cultura de club

Música y Mestalla, una relación complicada

Himnos, canciones, temas, melodías... desde el principio de los tiempos el mundo de la música ha intentado enamorar a un estadio que grita, pero no canta, fracasando en su empeño de instalarse en el imaginario colectivo. Un repaso a esta complicada relación entre balones e instrumentos de viento.

Años atrás, antes que el club cayera en este pozo de desazón que lo arrancó de la élite, TalkSport, la famosa radio estación deportiva británica, publicó un ranking con los estadios más ruidosos de Europa situando a Mestalla en segundo lugar, sólo superado por el Westfalenstadion.

Ruido, bullanga. No cánticos. Aplausos a un saque de banda, a un buen regate o recuperación, un jaleo constante. Son las cosas, junto con la inclinación de sus gradas, que más llaman la atención a los foráneos cuando chafan el recinto de la avenida de Suecia. Eso y la escasa o nula capacidad del público para seguir durante más de tres segundos una estrofa surgida del fondo.

Es una fama ésta de ruidos guturales y animosidad —o cabreo— exagerado arrastrada desde los años veinte y que ya en tiempos comportaban sesudos psicoanálisis en la prensa local, de batallas épicas contra la madrileña o catalana ante esa etiqueta de incivismo asociada al entusiasta valentino.

Gritar, sí. Pero cantar, no. Ahora que con la excusa del centenario nos inundan en composiciones que aspiran a convertirse en cántico coral en momentos de fervor es buen día para viajar por la complicada relación de la grada con el instrumento de viento y esos intentos de himno que desde siempre pretendieron arraigar en un estadio que jamás estuvo dispuesto a mover los labios para tales asuntos.

Del Cabaret a Duties

Porque esto de la música y el Fé-Cé ya se intentó desde el mismo momento del alumbramiento del club. Un club instalado en los cabarets y casinos de su tiempo, donde se compuso la primera canción —y primer mote— de una entidad que conquistó de manera aplastante el campeonato de 1923. Fue el mismo lugar donde se inventaron famosas coplillas que nos han dejado para la posteridad palabros como alirón cuando Teresita Zazá canturreó los éxitos coperos del Athletic en 1912.

Pero a este lado del mediterráneo las cabareteras de Russafa dejaron algo más liviano, oficializando la jerga con la cual los primeros aficionados se referían al recién llegado: «Mamá, papá, footballista quiero ser y meter goles en el Valencia Fé-Cé».

Aunque la relación con las bandas de música y cantores varios fue intensa durante las primeras décadas, a pesar de que la Sociedad Coral El Micalet ejerciera de banda oficial del club para todos sus actos, impulsando en días de enjundia las palmas del respetable en el primitivo Mestalla, de que en las celebraciones de los primeros títulos socios y futbolistas se enzarzaran en ver quién inventaba más y mejores coplas que glosaran los triunfos cosechados por el Valencia, derivando en cancioncitas dedicadas a Cubells y Montes que resonaban en algún ventanal los días de colada, sólo hubo un himno con arraigo entre la masa blanquinegra.

Y culpa de ello la tuvo la situación social y política de aquellos tiempos. De los cuales el club es hijo directo. Porque la composición de Maximiliano Thous, sin pretensión en sus inicios de acabar en himno oficial, esconde entre sus estrofas una afrenta constante contra la monarquía y las guerras coloniales que ésta patrocinó en el norte de África. «Càntics d’amor; himnes de pau» sólo es una de ellas. Incrustadas sibilinamente como venganza al rechazo que padeció su primera versión, escrita como exaltación a la tierra.

Un contexto perdido y olvidado a conciencia en una etapa democrática basada en la desmemoria y que entonces sirvió para que aquella letra se la apropiaran (como hicieran con la senyera) los movimientos republicanos locales, entonándola a cada cierre de acto, mitines o convenciónes. Llegando al punto de ser prohibida por la autoridad competente.

El propio Thous, nacionalista valenciano afiliado a Unión Valencianista, formaba parte de aquellos círculos ilustrados desde cabeceras como El Pueblo o La Correspondencia. Como el mismo Valencia F.C., fundado, dirigido y representado en el terreno de juego por blasquistas, sorianistas, lerrouxistas, sindicalistas y valencianistas de toda índole, tal y como ocurría con sus socios en gradas, cafés y casinos, que hicieron del Himno de La Exposición la única música reconocible que sonó como despedida en els soparots de La Democracia donde se juntaban para las celebraciones oficiales. Tocado en los andenes de la Estación del Norte o en la de Aragón cuando se recibía al equipo en apoteósicas manifestaciones cívicas tras cosechar algun resultado inesperado en la Copa. Incluso como afrenta durante su prohibición en los duelos con el Real Madrid, o en la procesión en el festival de la bandera despertando las iras de la dictadura de Primo de Rivera.

Es el verdadero culpable de que el esfuerzo llevado a cabo por el compositor Bernardo Duties por dotar a la entidad del murciélago de himno propio cayera en el ostracismo prácticamente desde su estreno. Esfuerzo de un viejo socio, integrante de la primera junta directiva votada en asamblea tras la moción de censura a los fundadores, que no podría ver culminada al morir de cáncer semanas antes de que La Sociedad Coral El Micalet y Lolita Soriano cantaran aquellas letras que con mano temblorosa remató el viejo compositor en el verano de 1924.

Al deporte brindando bandera/ con firmeza luchando y ardor/ club sembramos que fue una quimera/ y hoy ha sido de un yermo la flor.

Unas barras color gualda y grana / y un ratón con alado ropaje / de Valencia mostrando el linaje.

Ni siquiera caló el «Hurra [el] Valencia» aparecido en dicho himno pretendiendo ser el grito de guerra; ocurrió debido al extendido uso del «visca València», transformado ya en un sencillo «visca el València». Tal vez el error de Duties fuera convertir aquello en un producto demasiado apegado a lo que demandaba la dictadura, tocando demasiados palos (hasta de la raza hispana habla) y pretendiendo agradar a demasiada gente, incluso visto desde el futuro se antoja una composición de difícil encaje en aquel mundo donde su música y cánticos eran más ligeros, alegres y rítmicos que esta obra.

Del Amunt al Gol Gol Gol

Esa larga noche llegada tras el 39 es la encargada del tremendo silencio musical padecido durante cuarenta años. Las Bodas de Oro apenas fue un recuerdo de viejos temas olvidados y pasodobles falleros. Recuperando los bríos iniciales con la llegada del 75 aniversario de la fundación del Valencia gracias al actual himno. Un Amunt València cosechador del éxito y el arraigo que soñó para el suyo el pobre Bernardo Duties. En esta ocasión, a petición del club presidido por Arturo Tuzón, en 1993 el compositor Pablo Sánchez Torrella y el letrista Ramón Gimeno se sacaron de la chistera el és un equip de primera…

Pero tampoco, ni bajo el manto institucional, al cual le costaría darle rienda suelta como himno oficial, tendría un inicio sencillo. Pues en 1994, el curso de su puesta en largo, surgió como alternativa el Valencia Gol Gol Gol de Juan Ramón. Una composición más movida y eléctrica que tiene el honor de ser el primer tema salido de un estudio con la intención de acabar en cántico de grada. Tal vez impulsado por aquella guerra civil societaria entre el rogismo y el tuzonismo el Gol Gol Gol se hizo pesado hasta decir basta. Repartiéndose cintas de casete en los periódicos y resonando en los altavoces del estadio machaconamente hasta que el hartazgo del público y su falta de interés por una obra bastante deficiente en todos sus sentidos la arrinconara en el olvido.

La Falla de Mestalla

Bueno, sí, digámoslo. Los noventa fueron duros. Una época de excesos y chirigota que intentaron plasmar, de manera magistral, J.M. Lòpez, César Sanfrancisco, Martí Pich y M. Gil en un disco satírico donde nos presentan a Zubi Metal parando penaltis o a Mijatovic pidiendo paellas con huevo duro y garbanzos a su regreso con zamarra enemiga. Una fiel crítica de la época ejercida desde el humor y la socarronería que no dejan malos temas, pues hay hasta homenajes como el boogie a Fernando. Son estos chicos, con voces y coros a cargo de gente como Fefe y la grupa de dobladores de los dibujos animados de Canal9, quienes rompieron con la línea del himno pasodoblesco y rígido tan recurrente hasta entonces.

Un estilo rupturista que siguió Alberto Tarín en la década presente con su canción a Marcelinho Carioca, ritmos brasileños que a pesar de una puesta en escena bastante censurable deja una letra muy plausible y divertida.

Del Punk al Rock

Experimentación musical que ha llegado a todas las ramas, de las rancias líneas clasicas que impregnaron todo el siglo XX al rock duro, con un tema dedicado a Raúl Albiol a principios de milenio que corrió a manos de un grupo de Museros llamado Kuchillo. Pioneros en la individualización musical, centrándose en el ídolo, compartida por Don Cikuta en los mismos tiempos, éstos gracias a su tema Al Meu Cor que compagina albeldismo y valencianismo con un estilo punk. 

Ah, pero esa pulsión por los himnos, por levantar al militante del asiento, por el bufandeo a coro, no desapareció, simplemente estaba aletargada esperando que Bajoqueta Rock se atreviera con su Valencia Experiment uniendo la melena al viento de Kempes con el sentimiento de pertenencia aprovechando los años de infamia perpetrados por la familia Soler. De Valencia Experience al Experiment.

Balada de Kempes y Diarte

Pero nadie supo conjugar mejor todo ese mar de complicaciones sentimentales y melancolías arraigadas en la infancia como La Gran Esperanza Blanca en su Nostalgia de Bell Ville, gradas agitándose y turrón Meivel. Una oda perfecta con tintes de obra maestra que ha dado en la tecla. Pues es una canción, un himno intergeneracional, un reflejo de un anhelo, un análisis de nuestra propia idiosincrasia condensado en un amistoso veraniego, ese terreno donde el valencianismo desata su ya de por sí exagerada capacidad de soñar y se deja ir por esperanzas que a pesar de ser truncadas por los rusos acaban imponiéndose de manera tan estacional como volcánica.

Incomprensiblemente jamás contó con el boato ni la promoción con la cual contaron otros temas que no alcanzan los estándares mínimos de calidad. Ni siquiera consiguió introducirse en Mestalla a modo de previa o cierre teniéndolo todo para encandilar a un público falto de referencias culturales. Es una obra redonda parida sin vocación de himno.

Incluso en su éxito maridó en balada con Diarte, el inseparable compañero del astro argentino. Un Diarte en este caso homenajeado por Los Radiadores que con un estilo muy diferente recorre las calles de Valencia con el Aullido del Lobo.

Esa intención de rendir tributo al ídolo es la única fórmula que ha dejado éxitos en el entorno musical relacionado con el Valencia. Temas sencillos, de evocación a los instintos colectivos más primarios, sin pretensiones ni ensalzamientos naïf. Es así como Mickey 3D desde latitudes tan lejanas como Saint Etienne es autor de otro tema magistral para con un futbolista de pasado blanquinegro, aunque su letra se basa en un Johnny Rep en un Sainté de glorias y emociones que se llevó por delante la corrupción de unos dirigentes que se pasaron de listos. Un chico de cabellera rubia, electrizante, que gracias a esta canción todavía hoy es recordado por una de las gradas más calientes del panorama, entonando ese estribillo cuando algún futbolista actual corretea por la línea de cal como un galgo.

Un buen día

No podía faltar en estas lides el jugador más mediático que ha vestido la zamarra del murciélago desde Kempes. Un Mendieta de lonas con su rostro en Tokio y Nueva York, protagonista de anuncios para Nike a nivel mundial, codeándose con las estrellas del momento y protagonizando portadas de videojuego. El futbolista blanquinegro que más cerca ha estado del Balón de Oro inmortalizó aquellos goles realmente increíbles gracias a Los Planetas, alzando ese Un Buen Día en otro himno generacional.

Personaje con el cual, extrañamente, en la tierra donde triunfó nadie se atrevió a utilizarlo como elemento cultural. Es referente en Francia para publicaciones donde se compagina literatura y fútbol, un icono del llamado Valencia 2000 para los ingleses y su industria balompédica pero casi desapercibido a este lado del mundo, donde apenas los Danny Mellow se atrevieron con su Mendieta’s sad song. 

Himnos y más himnos

Intentos hubieron más. El Valencia a la Victoria es el que más cerca ha estado de la consagración, nacido al calor de los éxitos de 2004 aunó muy bien un relato de superación y esfuerzo en un tiempo de resurrección del club. En los últimos años muchos han intentado seguir esa vía, pasando por raperos y triunfitos siempre todos ellos con la fe de ver en el asunto una manera sencilla de promocionarse, dando paso a temas que si en ocasiones no rozaban el plagio en otras llegaban al sinsentido.

Y así seguimos al calor del centenario, con temas y más temas que intentan romper el techo de cristal y dar con la letra y el ritmo que finalmente se salga de la vía insitucional, del himno de abolengo, de estilo clásico y melodioso que haga levantarse al hincha del asiento para recibir a su equipo o celebrar un éxito. Hemos vuelto a ver a Cisco Fran con su Volverán, reuniendo a una grupa de referentes en pantalón corto divididos por épocas, cuyo estribillo acaba sorprendiéndote rebotando en tu cabeza en días cualquiera. Señal de que algo ha tocado. Y a Seguridad Social, desprovistos del atino de antaño, dando sensación de sacar un tema de manera apresurada, sin haberlo madurado lo suficiente…

Aunque el error más repetido por los vistos, y los que veremos, es intentar pausar a un estadio que siempre fue volcánico y eléctrico, de griterío y bullanga. Nada melodioso y menos calmado, al que le cuesta horrores salir de una zona de confort configurada por una larga tradición de bandas de música, que requieren acompañamientos nimios y ningún esfuerzo bucal. Ahí debe esconderse el secreto del éxito.

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