Història VCF

Breve introducción a la bandera del VCF

Tras más de una década desaparecida, la bandera del VCF vuelve al club. ¿Pero qué usos tenía, cuál es su origen? Aquí una breve explicación.

La última vez que la vimos era un amasijo de trapos arrugados y malolientes, atizados por la humedad y el moho. Un puñado de telas descoloridas y arañadas encerradas en un almacén de mala muerte, entre polvo y heces de rata, acompañando a las pertenencias que testimoniaban un siglo de vida de la entidad.

Era el lúgubre lugar al que fueron a parar los trofeos, la bandera y parte del archivo histórico del Valencia cuando a finales de los años 90 se desmanteló el Pabellón Social y las viejas oficinas para emprender la reforma de Mestalla.

Desde ese instante, el deterioro del patrimonio histórico de VCF fue galopante. Copas oxidadas, desmontadas, hasta extraviadas en los trasiegos de aquellas breves exposiciones que se organizaron, viajes aprovechados por el caco para sustraer la bandera sin dejar huella. La fotografía del estado en el cual se encontraba tras tal encierro se exhibe en la actualidad en la sección de historia de la web oficial, fue el último documento gráfico que atestiguaba su existencia antes del hurto.

Pues el emblema ha permanecido al menos 15 años en manos extrañas, en posesión de un ladrón de guante blanco del que han corrido mil y una historias por la ciudad desde entonces sin que nadie, ni al principio, ni al final, pusiera una denuncia, emprendiera una investigaron o moviera hilo alguno para dar con su paradero.

Ha sido otra vez de forma sorpresiva, supuestamente enviada en una caja sin remite a la Asociación de Futbolistas del Valencia, como el club y su masa social han recuperado un trozo de su historia, y el vínculo que en 1924 unió a la hinchada con la institución en un momento de consolidación y expansión de un Valencia con apenas cinco años de vida.

A pesar de que muchos siguen ocultos, los trofeos, los más importantes al menos, fueron restaurados y exhibidos en la nueva vitrina del palco de Mestalla mientras el principal estandarte permanecía en paradero desconocido. Aunque para entender su importancia, la importancia de su regreso al lugar que pertenece, hace falta conocer su origen, su composición, y el simbolismo que encierra la enseña de la entidad.

No es fundacional

La tradición popular acostumbra a tildarla habitualmente como bandera fundacional, pero la misma data realmente de 1924, cinco años después de los acontecimientos vividos en el Bar Torino.

Eran instantes de apoteosis para el Fé-Cé, recién y flamante campeón por primera vez de un campeonato regional, el de 1923, del cual ganó todos los encuentros. Con su primer estadio en propiedad acabado de inaugurar en mayo de aquel curso, y con un entrenador, Fivébr, por vez primera sentado en el banquillo. Años fulgurantes también en lo social, pues se duplicó la cantidad de socios, lo cual llevó a un grupo de aficionados, capitaneado por Francisco Crespo, a creer en la idoneidad de que el club, su club, tuviera un estandarte que aunara aquellos auges.

¿Pero por qué una bandera? Los tiempos lo requerían, ya que era tradición que toda asociación civil o política de cierta relevancia tuviera la suya propia. Las agrupaciones más abundantes, y mayoritarias, eran las republicanas, con tricolores y senyeras personalizadas representando cada facción y tendencia. Pero también las tenían los movimientos culturales y cívicos, como la Liga de Mujeres o Lo Rat Penat. Telas colgadas en los casinos y cafés de una ciudad blasquista. Aquel Valencia, repleto de militantes del PURA (Partido Unión Republicana Autonomista) y del PRR (Partido Republicano Radical, escisión del primero) no iba a ser menos.

Un regalo de la afición

Pero lo verdaderamente importante está en su confección. Pues no es un estandarte surgido de las entrañas de una cúpula directiva aislada en su delirio, sino que trata de un regalo de los socios al Valencia. Crespo, ayudado por los señores Suñer y Sureda, crearon el movimiento Pro Bandera Valencia F.C. para agrupar a todos los entusiastas que al igual que ellos fueran partidarios de dotar a la entidad de un símbolo distintivo. Sufragando los muchos que se adhirieron por vía de la suscripción (un crowdfunding vintage) su coste.

La implicación fue tan masiva que pronto se apuntaron un sinfín de personalidades aportando cada uno lo que pudo. La casa Martínez y Orts, orfebres y artistas en el manejo de metales preciosos, elaboró el asta que la sujetaría. Una de plata de ley, rematada en oro, a imagen y semejanza de la Senyera que cada 9 d’Octubre cruza la capital. La confección de la tela correría por parte del Taller de Bordados Justo Burillo, toda una referencia de la época, que utilizaría la seda para la parte blanca y el terciopelo para la senyera.

No iba a quedarse ahí, ya que el movimiento Pro Bandera, finalmente constituido en comisión, arrastraría al maestro y compositor Rafael Guzmán, creador de una marcha llamada Valencia F.C., encargándose de poner banda sonora a la manifestación popular por las calles de la ciudad que acompañaría a los actos de entrega de la misma durante aquel 21 de septiembre de 1924.

Siendo el hecho más destacado conseguido por los Pro Bandera que Bernardo Duties compusiera el que fuera el primer himno en la historia del Valencia, caído en el olvido desde la guerra, que utilizó el Hurra como padre del actual Amunt.

Por los mismos caminos llegó la vitrina en la cual quedaría resguardada. Puesto que el fotógrafo Vidal rifaría varias réplicas, de menor tamaño y de bajo coste, para poder sufragar la construcción del mueble en maderas nobles que ejercería de casa para el estandarte.

«El grandioso festival que el Valencia está organizando con motivo de la entrega de la hermosa bandera que por suscripción entre sus socios y admiradores regalan al más popular de nuestros clubes promete ser un brillantísimo acontecimiento». Uno que copó las portadas de cuatro de los cinco periódicos que se imprimían en el Cap i Casal.

Atizada por los tiempos

Nada como un robo, ni un abandono en un agujero pestilente. Pero la bandera, verdaderamente, tampoco tuvo una vida sencilla en sus inicios. Ya en las vísperas de la ceremonia de entrega que la convertiría en propiedad del club el golpe de estado de Primo de Rivera le asestó la primera estocada.

Visto que la bandera propia de los valencianos se había mimetizado como símbolo del republicanismo, del cual Valencia era bastión y locomotora, prohibió el emblema dadas las nulas consecuencias del veto a la tricolor. Aspecto que obligó a descoserla de la bandera del club, quedando en la vitrina, cruzada, como fondo, durante su exposición pasiva ya que no había alternativa si se quería exhibir en actos públicos.

Algo que sería resuelto mediante una asamblea de socios una vez caído el régimen. «Modificación de la bandera. En el sentido que pueda llevarse a cabo el primer proyecto que acerca de ésta se hizo, prohibido por la autoridad gubernativa de aquella época. En consecuencia, la bandera del club ostentará por un lado el color blanco, y por el otro los colores de la Senyera de la ciudad».

La siguiente cicatriz la trajo el decreto franquista que obligaba a eliminar el Football Club del nombre, una decisión tomada a regañadientes, alargada hasta el último minuto del plazo exigido, pero que se saldó con un parche cosido tapando el escudo original para cumplir con la ley. Parche que se ve estupendamente en una maravillosa fotografía de los años 70 donde aparece Di Stéfano, de vuelta a Valencia, posando junto a ella en una extravagante habitación tapizada de color rojo.

Ceremoniosa

Otros aspectos que se desconocen de la bandera son sus usos y liturgia. Pues no era un objeto decorativo, ni destinado a permanecer encerrado en una vitrina o en el despacho del presidente de turno, como ocurrió finalmente en los años 60.

Su cometido era ser la insignia representativa de la entidad en todos los frentes, y allí la vemos, presidiendo actos, manifestaciones, cenas, olimpiadas de las secciones, asambleas de socios y tardes de gloria en conquistas deportivas. Estuvo en los años 20, en los 30 —qué mejor testimonio que esa maravillosa imagen del ascenso a primera de 1931 con el equipo posando con ella— en los títulos de posguerra y hasta en las celebraciones de la copa del 54.

Una de las maravillas que esconde se puede ver en una imagen de la colección Lázaro Bayarri que aparece publicada en 25 historias del Valencia CF que quizá no conozcas de J.R. March, fabulosa panorámica de la sala de trofeos del club. La protagonista es la senyera descosida por imperativo legal cruzando el receptáculo, pero en una de las esquinas del aparador cuelgan las cintas de seda que hacen referencia a los títulos conquistados y a las fechas señaladas. Cintas que se le añadían al asta cuando se levantaban nuevos trofeos.

La mejor muestra de este ritual se puede ver en otra instantánea, esta vez aparecida en el magazine La Semana Gráfica, donde el capitán blanquinegro sujeta la bandera mientras su homónimo del Gimnástico engancha a la misma la cinta correspondiente al título conquistado por el Valencia en el regional de 1926.

Usos, que desgraciadamente se perdieron en los años de Julio de Miguel quedando desde entonces —a excepción de las bodas de oro— recluida en despachos o estancias del club despojándole de esa vis popular y festiva que se le otorgó en su concepción.

Queda esperar que con su regreso, tras su restauración, la podamos volver a ver danzando en Mestalla, en convenciones, en la calle, arropando a la cantera y a las chicas del femenino en sus conquistas, mezclada entre la gente en recuerdo de aquellos socios que la idearon, siendo padrina de los títulos que estén por llegar.

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