Equipiers

Contra el viento la cabellera

Entre las pistas de cemento y tartán del colegio Izquierdo, en Castelló, hasta el verde de París, portando el murciélago, apenas pasaron ocho años. La vida de un jugador que tocó balón po vez primera a los catorce, convirtiéndose en el mejor jugador desde Kempes, es una sucesión de casualidades a una velocidad inusitada que en 2001 le situaron muy cerca del Balón de Oro.

Vespino blanca, con el cuadro eléctrico por fuera. Chanclas. Vaquero raído por las rodillas y camiseta negra. La estética grunge que bajó de aquella moto era un chaval enseñándonos la modestia del promocionado al primer equipo.

Llegado un año antes del Castellón, reforzando el Mestalla, las cámaras de Canal 9 transmitieron esa fanfarria para contarnos su primer entrenamiento con los mayores. Así de rápido ocurría todo en la vida de Mendieta. Un año, que en fútbol son cinco o seis meses, le bastó. El mismo tiempo que le llevó del Deportes Tonín al juvenil orellut.

Porque la base de la historia vital del chico de la plana empieza en barro y tartán, con zapatillas de clavos. Es ahí donde adquirió su fondo físico, su velocidad, su elasticidad y la razón de esos movimientos torpes, casi antinaturales, en sus regates y fintas que sabía gestionar tan dignamente. Pues a pesar de ser hijo de futbolista no tocó un balón hasta los catorce años. Cuando su padre, empecinado en que dejara esa obsesión por las carreras, se lo llevaba los viernes a Oropesa, donde entrenaba, para que supiera de aquello de la pelota, dejándole los sábados para su verdadera pasión.

En aquel campo de minas cambió el rumbo de su vida. La grupa de veinteañeros empezaron a pelearse por incluirlo en los partidos de entrenamiento. Era el que más corría. Era el mejor. «Míster, póngalo»; le decían a Andrés Mendieta. «¡Pero si sólo tiene catorce años!», contestaba el padre.

Y lo puso, pero buscándole un equipo adecuado a su edad, dado que el veneno del fútbol ya había hecho mella en un Gaizka que hubiera triunfado en cualquier disciplina de habérselo propuesto, porque antes que nada siempre fue un deportista. Desde niño, en el patio del colegio Izquierdo, batió récords juveniles en pista de la mano de Pepe Ortuño. Su mentor en todo esto. En las pruebas de cross por toda la provincia de Castellón destacaba sobremanera. Llegó a estar becado y ser campeón autonómico de los 100 metros; plata en los nacionales. Tuvo en sus manos el sueño olímpico, que abandonó para hacerse futbolista.

En su eterna lucha contra el crono, los saltos del rubio de la plana son estratosféricos. Bastaron tres años para mutar de atleta juvenil a debutante en segunda división con el C.D. Castellón. Diecisiete primaveras le contemplaban cuando Quique Hernández se aferró a él para tratar de salvar el cuello, y la temporada. No erró. 16 partidos fueron suficientes en la categoría para que el Valencia desembolsara treinta millones de pesetas, más diez en variables, y se lo trajera a Paterna.

Allí, en el mundo de etiquetas y clichés del que emanamos, su pasado le penó por vez primera. Quedó condenado a ejercer de carrilero, o lateral. Mayormente por la derecha. Pero siempre atrás, para entrar en carrera, para pasarse el partido subiendo y bajando la banda. Un potrillo por domar de apariciones intermitentes. Nadie prestó atención a sus otras cualidades, era físico, era atleta, no había más. Pero Mendieta no se resignaba. Cuando podía jugaba por dentro. Cuando se daba, intentaba zapatear al arco desde la frontal. La disciplina que le inculcaron, esa concienciación del trabajo como vía para la mejora del deportista, lo convirtió en una esponja que le ayudaría a su evolución. Observaba. Imitaba. Trabajaba mientras otros descansaban. Cuando conoció a Salenko se interesó por su método para lanzar penaltis. Los entrenaba junto al ruso, y en solitario, hasta dominar la técnica. Cuando conoció a Mijatovic y le fascinaron sus lanzamientos de falta, siguió el mismo proceso. Ya como estrella consolidada, seguía haciendo horas extra en Paterna.

Tal empeño en mejorar fue la razón de que nada fuera casualidad en su crecimiento, ni siquiera su idilio con los golazos. Tras aquella crisis con Hiddink que desembocó en la llegada de Paco Roig, Héctor Nuñez sería el primero en ponerlo por el medio, donde ante el Real Madrid, de un latigazo desde la frontal del área, anotó el primero de ellos, ajustándolo a la cepa del palo. Es su año. Otro salto. De los 262 minutos que disputó en la 92/93 a los 2560 de la 93/94. De 9 partidos a 31.

Pero aún estaría lejos de la fama. Los tumbos que le obligaron a dar hasta la llegada de Ranieri sólo los interrumpió Aragonés, aunque despojado de la libertad que le haría brillar. Precisamente esa torpe máquina de ganar que fue el equipo del subcampeonato le permitió cumplir un sueño aparcado: acudir a las olimpiadas de Atlanta 96, saborearlas con el espíritu de atleta que todavía conservaba. Como confesó después, fue el único que le dio valor a aquello mientras al resto del grupo parecía darle igual todo, incluso a la misma RFEF, que apartó al equipo de la villa olímpica como si no tuviera que ver con ellos.

Es el cúmulo de experiencias que le posicionaron en la rampa de salida. A pesar de la estrepitosa caída de Clemente tras la debacle en Chipre, su pasaporte a la absoluta ya estaba expedido. Incluso el breve invento de Valdano, bajo el cual estuvo a veinte millones de marcharse al Athletic, supuso una veloz transición hacia los anales de la historia. Ya era un joven maduro, de vida agitada. Habitual en los clubs de música y las tiendas de discos más afamadas de la ciudad. Un muchacho criado en los años dorados del grunge, el rock y las bandas que generaron a un cultureta, amante del ambiente, los libros y lo underground.


«Cuando Gaizka comenzó a entrenar con el primer equipo corría mucho, como para atravesar un muro», dice el ex centrocampista del Valencia Roberto, «pero técnicamente era pobre. En todos mis años en el fútbol, nunca he visto a un jugador evolucionar tanto».


Instante en el cual, abandonando al unísono la maquinilla de afeitar, a ese pelucho de monaguillo le empezaron a crecer las puntas. Punto donde muchos aseguran que surgió de la nada, metamorfoseándose de manera espontánea en un jugador superior. Pero en realidad es una exageración.

Siempre fue un futbolista de clase al que se empeñaban en esconder en posiciones que no le hacían justicia, condenado siempre a tareas defensivas. Con Nuñez ya demostró ser un centrocampista de nivel. Con Luis dio sobradas muestras de lo que podría llegar a dar si pulía ciertos aspectos del juego. Fue Rinaldi, Ranieri, quien encontrara el lugar que estuvo buscando el muchacho desde siempre para poder desplegar completamente todo su fútbol, sin corsés ni entramados extraños.

Y tampoco fue algo inmediato, más bien un concurrido proceso de pequeños pasos hasta que el italiano se desprendió de todas las piezas que no se acoplaban a su idea. La salida de Fernando, la marcha de Carioca, el fracaso de Morigi… La sorpresiva irrupción de Farinós, la madurez de Milla como eje, y la llegada de un Swarchz que pondría músculo a tanto toque fueron claves para que Mendieta rompiera el cascarón y se atreviera a mostrar en el campo todo lo que llevaba tiempo insinuando en Paterna. Era libre, al fin, para jugar arriba. Chafar área.

Conectar con los delanteros. Desprendido de tantas responsabilidades, que ahora sujetaban otros por él, empezó a atreverse a regatear, a doblar por velocidad a su par, a tirar caños, a bombardear porterías desde larga distancia. En definitiva, una combinación perfecta de fondo físico y técnica que le hacía tan distinto a todo lo que había en su época.

Porque lo de Mendieta también hay que leerlo en clave molde. Era el fin de la era del centrocampista fino y enclenque, de medias bajadas y ahogos que se deshacía como un azucarillo en el transcurso del partido, salvado sólo por su hecho diferencial, la capacidad de desequilibrar encuentros con un pase o un balón parado. El fin de los Baggio o Laudrup y el hola de los Nedved y Mendieta, estableciendo el reinado de los futbolistas eléctricos.

Aunque tal vez los padres de esa teoría de los dos Mendieta sí tengan algo de razón. El Mendieta rinaldista fue un tipo explosivo, desbordante, abonado a la gesta y al espectáculo. Un artista en toda regla que plasmó su faceta más impactante en los mejores escenarios. El cuperista era una cosa más fina, un criminal sutil que había abandonado ya la sangre y el ensañamiento en virtud de la sofisticación, un director de orquesta de altos vuelos mutado en un equipier mucho más completo.

Un punto en el cual se traza una curiosa simbiosis entre la evolución del jugador y el crecimiento de un club que todavía estaba desperezándose del descenso del 86 y las secuelas que le acompañaron. Dos vidas en paralelo que alcanzaron su zenit tras la final de Sevilla, el paso definitivo en la evolución que dejó para el recuerdo la reedición de la media gloriosa. Farinós-Gerard-Mendieta es lo más parecido que ha existido jamás a aquel trío formado por Molina-Salvador-Amorós.

Triunvirato dominador de Europa, liquidador de Goliats… eje, este, como aquel, de un equipo que aprendió a arrollar, firmando noches sólo soñadas. Pues bajo la batuta de Cúper, a quien le costó cogerle el pulso al equipo que dejó Ranieri, todo aquel potencial se puso al servicio de un fútbol exquisito. Jamás se vio a ningún Valencia jugar tanto y tan bien como lo hizo entre febrero y mayo del 2000. Una suficiencia imparable que de no ser por aquel arranque liguero tan extraño (un punto de quince) se hubiera llevado la Liga. Quizás es lo único que le faltó, plasmar en títulos aquel caudal.

En menos de ocho años el muchachito modesto de la plana, el chico de ropas raídas que llegaba en una vespa de segunda mano a Paterna, era el rey de Europa y el murciélago del escudo. Episodios que no supo digerir demasiado bien. El primero, aquel del ‘son 10.000’ con el Madrid hizo la primera mella en la relación con la grada. Tampoco fue alguien que se dejara querer. El carácter seco que desprendía, celebraba sus goles como si le hubieran dado una bofetada, era otra barrera más por un afecto que nunca llegó a tener un calado significativo. Un témpano, huidizo de las masas, que fue nombrado dos años consecutivos el mejor centrocampista europeo sin aparentar la más mínima emoción por ello.

Trató, hasta entonces, del jugador del VCF que más cerca estuvo de ganar el Balón de Oro, que en una maniobra inexplicable cuando hasta en Francia las quinielas apuntaban a Mestalla, acabó en manos de Michael Owen.

Paradójicamente, alcanzar su momento más álgido de su carrera resultó ser también el inicio de su declive. Estaba en disposición de transformarse en el futbolista total, a las puertas, aunque todos lo ignorábamos, de seguir haciendo historia. Pero esa ausencia de un componente emocional en su estructura mental impidió ver más allá.

Demasiado cerebral para un mundo donde priman, por encima de todo, los bajos instintos. A Mendieta le dio miedo ser Mendieta. Es algo que sabemos hoy, de su boca, confesando que la presión que sentía, la exigencia que había sobre él para ser quien ganara los partidos cuando los partidos no se podían ganar, las expectativas alzadas entorno a un perfil tan deslumbrante, le cohibieron, le pesaron, y le empujaron a huir de todo aquello. A pesar de las formas mezquinas que utilizó, propias de la casa Toldrá, hubo honestidad en su maniobra.

En su interior aquella aventura había llegado a su fin y el cuerpo le pedía otra cosa. Y como nada en Mendieta tuvo mesura, aquello tan mal ejecutado, el primer error en toda su carrera, acabó contándole lo que había conseguido. En la edad ideal del futbolista, en su mejor momento como futbolista, encontró el declive en Italia, el anonimato en Inglaterra, y el ocaso de una figura que hubiera traspasado los límites del cielo de haberse propuesto capitanear el equipo de Benítez. Imaginate, Gaizka, qué serías hoy de no haberte marchado.

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