue el propio actor quien invitó al Valencia a su casa, dejando para el recuerdo una foto que permaneció en un trasunto de clandestinidad durante muchos años.

El recuerdo de Fandos y su vinculación con el ambiente artístico del país influyó en diversos aspectos, como en ese ágape con el cómico latino más internacional. El momento culminante de la excursión, configurado en broche, tendría lugar ante la lápida del productor valenciano.

Allí, frente a una piedra de granito cincelada, coincidieron por última vez Manuel Belloch y su confidente. Las mentes y las manos que a ambos lados del charco habían tejido con esmero y dedicación esta ‘conspiración’ — de cuya parte, la de la inauguración del Azteca, se cumplen 50 años — estaban ahora separados por el mundo de los vivos y el de los muertos. Obligados a comunicarse con la cercanía de los recuerdos.

El señor Aub volvería a Valencia por primera y última vez tres años después de contemplar a su equipo corretear por segunda ocasión en México, el rincón del mundo en el que construyó su purgatorio literario; ocurrió cuando una brisa aperturista permitió una breve e intensa incursión en una dictadura en horas bajas.

El anonimato que le había otorgado la censura y treinta años de exilio le permitieron campar a sus anchas por una ciudad cuya postrera huella hablaba de las peripecias de Enrique Molina y Cirilo Amorós, levantadores de leyendas con pañuelos anudados a la cabeza. ¿Acudiría a Mestalla? No hay constancia, ni siquiera un rumor al que agarrarse, pero queda la ilusión de que ojalá así lo hubiera hecho.

azteca color

«Si recuerdo alguna cosa más se lo haré saber»; don Ramiro se levanta, agotado tras largas horas de conversación. Sobre sus pasos va el recuerdo de aquella tarde con el escritor y el hijo del fundador, del reencuentro entre castigados y paisanos obligados a engordar el silencio a su vuelta. En su adiós, le cuelgan de las manos los últimos vestigios de su juventud, ensartados en libretas y capturados en fotografías agrietadas, todo compuesto con el rigor de un notario.

Este ingeniero jubilado, casado con una valenciana de aquellos días en los que escapar al mundo era la única vía para sacar la cabeza del fango, se retira a su madriguera, a continuar con la apacible y anónima vida que presenta. «Hágame saber, cuando lo publique, cómo conseguir la revista», dice dando un giro inesperado a su arrugado chasis.

En la secreta atmósfera de los locales en penumbra su ausencia nos advierte que un trozo de la historia del Valencia empieza a desvanecerse ante la pasividad de todos.

1 comment on “Una tarde en el Azteca con Max Aub y el hijo del fundador

  1. Josep Maria Milego Garcia

    En el artículo hay un error. El apellido Milego no morirá con Octavio Milego Junior.
    Octavio Augusto Milego Díaz, fundador del València FC, era primo hermano de mi abuelo y yo tengo hijos y nietos varones que perpetúan nuestro apellido.
    Me gustaría contactar con Octavio Junior o hijos.

    Josep Maria Milego desde Barcelona.

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