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Mundial antiracista en la Emilia-Romaña

En una pequeña población situada en el corazón de Italia centenares de jóvenes luchan sobre un terreno de juego contra el racismo, la homofobia y la discriminación.

El portero danza con una cabeza de peluche sobre sus hombros a 35ºC al sol, la música de fondo taladra a los asistentes mientras un pausado Adelmo Cervi lanza su habitual mensaje a unos espectadores resguardados bajo la arboleda que acompaña al terreno de juego. «No hay que desmoralizarse si las cosas no salen al principio, hay que seguir luchando con paciencia y determinación siguiendo los principios de justicia y solidaridad. Si los jóvenes se rinden, no hay futuro», dice.

Adelmo es hijo de Aldo Cervi, mártir italiano de la II Guerra Mundial, uno de los muchos rostros conocidos que acoge la coqueta Castelfranco Emilia, un idílico paraje natural atrapado entre Módena y Bolonia que da cobijo al Mondiali Antirazzisti, esa curiosa mezcla de festival veraniego de música independiente y olimpiada con carga social.

Los pelos deshilachados, cuerpos sudados, chanclas, camisetas de tirantes y las malas pintas producidas por el asfixiante calor acompañan a una marea de tiendas de campaña y escenarios al aire libre en plena campiña, los fardos de paja y cebada recogidos en los márgenes advierten de la actividad agraria de la zona, ahora ocupada por activistas, familias, oenegés y equipos de fútbol amateur.

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La lucha por construir un mundo mejor debe continuar», concluye Adelmo. Este escritor de 76 años es fiel heredero del centenario legado de su familia, «si el racismo nunca tuvo sentido, en el mundo actual mucho menos». Y acabar con él, o mitigarlo dentro de lo posible, es el objetivo de las 5000 personas que confluyen en la XXI edición del Mondiali.

Un certamen que da cuenta de lo contradictorio del cliché, pues encuentras en él lo esperado, muchachada del St.Pauli, Celtic, Livorno… y, sorpresa, a representantes del Dynamo Dresden, club con una de las organizaciones ultras más violentas y racistas de Alemania hasta el punto de enfrentarse al resto de su hinchada generando una división irreconducible a la que la entidad no sabe responder.

Suponen la nota éxotica a los 170 equipos participantes, unidos a los 50 llegados del mundo del rugby o el voleibol para sumar un total de 220 combinados inscritos. Entre ellos el United Glasgow, vigente campeón y perteneciente a las 42 escuadras formadas por inmigrantes siendo en esta edición premiada por la organización en reconocimiento a su labor de integración. 16 representan a asociaciones deportivas, 14 a aficionados, otros 23 a oenegés y 4 son de discapacitados.

Una mezcla armoniosa que se disfruta a golpe de vista durante un breve paseo por el enorme retiro que los reúne. En uno de los campos se observan a los equipos compuestos por padres, madres e hijos compitiendo frente a iguales en el torneo familiar, mientras a su vera, un grupo de árabes y subsaharianos dilucidan a penaltis el duelo que les ha enfrentado a la minoria albanokosovar. Una edición que ha aumentado especialmente su afluencia, justo en el año en el cual se pone especial acento en la homofobia, un problema creciente que deja episodios tan escalofriantes como los vividos en Chechenia durante los últimos meses.

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El deporte es un derecho universal, negarle su práctia a alguien por ser gay, transexual, negro o refugiado significa negarle el derecho elemental a la existencia», irrumpe Daniela Conti, miembro de la organización. Nos explica uno de los problemas más comunes en el fútbol formativo o amateur, las incontables trabas, desprecios o agresiones a las que se enfrentan muchas personas cuando intentan integrar con normalidad equipos de barrio, o el cerrazón de las federaciones locales una vez los combinados de refugiados pretenden dar el siguiente paso y federarse en alguna de ellas.

Asuntos que alcanzan especial gravedad conforme nos alejamos de la centralidad europea, puesto que en los campos de la Emilia-Romaña también trotan conjuntos de lesbianas y gays llegados de Turquía, Ucrania, Polonia o Bielorrusia, regiones con elevados índices de agresiones homófobas. ‘Todo el mundo en el campo’ es uno de los talleres que pone voz a la necesidad de superar a través del fútbol la discriminación ligada a la orientación sexual, identidad de género o pertenencia sociocultural.

«El deporte sirve para sensibilizar en estos asuntos a un incontable número de jóvenes, ajenos a esta problemática o condescendientes con estas situaciones», advierte Daniela.

El Mondiali consigue tejer una sólida comunidad de personas y grupos de amigos que entran en contacto con refugiados y asilados, intercambiando experiencias que suelen engendrar proyectos futuros o acciones conjuntas en beneficio de la integración social de los más vulnerables. Es, sobre todas las cosas, un encuentro de culturas, un intercambio que no siempre se expresa con palabras, teniendo en el fútbol una potente herramienta de inclusión. «El mundial representa la otra cara de la luna», afirma Carlo Ballestri, fundador del evento. «Es una forma de humanismo, que busca otra forma para estar juntos y convivir en armonía, representa prados, no muros».

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Más allá de las noches de rock y cerveza y las mañanas de partidos, el Mondiali Antirazzisti es una gran plataforma de divulgación. El mayor espacio en una agenda que comprende del 5 al 9 de julio queda reservado para las conferencias y charlas donde los protagonistas cuentan su propia experiencia, poniendo de manifiesto que las oleadas de refugiados no se circunscribe a un problema temporal, «escapar de escenarios de guerra, conflictos étnicos o crisis climáticas impone a prepararse para manejar un proceso complejo que no ha hecho más que empezar».

Es lo que afirma Alejandra Monelli, delegada de ACNUR, ponente de uno de los talleres más crudos del evento, en el cual las organizaciones que trabajan en el Mediterráneo asistiendo al drama humanitario llegado de África relatan sus vivencias, las dificultades que encuentran por parte de las autoridades e incluso el trato denigrante que sufren los refugiados una vez pasan a disposición de los estados.

Un evento, que a pesar de sus pintas lúdicas, dejándose ver árbitros con falda escocesa o crestas punk, se esmera en el cuidado del detalle, estando todo auspiciado por la UISP —Unione Italiana Sport per Tutti—, reconocida por el Comité Olímpico Italiano formando parte del mismo como entidad oficial para la divulgación del deporte.

Aspecto que ayuda a arrastrar hacia Castelfranco Emilia a un buen puñado de rostros conocidos y asociaciones de prestigio, como Oxfam o la citada ACNUR. Uno de ellos, padrino desde hace años, es Damiano Tommasi, exinternacional italiano de la Roma y actual presidente de la Asociación de Futbolistas transalpinos. Organización que acude a todas las ediciones con un equipo propio, presentando este curso como novedad un combinado mixto de jugadores y jugadoras a un certamen que hace las delicias de su presidente, jugador que ya mostró su espíritu cuando en los 90 emprendió una solitaria y tortuosa lucha contra el servicio militar obligatorio ante la incomprensión del mundo, algo que no sólo le puso en la diana de los sectores más conservadores, sino que acabó convirtiéndole en el primer internacional en la historia de la azzurra que evitó la mili al ejercer de objetor de conciencia.

 

Empapados en sudor, decorados por briznas de hierva adheridas a piernas y brazos, van desfilando los últimos contendientes. Hinchas del Bursaspor, Saint-Etienne, Manchester United, del Universitario de Deportes peruano, del Schalke y de infinidad de equipos italianos emprenden los rituales de despedida. Más de 50 nacionalidades fundiéndose en abrazos, fotos, intercambiando tuiters e inclusiones en grupos de whatsapp vitorean en las improvisadas gradas al florentino Colo-Colo United, el equipo de inmigrantes chilenos capaz de arrebatarle el Mondiali a su homónimo escocés, campeón de la pasada edición.

Estamos ante el preludio de la gala de clausura donde se entregan los títulos ganados sobre el césped en las distintas categorías, y los organizadores nombran a las asociaciones premiadas por su labor de integración realizada durante todo el año en el ámbito del deporte.

Es la última noche de cerveza, comida y música al aire libre, con un Adelmo Cervi subido a una silla, micrófono en mano, bajo la penumbra de una lámpara antimosquitos alerta a la parroquia de «no dar por sentadas las conquistas del pasado, porque entonces será cuando las perdamos. Hay que seguir luchando porque hoy es tan necesario como ayer».

Apenas quedan los silenciosos restos de cinco intensas jornadas de convivencia y reivindicación. Pancartas descolgadas por el viento, puntos de información olvidados, tan bulliciosos en la jornada inaugural con la entusiasta chavalería inscribiéndose en ellos como voluntarios… diciendo ahora adiós al compás de un atardecer seco y pegajoso. En 2018 espera Florencia y una edición, en boca de sus promotores, que promete doblar la asistencia vista en el pequeño paraje boloñés.

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