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Viaje a la primera final

Alcanzado su sueño fundacional, disputar su primera final copera, el Valencia se embarcó en mil y una peripecias entre el 29 de abril y el 6 de mayo de 1934 en una ciudad incendiada y un país a punto de estallar.

Probablemente fue la hora y media más tranquila en meses. Aquella ciudad agitada secó las calles de viandantes recluyéndose en bares o cafés. Quien no, pudo escuchar los ecos del zumbido que salía de los altavoces instalados en Mestalla, donde los fieles congregados esperaban la mayor gesta de un adolescente Valencia, que a través de la radio, transportaba a los suyos sus andares por Buenavista, el temible campo de un Oviedo de época que semanas atrás endosaba a los valencianos un doloroso 7-0 en liga.

La primera gran gesta en la historia del club quedó exenta de crónicas o previas que nos relaten hoy los detalles del momento

Eran aquellas unas avenidas en tonos pastel, de calores y olor a salitre en las noches de verano que cobijaron el nacimiento de la F.A.I. en 1927 convirtiendo al Cap i Casal en bastión del movimiento anarquista. En dichas horas finales de abril del 34 el génesis de la violencia bélica empezaba a brollar en Madrid.

Eran tales los ambientes que copaban la vida pública que el presidente Lerroux dimitía evitando con ello firmar la controvertida ley de amnistía promulgada por las cortes, dejando en libertad al general Sanjurjo y los militares responsables del intento golpista de 1932. Indulgencia que aprovecharía Sanjurjo para idear, desde su exilio en Lisboa, la sublevación militar que iniciara la guerra de 1936.

En ese debate parlamentario, la izquierda, aprovechando el atrevimiento de una CEDA envalentonada por su mayoría en el congreso, incluyó en la misma a los presos políticos, excarcelando a cabecillas del terrorismo anarcosindical que llenó de bombas y muertos la Valencia de los años 20. Dejando altercados allá donde la medida era defendida o defenestrada.

En un contexto de paros, manifestaciones y huelgas, la bulliciosa y agitada capital valenciana quedó sin periódicos durante veinte días. A los trabajadores del campo, del textil, o la industria, se les unían los tipógrafos. Imprescindibles en la edición e impresión de los rotativos. Fue así como la primera gran gesta en la historia del club quedó exenta de crónicas o previas que nos relaten hoy los detalles del momento. Pasando a su regreso, a tenor de la velocidad de los acontecimientos, directamente a los preparativos de la final.

Para encontrar los retales de esos instantes de incertidumbre hay que recorrer frentes rugosas, ojos cansados o papeles forasteros contándonos a brochazos la visita a Mestalla de un Oviedo armado con Lángara, Gallart, Casuco, Herrerita y Emilín que despertaba los temores de cuantos equipos enfrentaba. Rememorar a golpe de breve la igualada en Mestalla de un Valencia de chicos de barrio que aspiraba a dejar de sufrir para mantenerse en primera, teniendo en la Copa un modo de evadirse y seguir construyendo el sueño fundacional.

Sería en esas tardes de gradas repletas de ilusiones, de atenazadora tensión en el bando blanco, donde el equipo entrenado por Greenwell se acostumbró a remontar y sobrevivir en la competición. En Santander, cerca estuvo de desaprovechar un 7-1 de ventaja logrado en la ida. De Alicante, volvió con un 2-1 en contra que debió superar ante su público, y ahora, en semifinales, los carbayones ponían a prueba la entereza de un proyecto reconstruido para crecer.

Ahí, donde los testimonios relatan un encuentro deslucido por el gobierno de los nervios y el pesado tapete traído por unas jornadas de incesantes lluvias, responsables de ofrecer la peor versión valentina, encontramos un XI incapaz de hacer un fútbol fluido y distendido ante la responsabilidad. Sacándose de la nada un arreón en el último instante haciendo uso del coraje que guardaba en la reserva. Una vez liberados, viéndolo todo perdido, dibujaron un heroico 2-2 final en una pizarra que hasta el minuto 73 sólo avisaba de un 0-2 en contra.

El gol de Bertolí derribó la muralla, y el de Vilanova —hombre milagro— ayudó a que hoy estemos hablando de esto.

No existía más debate que la conveniencia de que la final fuera en Barcelona, como quería el Madrid; o en Santander, como exigía el Oviedo

Ayudó, no posibilitó. Resulta que los sucesos tras el silbatazo final juegan papel tan importante como el tanto postrero de uno de los jugadores más queridos de aquellos tiempos. Porque tras la rubrica del resultado un torrente de felicitaciones, halagos y agasajos al Oviedo, dándole por clasificado, les nublaría la vista. Condición de finalista que ya se les otorgaba incluso antes del match.

Tal era la confianza en su pase que no es que los asturianos salieran a celebrarlo quemando la noche valenciana, es que siquiera los propios valencianistas dudaban de su eliminación. «Fíjese si creíamos en nuestras posibilidades que los jugadores catalanes del Valencia le pidieron a su paisano Gallart entradas para la final», confesaba Luis Colina en vísperas del duelo ante un descoronado Madrid.

Una percepción lógica, hay que decir. El Valencia era un club con apenas quince años de existencia, al que las élites balompédicas del momento despreciaban por carecer de historia. Acababa de sacar su cabeza en primera y los asturianos poseían una delantera de categoría internacional, pudiendo el club del murciélago presumir de un par, llegados ya con esa condición y tratados de ex.

Pero existía un hecho más que ayudaba a crear un caldo de cultivo propicio para un pesimismo que jugó a favor de los intereses merengots: El Oviedo llevaba dos años y medio sin perder partido en su feudo.

En dicho impasse, ante las ansias de información política y de conocer los devenires de un país a punto de estallar, las editoriales revendían con unos céntimos de recargo periódicos madrileños en su intento de paliar pérdidas, permitiendo con ello a la marabunta valencianista adquirir conciencia de la ‘buena consideración’ que se tenía del conjunto mestallero más allá de Requena.

Para pasmo de las masas, en una era donde el mundo se reducía a lo local, no había más debate en páginas prestadas que la conveniencia de que la sede de la final fuera en Barcelona, como quería el Madrid; o en Santander, como exigía el Oviedo.

A escasos tres días de viajar a la capital asturiana, y dando un paso más en el atrevimiento de cuantos se editaban en Madrid, el reputado diario AS aterrizaba en la ciudad: «La final Madrid-Oviedo. La final de la Copa que va a disputar por primera vez un equipo asturiano», titulaba a todo tren la hoja que más fama histórica adquirió. «Nadie duda ya en Asturias que el Oviedo es finalista. El empate en Valencia no admite controversia. El tanteo se mejorará en la vuelta y seguramente el margen de tantos que proporcione la victoria ha de ser de los que confirmen una vez más la valía de la línea artillera del equipo azul».

A lo ocurrido en vísperas de chafar Buenavista —«un estadio que sólo se puede tomar por suerte o por milagro»— faltaba un XI ovetense con jugadores importantes en la reserva pensando en el duelo ante los madrileños —aunque tras la derrota se defenderían alegando lesión— para encontrar un último gesto que motivara a muchachos cansados de tanto descrédito, sorprendidos ante lo que se encontraron al aterrizar en una urbe engalanada con los colores del Oviedo, repleta de carteles y anuncios prometiendo plazas de autobús y viajes a buen precio a una final que siquiera tenía sede designada.

El viejo Greenwell, detallista y controlador de todo aspecto, había hecho bien su trabajo preparando durante la semana el encuentro sobre un campo embarrado y pesado, azuzando a sus chicos con hojas de diarios leyéndoles a viva voz columnas forasteras para sacarles de lo más hondo las ganas de callar bocas y reivindicarse ante un mundo entretenido en hacer chanza de sus posibilidades.

Tal fue la cosa que Colina, en una habitual ironía de las suyas, pidió disculpas por tener que viajar a Oviedo, «no sea que lleguemos a molestar por realizar tal viaje».

Lo que en unos supuso un acicate que les haría redoblar esfuerzos, para otros viró en distracción, en confianzas insanas, en soberbias que embaucaron a una masa entera congregada el 29 de abril en el Stadium no para apoyar a los suyos ante un choque crucial, sino para celebrar un pase que nadie imaginaba que se lo pudieran arrebatar.

«No sabíamos ni cómo ganamos. Jugamos al ataque, no sabíamos jugar de otra manera con el inglés»

Porque no había grito entre las gentes subidas a las ramas de los árboles que rodeaban el recinto, ni en las situadas tras las líneas de cal sobrepasando el aforo legal, que no hiciera referencia a la final. El Valencia era un convidado de piedra a una fiesta mayor, un agente invisible a ojos de todos los presentes, y como tal, aprovechó todo eso para destrozar al equipo asturiano. «No sabíamos ni cómo ganamos», confesó Vilanova a Hernández Perpiñá años después. «Jugamos al ataque, no sabíamos jugar de otra manera con el inglés».

El inglés salió pletórico, «qué manera de jugar, chico. Si logramos repetir lo de Oviedo no puede haber más que un campeón, el Valencia. Nuestra defensa estuvo imponente, nuestra media no falló nunca… ¡Si hubierais visto naufragar a Lángara!»

Envalentonados por el ánimo de revancha, los blancos se transformaron en un vendaval llevándose por delante la insidia, escribiendo por vez primera una verdad que es ley: El Valencia siempre sobrevive a sus enterradores.

Una tormenta perfecta configurada por la sinrazón permitió a Juan Costa acallar las voces del Buenavista a los diez minutos de encuentro. Ni el empate de Emilín a los 25 hizo mella en un equipo que superó de principio a fin a un confiado Oviedo. El tanto de Villagrá en el 63 y otro de Costa en el 75 consumaron la sorpresa y un desfalco económico a un rival que perdió mucho dinero en reservas de hotel y autobuses fletados para un viaje imaginario.

«El Valencia finalista, ¿Quién diría esto el domingo, antes de empezar el encuentro?» Titularon los rotativos asturianos.

El regreso

El silencio de unas avenidas abandonadas, en uno de los primeros actos de adhesión masiva al club de fútbol, iba agrietándose a cada gol que la emisión de Radio Nacional transportaba desde el norte. Los gritos amortiguados por las cristaleras de los cafés contrastaba con la algarabía de un Mestalla con tres mil fieles reunidos alrededor de un aparato y media docena de altavoces sobre sus cabezas, dedicando los nervios a dibujar en sus mentes las escenas de la apoteosis.

Era el habitual ritual de unos tiempos donde las únicas redes sociales existentes tenían nombres de plazas y las buenas nuevas se comunicaban a gritos en la calle. El volteo de campanas, ríos de gentes entonando hurras, vítores y entusiasmos desbordados rompían definitivamente la paz al término del encuentro, anunciando a la vecindad —como si hubiera algún despistado— que el principal conjunto de la capital había conseguido lo que sin fortuna llevaba tiempo buscando: Su primera final de Copa.

En aquella mezcla ruidosa de partidarios futboleros y agitadores políticos, una Valencia aún sin diarios propios vivía pendiente del boca a boca, de las ondas, y de ese tablón de anuncios que en la sede del club advertía con insistencia del día y hora exactos del regreso de los finalistas.

En una engalanada estación del norte los aficionados iban estrujando, sobando, y duchando en euforias a los héroes de Asturias

Y lo haría en una fecha marcada en rojo en el convulsionado panorama social de 1934: un primero de mayo, dos días después de vencer al Oviedo. Ante multitudinarias manifestaciones antifascistas, actos en cada esquina en favor de la clase trabajadora y contra la CEDA, la hinchada confeccionó un recibimiento siguiendo el manual de instrucciones de unas décadas donde la sencillez en las celebraciones maridaba con el alboroto urbano que proporcionaban.

En rebosantes andenes de una engalanada estación del norte, la única relíquia existente de los primeros amores balompédicos de la ciudad, se concentraban aficionados que iban estrujando, sobando, y duchando en euforias a los héroes de Asturias según bajaban de un tren que granjeó fama efímera a algún que otro viajante anónimo, sacado en volandas por el simple hecho de compartir vagón con el XI de Greenwell.

A la salida, más gentío, más aplausos, y el inicio de uno de esos ritos extraviados y maravillosos que definen las primigenias vivencias de un club efervescente, consistente en llevar al equipo en lenta caravana hasta la sede social. Y una vez allí, desde la puerta o el balcón de la misma, ver girados a los futbolistas entonando agradecimientos y discursos pomposos en despedida a los socios congregados.

Aquello se entiende mejor si comprendemos que dicha clasificación suponía alcanzar el zenit para una entidad fundada bajo el único principio de ser campeón de Copa, de dotar a la tercera capital del Estado de un equipo a su altura. Tal logro, y lo surgido con él, respondía a culminar las aspiraciones plasmadas desde 1919 marcando la diferencia para un fútbol local marginado, que conseguía así entrar en la élite de un deporte encaminado hacía su consolidación. Fastos contados en diferido por ojos que tuvieron que esperar a recuperar el trabajo suspendido. Donde también hubo lugar en el papel para la historia.

Ya que, aunque lo había sido desde los años 20 en semanarios, gacetillas o pequeños comentarios, el domingo seis de mayo Las Provincias dedica por segunda vez una portada completa al Valencia —la primera data de marzo de 1931, también en Las Provincias, donde una gigantesca fotografía ocuparía la primera página al completo destacado un partido ante el Iberia, jugada repetida con el ascenso a primera de ese mismo año—, mejorando aquella media página de 1922 ante la visita del Wacker en el mismo medio, siendo hasta la fecha el mayor espacio dedicado al Fé-Cé en un rotativo local.

Y lo haría en un tiempo donde el diario conservador viró a lo gráfico publicando primeras planas más acordes a los rotativos de este siglo que a aquellas tan características de hace ocho décadas y media. Un fondo amarillo con cuatro barras rojas sin coronar sujetaba una orla con las fotografías de jugadores, presidente y cuerpo técnico. «¡¡¡El Valencia F.C., finalista de la Copa de España!!!», titulaba. Era el fin de la huelga de tipógrafos, y el aviso de que el tiempo transcurrido fue tanto que los periódicos regresaban a la calle a escasas horas de la final.

Pero aún quedan en esa ciudad convulsionada episodios por contar previos al kick-off frente al Madrid republicano.

Como las ironías que devolvían los agravios vividos durante el silencio stampa —«Madrid y Oviedo acuerdan que el Valencia juegue la final»— o las interminables colas en Félix Pizcueta, hogar de la entidad del murciélago, para comprar entradas y reservar viajes junto a los inconvenientes de la masificación del centro de la urbe.

Intentos de estafa y reventas con mucho morro convivían con las quejas periodísticas al anunciarse que Vilalta, uno de esos réferis con huella trágica en el relato del Fé-Cé, arbitraría el partido, a disputarse en Barcelona. «Vilalta, Vilalta… cuán atormentáis mi mente», lamentaba Sincerator.

No era una sospecha banal, y no sólo por las liadas contra el Valencia, sino por su amplío historial de escándalos o contrastada fama de colegiado con tendencia a echar una mano al Madrid cuando peor lo pasaba.

En ese ajetreo social que llevó al club valencianista a estrenarse en un escenario de gala también hubo lugar para el negoci. Tan dispuesta estaba la gente a tomar Barcelona por tierra y mar, que se organizaron rails ciclistas para presentarse en el Stadium condal a pedales; un comboi de motocicletas y camionetas en paro cargando centenares de personas recorrió tales distancias.

Los alquileres de autobuses (50) vivieron su agosto, y los barcos fletados tuvieron que ser dos, uno más de lo que en un principio se esperaba, virando el destino de aquel tradicional acceso por mar a Les Corts en los primeros derbis valencianocatalanes.

Pero quien mejor aprovechó la oportunidad para ganar perretes fue Camiserías Tendero con sus establecimientos en San Fernando 15, San Vicente 19 o Plaza Mariano Benlliure 4, gracias a la venta por tres reales de unos graciosos banderines con el escudo del Fé-Cé que causarían furor; tanto como para llenar las gradas del Stadium de Barcelona con tales artilugios, regalándonos una de las mejores instantáneas que se conservan de aquellos fastos: Un vagón de trazas hindúes, a rebosar de valencianistas que asoman por todos sus huecos y ocupan todas sus superficies, agitando la banderita en anuncio a su partida rumbo Barcelona.

Ajeno a los ajetreos de las comentadas ebulliciones, el equipo guardaba concentración en Sitges, ejercitándose desde el dos de mayo entre la arena de la playa y la fresca brisa del mar a las ordenes de Greenwell, al paso que el club se inmiscuía en aquellos aires políticos que marcaban la agenda.

Porque la llegada al gobierno de Samper, gracias a la dimisión de Lerroux, fue premiada con la presidencia de honor del Valencia F.C. en virtud de su valencianismo militante en sus horas de concejal y alcalde del Cap i Casal en los instantes de construcción y consolidación de la entidad. También hubo que postergar la salida de la directiva hacia Catalunya para atender al entierro de Eugenio Burriel, uno de los directivos más influyentes durante los cruciales primeros pasos de la institución.

Desembarco en Barcelona

En la mañana del sábado, a aquella Barcelona industrial y expectante, iba llegando una marea de automóviles y camionetas para colapso de La Diagonal. Cabezas asomadas por las ventanillas y banderas al viento daban cuenta de la ruta al son del claxon. Muchos colectivos lo hacían con mensaje pintado en el chasis donde un llauraor y un payés se intercambiaban un saludo de fraternidad: «¡Vixca València! ¡Vixca Catalunya!»

Lo narró Esteve Calzada para el semanario barcelonés El Mirador —«Forasters a Barcelona»— a través de un recorrido por la urbe junto a un supuesto familiar valenciano llegado en el Ciudad de Cádiz, uno de los vapores procedentes de tierras valentinas amarrado en el puerto condal y recibidos sus dos mil pasajeros con honores, fotógrafos e himnos de ambas patrias tocados con solemnidad.

Dicho periplo por lugares comunes y bares, en los que almorzar y asentar horas de viaje, deja a un cronista quejoso del exceso de pasión mostrado por los excursionistas y hace fastuosas cuentas con las ganancias que Barcelona granjeará en cada valenciano comiendo en sus restaurantes, dando paso a encuentros en unas Ramblas atestadas de «supporters» plasmados en la increíble imagen que ilustra la pieza. Trata de una foto de sorprendente modernidad, de una docena de jóvenes tomados por la alegría y un sol veraniego levantando al cielo una pancarta en la que se lee «Peña Ruzafa» rematada por el nombre de Vilanova, el goleador merengot, formando sus letras un círculo alrededor de la insignia del club.

Es un paseo por monumentos y avenidas, de sorpresas ante la monumentalidad del Stadium de Barcelona (posteriormente conocido como Montjuïc) y sus 62 mil butacas en una jarana que supone el primer gran éxodo valencianista en la historia; unos 15 mil aficionados que en 1934 batieron por mucho el récord de desplazados a una final. Hito conservado hasta bien entrados los años cuarenta.

En aquellos trasiegos no dejaban de verse actos de amistad entre valencianos y catalanes, reflejado en el incesante peregrinaje al monumento a Francesc Maciá, fundador de ERC y primer presidente de la Generalitat.

Ese mar de flores al fallecido político tuvo incluso un acto institucional donde la directiva valencianista y el gobierno local representaron solemnemente el profundo agradecimiento del pueblo valenciano al empeño mostrado por Maciá y su Generalitat en ayudar al traslado a Valencia de los restos de Blasco Ibáñez, llegados desde la localidad francesa de Menton, donde se exilió. Una relación que se traduciría en banquete en honor al club por parte de la Generalitat y una posterior cena de gala tras la disputa de la final.

Momentos de ajetreo aprovechados por unos futbolistas que paseaban en mangas de camisa y camales arremangados frente a los oleajes de un mare nostrum que tenían prohibido tastar por ordenes de Greenwell. «A lo que els que no som futbolistes el diem donar-se la gran vida, ells en diuen ‘la preparació’», narra Calzada antes de cerrar su crónica.

El periodista catalán sentencia ante la apariencia de unas horas transcurridas en falsa calma, compartiendo asueto con todo un campeón del mundo de los pesos pesados como Schmeling, alojado también en el Terramar a expensas de conservar su título en un combate memorable que tendría lugar en Montjuïc, e incorporado con naturalidad a las partidas de cartas —jugaban a ‘el golfo’— organizadas por los futbolistas.

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Cruce de cartas entre jugadores de VCF y Madrid publicadas por Mundo Deportivo en 1934

Tales eran las apariencias de calma, que un redactor de El Mundo Deportivo se coló en la concentración y en mitad de una de esas timbas consiguió convencer al entrenador y los presentes de que se retaran con los jugadores madridistas a través de un simpático cruce de misivas que se encargó de intercambiar (y publicar) el deportivo barcelonés.

Pero lo cierto es que también habían palizas físicas y un concienzudo trabajo de un preparador inglés obsesionado en vencer la final. Obsesiones que llegaban a la creencia de que dejar al Madrid jugar de blanco —en virtud de su antigüedad— era una ventaja inaceptable, proponiendo Greenwell que se sorteara el uso de colores en caso de coincidencia, como ocurría en la Copa inglesa, o en tal caso, establecer el azul y el rojo para los contendientes.

La realidad es que la clasificación del Olímpic de Xátiva para la final amateur —jugada instantes antes que la profesional— suponía una excusa para la exaltación, insistiendo la Federación Valenciana que fuera el equipo modesto quien luciera la camiseta de las barras rojas y amarillas y el Valencia quien añadiera a su tradicional camisola granate un escapulario con la senyera.

Reivindicación que no era nueva, puesto que en junio de 1933 un grupo de socios ya pidió a la directiva que el Valencia vistiera los colores de la bandera valenciana ante el Madrid en un partido de Copa disputado en Mestalla, no encontrando aceptación por parte de los mandamases. Como tampoco la tuvo una petición formal en 1930 igualmente formulada por aficionados.

Pero lejos de esas pequeñas manías de entrenador escrupuloso Greenwell conocía bien a los equipiers blancos, muchos de los cuales estuvieron a sus ordenes en Barcelona y Espanyol, temía su potencial y le turbaba verdaderamente que los suyos no supieran ejecutar a rajatabla el plan trazado.

Cuando no estaba jugándose unas pesetas a las cartas con los muchachos, les atormentaba con flechas y diagonales dibujadas en cuartillas explicándoles el arte de Samitier, las cosquillas de Lazcano y Quesada o practicando situaciones reales de partido sobre la playa de Sitges.

No paraba. Sentarse a la mesa a barajar era el único instante del día donde les dejaba tranquilos.

El gran momento

Las esperanzas del público fueron transformándose al caer de las horas. El simple deseo de dejar una buena imagen ante un contrincante de manifiesta superioridad había mutado en la ilusión de poder ganar.

Transición que se reflejaba en los entusiasmos de unas gradas atestadas de valentinos enarbolando banderines al grito de «¡Valencia! ¡Valencia!», acompañados de barceloneses decantados a favor del equipo pequeño. Zanjando así aquella riña surgida años atrás, cuando Valencia hizo uso de la enemistad germinada en los duelos con los blaugrana dándole la espalda por ello al Barcelona en la final disputada en Mestalla.

Estampas inmortalizadas por los operadores de cámara y la legión de fotógrafos dispuestos sobre un Stadium enfervorecido, bullicioso, que en letras de Calzada «la febra a les graderies ha deixat pas al deliri» nada más disponerse los equipos en el centro del campo.

La consigna era sólo una: Atacar, mejor o peor, pero atacar

Aunque los muchachos de Greenwell tenían varios retos por delante. El primero consistía en vencer a media selección española para conquistar el título. Lo hizo a su delantera ante el Oviedo, y ahora, debía hacerlo a su línea defensiva ante el Madrid. El segundo, era conseguir la consistencia que nunca tuvo durante el curso, perdiendo o empatando cuantas veces decidió conservar una ventaja. Era un equipo de grandes defensores que defendía pésimamente, por ello la consigna era sólo una: Atacar, mejor o peor, pero atacar.

Una cantinela que pareció desvanecerse en la primera mitad. Cuarenta y cinco minutos sin mucha historia y en los cuales el XI granate sujetó muy bien a su contrincante apretando lo justo y necesario para que no le crearan peligro, sabiendo inquietar tímidamente el marco madridista a pesar de todo. Un primer tiempo donde comprobaron que no eran inferiores en nada, granjeándose confianzas y soltándose tensiones que dieron rienda suelta al talento atenazado.

Fueron las aguas del intermedio las que parecieron llevarse definitivamente la endeblez de una medular que nunca generó a su nivel. Unos irreconocibles Villagrá y Abdón salieron de la caseta enfundados, ahora sí, en la camisola del rat penat comandando a los suyos hacia un asedio constante y equilibrado. Los errores tácticos y técnicos daban paso a una superioridad total sobre el césped que aturdía a un Madrid sin capacidad de reacción.

Aquellas balas, esas dagas en banda, ese equipo alegre e intenso que se dejó ver durante el año, lucía reconocible. Así se entiende que a los tres minutos de la reanudación abriera el marcador a su favor.

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Recorte del diario Las Provincias del 7 mayo de 1934

Un avance en tromba, un balón en profundidad de Tonín Conde a los pies de Bertolí quien bombearía el esférico al corazón del área para que Vilanova se llevara por delante a media defensa y al portero, dejaba el esférico en las mallas.

Una jugada que levantaría polémicas, reclamándose falta, defendiendo Vilanova la limpieza de la misma hasta su muerte. «Salimos con mucha fuerza, el Real Madrid no podía con el Valencia. Fue un pase en profundidad. Yo fui tras la pelota, salió Zamora con los puños, se cruzó Quincoces, la toqué ligeramente desviándola y acabó en la red. Nos volvimos locos de alegría. Incluso pensamos que seríamos campeones», dijo el autor rememorando el hecho siendo ya un venerable exjugador.

Quincoces, incluso en su faceta de entrenador valencianista, insistía en la ilegalidad de la acción. «Ya sé que el xiquet [Vilanova] se ha muerto pensando lo contrario, pero nos hizo un fault a Zamora y a mí. Como buen delantero centro de aquella época que era jugaba tanto con los pies como con los codos y las rodillas».

El delantero le reiteraba a Hernández Perpiñá, «yo no le toqué, aunque la foto de Vidal parezca decir otra cosa. Lo cierto es que como yo iba a toda velocidad, Zamora, en su salida, trató de no chocar conmigo. Yo tenía 24 años y él estaba ya en las postrimerías de su carrera, por lo que creo que salió con un poco de miedo al choque…»

Con las puertas del cielo abiertas de par en par, los greenwellianos corrieron a pelotazos a los madrileños. La plasticidad de aquellos ataques y la virulencia de su insistencia plasmadas en toda crónica que se encuentre parecían pronosticar una hecatombe para el conjunto capitalino, que sorprendido primero, y desbordado después, era incapaz de sostenerse sobre el campo, remando a la desesperada en su intento de evitar el naufragio.

Fue un torrente infructuoso, pues la delantera valenciana desconocía los secretos para perforar la meta de Zamora, el único culpable de que a esas alturas el 1 siguiera huérfano en el marcador.

En dicho asedio, el Madrid escondía su faceta de soberbio. Venía de vencer en cuartos, en la llamada final anticipada, al Athletic requiriendo de un desempate y calificándose de campeón desde ese instante mismo a pesar de esperar el Betis en semifinales.

Pero aquella era igualmente una lucha contra su propia historia, un mal fario arrastrado a lo largo de dieciocho años sin tocar metal, llevándole a perder las tres finales disputadas en los cinco cursos anteriores.

Un ínterin relleno de elogios regalados en virtud de su ubicación geográfica sin sustento alguno en los resultados obtenidos, algo que supo plasmar magistralmente Josimbar en 1928 en su relato del defeat de los por entonces cortesanos ante el Valencia: «es un club [El Real Madrid] al que se le concede unánimemente un prestigio, un valor, tan gratuita como incomprensiblemente».

Entre humeantes graderíos e intenso olor a pólvora, identificando la ventaja valencianista en el marcador, también se escondía la sorpresa madridista al toparse con un rival de prestaciones imprevistas.

En las horas posteriores a la final se leía en letras de molde acusaciones al capitán de «imponer una táctica equivocada», o no «saber revertirla de haber sido impuesta por el míster»

Lo que no esperaban es que su éxito llegara por la vía de la rendición. Porque cansado de mantener tan alto ritmo, el Valencia fue echándose atrás con el caer de los minutos, desmoralizado en algún grado al no ser capaz de engordar el marcador, y temeroso ante los instantes finales, hizo lo que no se le daba nada bien: conservar lo ya conquistado.

Una actitud que encontraría una fuerte contestación en las horas posteriores a la final, leyéndose en letras de molde acusaciones al capitán de «imponer una táctica equivocada», o no «saber revertirla de haber sido impuesta por el míster».

Lo cierto es que la superioridad del Valencia sobre el Madrid residía en la medular, y al perder tal presión, replegarse, y dejar a los blancos libres de agobios, éstos se fueron adueñando del partido hasta convertir a un inédito Enrique Cano en repentina estrella del match.

Así, Hilario, finalmente con tiempo para pensar, encaró a un Bertolí situado en la frontal del área, zafándose de su marca en carrera, y sin más oposición, mandó un obús que dibujaría el 1-1 en el marcador a 25 minutos para la conclusión.

Lo que hasta no hace mucho hubiera sido una distancia kilométrica con final en fault, enfrentándose a una maraña de piernas que le hubieran impedido el paso, era a esas alturas metros de pura libertad. En ese shock, aquel sentimiento previo de inferioridad, de derrota aceptada, afloró impidiendo reaccionar a un Valencia agotado que iba a ver como una internada de Lazcano acabaría en balón cruzado, que fregando el palo, establecería el 2-1 un minuto después del empate. En tan escasos segundos se esfumaba lo conseguido durante todo el encuentro.

Al recuperarse del aturdimiento y adquirir conciencia de lo ocurrido, al Valencia ya no le quedaba tiempo. Otra vez encerrando al Madrid, sacando energía de donde no la había para construir un nuevo asedio, Torredeflot trazaba un centro medido a la cabeza de Vilanova, rematando el xiquet ante un Zamora descolocado, pero el balón, caprichoso, con la historia en sus cordeles, prefirió abandonar el terreno de juego lamiendo el larguero.

Era una acción recurrente, ya maldecida, repetida constantemente en los momentos de mayor dominio y acierto del equipo encarnado. Con el silbatazo final, como si de una macabra profecía se tratara, aquellas letras trazadas por Greenweel en las horas previas —«Espero que el mejor equipo pierda»— tornaron en realidad.

«Con una delantera como la del Valencia no se puede ganar», soltó Luis Colina

En esos lamentos, al final de la escalinata que conducía al palco, nacía una imagen para la historia: Lluis Companys —Samper no pudo acudir por la situación en Madrid— entregó la Copa en nombre del Presidente de la República al capitán madridista. Lo que pronto serían las dos Españas allí mismo posaban como una sola dando tiempo a que las lenguas, derrotadas y triunfales, empezaran a aflojarse ante las cuartillas de los periodistas.

Porque la sensación general era de derrota estúpida, de dejar escapar algo que se tenía ganado al no saber leer bien los momentos clave, «el guiso estaba a punto, todo el condimento puesto. Pero al cocinero se le fue la mano con una de las especias y un poco de pimienta echó a estropear el suculento plato». Esto de Sincerator fueron las palabras más amables al repliegue perdedor del Fé-Cé.

Incluso la propia dirigencia valencianista arremetió sin tabúes, «con una delantera como la del Valencia no se puede ganar» soltó Luis Colina aún con la decepción sobre sus hombros. Una sensación que compartían en el bando madrileño, siendo Zamora el más claro y contundente de cuantos hablaron: «El Madrid sólo ha podido jugar diez minutos y en ellos ha decidido el partido a su favor. Sólo en diez minutos».

Siquiera quedaba el ‘consuelo’ de escudarse en el inefable Vilalta, pues el colegiado, sin que nadie supiera explicar dónde estaba la ilegalidad, anuló un gol madridista en botas de Regueiro en una trepidante contra cuando en los últimos instantes, ya a la desesperada, los valentinos atosigaban sin descanso la meta de Zamora.

Tampoco pasaba inadvertida la sospecha de que el gol de Vilanova pudo ser concedido sin tener porqué.

Fue la senda que recorrió el transcurso de la cena de gala posterior al encuentro, impregnando el viaje de regreso y cercenando un recibimiento alejado de los cánones habituales, produciéndose escenas más frías y familiares de lo que tocaba, máxime al tratarse de un grupo que venía de inmortalizarse en la historia.

La desolación persistió hasta tal punto que el partido homenaje programado para aquellos chavales y Pasarín, un capitán ya con la licenciatura lista y un extenso expediente de servicios que merecían mejor despedida, quedó en acto desangelado granjeando otro reguero de críticas por el desamparo de la afición valenciana a unos equipiers, y un líder, que merecían, en virtud de una mayor perspectiva, un trato más elogioso.

Ocurría que aquella ciudad vertiginosa y apasionada estaba a otras cosas, empeñada en el propósito de arrebatarle a la CEDA su mayoría parlamentaria en unas nuevas elecciones. Empezaba la cuenta atrás para la guerra y la temporada del balón había llegado a su conclusión.

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