Bundesliga report Futbol després del mur

¿Por qué no llora el dinosaurio?

Por primera vez en 131 años el Hamburgo jugará en segunda, un acontecimiento que sólo parece haber sentado mal a los ultras del equipo, único colectivo en escenificar su enfado.

A la salida ni siquiera dominaba el silencio. Era un día más. El murmullo de la gente, algún sonido de bocina, un conato de cántico colectivo… Los pocos que rompían el costumbrista ritual lo hacían cuando divisaban las cámaras de televisión que se apostaban en los accesos, acudiendo raudos al micrófono a gritarles improperios a los ultras.

Porque estos, interrumpiendo el encuentro con sus bengalas y botes de humo, fueron los únicos que despertaron algún tipo de sentimiento entre la masa: El de rechazo.

«Wir sind Hamburguer un ihr nicht», respondía con insistencia el socio común. El Hamburgo somos nosotros. La actitud de los radicales fue la única reacción negativa al descenso en toda la tarde. El resto del estadio cantó en pie el Hamburg meine perle, el himno oficioso de la entidad, cuando las noticias llegadas desde Wolfsburgo certificaban su adiós a la Bundesliga. Cerrando la velada entre aplausos a un equipo que dio una vuelta de honor al recinto, agradeciendo el apoyo de sus partidarios.

No hubo lágrimas. Ni reproches. Sólo una advertencia, que ellos volverían a llenar las gradas del Volksparkstadion en la segunda división.

Una reacción madura que tiene una parte de sus raíces en el convencimiento del fatal desenlace, pues apenas un mes atrás la distancia con la salvación se situaba a ocho puntos, una quimera con tintes de final funesto que Christian Titz mutó en un descenso digno. Transformando a un Haesvau al dotarlo de personalidad, estilo, reconciliándose con la grada al llenar el XI de chicos de la cantera, de hombres comprometidos. Por primera vez en un lustro el equipo del diamante no se doblaba ante la presión y la responsabilidad. Ganó tres de los últimos cuatro encuentros, pero perdió el decisivo, el que le hubiera salvado del descenso, el que hizo que en la última jornada no dependiera de sí mismo.

Es la desgracia del gigante hanseático, irse a segunda división por vez primera en sus 131 años de historia el curso que fue capaz de encontrar su identidad.

Es el motivo por el cual Titz reunió a sus jugadores formando un círculo en el terreno de juego, arreándoles tal arenga que despertó las primeras lágrimas en los rostros de los futbolistas. «Me siento orgulloso de mis muchachos porque se han enfrentado muy bien a una situación desesperada», dijo en sala de prensa.

Son el mejor aval de un técnico subido del filial a modo de urgencia, y visto el desenlace, con varias semanas de retraso.

Una solución encontrada en mitad del caos, alzado en el inesperado arquitecto encargado de devolver a la entidad a la Bundesliga, puesto que la situación financiera del club sólo hace viable su estancia en la división de plata durante un curso, y gracias a los bonos de cobertura que le otorga la DFL. Es la última bala en la recámara del Hamburgo.

No son capaces ni de descender

Es opinión común en la República afirmar que lo positivo del descenso es romper ese círculo vicioso en el cual ha estado viviendo la institución durante los últimos seis años. Mostrando, eso sí, una increíble capacidad de supervivencia. Una que llegó a convencer a muchos que era imposible que este equipo abandonara la élite.

Goles de rebote en el descuento de la prórroga. Promociones de descenso salvadas sin ganar un sólo partido gracias al valor doble de los goles. Victorias milagrosas en la última jornada que le salvaban de la quema. 2014, 2015, 2017, 2018… el único curso donde no tuvo que lidiar con tales agonías tampoco fue un camino de rosas, pues sólo la apretura en la clasificación le permitió ascender del decimosexto puesto al décimo lugar de la tabla apenas ganando tres partidos y empatando un cuarto. Un espejismo que llevó al club a plantear que el regreso a Europa estaba más cerca.

No es una cuestión chistosa, ese carácter tan peculiar del hamburgués medio tiene mucho que ver en el hundimiento del rey del norte. Ni siquiera fueron pocos los que tras el éxtasis vivido en Karlsruhe con un gol in extremis en el minuto 120 se giraban gritando aquello de «el año que viene a la Europa League».

Es la irrealidad instalada en el Volkspark la que transformó a una antaño venerada y respetada institución en el chiste de Alemania. El chascarrillo habitual. Fue la prestigiosa revista 11Freunde la que resumió la atonía en la cual vivía el club con aquel fantástico titular: «No son capaces ni de descender».

Punzada magistral para definir a un club incapaz de acometer mejoras o rectificar errores porque nunca concibió problema alguno. Una manera de explicar la necesidad —comentario habitual de estos años— de descender que tenía el Hamburgo para reaccionar, para despertar, para entender que no se podía seguir en el inmovilismo apelando constantemente a una historia, a una tradición, tomada como una nueva religión, cuyos vientos, por pura inercia, les sacaría adelante sin necesidad de hacer nada más.

Estamos ante un señor mayor ensimismado e incapaz de asimilar el declive de un sociedad con unas estructuras propias del medievo. Tan encerrado en esa enfermiza nostalgia que construyó toda un liturgia alrededor de ella. Iconizada en su mascota, un dinosaurio —una especie extinta— y un reloj en el estadio que marcaba los días, años, meses, horas, minutos y segundos de estancia en la primera división.

No pareció haber cosa más importante que aquel marcador siguiera funcionando. Derivó en cánticos entre la masa que no hacían más que afirmar su condición de únicos en haber disputado todas las ediciones del campeonato. Estar por estar era ya el único motivo de orgullo para ellos. Alivio que en la salvación de 2014 llevó a tal alboroto, por la importancia de estar en el año del 50 aniversario de la creación de la liga, que algún tabloide local publicó en portada que habían vuelto a ser campeones del mundo.

—¿Cuándo pensáis descender?
—¡Nunca! Es imposible.

Era hasta hoy una de las bromas más habituales entre amigos.fussball-gucken-geht-offenbar

Conocer la urbe ayuda explicar ese rasgo despreocupado, optimista, de sus gentes. Trata de una ciudad construida entre exuberantes bosques y atravesada por canales. De instalaciones deportivas de primer orden en cada barrio permitiendo la estancia de cuatro clubes de fútbol en sus límites municipales: Altona 93, St.Pauli, HSV y SC Victoria. Más un sinfín de cuadros polideportivos en las principales ligas profesionales.

Arquitectura espectacular que da cobijo igualmente a varios de los medios de comunicación y empresas más importantes del país, centro de producción literaria y musical, un enclave cultural madre de una autoestima reflejada en la manera de dar los buenos días que tienen las emisoras locales, un hilo de voces aterciopeladas recordándote lo afortunado que eres de vivir en la ciudad más bella del mundo.

Una capital rica, progresista, con una población cuantiosa y diversa que acaba de culminar un proceso de transformación iniciado hace diez años que ha dado paso a nuevos barrios e iconos, como la Elbphilharmonie, haciendo del Haesvau, en conjunto, el único club con verdadero potencial como para hacerle sombra al Bayern; aspecto que incluso reconoce el propio Uli Hoeness.

Una lucha contradictoria entre la Ciudad Libre de Hamburgo y su club de fútbol, pues mientras una ha luchado por renovarse, quitándose de encima los sórdidos clichés surgidos del barrio rojo y los recurrentes disturbios que las asociaciones anticapitalistas protagonizan a cada poco obligando a las autoridades a declarar el estadio de sitio, la principal entidad futbolística optó por marchitarse encerrándose en la seguridad de su pasado.

Tanto que la ilustración a la debacle entre la prensa local ha incidido en ello, pues lejos de mostrar instantáneas del funesto día aparecían a toda página estampas de los tiempos dorados de Uwe Seeler, o de los últimos títulos, con el viejo Volksparkstadion invadido con sus gentes quemando bufandas y banderas del Bayern. Una rivalidad ancestral que divide el mapa del país en dos, el norte para los hanseáticos, y el sur para los bávaros. Starks contra Lannisters.

Una basta base de aficionados y un enclave geopolítico inigualable que nunca supo convertir en una fortaleza, pues en lo que va de siglo la única virtud del Hamburgo consistió en rendir bajo una constante guerra de familias por el control de la sociedad.

El club del caos

A diferencia de su capital, al dinosaurio le resbalan los clichés que se le asocian. ¿Un club caótico? ¿Dónde? ¿Entidad ingobernable? ¿Quién no la gobierna? ¿Atender a las señales de peligro? ¿Qué señales?

Pero aunque la hinchada no haya hecho nunca el más mínimo gesto de señalar públicamente a los culpables, los hay. Y en cantidades industriales.

Todo empezó con la salida de Bernd Hoffmann en 2012, el último gestor que mantuvo al equipo en la zona noble, con buenos peloteros en el campo y entrenadores de reconocida valía en el banquillo. Su pecado fueron sus tejemanejes con agentes de dudosa moralidad y un estancamiento insano basado en el miedo al éxito que no dejaba progresar a la entidad.

Pero si queremos encontrar una de las muestras más fragantes del potencial del Haesvau y su nefasta gestión hay que dirigirse a su cantera. La más prolífica del país, con cientos de sus muchachos dispersados por media Europa, triunfando, aunque casi ninguno haya pasado por el primer equipo. Una dejadez y un descontrol que se corrigió para acabar en segunda.

Las ansias por reverdecer laureles finiquitando ese tapón llamado Hoffmann tampoco sentaron nada bien.

En dicho empeño se cometieron tropelías de todo calibre. Se desmontó la sección de balonmano, recién campeona de Europa, para destinar más recursos al equipo de fútbol. Se votó por abrumadora mayoría, 75%, a favor de convertirse en sociedad anónima, perdiendo la orgullosa condición de ser el único grande junto al Gladbach de ser un club de socios, dándole el paquete de control (32%) de la sociedad a un millonario local, Klaus-Michael Kühne, que bajo la promesa de una lluvia de millones iba a situar al Hamburgo en el lugar que le correspondía.

Los millones llegaron, más de cien, pero también su actitud caprichosa. Era fan de Van der Vaart, y contraviniendo los informes que advertían de que el holandés no se encontraba en condiciones mentales ni físicas para ejercer debidamente, se gastó 18 millones de euros en un jugador que acabó dinamitando el vestuario y la vida social del equipo —agredió a su mujer en una conocida fiesta de fin de año y protagonizó altercados en estado de embriaguez durante su mediático y violento divorcio—.

Escuchó que Halilovic era el nuevo Messi, y lo fichó a golpe de titular incluso con la oposición de entrenador y técnicos. Contrató a Kostic por 15 millones porque leyó que el Valencia lo quería, y si lo quería el Valencia era bueno para el Hamburgo.

Por no mentar esperpentos como el de Thorsten Fink, entrenador llegado del Basilea, que se pasaba más tiempo viajando a Munich a visitar a su familia que en la ciudad deportiva entrenando, y a nadie en el club le pareciera mal tal asunto.

Un modus operandí sin sentido que nunca cubrió las necesidades reales de la plantilla. Otorgándole el mando de la planificación no a un entrenador como Bruno Labbadia, el único decente hasta Titz, quien tenía muy claro las carencias a cubrir y la conveniencia de destinar ese caudal financiero en jugadores contrastados en la Bundesliga, sino a un agente de cabecera del millonario germanosuizo, Volker Struth, dando paso a futbolistas sin nivel con contratos millonarios dotados con suculentos bonos hasta por calzarse las botas.

Actitud que se ve reflejada hasta en el rectificado, pues lejos de revolucionar las estructuras la solución fue repescar a una vieja gloria con buena prensa y dulces recuerdos, el director deportivo en los buenos tiempos de Hoffmann, Bieresdorfer. Pero esta vez con poder de director general, resultando otro fiasco. Pues además de sus limitado poder, puenteado sin cortapisas a la mínima, la actitud del gestor fue de dejadez pura y dura, desentendiéndose de casi todo al estar más interesado en un suculento contrato que le bañaba en pluses millonarios simplemente por acudir al puesto de trabajo.

Enfermiza querencia por el pasado tan pronunciada que el hartazgo a tales vaivenes se solucionó a inicios del pasado mes de abril en una caliente junta de accionistas, eligiendo, con un estrecho margen de votos, a Bernd Hoffmann como nuevo presidente y director general.

El mismo Hoffmann que fue linchado y sacado a gorrazos en una junta de socios que levantó titulares y portadas en 2012 ha tenido que tragarse el descenso de un club al que no le dio tiempo a sanar.

Pues sus acciones de urgencia son las responsables del llamado ‘descenso digno’. Destituyó al nuevo e igualmente nefasto director deportivo, Jens Todt. A los máximos responsables, y al entrenador, Bernd Hollenbach, puesto en enero en sustitución de Gidsol y que en tres meses no fue capaz de ganar un solo partido. Apartaron del equipo a ciertos jugadores, subieron a otros tantos procedentes del equipo filial, y le entregó el mando a Christian Titz. Una revolución que fue vista como la preparación del club a su etapa en la segunda división y que casi supuso la enésima salvación milagrosa de la entidad.

Una que quizá hubiera llegado de haber ganado las elecciones con un mes de antelación.3500

El futuro del dinosaurio

Holtby fue el más claro, «durante este mes y medio es el primero, de los cuatro años que llevo aquí, donde he visto a este equipo jugar al fútbol». Tal vez, recuperar a Holtby sea la mayor obra de Titz, un jugador que parecía perdido para la élite ha revivido guiando a los suyos en este pequeño e infructuoso milagro.

Papadopoulos, otro de esos bombones surgidos en mitad de la nada, líder racial y temperamental del grupo, superando sus propias lesiones que le situaron al borde de la retirada, no aclara su continuidad a pesar de sus vínculos emocionales con la grada y la institución. Aaron Hunt finaliza contrato en junio sin saber todavía su destino. Gotoku Sakai, el capitán, ya ha declarado su intención de quedarse. Nadie quiere marcharse, el compromiso de limpiar la mancha en el historial de la entidad es total entre la plantilla.

El problema se llama dinero, la estrecha masa salarial impide aguantar a los pocos veteranos que conserva el diamante entre sus filas, y acometer una rebaja drástica en sus fichas no parece un escenario realista.

Es el elenco de nombres otra muestra de la gravedad del accidente, pues siempre se contó con equipo suficiente como para situarse en la mitad alta de la tabla, esa extraña virtud para conseguir que todos los futbolistas rindieran peor de lo que lo hicieron en sus equipos de origen ha levantado durante todos estos años comentarios y análisis intentando explicar el fenómeno, los porqués a chicos que estaban a las puertas de la internacionalidad se transformaban en guiñapos en el campo del Hamburgo.

Titz respondió a todo eso, «confianza y seguridad. Mente limpia. Ellos saben que confio en ellos, y todos éramos conscientes de que este final era posible. No teníamos nada que perder y sí mucho que ganar», era la presión, la responsabilidad, una camiseta que pesa demasiado.

Son las palabras de quien tiene en sus manos el despertar del gigante dormido. Un tipo sencillo que puso todo lo que le faltó a la entidad en estos últimos años. Liderazgo, sensatez y conocimiento al servicio de la causa.

La esperanza que alimenta el nuevo optimismo de una masa que sólo sigue abriendo la boca para arremeter contra los ultras. Las redes sociales se han llenado de vídeos con personajes lanzando todo tipo de soflamas emocionales para castigar la actitud de los violentos, quienes incendiaron la grada obligando a un despliegue policial sin precedentes e intentaron agredir a los futbolistas a la salida del estadio.

Facebook es un semillero de imágenes tomadas con el móvil del instante donde el fondo de animación se enfrenta al resto del estadio.

No quedan responsables que señalar, porque ya los echaron a golpe de papeleta.

Ni tampoco lágrimas, porque han encontrado una nueva ilusión, la esperanza de vivir por fin el ansiado regreso, resurgiendo entre sus propias cenizas. Quedando espacio para mensajes definitorios como el aparecido en uno de los diarios locales, reflejando muy bien la actitud de la ciudad: «Descender no es tan malo, al fin podremos disfrutar de un año maravilloso, lleno de victorias y buenos resultados culminado con una gran celebración en positivo».

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