Història VCF Serie Centenari

Un título arrebatado

En mayo de 1921, durante la final de la Copa Alzaga, un polémico arbitraje provocó el incidente más serio entre Gimnástico y Valencia, dos sociedades política y deportivamente antagónicas.

Cuando Pepe Llorca entrevistó a Gonzalo Medina en marzo de 1922 el prócer fue claro en su respuesta, «la rivalidad Gimnástico y Valencia es hereditaria, proviene del Deportivo y del Sagunto». Dos almas que configuraron el Fé-Cé. Viéndose ahora a viejos elementos de aquellos teams en despachos y terreno de juego bajo la sombra del murciélago.

Pero sus palabras se circunscribían al ámbito deportivo. Un terreno de juego donde el propio Medina intercedería con su Copa Back buscando motivos de rivalidad para generar afición y atraer público al viejo camino de Algirós.

Aunque ambas entidades rivalizaban en mucho más, eran sociedades antagónicas en lo filosófico, social y político. Adscrita cada una a las dos corrientes que impregnaban los ambientes de aquellos años. Mientras el Valencia era de origen republicano, de fuertes tendencias blasquistas con cabecera en El Pueblo y La Corresponencia, el Gimnástico surgía de las faldas del obispado, herramienta del carlismo local con maquinaria mediática en el ultracatólico Diario de Valencia.

Eran también los granotas radicales defensores de la tesis amateur, llevándole a su decadencia y posterior desaparición. Los del Bar Torino, por contra, se fundaron pensando en fomentar el profesionalismo y la modernización del fútbol, escogiendo por ello su apellido británico en tiempos donde ya existían los Deportivo, los Unión, o los Balompié.

Es la pulsión que explica que en las paredes de la vieja horchatería de Novejarque, al instante que se fundaba el club, se impulsara la resurrección de la vieja Federación Valenciana de Clubes de Foo-tball. Organizando nuevos campeonatos que en esta ocasión quedaran registrados como oficiales.

Pero resultaban jornadas convulsas. El hundimiento del fútbol local fue tan pronunciado tras el cierre de La Pista de la Exposición que la única manera de hacer que las escuadras valencianas pudieran competir por el campeonato de Copa, y así darle sentido de oficialidad a los campeonatos, pasaba por confederarse con los murcianos y adelantar los plazos en una FEF que sólo disponía de una única plaza para la competición.

Son esos mejunjes los que configuran el fútbol local hasta 1923, y las incipientes rivalidades y sonadas polémicas federativas entre los distintos conjuntos valentinos.

Una organización poco explicada, que consistía en un campeonato dividido en tres grupos: norte, para Castelló. Centro, para València. Y sur, para Alicante y Murcia. Cada uno con sus grupos B y C a modo de divisiones. El campeón del norte y del centro dilucidaban en una semifinal quién se enfrentaría al ganador del grupo sur para esclarecer el Campeón de Levante, y por ende, el representante de la federación confederada (Federación Levantina de Clubes de Foot-Ball, integrada por la valenciana y la murciana) en el torneo del KO.

Fue el modo de dar los primeros pasos, de echar a rodar el balón sin esperar más años en un limbo que hubiera hecho imposible la supervivencia del fútbol autóctono. Una composición provisional que duró apenas cuatro años, cuando castellonenses, valentios y alicantinos independizándose de Murcia se unificaron en una misma liga, provista de ascensos y descensos y de campeonatos propios para reservas y segundos equipos.

Una organización compleja y robusta que rompe con esa tendencia histórica de vender tales campeonatos como livianos y de poco recorrido.

La peculiaridad, tal vez, resida en el calendario. Pues en tiempos la temporada oficial no empezaba hasta mediados o finales de noviembre, extendiéndose hasta abril o mayo, con torneos que escenificaban a las puertas del sexto mes del año el fin de la temporada oficial.

La Copa valenciana

Iniciativas e ideas que convirtieron al Valencia, impulsor de todas ellas, en una potencia de tal modernidad que pronto fue visto con recelo por sus vecinos, tejiendo alianzas federativas que le dejaran en minoría, temerosos de que su influencia en una Federación Valenciana en pañales, todavía obligada a que los arbitrajes de los encuentros corrieran a cargo de capitanes, presidentes o socios de los contendientes, le convirtiera en un campeón a medida.

Cursos en los cuales Gimnástico, Valencia y España compartían Algirós como campo propio, rompiendo aquella convivencia una serie de encuentros ante los azulgrana correspondientes al campeonato de 1920-1921, donde Leonarte, conocido socio blanquinegro y futuro presidente, cosechó, silbato en mano, un empate a cero para su equipo a pesar de las muchas veces que el balón traspasó la meta valencianista. Un escándalo que no acabó en retirada gimnástica gracias a un Medina capaz de convencer a los granotas de que así evitarían una trifulca con el público. Asunto, que en el encuentro de la segunda vuelta, tendría su vendetta, siendo ahora sí los blanquinegros los que por orden de su presidente abandonaran el terreno de juego ante el mismo atropello.

Una tensión que derivó en la emancipación de un Gimnástico que se construyó su propio terreno de juego en el camino de la soledad. Orgulloso campeón, que veía como un voluntarioso Valencia no hacía más que estrellarse en su lucha por los títulos. Unas veces perdiendo de forma estrepitosa. Otras, forzando desempates donde no dar la talla. Gloria esquiva para el novato.

Tal vez por esas ansias de conquistar el trono surgió la idea de que la Federación Valenciana organizara su propia competición de Copa, un torneo a ida y vuelta con su final a partido único donde participaran todas las sociedades de primera categoría.

Un nuevo aliciente para fomentar la práctica balompédica en un mundo donde València era capaz de reunir a 30 mil personas en la plaza de toros para una velada de boxeo, pero no de congregar a más de ochocientas en Algirós.

Aspecto que nos lleva a vislumbrar lo artesanal de una época donde los trofeos físicos no existían salvo que alguien sufragara el coste de su elaboración. Es así como casi todas las competiciones disponían de nombre propio. El Campeonato de Levante, por ejemplo, respondía a la Copa Yum gracias a que Licores Yum sufragaba la factura del joyero. Esta nueva competición corría a cargo de Perico Alzaga, mecenas del trofeo físico, empresario del Teatro Apolo, vinculado al republicanismo de Russafa y con estrecha relación blanquinegra. Igualmente, Ramón Leonarte costearía las 11 medallas a entregar a los futbolistas del cuadro campeón.

Son los inicios de una Copa Alzaga [posteriormente conocida como Copa Valls] vista con especial ilusión por los aficionados valencianistas, quienes se las prometían muy felices al creerla hecha para ellos. Una oportunidad de conquistar metal en unos cursos donde se veían incapaces de ganarle un campeonato al equipo del patronato.

Una trifulca callejera

Así lo reflejaban los resultados, mientras los amistosos o torneos veraniegos, como la Copa Back o el Trofeo Feria de Julio, eran campo abonado para un Fé-Cé donde se imponía con relativa facilidad a su mayor rival, la competición oficial era asunto blaugrana.

Aquel curso, un descuido, llevó al Campeonato de Valencia al desempate, donde los del obispado se deshicieron de los del Torino por un contundente 3-1.

Era pues la Copa Alzaga la vía para alcanzar un triunfo anhelado y vencer finalmente al decano. Competición que empezó para el Fé-Cé de manera cómoda deshaciéndose del modesto Marino, llevándole a surcar mares picados al cruzarse con el representante de la plana, un Cervantes campeón de aquella semifinal con el vencedor del grupo centro [Gimnástico], viéndoselas en semifinales con el emergente Levante F.C., quien no pondría las cosas fáciles.

Es el camino que condujo a un nuevo cara a cara entre los archienemigos de la localidad, buscando el segundo título en juego de la temporada. Levantando las primeras expectaciones reseñables en unos ambientes que dejaron el año regado de trifulcas e incidentes en los campos del balompié.

Lo que no sospechaban los blanquinegros es que aquellos fulgores federativos, aquellas sempiternas rencillas en las columnas de los diarios, acabarían plasmándose en el terreno de juego. Pues tal y como mandaban los cánones el arbitraje durante aquel 09 de mayo correspondió al capitán de uno de los semifinalistas, escogido por sorteo, resultando agraciado el señor Vives, representante levantinista.

Y ahora es cuando entramos en el terreno de la especulación, la propaganda, y mil asuntos más. Ya que las cabeceras de los diarios partidarios se dieron a la fábula sin aclarar realmente nada. En la parte valencianista caló la idea de una componenda entre el capitán levantinista y el Gimnástico para seguir cercenando el auge del Valencia. En la granota no se dijo tal cosa, más bien se justificó la labor arbitral describiendo las jugadas al tiempo que se copiaban íntegros los artículos del reglamento en un intento de plasmar la legalidad de todas ellas.

Tal debió ser el embrollo que Las Provincias hizo noticia alegando que no publicaba crónica al contar en su poder con dos gacetillas que no coincidían en nada una con la otra, y al no haber cubierto el partido, desistía de hacer comentario para no fomentar la polémica.

Porque si hacemos caso a La Correspondencia y El Pueblo (aunque en este caso trata de un comentario hecho dos años más tarde, a raíz de otro enganchón con el Gimnástico) el partido de la final transcurrió a favor valencianista, desplegando una superioridad y una madurez impropias hasta la fecha, consiguiendo un cómodo 3-0 a su favor que fue erosionado por la labor de Vives. Unas veces, las más, anulando goles que abultaran el marcador. Otras, las menos, pero más insidiosas, inventándose penaltis que hicieron peligrar el triunfo valencianista subiendo gracias a esos empujes un 3-2 a falta de media hora.

Si por contra nos fiamos de Diario de Valencia y de la pluma de Seg, osea, de Amador Sanchis, presidente-jugador hasta 1921 y uno de los fundadores del Gimnástico, el encuentro fue equilibrado, de toma y daca, dejando el pundonor granota un 2-2 gracias al esfuerzo de los mozos del Patronato.

¿Y qué pasó a partir de aquí? Pues está por ver. Unos alegan que Vives se inventó un nuevo penalti en el último minuto que hubiera supuesto el 3-3, lo cual resultó la gota que colmó el vaso de la paciencia blanquinegra, generando tal polvareda que el cuadro del Torino se retiró del campo, sacado a hombros por sus partidarios, dándose por vencedores.

Los otros, que el penalti, más que justo, claro, se señaló con 2-2 dando por buena la versión de la retirada valencianista. Pues Seg afirma que la pena máxima se lanzó sin portero ni rival en el terreno de juego, lo cual suponía el 2-3 final que les daba el título. El resto no dice nada del lanzamiento, centrándose en alabar el orgullo del Valencia al no dejarse pisotear quedando el relato de la entrega de la Copa al Gimnástico a manos de Diario de Valencia. Sin embargo, la cabecera oponente pasa a narrar la celebración callejera de los hombres de Cubells.

Una confusión que debe entenderse en el contexto de la época. Pues la crónica deportiva surge a partir de 1923. Hasta esa fecha las referencias a los partidos eran meros comentarios llenos de generalidades donde pocas veces se indicaban alineaciones, o siquiera goleadores, y en ocasiones ni contra qué rival se disputaba el encuentro. Observándose casos como que en un diario se dijera que el match finalizó 5-3 y en el otro que fue 3-1. Además, La Correspondencia y Diario de Valencia eran los únicos que cubrían en dichas fechas los partidos, y siempre a cuenta gotas, mientras el resto a duras penas plasmaban alguna línea un par de veces al año.

Lo que si parece claro es el enfrentamiento posterior. Dado que ambas entidades se dieron por vencedoras de la Copa Alzaga.

Trata de la que puede ser la primera gran manifestación callejera del valencianismo militante. Pues si nos creemos a quienes narraron los hechos, la masa de socios y los futbolistas del Valencia que abandonaron Algirós recorrieron a grito pelado las polvorientas callejuelas que les separaban del centro de la urbe, llenando el ambiente de hurras y alirones hasta situarse a las puertas del Bar Miau. La sede social del Gimnástico.

Otra plaza de humos, cervezas y vitores que acabó con porrazos y mordiscos ante la provocación blanquinegra al situarse frente a sus ventanales a reivindicar el triunfo, obligados éstos a refugiarse a la carrera en la sede del Valencia, colgando una senyera gigantesca en el balcón de la misma y emprendiendo en su interior su propia celebración regada en pintas y cánticos. Un gesto que hay que leerlo desde el prisma de los tiempos y en el antagonismo de ambas sociedades.

Tanto que aquella bandera era casi propiedad exclusiva del movimiento republicano local, el bando militante de socios, futbolistas y directivos valencianistas. Tal era la exclusividad del uso de la senyera que La Correspondencia (el diario del valencianismo político de izquierdas) se pasó los dos últimos años haciendo campaña para fomentar que fuera utilizada por todos y no se dejara en manos sólo de unos, pues se corría el riesgo de generar desafección hacia ella.

Ahí reside la importancia y el simbolismo de que la entidad, siguiendo los preceptos del blasquismo, escogiera el nombre de la ciudad trasplantando posteriormente la bandera a su escudo, tildado desde sus inicios de «patriótica insignia».

La supercopa local

Fue aquel episodio el pistoletazo de salida para las hostilidades que marcarían para siempre aquella década, pues la polémica no se iba a calmar, ni reducirse la escalada de enfrentamientos.

Ese mismo año, con los últimos calores, en un intento de finiquitar los escándalos y los arbitrajes partidistas, surgió de manos de Milego, con la inestimable ayuda de Gonzalo Medina, el Comité Técnico de Árbitros. Invento que no sirvió más que para despertar nuevos recelos, pues al fundador se le acusaba de convertir el estamento en un coto privado para socios blanquinegros que no buscarían más que seguir el empeño aquel de convertir al Valencia en un campeón a las bravas.

Y no les faltaba razón en sus sospechas, dado que 3 de cada 4 colegiados inscritos en el comité eran reconocidos socios valencianistas. La diferencia con el pasado radicaba en que ahora asumirían las consecuencias si cometían atropellos al existir ya un reglamento y unas instituciones que les instruyera, corrigiera y sancionara.

Pero las heridas estaban tan tiernas que el nuevo curso 21-22 depararía un mayor escándalo privando al Valencia de su primer título liguero, y por ende, la posiblidad de debutar en la Copa, competición cuyas ansias de conquista justificó la fundación del club. Resulta que el Fé-Cé, siendo virtual campeón, quedó descalificado del campeonato al negarse a jugar en fecha y hora el partido que le correspondía, ya que la Federación, en manos de la mayoría Gimnástico-Levante-España, cambió el calendario para favorecer una suculenta gira granota por Barcelona.

Asuntos avanzados, porque antes de todo eso, a finales de mayo de 1921, el Valencia conseguiría finalmente doblegar por vez primera a su gran rival, al decano y campeonísimo valentino, resarciéndose de la derrota de la Copa Alzaga. Pues la Federación Valenciana estableció un nuevo torneo, la Copa Ayuntamiento, llamada así por estar sufragado el trofeo físico por el señor Samper, alcalde de la ciudad, que cerrara la temporada y midiera a los mejores equipos capitalinos. Los primeros clasificados del grupo A y B de la división centro. Dos semifinales para cuatro entidades medidas a doble partido hasta la final.

Así fue como un 4-2 y un 1-0 sirvieron para la conquista del primer título oficial en la historia de la entidad en un Algirós de buena entrada para ver al fin a los suyos vencer a los del patronato, valiendo una nueva algarabía callejera y un soparot en La Democracia para celebrarlo. Trata del primero porque la Copa Alzaga descansa en las vitrinas azulgranas, lo que dota de cierta razón al relato de Seg.

2 comments on “Un título arrebatado

  1. Llutxent

    Ja tarden en llogarte per escriure l’historia d’estos 100 anys ….. Crack!!!!

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